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"La Vorágine" de José Eustasio Rivera.
5- Edición, revisada po el autor.
Nueva York: Andes, 1928.
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"Antes
que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la
Violencia." Las crípticas palabras con las que Arturo Cova comienza la primera parte
del libro aún se memorizan y recitan en Colombia. La mujer, el azar y la violencia de
estas líneas se unen al viaje y a la selva para hacer de La vorágine uno de los libros
más complejos y vigentes de la literatura de este siglo. José Eustasio Rivera (Neiva,
1888 - Nueva York,1928) publica su novela en 1924, e inmediatamente su libro se convierte
en una de las obras más leídas de la literatura latinoamericana del siglo XX, y en un
clásico de la literatura telúrica o de la tierra, que se identifica y define en esa
década en todo continente.
Rivera era ya conocido como
poeta y escritor. Así, el hecho de escribir su obra con la voz narrativa del protagonista
y de incluir muchas de sus experiencias de viaje ha hecho que con frecuencia se confunda a
Rivera con Arturo Cova, en un interesante cuestionamiento de los límites imposibles entre
historia y ficción. Cova es el poeta e intelectual citadino que huye con Alicia hacia el
llano y termina descubriendo el mundo de los caucheros y de la explotación y destrucción
de las comunidades indígenas. Su viaje es un encuentro consigo mismo, con un país sin
fronteras definidas y sin un gobierno responsable de sus territorios, y es sobre todo un
discurso literario paradigmático sobre la descripción de la selva tropical. La selva y
la vorágine se convierten en metáforas del mundo inconsciente, de los conflictos entre
lo masculino y lo femenino, de la locura y la muerte, de la droga, la tortura, el terror,
la violencia, el poder.
La novela está construida
con documentos, manuscritos y relatos insertos que producen una fascinante contaminación
entre las voces y las experiencias de los personajes. Esta selva textual ha hecho también
que sea uno de los libros más leídos y releídos, y que sus ambigüedades se presten a
múltiples interpretaciones. ¿Cuáles son los límites, si los hay, entre Rivera, Arturo
Cova o Clemente Silva? ¿Quiénes son los oprimidos y quiénes los opresores? ¿Quiénes
los devorados y quiénes los devoradores? Al final es la selva, en una solución mágica y
genial que parece precedir el incierto proyecto ecológico de este fin de siglo, la que
prevalece.
La novela termina con otra frase inolvidable de nuestra literatura y de nuestra cultura:
"¡Los devoró la selva!". Un final abierto que nos permitirá siempre la
exploración y la búsqueda de tantos espacios desconocidos. Entre ellos, ese tan
equívoco que llamamos colombianidad.
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