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Alexander
von Humboldt y Aimé Bonpland.
Grabado de Alberto Urdaneta.
"Papel Periódico Ilustrado", 1884.
José Celestino Mutis.
Grabado y dedicatoria de Humboldt y Bonpland
a Mutis en la obra "Plantes Aequinoctiales"
París: F. Schoell, 1808.
Instituto de Ciencias Naturales, Universidad Nacional de Colombia.
Mutisia grandiflora.
Grabado de Sellier sobre dibujo de J. F. Turpin.
"Plantes équinoxiales", 1808.
Vista del volcán de Cayambé, en Ecuador.
Grabado de Parboni sobre dibujo de Friedrich Wilhelm Gmelin y apunte de Humboldt.
"Vue des cordillères..." París, Librairie Grecque, 1816.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.
Carta de Alexander von
Humboldt
a Aimé Bonpland, Berlín, diciembre 30 de 1806.
Archives Bonpland, París.
Verbesina Turbacensis
H.B.K.
Planta recogida por Bonpland en Turbaco, 1801.
Herbario Nacional Colombiano.
Universidad Nacional, Bogotá.
Carta de Alexander von
Humboldt
a Aimé Bonpland, Berlín, diciembre 30 de 1806.
Archives Bonpland, París.
Kunthia montana.
Grabado de Sellier sobre dibujo de J. F. Turpin.
"Plantes équinoxiales", 1808.
Portada de "Nova
genera et species plantarum"
de Bonpland y Humboldt, ordenado y sistematizado por Kunth.
París: Libraria Graeco-Latino-Germanica, 1815.
Carl Sigismund Kunth.
Litografía de Schall, sobre dibujo de Rinck,
a partir de una fotografía de Leleux, París, 1838.
Conservatorio Botánico, Ginebra.
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La
publicación de las observaciones y resultados obtenidos durante el recorrido de Humboldt
y Bonpland por las regiones equinocciales transformó la visión europea de América (ver
Credencial Historia Nº 122, febrero 2000). El cambio más notorio se produjo en el
conocimiento de la flora tropical. Sobre las plantas americanas existían unos cuantos
estudios, pero en ellos se trataban muy pocas especies, motivo por el cual el conocimiento
sobre las plantas del continente era precario. En los herbarios europeos, aparte del de
Madrid, no se contaba con suficientes materiales y se ignoraba la verdadera riqueza de la
flora tropical americana.
BONPLAND, EL RECOLECTOR
Durante el viaje promovido
por Humboldt, que cubrió buena parte de los territorios de Venezuela, Cuba, Nueva
Granada, Ecuador, Perú y México (1799-1804), las tareas botánicas estuvieron a cargo de
Aimé-Jacques-Alexander Goujaud, un joven médico y naturalista, más conocido en el mundo
científico como Aimé Bonpland. Este interesante personaje nació en La Rochelle el 28 de
agosto de 1773. Su padre, además de médico, era viticultor; en una ocasión, al observar
el sarmiento de una cepa exclamó con admiración: "Loado sea Dios, he aquí una
buena planta". Tal "bon plant" se convirtió en un apodo, que se deformó
para convertirse en "Bonpland", apelativo que padre e hijo asumieron como
apellido; luego del viaje a las regiones equinocciales, dicho nombre pasó a la
inmortalidad. Bonpland eligió la profesión médica presionado por su padre y sus
hermanos, también médicos, y aunque en un comienzo ejerció, su verdadera vocación
estaba en el estudio de los vegetales. Pudiera pensarse que el nuevo apellido le hubiese
predestinado hacia la botánica.
Bonpland realizó los
estudios superiores en París. Los cursos recibidos de Jean-Baptiste-Antoine de Lamarck,
René Loviche Desfontaines, Louis Richard, André Thouin y Antonio Lorenzo de Jussieu le
motivaron profundamente, al punto de convertirse en un asiduo visitante del Jardin des
Plantes. Obtenido el grado de cirujano, se vinculó a la marina como médico del hospital
de Toulon, pero insatisfecho con tal trabajo, en 1789 regresó a París. En los círculos
intelectuales parisinos conoció a Humboldt, con quien congenió fácilmente por compartir
intereses científicos similares. Así se inició una sincera relación, basada en el
respeto mutuo, y que se mantuvo hasta la muerte del botánico, aunque, a partir de 1817,
se redujo a un escaso pero cariñoso intercambio epistolar.
Humboldt, merced a su
fuerte personalidad, era quien ideaba los proyectos, los lideraba y tomaba las decisiones;
Bonpland, un hombre tranquilo y sencillo, apoyaba tales iniciativas y las completaba con
su trabajo. Ambos gustaban de los viajes e intentaron adelantar exploraciones en diversas
regiones, hasta que la casualidad les condujo al interior del Nuevo Continente. Esta
visita fue puramente accidental, puesto que entre sus planes no figuraba recorrer las
regiones equinocciales. La intención de viajar hacia Filipinas a través de América
surgió luego de fracasar los intentos de unirse a la expedición del capitán Baudin,
quien entonces iniciaba un viaje alrededor del mundo.
VIAJES DE HUMBOLDT Y
BONPLAND
A finales de 1798, Humboldt
y Bonpland se dirigieron a Madrid con el fin de solicitar los permisos necesarios par
ingresar en los territorios españoles de ultramar. Allí se relacionaron con varios
científicos, entre quienes cabe destacar a Antonio José Cavanilles, director del Real
Jardín Botánico y autor de numerosas descripciones de plantas, incluidas unas cuantas
especies americanas, así como a Hipólito Ruiz y José Pavón, autores de una flora de
Perú y Chile. Los pasaportes, autorizados en Aranjuez por Carlos IV y concedidos a
través de la Secretaría de Estado y del Consejo de Indias, permitían su libre
desplazamiento por el interior de América y por las Filipinas para adelantar estudios de
minas, recolectar plantas, semillas, animales y minerales, así como medir la altura de
los montes, examinar su naturaleza y realizar observaciones y descubrimientos útiles al
progreso de las ciencias naturales.
Las personalidades de los
viajeros quedaron plasmadas en los papeles oficiales. El personaje es el geólogo, en
tanto que el médico y naturalista aparece en un segundo plano, como secretario, ayudante,
copista, e incluso como un simple criado del barón. Entonces las intenciones de Humboldt
no eran del todo claras; le interesaba comprender e interpretar las grandes armonías de
la naturaleza, definir la composición química de la atmósfera, establecer su influjo
sobre los cuerpos organizados y comprender la formación del globo a través de las
identidades de las capas geológicas. Bonpland, por su parte, centraba su atención en el
estudio de las plantas.
El 5 de junio de 1799
zarparon de La Coruña con rumbo a Panamá, pero la rotura de un mástil les obligó a
parar en las Canarias. Ya en aguas americanas, una epidemia de fiebre tifoidea les forzó
a desembarcar el 16 de julio en Cumaná. Esta escala impensada abrió la posibilidad de
recorrer los alrededores, incluyendo la península de Araya, el valle de Cumanaco,
Cocollar, Caripe y la Cueva de los Guácharos. Luego el viaje se extendió a Caracas;
Humboldt viajó por mar a través de La Guaira, en tanto que Bonpland lo hizo por tierra
para recolectar plantas. Después de recorrer los alrededores y de ascender a la Silla de
Caracas, ampliaron el recorrido en busca de las fuentes del Orinoco y del río Negro.
Entre los puntos visitados figuran los cerros de San Pedro. Los Teques, Victoria, el valle
de Aragua, el lago Tacarigua, Nueva Valencia, Villa del Cura, San Juan, Ortiz, Calabozo,
San Fernando de Apure, La Encaramada, Barragán, Carichana, el río Meta, los raudales de
Atures y Maipures, la boca del Vichada y San Fernando de Atabapo, donde se apartaron del
curso del Orinoco para coger el brazo de Casiquiare y llegar hasta Esmeralda, en la zona
fronteriza con Brasil; allí tuvieron su primer contacto con la Amazonia. A lo largo de
este trayecto realizaron abundantes colecciones botánicas.
El 24 de noviembre de 1800,
diez meses después del desembarco, partieron de Nueva Barcelona con destino a Cuba. En La
Habana se enteraron de que la expedición de Baudin había partido de Francia y que en el
lapso de un año era posible que tocara El Callao; por ello decidieron seguir hacia
Panamá, en busca del Pacífico. La etapa cubana sirvió para realizar varios recorridos
durante los cuales se incrementaron las colecciones botánicas. El 14 de marzo de 1801
embarcaron en Batabanó con rumbo al Istmo, para luego continuar a Guayaquil. Una
tempestad que afectó el barco y la desconfianza del timonel en los datos aportados por el
barón, alargaron el viaje al desviarse hacia Trinidad y las islas Caimán. En la bahía
del Darién optaron por seguir a Cartagena, donde desembarcaron el 30 de marzo. Allí
encontraron a Fidalgo, quien al mando de una comisión realizaba el levantamiento
cartográfico de la costa; también conocieron a José Ignacio de Pombo, quien les
convenció de las ventajas que representaba viajar por tierra a Quito remontando el
Magdalena y cruzando los Andes. Un pequeño, desvío les llevaría a Santanfé, donde
podrían visitar a Mutis, un prestigioso médico y catedrático, y conocer los trabajos
adelantados por la Expedición Botánica que dirigía. Los argumentos de Pombo
determinaron la nueva ruta y modificaron el carácter del viaje. El ascenso de la
cordillera Oriental para llegar a Santafé, el cruce del Quindío y el posterior ascenso
al Puracé y a los distintos volcanes y nevados del macizo de Quito enriquecerían
notablemente la botánica y servirían de base para el desarrollo de la biogeografía. Los
resultados obtenidos en los Andes inmortalizarían a los dos viajeros.
EN LA NUEVA GRANADA
El recorrido hacia el
interior de la Nueva Granada se inició con una visita a los volcanes de lodo de Turbaco,
para seguir hacia Barrancas Nuevas y tomar el curso del Magdalena. Las principales etapas
fueron Zambrano, Mompox, El Banco, Tamalameque, Badillo, Cimitarra, Barranca Bermeja,
Garrapata, Nare y Guaramo para llegar a Honda. Allí, mientras Bonpland se recuperaba de
un ataque recurrente de fiebres, Humboldt recorrió los alrededores y visitó las minas de
Santa Ana y del Sapo. A Santafé subieron por Guaduas, Villeta y Facatativá, para llegar
a Fontibón el 15 de julio. Allí les esperaba una destacada comitiva que les acompañó
en su ingreso a Santafé. Mutis les había preparado una casa para su alojamiento y les
recibió con extraordinaria cordialidad. Una visita de pocos días se extendió a dos
largos meses debido a las fiebres recurrentes sufridas por Bonpland. Durante la estancia
Mutis puso a su disposición toda la infraestructura de la Expedición, les abrió su
herbario, facilitó sus notas y manuscritos y les regaló más de cien láminas en folio
mayor, iluminadas en acuarela y que incluían las especies más llamativas de su Flora de
Bogotá, así como una hermosa y completa colección de quinas, con ejemplares en flor y
en fruto, cortezas seleccionadas.
Por solicitud del virrey
Mendinueta, Humboldt visitó las salinas de Zipaquirá y desde allí siguió a la laguna
de Guatavita. También ascendió los cerros circundantes y visitó el salto de Tequendama;
Bonpland aprovechó el tiempo de su recuperación para ordenar e incrementar sus
colecciones botánicas, alternándolo con el estudio del herbario y de las láminas de la
Expedición.
Los viajeros abandonaron
Santafé con rumbo a Pasca, Icononzo, Melgar y Cunday, para caer al valle del Magdalena
cerca del Espinal. La permanente vista de los nevados de la cordillera Central llamó su
atención y les sirvió de incentivo para aceptar el reto de cruzarla cerca de los picos;
por ello se decidieron por el paso del Quindío, para lo cual siguieron a Ibagué y
tomaron el camino de Toche para caer a Cartago. Fueron Humboldt y Bonpland los primeros
naturalistas en acometer tan difícil ruta; al recorrerla descubrieron la real magnitud de
los Andes tropicales. Allí se descorrieron los velos que impedían comprender la
geografía de las plantas; allí se enriqueció notablemente su conocimiento sobre ellas.
La travesía resultó decisiva para aclarar varios conceptos que luego serían ratificados
en Ecuador, donde los viajeros permanecieron por más de un año. De los sitios visitados,
el Quindío fue el más rico en plantas; era entonces un bosque espeso, completamente
deshabitado y recorrido por torrentes que descendían de los nevados. El estrecho camino
alcanzaba los 3.500 metros de altitud y abundaba en barro. Humboldt y Bonpland lo cruzaron
en octubre, valiéndose de doce bueyes para llevar sus instrumentos, pertenencias y
colecciones científicas.
Al salir de Cartago
siguieron la margen oriental del Cauca por el pie de la cordillera Central hasta llegar a
Popayán. El 22 de noviembre iniciaron el ascenso al Puracé, hasta entonces el sitio más
elevado del recorrido. Al dejar a Popayán optaron por el camino de Almaguer que, aunque
más escarpado, seguía más cerca la cordillera; allí las observaciones geológicas eran
interesantes, el clima era benigno y la flora más rica. El viaje siguió hacia Pasto y
Túquerres para pasar por Rumichaca y Chota hacia Ibarra y continuar a Quito.
Si bien para la geografía
de las plantas el Quindío fue decisivo, para la sistemática vegetal, las excursiones en
el macizo volcánico de Ecuador fueron extraordinarias. Las estancia en Chillo y los
ascensos al Antisana, Chimborazo, Tunguragua, Cayamburú, Cotopaxi y Pichincha aportaron
valiosas colecciones botánicas; se trataba de puntos nunca visitados o rápidamente
recorridos por Née, Bouguer, La Condamine y José de Jussieu. Esto explica la importancia
y riqueza de las colecciones botánicas realizadas. De allí surgieron nuevos géneros y
especies, al tiempo que se confirmaron y enriquecieron muchas de las entidades propuestas
por Ruiz y Pavón en su flora. A mediados de junio de 1802 partieron de Quito hacia
Riobamba, Cuenca y Loja. En agosto de 1802 entraron al Perú por Ayavaca y Huacabamba. La
visita a la provincia de Jaén de Bracamoros fue fecundada en colecciones y en novedades
taxonómicas, a la vez que les permitió un segundo contacto con la flora amazónica en
las fuentes del Marañón. Luego viajaron a Cajamarca y Trujillo para llegar a Lima el 23
de octubre de 1802. En la capital peruana permanecieron hasta el 5 de diciembre. El
volumen de las colecciones botánicas, la cantidad de apuntes, mapas, dibujos, manuscritos
y el acopio de información era tal, que habría sido un error exponerlos al riesgo de un
viaje a Filipinas. Por ello descartaron definitivamente la posibilidad de unirse a Baudin
para viajar al Asia. A cambio, optaron por seguir a Acapulco, México y La Habana. En
Guayaquil hicieron una escala de más de un mes.
A diferencia del resto de
América, México había sido recorrido por numerosos naturalistas. A pesar de ello,
Humboldt y Bonpland encontraron una flora que aún ofrecía novedades. Las principales
etapas del recorrido entre Acapulco y Veracruz fueron: Mexcala, Taxco, Tehuilotepec,
Ixtla, México, Pachuca, San Juan del Río, Querétaro, Guanajuato, Valladolid, Jorullo,
Puebla y Xalapa.
OBRA BOTANICA
Por razones de espacio no
es posible hacer un análisis detallado de la obra botánica de Humboldt y Bonpland. El
significado de la misma y sus nexos con trabajos previos o coetáneos de otros botánicos
aparece al inicio de la primera de las obras botánicas publicada por los viajeros y cuyo
título completo, incluidos los numerosos subtítulos, es: Voyage aux quinoctiales du
Nouveau Continent fait en 1799-1804, partie 6, Botanique. Sect. I Plantae aequinotiales
per regnum Mexici, in provinciis Caracarum et Novae Andalusiae, in Peruvianorum,
Quibensium, Novae Granatae Andibus, ad Orinoci, Fluvi Nigri, fluminis Amazonum ripas
nascentes. In ordines digessit Amatus Bonpland.
Durante el viaje, Humboldt
y Bonpland recorrieron más de 9.000 millas de caminos difíciles, incluido el ascenso a
no pocos volcanes y nevados. Entre 1799 y 1804 recolectaron alrededor de 60.000 pliegos de
herbario. Un análisis global de dicho herbario, único en el mundo, ilustra su
importancia y riqueza. Reunía cerca de 6.200 especies, de las cuales más de 4.000
correspondían a nuevos géneros y especies; en él se destaca la cantidad y diversidad de
melastomatáceas, compuestas, escrofulariáceas, gramíneas, rubiáceas, lobeliáceas y
ranunculáceas. Quien recogió, prensó, secó, preservó y anotó los datos pertinentes a
la mayoría de ellas fue Bonpland. Entonces, tanto él como Humboldt habían visto y
estudiado un mayor número de plantas que ningún otro explorador en el mundo. Tales
materiales fueron divididos en tres colecciones, una que llevaron directamente a su
regreso, y dos que remitieron por Inglaterra y por Francia. De ellas, una se perdio al
naufragar en costas africanas la nave que la llevaba.
KUNTH, EL SISTEMATIZADOR
En lo que a la botánica se
refiere, es clara la desigualdad en el trabajo realizado por cada uno de ellos. Se ha
dicho que Bonpland, una vez en Europa, no atendió con la debida constancia las tareas
analíticas y descriptivas, que fue descuidado y perezoso, y que asumió sin afán y con
desgano su compromiso, posponiendo innecesariamente la publicación de los resultados. Lo
cierto es que, a partir de 1808, luego de la publicación de Plantae aequinoctiales, obra
en la que apenas se tratan 148 especies, se dedicó con empeño al manejo de las heredades
y jardines que la emperatriz Josefina poseía en Malmaison, descuidando, casi hasta el
abandono, la preparación de los demás manuscritos. Bonpland era más un botánico de
campo, y tras haber vivido varios años con tanta libertad, no se encontraba a gusto
encerrado en los gabinetes de los museos. Por ello, Humboldt decidió enviar a Berlín una
serie de duplicados para que fuesen estudiados por Willdenow. Poco logró el destacado
botánico, pues la muerte le sorprendió en 1812 sin haber avanzado en tal trabajo. Por
ello, buscó su remplazo en un joven investigador, entonces con apenas 24 años, pero con
un entusiasmo desbordante. Se trataba de Carl Sigismund Kunth. Es esta la razón por la
cual un alto porcentaje de los frutos botánicos del viaje a las regiones equinocciales de
América quedaron reunidos en el tratado Nova genera et species plantarum, un trabajo
realizado casi completamente por el joven botánico berlinés.
Kunth fue llamado por
Humboldt en 1813 y viajó inmediatamente a París para determinar el tipo de trabajo que
podía realizar con las plantas americanas; definidos los parámetros, se dedicó con
ahínco al estudio del herbario, hasta concluir el tratamiento y verlo publicado. El
resultado final fue una obra admirable, que enriqueció en gran medida la botánica y
mejoró sustancialmente el conocimiento de la flora tropical americana. Kunth poseía
muchos atributos de los que carecía Bonpland: era el típico botánico de gabinete,
caracterizado por ser obsesivo y disciplinado. Fue el primero en utilizar un soporte para
la lupa, con el fin de liberar ambas manos, facilitando así las disecciones de las
flores. En esta forma, podía dibujar los detalles con facilidad y ser exacto en sus
descripciones. Manteniendo esta disciplina, completó el estudio de las plantas americanas
en 22 años. A partir de 1829 ocupó la cátedra de botánica en la Universidad de
Berlín.
Nadie puede poner en duda
la importancia de Nova genera et species plantarum. Se trata de uno de los primeros y
quizás el más destacado de los trabajos dedicados a la flora tropical americana; en él
se da a conocer un enorme número de especies, casi todas nuevas para la ciencia. Las
descripciones son excelentes en su manufactura y en un buen porcentaje van acompañadas de
grabados hechos por J.F. Turpin sobre diseños del propio Kunth, quien, con el fin de
evitar errores o imprecisiones se cuidó en corregir hasta los más mínimos detalles. Al
igual que otros botánicos de la época, Kunth fue duramente criticado, especialmente por
Roemer y Schultes, quienes consideraban que se había excedido en la descripción de
especies, y que muchas de ellas correspondían a sinónimos de otras, descritas por él
mismo, páginas atrás, bajo otros nombres. Un problema adicional, relativo a la
nomenclatura botánica, se presentó al hacerse dos ediciones de la obra, una en folio y
la otra en cuarto, en las cuales la numeración no coincide, genera problemas
bibliográficos y complica la aplicación del principio de prioridad.
La mayoría de las nuevas
especies que resultaron del viaje de Humboldt y Bonpland a las regiones equinocciales del
Nuevo Mundo han sido atribuidas a los tres naturalistas, motivo por el cual se citan como
de Humboldt, Bonpland y Kunth (abreviado como "H,B,K".). Si se tiene en cuenta
el trabajo analítico y descriptivo, las publicadas en Nova Genera et Species Plantarum
deberían acreditarse exclusivamente a Kunth o citarse como "Kunth in H.B,K.",
reconociendo en esta forma el trabajo de recolección y la forma de publicación. Pasados
doscientos años, lo importante no es discriminar entre los autores buscando qué
porcentaje de responsabilidad le corresponde a cada uno, sino recordar cómo, gracias al
viaje de Humboldt y Bonpland, salieron a la luz dos grandes obras, la primera redactada
por Bonpland con la ayuda de Humboldt, la segunda preparada por Kunth. De otra parte,
entre 1819 y 1824, Kunth publicó bajo el título Mimoses et autres Plantes légumineuses
du Nouveau Continent otro importante trabajo botánico, en el que, por lo que se puede
deducir de algunos borradores, contó con la colaboración de Robert Brown.
A los tres naturalistas
cabe el honor de haber contribuido en gran medida al conocimiento de la flora americana,
el primero promoviendo y financiando el viaje, el segundo responsabilizándose del ingente
trabajo de campo, el tercero dedicando buena parte de su vida al estudio de tan admirable
herbario. En el campo de la botánica, a Humboldt le queda una gloria adicional: la de
haber redactado sus Ideas para una Geografía de las plantas, la más original de sus
contribuciones a las ciencias. Su concepto de la vegetación como una unidad natural
trascendental influyó en un gran número de científicos, cuyas contribuciones dieron
lugar a una escuela que generó la moderna ecología vegetal.
Mientras que Humboldt
cosechaba lauros académicos y redactaba el resto de sus obras, Bonpland se alejó
paulatinamente de los círculos científicos. A la muerte de Ventenant, la emperatriz
Josefina le nombró intendente de Malmaison, un cargo que implicaba múltiples tareas de
tipo horticultural. Tras la muerte de su protectora, ocurrida en 1814, los jardines de
Malmaison y de Navarra ya no fueron una prioridad; por ello, la responsabilidad de
Bonpland acabó. Durante el viaje se había acostumbrado a trabajar al lado de Humboldt;
ya en Europa, debían trabajar por separado y en forma desarticulada. Los años pasados
como intendente de la emperatriz le habían desconectado de la botánica sistemática y se
sentía a disgusto. Por ello, en 1816, optó por viajar al Río de la Plata, atendiendo
una invitación de Rivadavia. En 1820 se estableció en Santa Ana, en la frontera con
Paraguay, donde organizó cultivos de yerba mate. Esta actividad causó los celos del
doctor Gaspar Rodríguez de Francia, dictador del Paraguay, quien hizo destruir la
plantación y le mandó apresar, manteniéndolo confinado en El Cerrito, condición que
duró hasta 1831, cuando fue liberado. Entonces se estableció en San Borja (Brasil),
donde vivió por etapas hasta que, en 1853, se estableció definitivamente en la estancia
de Santa Ana, cerca del Paso de los Libres en la provincia de Corrientes, Argentina. En
mayo de 1858, pocos meses antes de cumplir los 85 años de edad, falleció allí. La
Academia de Ciencias se enteró de su muerte dos meses más tarde, cuando el propio
Humboldt, durante una sesión, informó la triste noticia. El barón le sobreviviría dos
años.
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