Bonpland, Kunth y la botánica en el viaje de Humboldt

Por: Díaz Piedrahita, Santiago

 

 

 


FEBRERO 2001.

   
 

Bonpland, Kunth y la botánica
en el viaje de Humboldt.

Por: Santiago Díaz Piedrahita.

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Febrero 2001. No. 134

 
 
Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland.
Grabado de Alberto Urdaneta.
"Papel Periódico Ilustrado", 1884.

José Celestino Mutis.
Grabado y dedicatoria de Humboldt y Bonpland
a Mutis en la obra "Plantes Aequinoctiales"
París: F. Schoell, 1808.
Instituto de Ciencias Naturales, Universidad Nacional de Colombia.

Mutisia grandiflora.
Grabado de Sellier sobre dibujo de J. F. Turpin.
"Plantes équinoxiales", 1808.



Vista del volcán de Cayambé, en Ecuador.
Grabado de Parboni sobre dibujo de Friedrich Wilhelm Gmelin y apunte de Humboldt.
"Vue des cordillères..." París, Librairie Grecque, 1816.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.

Carta de Alexander von Humboldt
a Aimé Bonpland, Berlín, diciembre 30 de 1806.
Archives Bonpland, París.

 

Verbesina Turbacensis H.B.K.
Planta recogida por Bonpland en Turbaco, 1801.
Herbario Nacional Colombiano.
Universidad Nacional, Bogotá.

 

Carta de Alexander von Humboldt a Aimé Bonpland, Berlín, diciembre 30 de 1806.
Archives Bonpland, París.

Kunthia montana.
Grabado de Sellier sobre dibujo de J. F. Turpin.
"Plantes équinoxiales", 1808.

 

Portada de "Nova genera et species plantarum"
de Bonpland y Humboldt, ordenado y sistematizado por Kunth.
París: Libraria Graeco-Latino-Germanica, 1815.

 

Carl Sigismund Kunth.
Litografía de Schall, sobre dibujo de Rinck,
a partir de una fotografía de Leleux, París, 1838.
Conservatorio Botánico, Ginebra.

 
 

La publicación de las observaciones y resultados obtenidos durante el recorrido de Humboldt y Bonpland por las regiones equinocciales transformó la visión europea de América (ver Credencial Historia Nº 122, febrero 2000). El cambio más notorio se produjo en el conocimiento de la flora tropical. Sobre las plantas americanas existían unos cuantos estudios, pero en ellos se trataban muy pocas especies, motivo por el cual el conocimiento sobre las plantas del continente era precario. En los herbarios europeos, aparte del de Madrid, no se contaba con suficientes materiales y se ignoraba la verdadera riqueza de la flora tropical americana.

BONPLAND, EL RECOLECTOR

Durante el viaje promovido por Humboldt, que cubrió buena parte de los territorios de Venezuela, Cuba, Nueva Granada, Ecuador, Perú y México (1799-1804), las tareas botánicas estuvieron a cargo de Aimé-Jacques-Alexander Goujaud, un joven médico y naturalista, más conocido en el mundo científico como Aimé Bonpland. Este interesante personaje nació en La Rochelle el 28 de agosto de 1773. Su padre, además de médico, era viticultor; en una ocasión, al observar el sarmiento de una cepa exclamó con admiración: "Loado sea Dios, he aquí una buena planta". Tal "bon plant" se convirtió en un apodo, que se deformó para convertirse en "Bonpland", apelativo que padre e hijo asumieron como apellido; luego del viaje a las regiones equinocciales, dicho nombre pasó a la inmortalidad. Bonpland eligió la profesión médica presionado por su padre y sus hermanos, también médicos, y aunque en un comienzo ejerció, su verdadera vocación estaba en el estudio de los vegetales. Pudiera pensarse que el nuevo apellido le hubiese predestinado hacia la botánica.

Bonpland realizó los estudios superiores en París. Los cursos recibidos de Jean-Baptiste-Antoine de Lamarck, René Loviche Desfontaines, Louis Richard, André Thouin y Antonio Lorenzo de Jussieu le motivaron profundamente, al punto de convertirse en un asiduo visitante del Jardin des Plantes. Obtenido el grado de cirujano, se vinculó a la marina como médico del hospital de Toulon, pero insatisfecho con tal trabajo, en 1789 regresó a París. En los círculos intelectuales parisinos conoció a Humboldt, con quien congenió fácilmente por compartir intereses científicos similares. Así se inició una sincera relación, basada en el respeto mutuo, y que se mantuvo hasta la muerte del botánico, aunque, a partir de 1817, se redujo a un escaso pero cariñoso intercambio epistolar.

Humboldt, merced a su fuerte personalidad, era quien ideaba los proyectos, los lideraba y tomaba las decisiones; Bonpland, un hombre tranquilo y sencillo, apoyaba tales iniciativas y las completaba con su trabajo. Ambos gustaban de los viajes e intentaron adelantar exploraciones en diversas regiones, hasta que la casualidad les condujo al interior del Nuevo Continente. Esta visita fue puramente accidental, puesto que entre sus planes no figuraba recorrer las regiones equinocciales. La intención de viajar hacia Filipinas a través de América surgió luego de fracasar los intentos de unirse a la expedición del capitán Baudin, quien entonces iniciaba un viaje alrededor del mundo.

VIAJES DE HUMBOLDT Y BONPLAND

A finales de 1798, Humboldt y Bonpland se dirigieron a Madrid con el fin de solicitar los permisos necesarios par ingresar en los territorios españoles de ultramar. Allí se relacionaron con varios científicos, entre quienes cabe destacar a Antonio José Cavanilles, director del Real Jardín Botánico y autor de numerosas descripciones de plantas, incluidas unas cuantas especies americanas, así como a Hipólito Ruiz y José Pavón, autores de una flora de Perú y Chile. Los pasaportes, autorizados en Aranjuez por Carlos IV y concedidos a través de la Secretaría de Estado y del Consejo de Indias, permitían su libre desplazamiento por el interior de América y por las Filipinas para adelantar estudios de minas, recolectar plantas, semillas, animales y minerales, así como medir la altura de los montes, examinar su naturaleza y realizar observaciones y descubrimientos útiles al progreso de las ciencias naturales.

Las personalidades de los viajeros quedaron plasmadas en los papeles oficiales. El personaje es el geólogo, en tanto que el médico y naturalista aparece en un segundo plano, como secretario, ayudante, copista, e incluso como un simple criado del barón. Entonces las intenciones de Humboldt no eran del todo claras; le interesaba comprender e interpretar las grandes armonías de la naturaleza, definir la composición química de la atmósfera, establecer su influjo sobre los cuerpos organizados y comprender la formación del globo a través de las identidades de las capas geológicas. Bonpland, por su parte, centraba su atención en el estudio de las plantas.

El 5 de junio de 1799 zarparon de La Coruña con rumbo a Panamá, pero la rotura de un mástil les obligó a parar en las Canarias. Ya en aguas americanas, una epidemia de fiebre tifoidea les forzó a desembarcar el 16 de julio en Cumaná. Esta escala impensada abrió la posibilidad de recorrer los alrededores, incluyendo la península de Araya, el valle de Cumanaco, Cocollar, Caripe y la Cueva de los Guácharos. Luego el viaje se extendió a Caracas; Humboldt viajó por mar a través de La Guaira, en tanto que Bonpland lo hizo por tierra para recolectar plantas. Después de recorrer los alrededores y de ascender a la Silla de Caracas, ampliaron el recorrido en busca de las fuentes del Orinoco y del río Negro. Entre los puntos visitados figuran los cerros de San Pedro. Los Teques, Victoria, el valle de Aragua, el lago Tacarigua, Nueva Valencia, Villa del Cura, San Juan, Ortiz, Calabozo, San Fernando de Apure, La Encaramada, Barragán, Carichana, el río Meta, los raudales de Atures y Maipures, la boca del Vichada y San Fernando de Atabapo, donde se apartaron del curso del Orinoco para coger el brazo de Casiquiare y llegar hasta Esmeralda, en la zona fronteriza con Brasil; allí tuvieron su primer contacto con la Amazonia. A lo largo de este trayecto realizaron abundantes colecciones botánicas.

El 24 de noviembre de 1800, diez meses después del desembarco, partieron de Nueva Barcelona con destino a Cuba. En La Habana se enteraron de que la expedición de Baudin había partido de Francia y que en el lapso de un año era posible que tocara El Callao; por ello decidieron seguir hacia Panamá, en busca del Pacífico. La etapa cubana sirvió para realizar varios recorridos durante los cuales se incrementaron las colecciones botánicas. El 14 de marzo de 1801 embarcaron en Batabanó con rumbo al Istmo, para luego continuar a Guayaquil. Una tempestad que afectó el barco y la desconfianza del timonel en los datos aportados por el barón, alargaron el viaje al desviarse hacia Trinidad y las islas Caimán. En la bahía del Darién optaron por seguir a Cartagena, donde desembarcaron el 30 de marzo. Allí encontraron a Fidalgo, quien al mando de una comisión realizaba el levantamiento cartográfico de la costa; también conocieron a José Ignacio de Pombo, quien les convenció de las ventajas que representaba viajar por tierra a Quito remontando el Magdalena y cruzando los Andes. Un pequeño, desvío les llevaría a Santanfé, donde podrían visitar a Mutis, un prestigioso médico y catedrático, y conocer los trabajos adelantados por la Expedición Botánica que dirigía. Los argumentos de Pombo determinaron la nueva ruta y modificaron el carácter del viaje. El ascenso de la cordillera Oriental para llegar a Santafé, el cruce del Quindío y el posterior ascenso al Puracé y a los distintos volcanes y nevados del macizo de Quito enriquecerían notablemente la botánica y servirían de base para el desarrollo de la biogeografía. Los resultados obtenidos en los Andes inmortalizarían a los dos viajeros.

EN LA NUEVA GRANADA

El recorrido hacia el interior de la Nueva Granada se inició con una visita a los volcanes de lodo de Turbaco, para seguir hacia Barrancas Nuevas y tomar el curso del Magdalena. Las principales etapas fueron Zambrano, Mompox, El Banco, Tamalameque, Badillo, Cimitarra, Barranca Bermeja, Garrapata, Nare y Guaramo para llegar a Honda. Allí, mientras Bonpland se recuperaba de un ataque recurrente de fiebres, Humboldt recorrió los alrededores y visitó las minas de Santa Ana y del Sapo. A Santafé subieron por Guaduas, Villeta y Facatativá, para llegar a Fontibón el 15 de julio. Allí les esperaba una destacada comitiva que les acompañó en su ingreso a Santafé. Mutis les había preparado una casa para su alojamiento y les recibió con extraordinaria cordialidad. Una visita de pocos días se extendió a dos largos meses debido a las fiebres recurrentes sufridas por Bonpland. Durante la estancia Mutis puso a su disposición toda la infraestructura de la Expedición, les abrió su herbario, facilitó sus notas y manuscritos y les regaló más de cien láminas en folio mayor, iluminadas en acuarela y que incluían las especies más llamativas de su Flora de Bogotá, así como una hermosa y completa colección de quinas, con ejemplares en flor y en fruto, cortezas seleccionadas.

Por solicitud del virrey Mendinueta, Humboldt visitó las salinas de Zipaquirá y desde allí siguió a la laguna de Guatavita. También ascendió los cerros circundantes y visitó el salto de Tequendama; Bonpland aprovechó el tiempo de su recuperación para ordenar e incrementar sus colecciones botánicas, alternándolo con el estudio del herbario y de las láminas de la Expedición.

Los viajeros abandonaron Santafé con rumbo a Pasca, Icononzo, Melgar y Cunday, para caer al valle del Magdalena cerca del Espinal. La permanente vista de los nevados de la cordillera Central llamó su atención y les sirvió de incentivo para aceptar el reto de cruzarla cerca de los picos; por ello se decidieron por el paso del Quindío, para lo cual siguieron a Ibagué y tomaron el camino de Toche para caer a Cartago. Fueron Humboldt y Bonpland los primeros naturalistas en acometer tan difícil ruta; al recorrerla descubrieron la real magnitud de los Andes tropicales. Allí se descorrieron los velos que impedían comprender la geografía de las plantas; allí se enriqueció notablemente su conocimiento sobre ellas. La travesía resultó decisiva para aclarar varios conceptos que luego serían ratificados en Ecuador, donde los viajeros permanecieron por más de un año. De los sitios visitados, el Quindío fue el más rico en plantas; era entonces un bosque espeso, completamente deshabitado y recorrido por torrentes que descendían de los nevados. El estrecho camino alcanzaba los 3.500 metros de altitud y abundaba en barro. Humboldt y Bonpland lo cruzaron en octubre, valiéndose de doce bueyes para llevar sus instrumentos, pertenencias y colecciones científicas.

Al salir de Cartago siguieron la margen oriental del Cauca por el pie de la cordillera Central hasta llegar a Popayán. El 22 de noviembre iniciaron el ascenso al Puracé, hasta entonces el sitio más elevado del recorrido. Al dejar a Popayán optaron por el camino de Almaguer que, aunque más escarpado, seguía más cerca la cordillera; allí las observaciones geológicas eran interesantes, el clima era benigno y la flora más rica. El viaje siguió hacia Pasto y Túquerres para pasar por Rumichaca y Chota hacia Ibarra y continuar a Quito.

Si bien para la geografía de las plantas el Quindío fue decisivo, para la sistemática vegetal, las excursiones en el macizo volcánico de Ecuador fueron extraordinarias. Las estancia en Chillo y los ascensos al Antisana, Chimborazo, Tunguragua, Cayamburú, Cotopaxi y Pichincha aportaron valiosas colecciones botánicas; se trataba de puntos nunca visitados o rápidamente recorridos por Née, Bouguer, La Condamine y José de Jussieu. Esto explica la importancia y riqueza de las colecciones botánicas realizadas. De allí surgieron nuevos géneros y especies, al tiempo que se confirmaron y enriquecieron muchas de las entidades propuestas por Ruiz y Pavón en su flora. A mediados de junio de 1802 partieron de Quito hacia Riobamba, Cuenca y Loja. En agosto de 1802 entraron al Perú por Ayavaca y Huacabamba. La visita a la provincia de Jaén de Bracamoros fue fecundada en colecciones y en novedades taxonómicas, a la vez que les permitió un segundo contacto con la flora amazónica en las fuentes del Marañón. Luego viajaron a Cajamarca y Trujillo para llegar a Lima el 23 de octubre de 1802. En la capital peruana permanecieron hasta el 5 de diciembre. El volumen de las colecciones botánicas, la cantidad de apuntes, mapas, dibujos, manuscritos y el acopio de información era tal, que habría sido un error exponerlos al riesgo de un viaje a Filipinas. Por ello descartaron definitivamente la posibilidad de unirse a Baudin para viajar al Asia. A cambio, optaron por seguir a Acapulco, México y La Habana. En Guayaquil hicieron una escala de más de un mes.

A diferencia del resto de América, México había sido recorrido por numerosos naturalistas. A pesar de ello, Humboldt y Bonpland encontraron una flora que aún ofrecía novedades. Las principales etapas del recorrido entre Acapulco y Veracruz fueron: Mexcala, Taxco, Tehuilotepec, Ixtla, México, Pachuca, San Juan del Río, Querétaro, Guanajuato, Valladolid, Jorullo, Puebla y Xalapa.

OBRA BOTANICA

Por razones de espacio no es posible hacer un análisis detallado de la obra botánica de Humboldt y Bonpland. El significado de la misma y sus nexos con trabajos previos o coetáneos de otros botánicos aparece al inicio de la primera de las obras botánicas publicada por los viajeros y cuyo título completo, incluidos los numerosos subtítulos, es: Voyage aux quinoctiales du Nouveau Continent fait en 1799-1804, partie 6, Botanique. Sect. I Plantae aequinotiales per regnum Mexici, in provinciis Caracarum et Novae Andalusiae, in Peruvianorum, Quibensium, Novae Granatae Andibus, ad Orinoci, Fluvi Nigri, fluminis Amazonum ripas nascentes. In ordines digessit Amatus Bonpland.

Durante el viaje, Humboldt y Bonpland recorrieron más de 9.000 millas de caminos difíciles, incluido el ascenso a no pocos volcanes y nevados. Entre 1799 y 1804 recolectaron alrededor de 60.000 pliegos de herbario. Un análisis global de dicho herbario, único en el mundo, ilustra su importancia y riqueza. Reunía cerca de 6.200 especies, de las cuales más de 4.000 correspondían a nuevos géneros y especies; en él se destaca la cantidad y diversidad de melastomatáceas, compuestas, escrofulariáceas, gramíneas, rubiáceas, lobeliáceas y ranunculáceas. Quien recogió, prensó, secó, preservó y anotó los datos pertinentes a la mayoría de ellas fue Bonpland. Entonces, tanto él como Humboldt habían visto y estudiado un mayor número de plantas que ningún otro explorador en el mundo. Tales materiales fueron divididos en tres colecciones, una que llevaron directamente a su regreso, y dos que remitieron por Inglaterra y por Francia. De ellas, una se perdio al naufragar en costas africanas la nave que la llevaba.

KUNTH, EL SISTEMATIZADOR

En lo que a la botánica se refiere, es clara la desigualdad en el trabajo realizado por cada uno de ellos. Se ha dicho que Bonpland, una vez en Europa, no atendió con la debida constancia las tareas analíticas y descriptivas, que fue descuidado y perezoso, y que asumió sin afán y con desgano su compromiso, posponiendo innecesariamente la publicación de los resultados. Lo cierto es que, a partir de 1808, luego de la publicación de Plantae aequinoctiales, obra en la que apenas se tratan 148 especies, se dedicó con empeño al manejo de las heredades y jardines que la emperatriz Josefina poseía en Malmaison, descuidando, casi hasta el abandono, la preparación de los demás manuscritos. Bonpland era más un botánico de campo, y tras haber vivido varios años con tanta libertad, no se encontraba a gusto encerrado en los gabinetes de los museos. Por ello, Humboldt decidió enviar a Berlín una serie de duplicados para que fuesen estudiados por Willdenow. Poco logró el destacado botánico, pues la muerte le sorprendió en 1812 sin haber avanzado en tal trabajo. Por ello, buscó su remplazo en un joven investigador, entonces con apenas 24 años, pero con un entusiasmo desbordante. Se trataba de Carl Sigismund Kunth. Es esta la razón por la cual un alto porcentaje de los frutos botánicos del viaje a las regiones equinocciales de América quedaron reunidos en el tratado Nova genera et species plantarum, un trabajo realizado casi completamente por el joven botánico berlinés.

Kunth fue llamado por Humboldt en 1813 y viajó inmediatamente a París para determinar el tipo de trabajo que podía realizar con las plantas americanas; definidos los parámetros, se dedicó con ahínco al estudio del herbario, hasta concluir el tratamiento y verlo publicado. El resultado final fue una obra admirable, que enriqueció en gran medida la botánica y mejoró sustancialmente el conocimiento de la flora tropical americana. Kunth poseía muchos atributos de los que carecía Bonpland: era el típico botánico de gabinete, caracterizado por ser obsesivo y disciplinado. Fue el primero en utilizar un soporte para la lupa, con el fin de liberar ambas manos, facilitando así las disecciones de las flores. En esta forma, podía dibujar los detalles con facilidad y ser exacto en sus descripciones. Manteniendo esta disciplina, completó el estudio de las plantas americanas en 22 años. A partir de 1829 ocupó la cátedra de botánica en la Universidad de Berlín.

Nadie puede poner en duda la importancia de Nova genera et species plantarum. Se trata de uno de los primeros y quizás el más destacado de los trabajos dedicados a la flora tropical americana; en él se da a conocer un enorme número de especies, casi todas nuevas para la ciencia. Las descripciones son excelentes en su manufactura y en un buen porcentaje van acompañadas de grabados hechos por J.F. Turpin sobre diseños del propio Kunth, quien, con el fin de evitar errores o imprecisiones se cuidó en corregir hasta los más mínimos detalles. Al igual que otros botánicos de la época, Kunth fue duramente criticado, especialmente por Roemer y Schultes, quienes consideraban que se había excedido en la descripción de especies, y que muchas de ellas correspondían a sinónimos de otras, descritas por él mismo, páginas atrás, bajo otros nombres. Un problema adicional, relativo a la nomenclatura botánica, se presentó al hacerse dos ediciones de la obra, una en folio y la otra en cuarto, en las cuales la numeración no coincide, genera problemas bibliográficos y complica la aplicación del principio de prioridad.

La mayoría de las nuevas especies que resultaron del viaje de Humboldt y Bonpland a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo han sido atribuidas a los tres naturalistas, motivo por el cual se citan como de Humboldt, Bonpland y Kunth (abreviado como "H,B,K".). Si se tiene en cuenta el trabajo analítico y descriptivo, las publicadas en Nova Genera et Species Plantarum deberían acreditarse exclusivamente a Kunth o citarse como "Kunth in H.B,K.", reconociendo en esta forma el trabajo de recolección y la forma de publicación. Pasados doscientos años, lo importante no es discriminar entre los autores buscando qué porcentaje de responsabilidad le corresponde a cada uno, sino recordar cómo, gracias al viaje de Humboldt y Bonpland, salieron a la luz dos grandes obras, la primera redactada por Bonpland con la ayuda de Humboldt, la segunda preparada por Kunth. De otra parte, entre 1819 y 1824, Kunth publicó bajo el título Mimoses et autres Plantes légumineuses du Nouveau Continent otro importante trabajo botánico, en el que, por lo que se puede deducir de algunos borradores, contó con la colaboración de Robert Brown.

A los tres naturalistas cabe el honor de haber contribuido en gran medida al conocimiento de la flora americana, el primero promoviendo y financiando el viaje, el segundo responsabilizándose del ingente trabajo de campo, el tercero dedicando buena parte de su vida al estudio de tan admirable herbario. En el campo de la botánica, a Humboldt le queda una gloria adicional: la de haber redactado sus Ideas para una Geografía de las plantas, la más original de sus contribuciones a las ciencias. Su concepto de la vegetación como una unidad natural trascendental influyó en un gran número de científicos, cuyas contribuciones dieron lugar a una escuela que generó la moderna ecología vegetal.

Mientras que Humboldt cosechaba lauros académicos y redactaba el resto de sus obras, Bonpland se alejó paulatinamente de los círculos científicos. A la muerte de Ventenant, la emperatriz Josefina le nombró intendente de Malmaison, un cargo que implicaba múltiples tareas de tipo horticultural. Tras la muerte de su protectora, ocurrida en 1814, los jardines de Malmaison y de Navarra ya no fueron una prioridad; por ello, la responsabilidad de Bonpland acabó. Durante el viaje se había acostumbrado a trabajar al lado de Humboldt; ya en Europa, debían trabajar por separado y en forma desarticulada. Los años pasados como intendente de la emperatriz le habían desconectado de la botánica sistemática y se sentía a disgusto. Por ello, en 1816, optó por viajar al Río de la Plata, atendiendo una invitación de Rivadavia. En 1820 se estableció en Santa Ana, en la frontera con Paraguay, donde organizó cultivos de yerba mate. Esta actividad causó los celos del doctor Gaspar Rodríguez de Francia, dictador del Paraguay, quien hizo destruir la plantación y le mandó apresar, manteniéndolo confinado en El Cerrito, condición que duró hasta 1831, cuando fue liberado. Entonces se estableció en San Borja (Brasil), donde vivió por etapas hasta que, en 1853, se estableció definitivamente en la estancia de Santa Ana, cerca del Paso de los Libres en la provincia de Corrientes, Argentina. En mayo de 1858, pocos meses antes de cumplir los 85 años de edad, falleció allí. La Academia de Ciencias se enteró de su muerte dos meses más tarde, cuando el propio Humboldt, durante una sesión, informó la triste noticia. El barón le sobreviviría dos años.

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