Antonio Nariño : publicación clandestina de los Derechos del Hombre

Por: Ruiz Martínez, Eduardo, 1929-

Personajes curiosos del siglo XIX

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 19
Julio de 1991 

La celda del Cuartel de Caballería es fría y oscura. Desde la noche del viernes 29 de agosto de 1794, por orden del oidor Joaquín Mosquera, don Antonio Nariño y Alvarez está allí preso e incomunicado. El puntilloso ministro de la Real Audiencia y juez comisionado para instruir el proceso contra el prócer lo ha reducido a prisión, no importa si ha sido antes alcalde de la ciudad y ahora tesorero de Diezmos del arzobispo. Hay resentimiento y odio en Mosquera contra Nariño y, como para hacer méritos con el virrey, basado en la denuncia de un par de españoles de baja condición -Carrasco y González- el oidor sume al Precursor en la desgracia.

Se le acusa de haber traducido y hecho circular, a finales de 1793, -es probable que también fuera de la colonia- un impreso con la traducción de los diecisiete artículos promulgados por la Asamblea Nacional Constituyente de Francia dos años antes y que se dice van en contra de Dios y del gobierno del rey. La ideología de la revolución de la independencia está en marcha. Aunque ignora el turbión que arrollará su vida, sí conoce las repercusiones que para la libertad del Reino implica su decisión como editor.

En su Imprenta Patriótica, Nariño ha imaginado el impreso. La tarde de un sábado de finales de diciembre del noventa y tres, ordena a su impresor Diego Espinosa de los Monteros: "Compóngame V. M. este papel" y le tiende un manuscrito: su traducción de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. No necesita licencia, se puede imprimir todo folleto que no pase de un pliego. Emplea un papel "de mayor marca que el común", de clase hasta ahora no usada en la ciudad, "trigueñote, de una calidad que quienes lo conocieron no habían visto hasta entonces, que aunque parecía de estraza, no se calaba" y que Nariño reservaba para el efecto.
 


Antonio Nariño y Alvarez (1760 - 1823) Oleo del abanderado de
Nariño José María Espinosa. Casa Museo del 20 de Julio, Bogotá.


Antes de las siete de la mañana del domingo, cuando Espinosa está imprimiendo las primeras caras, llega Nariño a la Patriótica, encarga el sigilo y permanece allí toda la mañana. Cerca de las doce sale para misa, llevando en el bolsillo de la casaca algunos ejemplares ya secos de un impreso "grande y prieto". Parece que no son más de 80, según Espinosa (se hablaba hasta de doscientos). En el atrio, a la salida, encuentra a don Miguel Cabal y le dice: "Tengo un excelente papel; en dando un peso lo verá Vuesa Merced." Cabal le da en pago "ocho reales en un peso fuerte." Distribuye algunos ejemplares entre sus íntimos -Rieux entre ellos- pues "su intención fue la de haberlos vendido como si le hubieran venido de España, y que por ello usó el disfraz del papel." Carrasco se percata del hecho.

Una mañana de agosto de 1794, amanecen fijados en los principales lugares públicos de Santafé, unos pasquines manuscritos, lo que alborota el cotarro. El virrey Ezpeleta, a revienta caballos, regresa de Guaduas. Se inicia de inmediato la investigación. Francisco Carrasco, un alcohólico jerezano de pésimos antecedentes, recuerda que hace ocho meses vio un papel sobre las leyes de la Asamblea de Francia y acusa a Nariño de ser su autor. Y aquí se inicia el drama. Como cabeza de proceso, todos sus bienes, incluyendo su preciosa biblioteca, le son embargados.
 


Portada del Proceso de Nariño, fechada en Santafé,
a 29 de agosto de 1794. Archivo Histórico Nacional, Madrid.



Primera página del expediente contra Antonio Nariño. Archivo Histórico Nacional, Madrid.


Ningún abogado de la ciudad quiere asumir la defensa de Nariño. Ni siquiera aquellos nombrados de oficio aceptan el encargo. Camilo Torres, "abogado de pobres", sin duda el más importante jurista del reino, quien desde ya muestra animadversión por Nariño, se excusa con hipocresía, porque "la delicadeza y gravedad de una materia que pide un hombre de toda instrucción y experiencia que sólo puede dar un largo manejo de negocios y que yo como abogado nuevo no puedo tener". Ignacio José Quevedo y Murillo se justifica por tener "varios negocios que algunos particulares me han recomendado; único arbitrio conque me sostengo." Ignacio de San Miguel arguye que "público y notorio es que muchos días ha estoy redondeándome para dejar la abogacía y retirarme a mi hacienda." Tomás Tenorio y Carvajal se ve "recargado de defensas particulares." Francisco Ortiz alega que debe pasar "al pueblo de Siachoque a practicar ciertas diligencias de medidas de tierras que ya urgen.” Francisco Javier de Vergara se declara impedido. José Martínez Malo alega que no puede atender el proceso por sus escasas luces y muchas enfermedades. Eustaquio Galavís dice que es "bien constante y notoria la grave indisposición que padece en su salud mi mujer María Teresa Lasqueti. " El doctor Manuel Guarín dice estar "sumamente enfermo" y suplica "darme por excusado y nombrar a uno de los procuradores de pobres para el seguimiento de su causa." Guarín es forzado a actuar como procurador del reo y multado con cuatro pesos al no aceptar. Sin embargo expresa: "Consigno, por la excusa que hice de no querer ser personero de la causa de don Antonio Nariño que ciertamente lo hice por miedo, a causa de que todos los abogados que había se habían excusado." Nariño pide que, mientras se encuentra un abogado, no le corran los términos. Y por fin se obliga al doctor Ignacio de San Miguel para que actúe como defensor, "conforme a derecho y sin que sobre el particular se admita excusa ni escrito alguno."

El Precursor ha enfermado de gravedad en la cárcel, mientras el Cabildo de la ciudad, encabezado por el regidor José de Caicedo, levanta con entereza la bandera del partido de los colonos, y excita a Nariño a "mantenerse firme ante sus jueces y no perder toda esperanza para lo futuro." El Cabildo protesta contra los oidores por haber pretermitido los procedimientos legales desconociendo la jurisdicción de los alcaldes ordinarios y da poder para que un procurador en Madrid "alegue ante el Rey cuanto es de justicia y saque avante el decoro y buen nombre de la cabeza del Virreinato." Los criollos reclaman exasperados contra los golillas de la Audiencia. Hasta la distinguida matrona doña Manuela Sanz de Santamaría de Manrique eleva su voz ante la Corte.

Exhausto y enfermo de gravedad, en febrero del año siguiente, Nariño decide confesar, pero justifica sus actos al demostrar que esos mismos principios no son en manera alguna dañinos ni subversivos. A finales de julio presenta el largo alegato de defensa en donde, a través de 125 puntos, demuestra su inocencia. Pero, aunque la defensa es vigorosa, todo se le niega.

La fiscalía aduce que las proposiciones y doctrinas del papel impreso en forma clandestina, son perversas y sus máximas detestables y anticatólicas, en todo opuestas a los dogmas de la Iglesia; que, subversivas del orden público, buscan sustraer a los vasallos de la obediencia del monarca y que al atentar contra la soberanía del rey, niegan su legítima autoridad y augusto derecho.

El Precursor contesta que, estando publicados los mismos principios en los libros de la Nación, no pueden juzgarse como perniciosos y se refiere a varios escritos aparecidos en diversos números del Espíritu de los mejores diarios de Madrid, en donde se afirma que "el hombre nace libre, y sólo está sujeto, mientras su debilidad no le permite entrar a gozar los derechos de su independencia: al punto que llega a hacer uso de su razón, es dueño de elegir el país y el gobierno que le conviene mejor a sus ideas; si los hombres se han reunido en sociedad, si se han sometido a un jefe, si han sacrificado una parte de su libertad, ha sido por mejorar su suerte."

Nariño busca demostrar que no hay delito de lesa majestad en los principios contenidos en la traducción, sino que por el contrario son los mismos que los filósofos católicos de España y los mismos teólogos de la Iglesia han sostenido en publicaciones que, con toda libertad, circulan por la península y las colonias, sin que por ello se persiga y encarcele a sus autores. Pero todo es inútil. Nariño ya esta sentenciado "a priori" desde el mismo momento en que Mosquera ordena ponerlo preso.

La defensa es rechazada por "las malas doctrinas que comprende", pues "en ella se hallan execrables errores, impías opiniones, perversas máximas, sistemas inicuos, atroces injurias, reprensibles desacatos. En breve, la doctrina de este escrito en las presentes circunstancias es un veneno capaz de ofender gravemente la pública tranquilidad." Se ordena destruir sus copias, pues "la defensa de Nariño es peor, más mala y perjudicial que el referido papel." Su abogado Ricaurte, mártir de la libertad y del noble ejercicio de su profesión, morirá en Cartagena después de diez años de prisión.

Al fin se rematan los bienes de Nariño y el 28 de noviembre de 1795, sin oír ninguna clase de razones, se produce la sentencia contra él y contra Espinosa, el impresor. En ella se dice que aunque podría imponerse la pena ordinaria del último suplicio al reo principal don Antonio Nariño, por la graciosa piedad de Su Majestad se le condena tan sólo "a la pena extraordinaria de diez años de presidio en uno de los de Africa que Su Majestad eligiere; al extrañamiento para siempre de sus dominios de América y confiscación de todos sus bienes y utensilios de su imprenta para la real cámara; y a que el libro original de donde se sacó y tradujo su impreso, igualmente que el alegato de contestación a la acusación fiscal con todas las demás copias comenzadas que se recogieron a mano real sean quemadas en la plaza mayor de esta ciudad por mano del verdugo." Y como condenado lo envían a Cartagena, para desde allí, remitirlo a España.

En enero de 1796 al virrey Ezpeleta sabe que en el Floridablanca ha llegado Nariño a La Habana y que zarpa para Cádiz en el navío español San Gabriel capitaneado por Manuel de Pando, a donde llegará el 18 de marzo. Ironías del destino: en el mismo barco viaja el juez Mosquera. El informe reza que estos presos permanecerán a bordo de los buques "interin se les destina el sitio a que deben ser conducidos."

Don Antonio, en el interregno, se percata de que en el estado del Maestre de registro del buque "cuando se estaba poniendo en limpio" no aparece su nombre en la partida. Sobre este punto se la lucubrado mucho. Tal vez, ayudado por sus hermanos masones, se ha borrado o eliminado su nombre en el libro. Es así como, aprovechando la confusión de la llegada, salta en la noche a un falucho y se escabulle hacia la ciudad. Es su primera fuga.

En Cádiz, Nariño se presenta a don Esteban de Amador, quien le descuenta una libranza por dos mil pesos fuertes y le facilita "licencia para seguir en posta" y se pone en camino a Madrid. Llegaría el 27 o 28, pues el 29 escribe al Rey quejándose con amargura de su situación, alega su inocencia y pide justicia. Este escrito llega al Consejo de Indias donde se halla el expediente de la causa, al mismo tiempo que la información de la fuga, y con la recomendación de "que con la correspondiente reserva disponga vuestra excelencia que se asegure y ponga al referido en prisión, dando cuenta de ello cuando se verifique."

Sabe por don José M. Vergara -padre del autor de "Las tres tazas"- que Godoy ha tenido en su mano la pluma lista para confirmar su sentencia y que van a aprisionarlo. Esto lo confirma cuando el Conde del Pinal, miembro del Consejo, en cuya casa es muy bien recibido, de pronto lo evita. No obteniendo resultados en sus gestiones y viendo el peligro que corre, pasa a Francia el 13 de junio de 1796, "cuando se comenzó a rugir la guerra contra los ingleses", con el objeto de "aguardar allí la determinación de la causa sin riesgo, y en caso de que se confirmara la sentencia, seguir a Inglaterra y, uniéndome a una nación enemiga, abrirme por fuerza una puerta, que la injusticia a mi ver me había cerrado."

En París es probable que, con la intervención de Pedro Fermín de Vargas, se relacione de inmediato con Miranda y con el político francés Antonio Tallien. Durante dos meses estudia las nuevas leyes, la Constitución francesa y la historia de la revolución "procurando adquirir cuantas noticias pudieran ilustrarme sobre esos puntos." Pero preocupado por haber tenido noticia de que un español había sido detenido en París por portar documentos con otro apellido, caso en el cual se encuentra, y por la guerra que se ve venir, decide anticipar su viaje a Inglaterra. En octubre regresa a Francia y luego se embarca en Burdeos hacia las Antillas. Sólo el 4 de marzo de 1797, con pasaporte falso, volverá a tocar puerto del continente americano, en la ciudad de Coro, en Venezuela. El 19 de julio, después de viajar a Santafé, regresar a Pamplona y volver nuevamente a Santafé, es apresado en la capital. Su prisión sólo concluirá en octubre de 1810.

Título: Antonio Nariño : publicación clandestina de los Derechos del Hombre


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