Aspectos de la vida diaria en las ciudades republicanas

Por: Castro Carvajal, Beatriz, 1957-

 

 


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El Mercado. Acuarela de José Manuel Groot,
ca 1830. 23 x 33 cm. Colección Rivas Sacconi


   
Las ciudades del siglo XIX vivían un transcurrir pausado y tranquilo, sólo interrumpido por el día de mercado, por la misa sagrada del domingo o por esporádicas celebraciones públicas. Las guerras civiles, los levantamientos y protestas interrumpían violentamente de tanto en tanto esta rutina. Las formas de vida cambiaron lentamente a principios del XIX y más apresuradamente a sus finales y principios del XX. Colombia en esta época era un país rural. En 1870 tenia 2'700.000 habitantes y 35 años después había 4'100.000, de los cuales sólo el 10% vivía en las capitales. La consolidación de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga desplazó a los centros urbanos coloniales tradicionales como Tunja, Santafé de Antioquia, Popayán, Cartagena, Santa Marta, Girón, Socorro y San Gil, que habían tenido alguna dinámica regional en épocas anteriores. Bogotá multiplicó por cinco su población entre 1801 y 1905. Medellín tuvo el crecimiento más acelerado, multiplicó por ocho su población en sesenta años. La población de Barranquilla creció cuatro veces entre 1870 y 1912 y se triplicó entre 1912 y 1928. Cali multiplicó por cuatro su población durante el siglo XIX. Bucaramanga duplicó sus habitantes en la segunda mitad del siglo XIX.

 

Día de mercado

El día de mercado era tal vez el más agitado de la semana durante el siglo XIX y principios del XX. Era un evento similar al de épocas coloniales, según lo describen los viajeros. El día de mercado los campesinos y especialmente las mujeres venían a pie cargados con las cosas que vendían. Isaac Holton, viajero norteamericano, logró sintetizar lo que se vendía en el mercado en un poema:

 

«Papas, tinajas, peces, alpargates,
sal, cuentas, ocas, cueros, alfandoques,
piscos, marranos, oro en polvo, fresas,
loza y brevas.

Huevos, cabuya, plátanos, zarazas,
mucuras, patos, pinas, carne, esteras,
tunas, naranjas, azafrán, fríjoles,
cal y tasajo».

 

Miguel Cañé, viajero francés, llegó a Bogotá el día de mercado, o sea, el día en que los indígenas agricultores de la Sabana, de la tierra caliente y de los pequeños valles llegaban a la capital. Lo describe como algo imborrable en su memoria: «Acababa de cruzar la plazuela de San Victorino, en el centro, una fuente tosca, arrojando el agua por numerosos conductos colocados circularmente. Sobre su grada, una gran cantidad de mujeres del pueblo, armadas de una caña hueca, en cuya punta había un trozo de cuerno que ajustaba el pico del agua que corría por el caño así formado, siendo recogida en una ánfora tosca de tierra cocida. Todas esas mujeres tenían el tipo indio marcado en la fisonomía; su traje era una camisa, dejando libre el tostado seno y los brazos y una saya de un paño burdo y oscuro. En la cabeza un pequeño sombrero de paja; todas descalzas. Los indios que impedían el tránsito del carruaje, tal era su número, presentaban el mismo aspecto. Mirar a uno es mirar a todos. El eterno sombrero de paja, el poncho corto, hasta la cintura, pantalones anchos, a media pierna y descalzos. Una inmensa cantidad de pequeños burros cargados de frutas y legumbres [...] y una atmósfera pesada y de equívoco perfume». Después del día de mercado, señala Holton, en las chicherías se ven escenas tristes y a veces repugnantes. Las chicherías eran el sitio donde los campesinos confluían al final del día para comprar algunas cosas de llevar, para refrescarse con la ancestral bebida y algunos para quedarse a descansar.

 

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Campesino. Acuarela de Edward W. Mark, 1945.
17.5 x 13.2 cm. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


 

 

Lo que va a cambiar a finales del siglo XIX es el espacio donde se desarrollaba el mercado, que tradicionalmente había sido en la plaza principal. La plaza de mercado en todas las ciudades grandes se remédelo, se convirtió en espacio convencional y más distante, rodeado con verjas en hierro para demarcarlo. Era el signo del triunfo de la república. Generalmente se ubicó en una de las salidas de las ciudades. Así la plaza perdió su carácter monopólico de centro vital. Las ciudades crecieron y otros centros de animación comenzaron a ser lugares de mayor concurrencia: parques, paseos o la calle comercial. La rutina cotidiana de encontrarse en la plaza, cambió para frecuentar estos nuevos espacios.

 

Chicha y cerveza

De las primeras impresiones que se grabaron en la memoria del boliviano Alcides Arguedas en su visita en 1929 fue: «Entretanto, yo voy encontrando en Colombia cosas que no pensaba ver. Por lo pronto, ebrios». Arguedas ofrece en su libro una estadística de consumo de licor del primer trimestre de 1929 en Bogotá, publicada por el periódico El Fígaro: «Se ha bebido 72.000 botellas de aguardiente, 500 botellas de mistelas, 780 botellas de crema, 496 botellas de brandy nacional, cerca de 10.000 botellas de rones y whiskey y más de 7 millones de litros de chicha». Más adelante aclara: «El pueblo bebe chicha y aguardiente; las gentes de la sociedad whiskey, brandy y champaña». El licor era consumido por todos y se utilizaba en exceso, según lo señala el canciller boliviano.

Los intentos por controlar la producción y consumo de la chicha se remontan a la época colonial. Sin embargo, a principios del siglo XX las chicherías constituían un grave problema de higiene y salubridad, según la administración municipal de Bogotá, pero también un problema de orden social. Las chicherías, aparte de ser un sitio de fabricación y expendio de la chicha, eran también el sitio de reunión de las clases populares, donde se reproducía una especie de submundo pagano de la ciudad. A principios de este siglo, una visita realizada por la Dirección de Higiene y Salubridad en 1909, encontró 45 chicherías. En 1913, mientras las cervecerías Bavaria y Germania producían cinco mil litros diarios de una bebida tonificante y saludable, las chicherías sumadas producían treinta y cinco mil Así que el problema continuaba y se agudizaba. Por un lado, eran críticos los problemas de higiene en la producción de la chicha y de suciedad de las chicherías y sus alrededores, ya que no tenían baños y los espacios eran tan reducidos que la gente se aglomeraba en las calles; por otra, eran sitios de reunión fuera del control de la sociedad, donde se daban partidas de juegos prohibidos, se organizaban conspiraciones políticas y se aventuraban relaciones no permitidas. El control de las chicherías se logró sólo en la década de los cuarenta, con progresivas resoluciones de la administración municipal, al reemplazar esta bebida por la cerveza cuya producción podía ser controlada y con la creación de nuevos espacios para reemplazar el submundo de las chicherías.

 

Bares, clubes y hoteles

Los nuevos espacios urbanos y otras formas de esparcimiento iban a la par con formas de sociabilización que se estaban iniciando. En la medida en que lo privado cada vez se restringía más a la familia, paradójicamente fueron apareciendo otras formas de convivencia elegidas socialmente. En la segunda mitad del siglo XIX surgieron paulatinamente nuevos espacios de diversión en las ciudades, como los cafés y los bares, algunos de los cuales posteriormente se convirtieron en clubes. El más excéntrico fue la Casa de Tívoli, que se inauguró a finales de la década de 1850 en Bucaramanga, por iniciativa de los inmigrantes alemanes establecidos en la ciudad. Consistía en un gran salón con dos juegos de bolo, sala de billar, cantina, jardines y un patio de dos trapecios. Era concurrido por las tardes y en las noches solamente por caballeros. Sin embargo, su vida fue corta por considerarlo la ciudadanía demasiado extravagante. En 1873, en la misma ciudad, se fundó el Club de Soto. Tenía gabinete de lectura, billar, servicio de comedor y cantina. Su objetivo era reunir a los caballeros para estrechar relaciones sociales y comerciales. Después de la guerra de 1876 pasó a ser el Club del Comercio. En 1888 aparece el Club de Barranquilla, en 1894 el Club Unión en Medellín y el Jockey Club en Bogotá y en 1920 el Club Colombia en Cali.

 

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Tienda de vender chicha. Acuarela de Ramón Torres Méndez,
grabado por Victor Sperling, Leipzig, 1910. Biblioteca Luis Angel Arango.


 

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Notables de la capital de la provincia de Santander (El Socorro), Acuarela de
Carmelo Fernández 1950. Comisión Corográfica, Biblioteca Nacional, Bogotá.


La mayoría de las historias de las fundaciones definitivas de los clubes tiene como antecesores otros clubes y otros espacios que van desapareciendo o asociándose. Por ejemplo, en Medellín desde 1880 existían varios clubes pequeños, la mayoría formados por diez a veinte hombres que se reunían con regularidad y que de vez en cuando celebraban un baile. Otros, como el Club del Comercio, eran sitios para hombres de negocios. Algunos también fomentaban las actividades culturales como exposiciones de pintores. A finales de la década de 1890, el Club Tándem, que tuvo vida hasta 1905, resultó de la unión de los clubes Brelán, Palito y Fígaro. Pero más importante fue la formación del Club Unión por miembros de los clubes Mata de Moras, Boston y Belchite. Hacia 1912 brindaban servicios de baños, barbería, piscina y restaurante de lujo; era frecuentado por hombres, y las mujeres sólo participaban en bailes ocasionales o recepciones matrimoniales. En los años veinte el club empezó a convertirse más y más en un sitio de reunión para mujeres, que iban a tomar el té y a jugar al «bridge». En las noches era escenario de los bailes y fiestas más elegantes. En 1924 se fundó el Club Campestre con una orientación diferente: introdujo nuevos deportes como el golf, el tenis y el basketball. 

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El Bambuco, Acuarela de Ramón Torres Méndez, grabado de
Victor Sperling, Leipzig. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


Los clubes se fundaron por la influencia europea. El club fue en su inicio una asociación libre de toda imposición y sin otro objetivo que él mismo; optaba por ignorar los vínculos con la familia y estableció un nuevo modelo de sociabilización. No había secreto, ni iniciación, ni programa. El único compromiso era la adhesión a un simple código de conducta, idéntico para todos los miembros, que no imponía ninguna relación preferente con ninguno de ellos. Sin embargo, llevaba una marca en su origen: la exclusividad masculina. A través de los clubes se crearon nuevas formas de relacionarse exclusivamente para la élite de cada ciudad. Primero los miembros fueron sólo masculinos, para afianzar la vida pública varonil que paulatinamente se venía ampliando con los desarrollos urbanos. Posteriormente se fue abriendo el mismo espacio a las mujeres, primero únicamente asistiendo a las fiestas que los hombres determinaban; pero luego con más libertad, permitiendo algunas actividades sólo femeninas dentro del club. Más tarde las actividades se empezaron a mezclar entre hombres y mujeres, adultos y niños, con la introducción de los deportes. De esta manera se dio paso a una sociabilidad más abierta, libre en adhesión de individuos y al margen del control estatal. Antes había predominado una sociabilidad más cerrada y vinculada a la actividad política, como en las logias masónicas, seguidas por las sociedades democráticas o sociedades católicas, en las cuales el «secreto» era la premisa de ingreso.

 

 

   
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La barbería dentistería. Acuarela de José Manuel Groot, cu 1830.
Colección Rivas Sacconi, Bogota.


   

A mediados del siglo XIX era común que los viajeros llegaran a posadas, o simplemente alquilaran una pieza y comieran en la calle, en una fonda. Eventualmente se podía contratar una cocinera, pero era necesario hacerle el mercado. Posteriormente los clubes brindaron alojamiento. El argentino Miguel Cañé llegó a una pieza en el Jockey Club en Bogotá, en 1882. La misma función cumplía el Club Colombia en Cali, en sus inicios. Los hoteles en Colombia aparecieron en este siglo: en la década de 1920 se abrió el Hotel Prado de Barranquilla, en 1929, el Hotel Ritz y el Hotel del Pacifico de Bogotá, y en 1930, el Hotel Alférez Real de Cali. Los hoteles eran un sitio de sociabilización principalmente masculina, para relacionarse sobre todo con el foráneo y con el extranjero, que cada vez más llegaban a las ciudades para buscar o consolidar nuevos negocios. 

 

Título: Aspectos de la vida diaria en las ciudades republicanas
Tiempo: Siglo XIX
Lugar: Colombia


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