«MASCACHOCHAS» RELATA SU HERIDA Y SU TRIUNFO EN LA BATALLA DE BARBACOAS Barb[acoa]s Junio 18 de 1824 Mi respetado padre, y S[eño]r Con la llegada de García de Iscuandé he sabido las funestas noticias q[u]e comunicaron sobre los acontecim[ien]tos desta [sic] ciudad, y como los Micoltas son tan espantadisos no habrán dejado de decir mil mentiras, tanto mas cuanto su placer es contar cosas malas. 4 Posteriorm[en]te sabría mi victoria, y q[u]e estaba vivo, pero mal herido, y mas he sentido yo los malos ratos q[u]e habrá dado este acontecim[ien]to en mi casa q[u]e mis dolores. Dios permita que diariam[en]te me mejore. Ya se ha cerrado la una sicatriz [sic], la otra está en buen estado, las quijadas se han ajustado, y aunq[u]e todavía no sueldan los huesos [y] me pringa vastante [sic] p[o]r dentro estoy aliviado y no pienso en viaje hasta estar vastante [sic] repuesto p[o]rque se podría irritar la herida considerablem[en]te. No tenga Su m[erce]d cuidado ni p[o]r esto ni p[o]r los enemigos, p[o]rque ya estoy mejor y travajando [sic] en el despacho de Gob[iem]o y esos canallas solam[en]te se han escapado p[o]rque fui herido, y van llenos de terror, y espanto, y los cabecillas que he cojido [sic] los he fusilado p[ar]a que me teman en paz y en guerra. Son ya 73 los muertos, y no le quedará gana a Agualongo de volver a vatirse [sic] con migo [sic]. 5 La carta que le escribo a Joaquin 6 se la incluyo a Su m[erce]d abierta para no [folio dos] tener que dictar todo lo que digo a el. A Mariana [Arboleda y Arroyo de Mosquera] consuélala Su m[erce]d y hágale ver el buen estado de mi salud ya, y q[u]e si no voy tan pronto es p[o]r no esponerme [sic] a los soles, y [sic] ir a morir de algún canser [sic] después de haber safado [sic]. Mucho tengo que decir a Su m[erce]d pero temo atarearme, y p[o]r eso no lo hago. Todo lo he perdido en el incendio [del pueblo de Barbacoas], incluso la anchetita 7 q[u]e traje y unas libras de oro, sin embargo me han quedado algunos pesos y una barra de pertenencia de la Comp[añí]a con mi herm[an)o Nicolás, 8 otra de cien cast[ellano]s de Caselda Trillo, y otra de 3 libras mia, las que remito p[o]r el presente correo con sus certificaciones correspondientes. 9 Mándeme Su m[erce]d algún dinero a Iscuandé a consignación de Cifuentes, q[u]e allá no hay riesgo, y es menester reemplasar [sic] lo perdido de algún modo. Si yo encuentro quien me de ocho mil p[eso]s en Iscuandé cambiaré cuarenta libras de oro del Estado que tengo p[ar]a enbiar [sic] a Quito, y espero q[u]e Su m[erce]d en el momento q[u]e las reciba me facilite el dinero p[ar]a devolverlo a sus dueños según estipule. Este negocio lo hago p[o]r tercera mano, y puede irme bien. Reciba Su m[erce]d mi corazón, y no tenga ningún cuidado p[o]r la salud de su amantíssimo hijo T. C. Mosquera 10 Adición Ya sabrá Su m[erce]d que el G[ener]al [Pedro] Olañeta se ha vatido [sic] con el G[ener]al Carratalá, y se pasó a nuestras Tropas en el Perú con su División, y todo lo de p[o]r allá va tomado un gran aspecto, [hasta aquí la mano del amanuense] Demarquet, que ha seguido a Popayán, me ha pedido incluya a Su m[erce]d las cartas, y los impresos que van son del [sic] también 11 . 
| Tomás Cipriano de Mosquera a los 47 años de edad. Museo Nacional de Colombia, Bogotá.
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| Carta autógrafa de Tomás Cipriano de Mosquera a su padre, Barbacoas, junio 18 de 1824. Colección Cecilia Fisher de Cárdenas, Bogotá.
| Es poco sabido que el escritor Jorge Isaacs fue secretario de la Cámara de Representantes. Corría el año de 1870. Empuñaba entonces la bandera de los liberales radicales. En el ejercicio de ese trabajo burocrático, que se nos presenta como poco halagador para un romántico, con seguridad más dado a la ensoñación y a los registros de su ensimismamiento que a la rutina administrativa, Isaacs cumplía con atento sigilo sus obligaciones. Así, estampaba de modo cuidadoso, en papeles de rutina, una letra que más parecía responder al anhelo de dibujar y de construir formas elegantes, que al mero repertorio de las circunstancias. Esta actitud se enmarcaba dentro de una manera particular de ser el romanticismo: que la letra fuera como una arquitectura que se transformara, por si misma, independientemente del contenido, en emoción. Que se sintiera la forma. Que la tinta fuera como una metáfora de la sangre. Es decir, sentimiento que fluye. No nos debe extrañar, pues, que estampara así, tan figuradamente, sus letras, pues como todo romántico también quería que hasta en la manera de bocetar mensajes, aun siendo burocráticos, la palabra fuera protagonista, que fuera la heroina del papel. Todo ello armoniza con la vida de un hombre que, teniendo raíces inglesas y judías por parte del padre y chocoano-catalanas por vía materna, ansiaba ser protagonista enfático de toda actividad que realizara. Ya sabemos que ser héroe era una manera de ser romántico. No en vano participó en la guerra y en la política, fue un intuitivo minero que adivinó bajo tierra la existencia de yacimientos de hulla, que ejecutó el salto del conservatismo al liberalismo radical y que dejó esa novela que conmovió al continente. Entre los documentos que Isaacs escribió desde su torre burocrática encontramos referencias que sorprenden por su diversidad y por ser a veces candentes a causa de su trascendencia política. Ejemplos de ello son los papeles relativos al deleite sobre el canal interoceánico; la solicitud de información sobre el dudoso destino del vapor Uncle Sam cuyos víveres podrían convertirse en cómplices de la Armada Española; así mismo, notas dirigidas al «ministro colombiano, cercano al gobierno de Francia, sobre la estatua de Colón donada por la emperatriz Eugenia». El original secretario envió mensaje de felicitación a José María Quijano Otero, bibliotecólogo nacional, a quien manifestó que «la Cámara estima en alto grado su inteligencia y laboriosidad, en los importantes trabajos sobre los limites de la República de Colombia con el Imperio de Brasil». 
| Carta de Jorge Isaacs al secretario de lo Interior, Bogotá, marzo 10 de 1870. Congreso. Legajo 5, folio 424. Archivo General de la Nación.
| Menos llamativas por su importancia relativa, pero destacables por venir de la mano de un funcionario que ha hecho temblar con su letra a los lectores de hispanoamérica, son aquellos documentos que hoy en el Archivo General de la Nación de Colombia y que recogen eventos menores, como la solicitud de útiles para su oficina: «Un libro en blanco, grande; papel rayado para copias, una caja de plumas finas; dos cortaplumas; cuatro docenas de lápices, una gruesa de brochas para papel, tijeras grandes y 20 escupideras...» En otro registro envía «la nómina de los ciudadanos representantes que han concurrido a las sesiones de la Cámara, para que les paguen las dietas y sueldos...» El poeta, como si se tratara de un espontáneo fiscal de la época, solicita un informe sobre «los motivos que tuvo el P.E. [presidente electo], para satisfacer de! tesoro nacional, $80.oo al Sr. Comelio Manrique y qué clae de servicio nacional prestó el mencionado señor». En otro documento, quien acababa justamente de publicar su novela Mana (1868), solicita «el alumbrado necesario para las sesiones nocturnas cíe la Cámara». Miremos finalmente el documento enviado por Jorge Isaacs al secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores, el 9 de marzo de 1870, en el cual solicita: «Por moción adoptada en la Cámara de Representantes, pido a Usted se sirva exigir del Señor Rector de la Universidad Nacional, los datos siguientes: 1° Cuántos son los empleados al servicio de la Universidad y cual es la nomenclatura de los empleos. 2° De qué sueldos fijos disfrutan anualmente dichos empleados. 3° A cuánto asciende la suma anual que se invierte en ellos. 4° Si estas dotaciones son equitativas en concepto del Señor Rector de la Universidad. 5° Si la enseñanza de las distintas escuelas que están ejerciendo, se dan todas actualmente a los alumnos. Tengo la honra de suscribirme del Señor Secretario. Atento servidor, Jorge Isaacs». Para el atento investigador, para el lector sensible, no existe documento menor. Lo imperceptible anima, con frecuencia, lo esencial. _________ 1. Tal vez el mejor relato de la defensa de Barbacoas es el que contó el mismo Mosquera a un militar inglés, el coronel Hamilton, quien le visitó en Coconuco en octubre de 1824, tres meses después de la batalla. [Véase John Potter Hamilton, Trovéis Through the interior Provinces of Columbia (sic), en dos tomos, London, 1827, tomo II, pp. 56-63. Véase también Diego Castrillón Arboleda, Tomás Cipriano de Mosquera, Bogotá, Planeta. 1994. pp. 66-68.] (regresar) 2. Para la actividad minera de Mosquera, véase el capítulo 4 de nuestro libro La vida intima de Tomás Cipriano de Mosquera, 1798-1825, Bogotá, El Ancora Editores y Banco de la República, 1996. (regresar) 3. Biblioteca Luis Angel Arango (BLAA). Sala de Manuscritos, Colección Mosquera (TCM), carpeta 15,TCM a José María Mosquera Figueroa y Arboleda, Barbacoas 17 julio 1824. (regresar) 4. Según la versión que Hamilton relata de la batalla de Barbacoas, al ver que Agualongo se retiraba frente a la tesuda resistencia de la guarnición de Barbacoas. Mosquera salió del improvisado fuerte con la idea de perseguirlo, pero uno de los pastusos se dio la vuelta y le pego un tiro directamente en la boca. La bala rompió varios dientes, quebró la quijada, penetró la lengua y salió por la mejilla izquierda. El mismo día en que cayó herido. Mosquera dictó una carta a su padre pidiendo que le mandara un facultativo para atenderle. «No hay recurso alguno -le dijo a don José María- y moriré seguramente si no llega volando el físico que Su Merced me mandará con todos los recursos necesarios. Cada momento me suelto en sangre casi incontrolable.» [BLAA, TCM, carpeta 15, TCM a José María Mosquera Figueroa y Arboleda. Barbacoas, 17 julio 1824]. Los primeros auxilios fueron administrados a Mosquera por el cura párroco de Barbacoas, el padre Lamprea, quien sacó sin mayores complicaciones varias astillas de hueso de la mandíbula y una muela, quince días después de la batalla. En Popayán se enteraron de la batalla y de la herida que había sufrido Mosquera también unos quince dias después. Inmediatamente partieron para Barbacoas el cuñado y primo hermano de Mosquera. José Rafael Arboleda y Arroyo, y dos médicos ingleses residentes en Popayán, los doctores Wallis y Floot. [Archivo Central del Cauca, Sala Mosquera # 1164. Femando Angulo a TCM, Popayán, 21 julio 1824; BLAA, TCM, carpeta 15, TCM a José María Mosquera Figueroa y Arboleda, Barbacoas, 1 julio 1824: 17 julio 1824]. (regresar) 5. El ataque del 1° de julio a Barbacoas dejó un saldo de más de cien muertos entre los huestes de Agualongo. Mosquera sufrió diez bajas y varios heridos. Si sumamos los 73 rebeldes presos que Mosquera hizo fusilar dieciocho días después, nos damos cuenta de la magnitud de la hazaña de la guarnición de Barbacoas bajo el mando de Mosquera, que venció a pesar de la ventaja de cuatro a uno que llevaba Agualongo. No obstante, el haber ordenado el fusilamiento de los 73 presos nos parece a todas luces un acto de extrema crueldad, sobre todo si tomamos en cuanta que la práctica normal para aquellos tiempos era hacer un ejemplo de los jefes vencidos, y perdonar a los soldados rasos. La actitud de Mosquera, señor de minas y esclavista, podría haber sido afectada por el hecho de que las huestes de Agualongo fueron integradas por esclavos prófugos. pero desconocemos la composición racial del grupo de presos fusilados. (regresar) 6. Joaquín Mosquera y Arboleda (n. 1787), hermano mayor de Tomás y, durante tres meses en el año 1830. presidente de la República. (regresar) 7. Ancheta, de acuerdo al diccionario de la Real Academia Española, es «una porción corta de mercaderías que una persona lleva a vender a cualquier parte.» Para la actividad mercantil de Mosquera durante este período, véase el capítulo 4 de mi libro, ya citado en la nota número 2. (regresar) 8. Nicolás Hurtado y Arboleda (1771-1840) era casado con una hermana mayor de Tomas, Dolores Vicenta Mosquera y Arboleda, y por Arboleda también era primo de los Mosqueras. (regresar) 9. Mosquera mandó cuatro tejos de oro con un peso total de veinticuatro libras con la carta del 17 de julio arriba citada, con instrucciones de hacerlos acuñar en la Casa de la Moneda de Popayán y enviar 2.000 pesos a un socio en Cali, y otros 2.000 pesos a otro socio en Iscuandé. (regresar) 10. Mosquera agregó la partícula «de» a su nombre por primera vez en 1830, cuando estuvo en Lima en una misión diplomática. La incorporó al membrete rimbombante del papel de cartas que utilizó como enviado colombiano ante el gobierno del Perú. [Castrillón. Op. Cit., p. 137] (regresar) 11. Mosquera recibió atención medica profesional más de tres semanas después de caer herido en la Batalla de Barbacoas, y después de redactar la cana que hemos reproducido. Apenas se recuperó lo suficiente para poder viajar, se dirigió a Popayán por Iscuandé. Buenaventura y Cali. Su herida tardó mucho tiempo en sanarse, y se quedó con un impedimento serio y permanente en el comer y en el hablar. De allí el apodo «Mascachochas». Cuando el coronel Hamilton le visitó en Coconuco, en octubre de 1824, estaba con la cara vendada todavía. (regresar) En enero de 1825 Mosquera y su esposa. Mariana Arboleda y Arroyo, se trasladaron a la vereda de Iscuandé, en la costa pacifica de Nariño, donde Mosquera ejerció nuevamente como gobernador de la provincia de Buenaventura y al mismo tiempo se dedicó a la minería de oro. Después de una estadía de más de un año. durante la cual nació la primera hija legítima de Mosquera. Amalia de Concepción Gertrudis Eugenia (noviembre 15 de 1825). los Mosquera se embarcaron en Buenaventura para Panamá, rumbo a Filadelfia en Pensilvania. El motivo principal del viaje al norte era buscar atención médica para la boca de Tomás. En Panamá, no obstante, dieron con un médico lo suficientemente preparado que le hizo un tratamiento novedoso, uniendo las dos partes de la mandíbula fracturada con unos alambres de plata, y por ello se canceló el viaje a Filadelfia. |