La magia amorosa en Brasil y México coloniales. Cartas de tocar y colibríes encantadores

Por: Rodríguez, Pablo

La magia amorosa en Brasil y México coloniales

Cartas de tocar y colibríes encantadores
Pablo Rodríguez
Historiador, Universidad del Valle.
Master en Estudios Latinoamericanos y Doctor en Historia,
Universidad Autónoma de México.
Profesor Asociado Departamento de Historia, Universidad Nacional de Colombia
Investigador, CIDS, Universidad Externado de Colombia

 

En México y Brasil, la magia amorosa ha tenido un especial significado, producto de sus trayectorias históricas y particulares y de sus muy peculiares formaciones sociales. En Brasil, la mixtura temprana de distintos grupos indígenas con multitud de esclavos africanos, casi todos de creencias animistas, y con portugueses de variado grado de fundamentación católica, desde el siglo XVI hicieron corrientes los usos de los conjuros, cartas de amor, brabajes y filtros amorosos. En México, las fuertes tradiciones religiosas y médicas de los indígenas nahuas, mixtecos y zapotecos sobrevivieron a la colonización, conformando usos y prácticas mágicas, de contenido sincrético, muy socorridas por la población. En ambas sociedades es explícito el uso de hierbas, aceites y gemas, que unidos a los conjuros, garantizan la consecución del amor. Hoy conocemos casi en detalle el vigor de estas viejas tradiciones, gracias a los archivos inquisitoriales y criminales de su persecución.

 

El 9 de junio de 1591 desembarcó en Bahía, Brasil, que por entonces era conocida como Terra de Santa Cruz, el primer visitador inquisitorial, el padre Heitor Furtado de Mendonça. El visitador, respetado y temido, ofreció un mes de gracia a quienes voluntariamente confesaran sus pecados contra la fe. Las confesiones de Bahía, como hoy se las conoce, retratan de manera sorprendente algunos rasgos de la vida de entonces. Ante el visitador Mendonça desfilaron judíos clandestinos, bígamos transatlánticos, curas seductores, lesbianas irredimibles, pederastas famosos, mamelucos que en la ciudad vivían como recatados cristianos y en la selva andaban desnudos y practicaban el canibalismo y la poligamia, algunas brujas de pacto demoníaco e infinidad de hechiceras eróticas. Estas confesiones estuvieron animadas, no tanto por un auténtico arrepentimiento cristiano, sino por el físico miedo que sentían los bahianos a esta primera visita del Tribunal. Ello explica que muchas personas hubieran acudido al visitador a confesar pecadillos, faltas que no entraban en el campo de la Inquisición. Otros, asustados, se convirtieron en terribles delatadores.
Juego del patolli.
«Historia de las cosas deNueva España»,
de Bernardino de Sahagún. Códice Florentino.
Biblioteca Pérez Escamilla, México.
Uno de los hechos que más sorprendió al visitador Mendonça fue la cantidad de mujeres de muy variada condición social que particaban la magia amorosa. En Bahía los conjuros de raíz penínsular eran muy practicados, sobre todo por las negras. De manera muy parecida a como sucedía en el Nuevo Reino de Granada, una hechicera de nombre Antonia Fernandes recomendaba a una clienta que buscaba seducir a un hombre: Joâo eu te encanto e rencanto com o lenho de vera cruz, e como os anjos filósofos que sao trinta a seis, e com o mouro encantador que tu te nao apartes de mim, e me digas quanto souberes e me des quanto tiveres, e me ames mais que todas as mulheres. Mientras rezaba, Antonia acostumbraba hacer cruces en el suelo con el pie izquierdo. Una mestiza, llamada Joana, que según Laura de Mello era una fuente viva de tradiciones lusitanas e indígenas, conocía el conjuro de las estrellas y distintas oraciones curiosísimas. En una de ellas aprendida a una indígena, luego de hacer ablusiones con una planta llamada supora-mirim, iba a los caminos, a media noche y rezaba: "supora-mirim, así como tu no duermes de noche, así fulano no pueda asosegar sin mí". Otro conjuro, que pronunciaba mientras escupía al suelo y que había aprendido de una mulata, decía: "Jabotí, jabotí, así como tú estás siempre en la esquina, con los ojos lagrimeando y llorando, así fulano ande siempre llorando con lágrimas de amor en los ojos, ni pueda estar donde estuviese, ni pueda comer ni beber, sin venirme a hablar". En otra, que más parece una canción a su región, decía: "Gaviota, gaviota, así como tú todo el día y toda la noche andas buscando comida con los soplos del viento y los balanceos del mar, atravesando la bahía de Marajó, así fulano ande tras de mi por mi puerta y por detrás de mi casa todo el día y toda la noche".
Magia y medicina
en una colonia
Muchos conjuros de las hechiceras brasileras combinaban la aplicación de filtros, pócimas y plantas. Antonia Fernandes, ya nombrada, formulaba que para tener una vida armoniosa con el marido, la esposa debía suministrarle en el vino de la comida una mixtura de pelos, uñas y raspadura de la planta de los pies. Para retener a los amantes, Antonia no dudaba en recetar que, consumado el acto sexual, la mujer retirara de su vagina el semen de su compañero y se lo diera luego en una copa de vino. Antonia garantizaba que beber semen "fazia querer grande bem, sendo do própio a quem se quer. Una joven esclava llamada Marcelina María aprendió con sus compañeras que para que un hombre siempre las quisiera, cuando tuviera cópula con él, mojara un dedo en su vagina y que hiciera dos cruces sobre uno de sus ojos. En estos casos, el semen parecería servir de filtro milagroso, capaz de provocar el afecto del hombre con quien se copulara. María Joana, que estaba comprometida y vivía en la misma casa con su hombre, encontró sorprendida un día que éste había llevado otra mujer y la ignoraba. Entonces recogió en un pilón lavadura de sus partes íntimas, de sus pies, de sus axilas y se las dio en una bebida al día siguiente. Entonces su prometido "dejó aquella mujer y se conformó a la voluntad de ella, arrepentido". El historiador brasilero Ronaldo Vainfas, recordando a Bakhtin, percibe que toda esta valoración del cuerpo, esta exaltación de los flujos corporales, no significaba irreligiosidad, sino una valoración positiva de la sangre, la orina y el semen en relación con el nacimiento, la fecundidad y la reencarnación.

Damas echando la fecha de la muerte
con los dados.
Grabado del siglo XVI
En Brasil, las cartas de tocar eran tan populares como los conjuros. Las cartas eran papeles o cartones grabados con el nombre de la persona a quien se buscaba seducir y con algunas otras palabras. En Bahía, Isabel Roiz tenía una tienda en la que vendía cartas de tocar. Afirmaba a sus clientes que las cartas tenían tanta virtud, "que cuantas cosas tocasen se irían tras ella". En Minas Gerais, aún en el siglo XVIII, María Agueda portaba en su pecho un papel con unas cruces, del que decía que servía para atraer a los hombres a tener tratos ilícitos. En Recife, Antonio José Barreto cargaba un papel con el signo de Salomón y un credo invertido, que afirmaba le protegía el cuerpo y volvía fáciles a las mujeres. En Belén, un herrero de nombre Cresencio Escobar se vio precisado a huir por escribir cartas de tocar "de poderes infalibles", por las que llegaba a cobrar hasta tres mil reales.
Los conjuros solían ir mezclados con sortilegios. Diversidad de plantas han sido utilizadas por las hechiceras brasileras con fines amorosos. Las hojas del "árbol que llora" solían darlas a fumar, en forma de tabaco de pipa, al hombre que se quería conquistar. María Gonçalves administraba polvos por encargo. Con la resina de la corteza de un árbol llamado "árdele el rabo", formaba unos paqueticos envueltos en papel. Quien los compraba debía simplemente arrojarlos a la persona deseada. Isabel María de Oliveira, por su parte, fue acusada de atraer a sus amantes con la raíz de regaliz, que siempre estaba mascando. En su defensa alegó que como su oficio era el de planchar a domicilio, mascaba el regaliz para que sus clientes quedaran satisfechos con el olor de la ropa.
La quiromántica.
Oleo de Balthasar Klossowski, llamado Balthus, 1956. 198 x 198 cm.
Colección Jerold y Dolores Dolovy

La gitana
Oleo de Julio de Castellanos, 1939.
31 x 22 cm. Galería OMR, México
En México colonial ocurrió un fenómeno similar al de Brasil. A pesar de los enormes esfuerzos de los clérigos y las autoridades civiles por desterrar la hechicería y la idolatría, vieron con impotencia cómo los conjuros omorosos sobrevivían y se multiplicaban. Fray Alonso de Molina escribió un libro de confesionario que servía para penetrar el alma de los feligreses y auscultar su fe. Hernando Ruiz de Alarcón y Jacinto de la Serna escribieron sendos tratados en los que recopilaron los rituales, conjuros y hechizos que practicaban los indígenas de las regiones centrales de Nueva España. La diversidad de ritos que tercamente se negaban a desaparecer indican la fuerte religiosidad de los pueblos mexicanos.

Entre éstos había una rica tradición oral de invocación a los dioses. Son conocidos extensos relatos de ofrenda, alabanza y sacrificio a Quetzalcoatl, Huitzilopochtli y Texcatlipoca. Incluso existía un lenguaje esotérico particular para el amor, llamado nauatlatolli. En los conjuros coloniales esa tradición se mezcla con los rezos y las oraciones cristianas, llenos de alegorías y analogías. El conjuro mexicano, entre religioso y pagano, busca lo mismo: seducir y atraer el amor. Pero muchas veces la plegaria del amor va unida a otros mecanismos mágicos. Uno de ellos es el sueño provocado. El mundo del sueño, dominado por la diosa Tezcatlipoca, podía ser manipulado con fines amatorios, especialmente de adulterio, pero también para identificar al ser amado. Se decía que huesos humanos o tierra de cementerio podían provocar la sugestión del sueño. De este se cuidaban las personas rezando unas oraciones y haciendo unas bendiciones sobre el colchón y la almohada antes de acostarse. Igualmente, las hechiceras mexicanas invocaban a Cinteótl, el dios del maíz, para controlar el amor y el odio. Con pepitas de maíz se hacían pronósticos amorosos. La ingestión de maíz fermentado les permitía también revelar la conveniencia de un amor.

El uso del peyote en la sociedad colonial sufrió muchas alteraciones. El antiguo significado del peyote, como medio de comunicación con lo sobrenatural, se restringió a un servicio adivinatorio y en ocasiones afrodisíaco. Los casos conocidos se refieren a hechiceras que utilizan el peyote para calmar las angustias de esposas abandonadas por sus maridos. Felipa, una india anciana, colocaba cuatro pedazos de peyote en un recipiente con agua, encendía una vela y ponía cerca una piedra de imán. Los pedazos de peyote correspondían cada uno a una persona: el primero, a la mujer, el segundo al marido, el tercero a la rival y el cuarto al Espíritu Santo. Según se juntaran los peyotes indicaban si el marido volvería a casa. Mujeres y jóvenes acostumbraban llevar peyote macho, peyote hembra, imágenes de Jesús Nazareno y piedra imán en una bolsita guardada en la cintura. Según confesaba, era "bendito para encontrar el amor". Los hongos, la carne de los dioses, llamados teonanacatl en lengua nahuatl, también eran utilizados con fines amorosos. La alucinación ritual del hongo permitía descubrir dónde se encontraba el ser amado. Aguirre Beltrán dice que era muy usados para calmar el mal de amores.

Colibrí.
Carta de hidalguía de Francisco
Quintano de Villalobos, 1957.
Museo de Arte, Denver.
Pero tal vez el conjuro amoroso más llamativo del México colonial sea el del colibrí. Noemi Quezada, notable antropóloga mexicana, afirma que el conjuro del colibrí pertenece a la más antigua tradición mexicana. El colibrí era símbolo de Huitzilopochtli, el dios de la guerra, que desaparecía y volvía a renacer. El colibrí siempre estaba al lado del árbol florido, de donde obtenía su plumaje. El poder mágico erótico acreditado al colibrí se extendió a todos los grupos sociales. Luego de disecado, atendiendo a no dañar su plumaje, le colocaban en el pecho yerbas mágicas (ruda, romero, albahaca, granos de trigo, colorines y alpiste), lo adornaban con perlas y piedras de coral y lo envolvían en un pañuelo. Una vez así dispuesto, el colibrí era un amuleto que atraía o fortalecía el amor. La mujer encargaba el chupamirto (colibrí macho) y el varón, el chuparrosa (colibrí hembra). Para darle mayor poder al amuleto había personas que le agregaban pelos del sexo o uñas de la persona deseada. Los solteros colocaban hilos de ropa del novio o de la novia. Las mujeres lo cargaban entre el pecho, lugar que más lo favorecía, entre la falda, en la espalda e incluso en el pelo. Se dice que los jugadores de cartas y dados lo traían amarrado al brazo con el que hacían los lances. En la actualidad, los yerbateros en los mercados de los pueblos mexicanos ofrecen colibríes disecados, vestidos de rojo y envueltos en papel celofán. A los enfermos de amor les recomiendan llevarlo consigo y rezar frente a un Cristo, cada noche de viernes, tres Padres Nuestros, tres Ave Marías y la siguiente oración: "¡Oh, chuparrosa divina!, tú que das y quitas el néctar de las flores, tú que das e inculcas a la mujer el amor, yo me acojo a tí como a tus poderes fluidos para que me protejas y me des las facultades de querer cuanta mujer yo quiera, ya sea doncella, casada o viuda. Pues te juro por todos los espíritus de los Santos Apóstoles, no dejar ni un solo momento de adorarte en tu relicario sacrosanto, para que me concedas lo que yo te pido, mi chuparrosa hermosa". Este conjuro es una muestra fascinante del sincretismo religioso operado en forma compleja y caprichosa en torno al amor y el erotismo mexicano. En él se conjugan sin ningún prejuicio la devoción al colibrí encantador, el huitzitzilin y la creencia el los santos católicos.

 

BIBLIOGRAFÍA

AGUIRRE BELTRAN, GONZALO. Medicina y magia: el proceso de aculturación en la estructura colonial. México: Instituto Nacional Indigenista, 1963.

CARNEIRO, HENRIQUE. Filtros, mezinhas e triacas: as drogas no mundo moderno. Sao Paulo: Xama, 1994.

MELLO E SOUZA, LAURA DE. El diablo en la tierra de Santa Cruz: hechicería y religiosidad popular en el Brasil colonial. Madrid: Alianza, 1993.

QUEZADA, NOEMI. Amor y magia amorosa entre los aztecas. México: Unam, 1984; Enfermedad y maleficio. México: Unam, 1989.

VAINFAS, RONALDO. História e sexualidade no Brasil. Río de Janeiro: Graal, 1986; Trópico dos pecados: moral, sexualidade e Inquisicao no Brasil colonial. Río de Janeiro: Campus, 1989; Confissoes da Bahia: Santo Oficio da Inquisicao de Lisboa. Sao Paulo: Companhia das Letras, 1997.

Título: La magia amorosa en Brasil y México coloniales. Cartas de tocar y colibríes encantadores


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