Ficha bibliográfica
Titulo: Olímpicas frustraciones. Una larga lucha para obtener medallas
Autor: Fernando Araújo Velez
Edición original: 2005-06-23
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Fernando Araújo Velez
Notas:  

 

 

 
 

Revista Credencial Historia


JULIO 2000.

   
 

Olímpicas frustraciones
Una larga lucha para obtener medallas.

Por:Fernando Araújo Velez.

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Julio 2000. No. 127

 
 

 
 

 

La historia del deporte colombiano está casi que hecha de frustraciones. La participación en los Olímpicos no ha estado muy alejada de esa constante, aunque hay casos que le han dolido más al país, pues su gente había depositado en estos ídolos una ilusión, una esperanza, mayores de lo normal.


"COCHISE", UNA ILUSION

Con la misma fuerza con la que Colombia se había ilusionado por una posible medalla de oro en la Olimpíada de Munich, 1972, se desvaneció cuando el Comité Olímpico Internacional emitió un comunicado en el que que declaraba a Martín Emilio "Cochise" Rodríguez "no elegible para los juegos". La noticia, fechada el 12 de mayo de 1972 desde Ciudad de México, acabó con una polémica que se había iniciado casi un año antes, cuando el periodista barranquillero Edgar A. Senior acusó a "Cochise" de profesional encubierto, y envió algunas fotografías a la Federación Internacional de Ciclismo en las que el colombiano aparecía posando con camisetas que llevaban una inscripción comercial.

Por aquellos tiempos, Martín Emilio Rodríguez era el máximo ídolo del deporte colombiano. El 7 de octubre de 1970, en el velodromo Agustín Melgar de la capital mexicana, había logrado romper el récord mundial de la hora en pista, superando la marca que desde 1969 tenía el danés Mogens Frey Jensen (47 k, 503 m, 69 cm). "Cochise" logró recorrer 47 kilómetros, 566 metros y 24 centimetros en 60 minutos esa tarde, para convertirse así en el primer colombiano en batir un registro mundial. "Pocos creían en mis condiciones, pero eso ya no importa. Este es mi más grande triunfo y estoy muy emocionado. Se lo dedico a toda Colombia y a México, porque ésta también es tierra nuestra", dijo el antioqueño al bajar de su cicla.

Diez meses mas tarde, luego de sus dos medallas de oro en los Panamericanos de Cali, 1971, "Cochise" volvió a enloquecer a una Colombia que comenzaba a acostumbrarse a sus victorias. El 27 de agosto de 1971, en Varesse, Italia, llegó a la final de los Mundiales en los 4.000 metros persecución individual, y derrotó al suizo Joseph Fusch con un registro de cuatro minutos, 53 segundos y 78 centésimas, el mejor de toda la temporada. "Llevo seis años en el ciclismo de alta categoría, pero esta fue la noche que siempre había esperado. Me siento más que feliz", dijo el colombiano, quien dos días más tarde fue recibido en Bogotá con un entusiasmo que pocas veces se había visto.

Aquellas dos victorias, los cuatro títulos en vueltas a Colombia, las medallas de oro panamericanas, el carisma y la disciplina de "Cochise", y la opinión de diversos especialistas europeos, quienes aseguraban que el colombiano habría podido ser rival de primer nivel del belga Eddy Merckx si hubiera llegado a Europa cuatro años antes, le dieron alas a la ilusión de una presea dorada en Munich. Sin embargo, la acusación de Senior, tomada muy a la ligera en un principio, destruyó la posibilidad del vuelo. Para el Comité Olímpico Internacional, Martín E. Rodríguez había violado el artículo 26 del reglamento olímpico, que trataba sobre la condición aficionada de los deportistas.

La descalificación de "Cochise" junto a otros treinta deportistas, produjo varios y diversos enfrentamientos en el mundo entero. Se discutía sobre la realidad del "amateurismo" en los países de la Cortina de Hierro, y más allá, sobre la posibilidad de que un deportista de alto rendimiento pudiera desempeñarse sin percibir un salario. "Nadie, ningún deportista, está hoy en día en situación de practicar el deporte de competencia por sí solo, sin ayuda financiera, si es que quiere destacarse, tener éxito y conquistar medallas y premios... El deportista que quiere batir marcas y conquistar trofeos, tiene que dedicar la mayor parte de su tiempo al entrenamiento, y ha de contar con la ayuda y el apoyo de un equipo, un entrenador, un masajista, un médico, etc...", escribía William Daume en el periódico Tribuna Alemana.

Durante toda aquella controversia, Cochise entrenó. Cuando le preguntaban qué opinaba, guardaba un silencio muy extraño en él, un hombre habituado a las palabras, las bromas y las sonrisas. Al final, cuando supo que sería imposible conquistar la medalla de oro olímpica en los 4.000 metros persecución individual, habló: "Para entrenarme, puedo ponerme las prendas que me vengan en gana. Aunque sea un camisón de mi abuela", dijo. Al mes, corría para el equipo profesional italiano de la Bianchi Campagnolo. En Europa, Martín Emilio Rodríguez alcanzó a figurar en algunas etapas y obtuvo el trofeo Baracci junto a Felice Gimondi. En 1974 se retiró del profesionalismo y retornó a Medellín para regar las carreteras colombianas con su añejo talento y su eterna alegría. Cinco años después, luego de varias idas y vueltas, dejó la bicicleta para dedicarse a sus asuntos particulares.

OROS QUE QUEDARON EN BRONCE

El viaje de Colombia a la Olimpíada de Munich fue poco menos que un milagro. Hubo directivos inscritos como deportistas y deportistas inscritos como directivos, delegaciones que no tenían ni médico, y otras que tuvieron que implorar para que les entregaran a sus deportistas los elementos mínimos para competir. "Sería el mejor estímulo para estos esforzados deportistas que carecen de toda clase de ayuda y de implementos --lo que siempre ha sucedido-- y que inclusive no recibieron la prestación de una bata decente y decorosa para subir al tinglado a defender los colores patrios, ni tampoco el uso de un protector de boca, de acuerdo con lo aconsejado por la Federación Colombiana de Boxeo", decía una nota de protesta de la Federación de Boxeo, elevada al Comité Olímpico Colombiano, COC, días antes de partir hacia Alemania.

El equipo colombiano de boxeo tampoco contó con la preparación adecuada, según su entrenador, el cubano Sócrates Cruz, quien también había enviado un informe en forma de protesta al COC, donde decía que "otra de las recomendaciones y proyecciones futuras es la selección permanente, con el objeto de tener el equipo pugilista mejor preparado, con entrenamientos constantes, enseñanzas consecutivas, estado físico perenne y confrontaciones con países de América y, sobre todo, de Europa, si se piensa que el boxeo debe ir a los Olímpicos, con el objeto de adaptarnos al tipo de peleador europeo". De todas maneras, en medio del desorden y las quejas, los pegadores colombianos que habían obtenido la medalla de plata en los Centroamericanos de Puerto Rico del 71 viajaron hacia Munich, sin muchas esperanzas, dependiendo del talento natural de hombres como Calixto Pérez, José Vásquez y Alfonso Pérez, quienes habían alcanzado plata en los Panamericanos de 1971 celebrados en Cali.

Los colombianos se sobrepusieron rápidamente del malestar que provocó la descalificación del pesista Juan Romero, quien fue eliminado de los Olímpicos en la báscula por haberse excedido en el peso, y celebraron con cierto alborozo las primeras victorias de los púgiles Clemente Rojas y Alfonso Pérez, ante Dale Anderson, de Canadá, y Peter Odhiambo, de Uganda, respectivamente. Luego, Rojas continuó sorprendiendo en la categoría pluma al vencer por W.O. al búlgaro Kountcho Kountchev, y por descalificación al español Antonio Rubio. "La realidad de los hechos es que Rojas ha asegurado la medalla de bronce con apenas una victoria sobre el ring, pues la suerte lo ha acompañado en sus dos siguientes combates. Hoy, frente al keniano Phillip Waruige, el cartagenero tendrá que demostrar lo que en verdad sabe", comentaba antes del combate decisivo el periodista cartagenero Melanio Porto Ariza. Waruige llegaba a pelear la plata después de haber derrotado al iraní Jabar Feli y al egipcio Mohamed Salah Amin.

La contienda que definiría a uno de los finalistas de la categoría fue pareja desde el comienzo. Rojas, motivado por su "buena estrella", hizo su mejor pelea, mostrando muchas ganas, algo de técnica y algo de fortaleza. Waruige, más experimentado, salió dispuesto a terminar desde el primer round con el cartagenero, de quien había dicho: "Sólo tiene suerte". Sin embargo, no pudo, y el triunfo tuvo que definirse por decisión de los jueces, una decisión que llegó luego de una tensionante y dramática espera, ya que un juez, Marcos Arroyo, de México, había visto ganador al colombiano, otro había dado empate (Almet Comert, de Turquía) y los tres restantes habían anotado como ganador al keniano (Iblish Foo, de Malasia; Kwan Soo Han, de Corea y Niang Malik, de Nigeria). Cuando se dio a conocer el veredicto, se armó la gresca en el polideportivo, y aún hoy, 28 años después, hay quienes aseguran que Rojas perdió injustamente, con jueces decididamente parcializados.

La historia de Alfonso Pérez fue distinta desde el comienzo, desde su debut ante el ugandés Peter Odhiambo el 1º de septiembre de aquel inolvidable año de 1972. El cartagenero obtuvo su primera victoria por decisión unanime de los jueces, porque marcó diferencias con su boxeo durante los tres rounds del combate. Dos días más tarde, Pérez volvió a brindar una gran demostración de ataque y defensa frente a Karel Kaspar, de Checoslovaquia. Para su tercera pelea, el 6 de septiembre, todo aquello que lo había hecho merecedor de los mayores elogios parecía haberse esfumado: Pérez venció al turco Erasian Doruk, pero por muy estrecho margen. Ese día, el cartagenero no mostró sus mejores armas, en parte porque llegó agotado, en parte porque su contrincante no se lo permitió. El 9 de septiembre, Pérez resignó su oportunidad de llegar a las finales de la categoría de los ligeros al caer ante el húngaro Laszlo Orban, en otra decisión dividida que generó todo tipo de polémicas.

Pasaron 16 años. Aquellas dos frustraciones se olvidaron. Pérez y Rojas se volvieron profesionales, pero sus carreras quedaron ancladas en aquel septiembre negro de 1972 (precisamente, la Olimpíada de Munich pasó a la historia por la masacre que perpetró el grupo terrorista palestino Septiembre Negro en la Villa Olímpica, masacre que dejó un saldo de nueve deportistas judíos muertos, y que con el tiempo ha ido abriendo diversos interrogantes y criticas por la manera aparentemente irresponsable como actuó la policía alemana). Cuando llegó la XXIV Olimpíada, que se celebraría en Seúl, Corea, tenía Colombia un presupuesto superior a los 70 millones de pesos y varias esperanzas bien cimentadas en los logros del tirador payanés Bernardo Tobar, en el octavo lugar que había ocupado en los Olímpicos de Los Angeles 84 el marchista Querubín Moreno, en los dos títulos mundiales del luchador bogotano Javier Rincón y en la capacidad del boxeador Jorge Eliécer Julio.

Sin embargo, ni Tobar ni Moreno ni Rincón pudieron superar las expectativas que a su alrededor se habían generado. Sólo Eliécer Julio enarboló aquella bandera de los viejos Rojas y Pérez, y del sorpresivo Hellmuth Bellingrodt, quien alcanzó la plata en Munich y Los Angeles. La medalla de bronce de Eliécer Julio en Seúl comenzó a elaborarse con una decisión dividida, que sin embargo, lo dejó como ganador ante el filipino Philip Ormillosa. Luego llegaron sus victorias ante Felipe Nieves, de Puerto Rico, René Breitbatyh, de Alemania Oriental, y Katsuyuki Matsushima, de Japón. El 28 de septiembre de aquel año de 1988, Julio enfrentó la oportunidad de su vida ante el búlgaro Alexander Hristov. Si ganaba, ingresaría a la historia como el único pegador colombiano en haber obtenido una medalla de plata olímpica, y lucharía por la de oro. Si no, tendría que conformarse con la de bronce, que era bastante, pero no suficiente para su ambición y capacidad.

La pelea fue complicada desde el comienzo. El búlgaro no le permitía a Julio mayores libertades, pero tampoco era contundente. Al final, los dos púgiles celebraron anticipadamente su victoria. Cuando los jueces determinaron que el triunfador había sido Hristov, 3-2, el público y el periodismo colombiano estallaron en una gigantesca protesta en forma de chiflidos. Eliécer Julio se retiró a su esquina a tratar de comprender por qué el fallo lo había perjudicado. "Ganamos tres de los cuatro asaltos. Los tres primeros fueron rounds. El cuarto sí fue asalto", escribió el periodistas José Clopatofski para El Tiempo. Una vez finalizado el combate, las calles de las principales ciudades colombianas se abarrotaron de indignados fanáticos que no entendían cómo le habían podido arrebatar la victoria a Julio de aquella manera tan descarada. No obstante, lo escrito, escrito estaba, y Julio pasó a la historia como el tercer boxeador colombiano en obtener una medalla de bronce olímpica.

Después de Seúl 88, El Retén, Magdalena, celebraría muchas victorias más de su hijo predilecto. En el 89, Julio se volvió profesional, y tres años más tarde, el 9 de octubre de 1992, obtuvo el cetro mundial del peso gallo, al vencer por decisión unánime al norteamericano Eddie Cook en la plaza de toros Cartagena de Indias. La alegría le duró apenas un año a este hombre nacido para boxear, pulido en los gimnasios más exigentes, fortalecido por épicas proezas, pero deteriorado por la gloria y el poder que emergen cuando se es campeón del mundo. A los 24 años, Julio comenzó a vivir de sus recuerdos, como lo hacían desde 1972 Clemente Rojas y Alfonso Pérez.

EL NOMBRE DE LA FRUSTRACION

Cuenta la historia que allá por 1991, Faustino Hernán Asprilla comenzó a asomar en la cancha como un tipo genial. Jugaba para el Nacional, y con el Nacional ganó el título colombiano de aquel año. Impredecible, veloz, hábil, intuitivo y creativo, con esa camiseta mostró lo mejor de su repertorio. En febrero de 1992 fue convocado por Hernán Darío Gómez. Tenía el puesto asegurado en la Selección Colombia sub 23 que disputaría un cupo para los Juegos Olímpicos de Barcelona. Allá, en Paraguay, también brilló Asprilla. Y ese equipo, que de su mano se cansó de arrumar elogios, terminó en el segundo puesto (perdió 1-0 ante los locales el encuentro decisivo). Pero Asprilla y Colombia presagiaban grandes cosas para la Olimpíada.

Sin embargo, la historia de siempre se repitió, porque es distinto llegar a un campeonato como uno más, a llegar como opcionado al título. Y es distinto en todos los sentidos. Al fútbol de Colombia, y decir Colombia es decir directivos, hinchas, periodistas, jugadores y entrenadores, esas diferencias nunca parecieron interesarle. En Barcelona 92, como ocurriría en el Mundial de Estados Unidos 94, se pagó muy caro ese descuido. Se pagaron caras las ilusiones transformadas en obligaciones. Al cuadro de Hernán Darío Gómez se le exigió una medalla desde el día en que terminó el Preolímpico de Paraguay, pero jamás llegó esa distinción. Al contrario, lo de Barcelona fue un fracaso rotundo, en lo deportivo y en lo organizativo.

Colombia perdió ante España 4-0 (al final, ganador inobjetable del oro, con jugadores como Joseph Guardiola y Kiko, desde hacía varios años figuras de primer nivel en la Liga española, una de las más fuertes del mundo) e igualó con Egipto 1-1. En su partido de despedida, cuando ya no había más nada que perder, perdió cuatro tantos contra tres ante el novato Qatar. Dentro del fracaso, Asprilla jugó un papel decisivo. Fue negligente en la cancha, con calificaciones que nunca superaron el tres. "Si este Faustino Asprilla es hoy por hoy el mejor delantero que existe en Suramérica, creo que el fútbol de esa parte del mundo está en claro deterioro", escribía por aquel entonces el periodista español Miguel Alonso Larramendi. Fue individualista, intentando hacer por su cuenta lo que el equipo no podía y, así, negándole a sus compañeros la posibilidad de asociarse.

En aquella Olimpíada, Asprilla jugó literalmente para Asprilla. Se pasó de revoluciones para demostrarle al mundo que él era la gran figura, para confirmar con una jugada por qué varios equipos de Europa estaban interesados en él (luego del fracaso, recaería en el Parma de Italia). Pero si Faustino Asprilla fue el primer gran responsable de aquella frustración llamada Barcelona 92, no fue el único. La Selección Colombia que había ilusionado al país con la posibilidad de una medalla de oro, no supo nunca comportarse como un equipo candidato al título. En lugar de aislarse en una sede que le permitiera concentración, el grupo se alojó en la Villa Olímpica, con las consecuencias que una villa puede acarrear: mujeres escondidas, apartamentos, comida libre, vigilancia nula...

La frustración del fútbol en Barcelona 92 fue quizá tan grande como la de "Cochise" Rodríguez veinte años antes. Aunque las razones de una y otra fueron bien distintas, de alguna manera resumen este capítulo de tristezas y amarguras que Colombia ha sufrido a través de las Olimpíadas, que a cuenta gotas han dejado las alegrías de plata de Bellingrodt y Ximena Restrepo (400 metros planos, Barcelona 92) y las de bronce de Rojas, Pérez y Julio.

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