El Himno nacional

Por: Bermúdez, Egberto, 1954-

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EDICION 139
JULIO 2001

     

EL HIMNO NACIONAL.
Por: Egberto Bermúdez Cujar

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 139,
Julio 2001


Oreste Sindici. Fotografía atribuida a Demetrio Paredes, ca. 1870. Colección J.J. Herrera. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


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Rafael Nuñez. Escultura en bronce de Francisco A. Cano, 1921. Capitolio Nacional, Bogotá ...............


 

Partitura manuscrita del Himno Nacional, 1889. 34.75 x 26.25 cm. Museo Nacional de Colombia, Bogotá.


La canción patriótica y el himno nacional son productos relativamente tardíos de la cultura europea. Tal vez el primero de ellos fue el holandés, publicado en 1626 aunque de composición anterior y que está dedicado a Guillermo de Orange-Nassau, el asesinado artífice de la unión de las Provincias Unidas. Hay otros más famosos, aunque más tardíos, como "La Marsellesa", conocida desde 1792, o como el "God Save the King" contenido en una colección de 1744 (y cuya melodía fue usada en canciones norteamericanas de la época) así como el himno de Suiza. La melodía del movimiento final de un cuarteto de Haydn se ha hecho famosa como himno del antiguo imperio Austro-Húngaro y de la actual Alemania unificada, y en España, después de la guerra civil, en 1942 se adopto de nuevo como himno nacional la "Marcha real" de un compositor germano desconocido, a la cual se le han puesto varios textos, aunque hoy es uno de los pocos himnos que se usan sin él.

En América Latina se hicieron contribuciones tempranas al género y no nos debe extrañar, ya que nuestras repúblicas son antiguas, aun más que muchas de Europa y otras partes del mundo. El himno de Venezuela fue compuesto en 1810 y el de Argentina tres años después, el de Perú es de 1821 y el de Chile de 1828. El "Star Spangled Banner" de los Estados Unidos es de la misma época, 1814, y es una adaptación de una melodía inglesa compuesta originalmente para una ópera con argumento griego.

Pero ¿cómo funcionan los himnos nacionales? Lo que tiene en común es ser melodías reconocibles, cantables, y que musicalizan textos que traen un mensaje que hace que sirvan como emblemas patrios. Algunos tienen mensajes cortos y efectivos, como en el caso de los Estados Unidos, producto excelso del tipo de pensamiento que los compuso: "The land of the free, and the home of the brave" ("la tierra de los libres y el hogar de los valientes") no se refiere a ninguna nacionalidad, etnia ni clase social en particular y sus escuetas palabras son lógicas dentro del espíritu de democracia idealizada de aquel país a comienzos del siglo XIX. En el venezolano, el más antiguo en América Latina, Lino Gallardo (ca. 1774-1837) musicaliza un texto, muy probablemente de Andrés Bello, redactado en 1810 con motivo de la invasión napoleónica de España y que venía como anillo al dedo en las fogosas declaraciones de independencia que fueron nutridas aquel año. Su mensaje también es directo: "Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó, la ley respetando, la virtud y honor".

En cuanto a la música, los himnos nacionales anteriores al siglo XIX usan melodías populares y fácilmente cantables, pero los de ese siglo se inclinan a la música marcial, melodías inspiradas en la música militar, usadas en los momentos heroicos de las óperas, ampulosas, grandiosas y que conmovían e inflamaban al público.

Como "La Marsellesa", casi todos comenzaron siendo canciones. A ellas pertenecen las que con poca suerte fueron descartadas en nuestro país, hasta que el 11 de noviembre de 1887, día conmemorativo de la independencia de Cartagena, se estrenóel himno en un acto público organizado por el gobierno, en el Teatro Variedades de la capital, con un poema de Rafael Núñez (1825-94), entonces presidente de la República, y con música del maestro italiano de canto y composición Oreste Sindici (1828-1904).

    La canción patriótica floreció en nuestro medio después de las campañas libertadoras, aunque en Venezuela existen ejemplos anteriores. De algunas se conocen los textos, pero sabemos que Juan Antonio Velasco y Nicolás Quevedo las compusieron, algunas en honor de Bolívar, en los primeros tiempos de la república. Debían ser melodías sencillas, inspiradas en el estilo operático de aquella época, que generalmente se publicaban o circulaban en manuscrito en versiones de canto con acompañamiento de piano.

Las efemérides patrias, especialmente el festejo del 20 de Julio, fueron durante los años centrales del siglo XIX ocasiones propicias para la composición de nuevas canciones e himnos que intentaban volverse definitivos. Así, en 1837, el español Francisco Villaba, director y empresario de una compañía de teatro musical que visitó la capital, estrenó con coros y orquesta un himno que llegó a hacerse medianamente popular. A mediados del siglo aparecieron dos propuestas de himno en forma de "canciones nacionales": en 1847 el inglés Henry Price, fundador del la Sociedad Filarmónica de Conciertos, musicalizó unos sencillos versos de Santiago Pérez, y dos años más tarde Joaquín Guarín otros de José Caicedo y Rojas. Sin embargo, la primera no convenció por demasiado sencilla y la segunda, por demasiado compleja, debido a su formato a cuatro voces.

El estado de inestabilidad social y política que reinó desde 1850 hasta 1870 no fue terreno fértil para búsquedas estéticas, por patrióticas que fueran, y sólo en 1873 se vuelve a intentar componer un himno nacional: esta vez el músico Ignacio Figueroa musicaliza varias estrofas de connotados intelectuales, como el ya mencionado Santiago Pérez, su hermano Lázaro, José María Samper y Manuel María Madiedo, entre otros. Ante el poco éxito de esta iniciativa, en 1881 se convoca un concurso y dos años después otro, pero como en los casos anteriores, tampoco convencen sus resultados. Otro intento surge en 1883, cuando un violinista holandés pone música a unos versos de Lino de Pombo, quien también había sido autor del texto del "Himno de Riego" mientras se hallaba desterrado en España. Pero, como se dijo, sólo en 1887 se logra el consenso sobre el himno nacional que ahora tenemos.

A comienzos del siglo XX, algún viajero europeo indicaba la sorpresa que le causó oír la grabación del himno nacional entre las piezas con que se hacía menos aburrido el viaje en un vapor por el río Magdalena. En efecto, en 1910 Emilio Murillo lo grabó en Nueva York y se convirtió en uno de los pocos clásicos de música colombiana grabados en disco. En 1914 se hizo otra grabación, ya en el país, y entonces era frecuente oírlo en cualquier tipo de evento u ocasión. Pero sólo en 1920, por la ley 33 de octubre 18, se le dio el carácter oficial de himno nacional.

Como en muchos himnos, Sindici combina en el suyo el estilo de la marcha militar con las melodías inspiradas en la ópera; la del himno colombiano supera la barrera de lo mediocre y convencional y es más directa y austera que muchas otras. Su texto no es buena poesía, aunque no peor que el de las propuestas anteriores. Y a pesar de la pericia de Sindici en el manejo del lenguaje musical europeo y del estilo de la opera italiana, no tuvo un acomodo totalmente satisfactorio a su música y en muchos casos el resultado no se ajusta a la prosodia castellana. Su versión original es para canto y acompañamiento, y la que hoy conocemos fue orquestada con buenos resultados por el también director de banda y compositor José Rozo Contreras en 1933.

Hoy en día se oye mucho en la radio, en actos oficiales y no oficiales y en los partidos de fútbol. No en la forma desparpajada y tranquila en que se canta en un partido de béisbol en los Estados Unidos, usualmente en sus versiones pop, rock y blues. En nuestra mejor tradición legalista, aquí nos lo impide el decreto 1963 de 1946, que adoptó el arreglo de Rozo Contreras que fijó la forma de cantarlo, en cuanto a su arreglo y tonalidad. Durante el gobierno de Belisario Betancur se autorizó a los sanandresanos cantar una versión del himno en inglés y a los indígenas, en sus idiomas vernáculos.

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