El visionario emprendimiento agroindustrial de San José de Suaita

Por: Raymond, Pierre

 

Panorámica actual de la abandonada Fábrica de San José de Suaita. Fotografía: Pierre Raymond


Lucas Caballero Barrera (1869-1942)

Etiqueta para los rollos del 'Drill Comuneros', una de las telas producidas por la Fábrica de San José de Suaita

Chocolatería, ca. 1910

Hilandería

Museo del algoldón y fábricas de San José de Suaita.

Fábricas de San José de Suaita, 1941

Publicidad de la franco-belga. Mundo al Día, Bogotá, julio de 1929.

Publicidad de la franco-belga. Mundo al Día, Bogotá, julio de 1929.

Ruinas de la Fábrica de San José de Suaita

Sobre el autor: Pierre Raymond es Doctor en ciencias sociales y sociólogo de la Universidad de la Sorbona, París. Profesor, Universidad Javierana

Hoy ya no quedan sino ruinas de lo que fue uno de los más audaces y originales emprendimientos de la historia industrial nacional. Pero en 1907, cuando se inició la construcción de las Fábricas de San José de Suaita , parecía tratarse de un proyecto que prometía un magnífico futuro. De haber tenido éxito, hubiera podido ser un modelo para un desarrollo nacional diferente.

Los gestores de este proyecto fueron los hijos de un hacendado del municipio de Suaita, Santander, encabezados por el mayor de ellos: Lucas Caballero Barrera, importante personaje político de la época. Había sido general en los ejércitos liberales durante la guerra de los mil días. Más adelante, como ministro de Rafael Reyes, uno de los adalides de la reconciliación nacional. Estaba convencido, como el general-presidente, de que si el país se dedicaba al progreso económico y al desarrollo industrial, se acabarían los destructivos enfrentamientos políticos del siglo XIX.

El sueño de Lucas Caballero era fomentar el desarrollo de su patria chica a partir de los recursos locales, empezando por la caña, el cacao y la energía hidráulica. En 1907 estableció un pequeño ingenio azucarero en la hacienda de San José. Ya no se trataba de producir los tradicionales panes de azúcar en pailas similares a las que hoy todavía se usan en la producción panelera, sino de elaborar azúcar centrifugada, concentrando los jugos de las cañas con tachos al vacío. Igualmente, se fundaron en la hacienda una chocolatería y una destilería.

CREACIÓN DE LA SOCIEDAD INDUSTRIAL FRANCO-BELGA

Pero la riqueza agrícola de la hoya del río Suárez no se limitaba al dulce y al cacao. En ese entonces, por extraño que nos parezca hoy, era la región de mayor producción algodonera del país y abastecía gran parte de la nación con sus lienzos. Ahí fue que, continuando su proyecto de industrialización rural, Lucas Caballero emprendió en 1912 la transformación de la fabricación artesanal de telas en una moderna industria textil. Además del algodón local, estimaba que se podría utilizar almidón de yuca para el engomado de las telas y plantas tintóreas para el teñido.

Este proyecto exigía ingentes recursos. A diferencia de la naciente industria textil antioqueña, Lucas Caballero no recurrió ni a una paulatina acumulación de capital, ni al ahorro nacional: se asoció a unos banqueros belgas y franceses, los cuales aportaron el capital necesario para la creación de la fábrica. Así fue que se fundó en 1912, en Amberes (Bélgica), la Sociedad Industrial Franco Belga , SIFB, la cual pidió un préstamo hipotecario de tres millones de francos sobre la hacienda de San José. Además de la fábrica textil, se instaló un molino de trigo y se completó el aporte inicial de energía eléctrica (una dínamo accionada por una pequeña fuente de agua) por medio de una hidroeléctrica ubicada sobre el río Lenguaruco. La maquinaria se adquirió de segunda mano en los Estados Unidos.

Tanto los Caballero como los franco-belgas habían subestimado las dificultades y los costos reales que implicaba la creación de estas fábricas. Una vez desembarcados los equipos, para llegar a San José debían realizar un inmenso recorrido en las precarias condiciones de las vías y de los medios de transporte de la época. Entre Cartagena y San José, se tenían que hacer trece transbordos de un medio de transporte a otro: Canal del Dique, vapores del Magdalena, ferrocarriles de la Dorada, de Girardot, de la Sabana y del Norte.

Pero lo más problemático empezaba en Zipaquirá: carruajes y mulas llevaban la maquinaria sobre lo poco que entonces existía de la Carretera Central del Noroeste hasta la laguna de Fúquene para embarcarla luego en balsas y canoas. Después de cruzar la laguna, navegaban por el río Suárez hasta Saboyá, donde se cargaban a lomo de mula hasta su destino final. Las piezas más pesadas eran arrastradas por bueyes sobre maderos, procedimiento pomposamente denominado “leñocarril”.

El envío principal, realizado desde Nueva York en julio de 1913, se componía de 4.430 bultos, 2.594 cajas, 1.032 atados de hojas de acero y 22 cuñetes de clavos. En el transcurso de esta fenomenal romería, se perdieron y dañaron muchos elementos. Documentos indican que “una canoa se fue al fondo de la laguna de Fúquene con varios bultos de los cuales uno se quedó en el agua”, y que “golpes han ocasionado la rotura de piezas importantes”1.

Como la mayor parte de los equipos terminaba su trayecto a lomo de mula, se exigió a los proveedores que todo “debía empacarse en bultos de sesenta kilos más o menos cada uno”, generándose así considerables sobrecostos. Algunos proveedores no se molestaron por cumplir con este requisito y la empresa tuvo que incurrir en engorrosos procesos de reempaque.

A mediados de 1913 se anunció “la extinción del capital girable lo que determina la necesidad urgente de un aumento de capital”; la sociedad había quedado sin recursos y la fábrica todavía estaba lejos de funcionar. Estallaron conflictos con los obreros de la construcción: “las cosas llegaron al punto que los peones se negaron a trabajar y se pusieron amenazantes, porque hace ya varias semanas no recibían su sueldo”.

Un nuevo préstamo se hizo entonces necesario. Los europeos lo concedieron a regañadientes, a pesar de que se habían embarcado en una aventura más compleja que la que se habían imaginado, y manifestaban cada vez más impaciencia y resentimiento en contra de los hermanos Caballero.

La fábrica comenzó a operar en 1889. Ésta y la de Merlano en Cartagena, fueron probablemente los "únicos intentos de industrialización, en un sentido realmente moderno", que se implementaron en el siglo XIX en el país.

Tanto los Caballero como los franco-belgas habían subestimado las dificultades y los costos reales que implicaba la creación de estas fábricas. Una vez desembarcados los equipos, para llegar a San José debían realizar un inmenso recorrido en las precarias condiciones de las vías y de los medios de transporte de la época. Entre Cartagena y San José, se tenían que hacer trece transbordos de un medio de transporte a otro: Canal del Dique, vapores del Magdalena, ferrocarriles de la Dorada, de Girardot, de la Sabana y del Norte… Las piezas más pesadas eran arrastradas por bueyes sobre maderos, procedimiento pomposamente denominado "leñocarril".

Panorámica de la fábrica en los años setenta

Una hipoteca de segundo grado permitió conseguir 1.000.000 de francos más, pero aun así, la puesta en marcha de la fábrica era lenta. La central hidroeléctrica estuvo lista en enero de 1915, pero… no tenía nada que poner a funcionar, pues el montaje de la hilandería se terminó en julio y el de las desmotadoras, en octubre, razón por la cual los 45 telares que se encontraban en estado de funcionamiento a finales de septiembre no empezaron a trabajar por falta de materia prima. Y no eran sino 45 de los 184 telares adquiridos. Sólo en 1918 llegó la fábrica a su plena capacidad de producción.

 

EN MEDIO DE LAS DIFICULTADES

Unos datos nos ayudan a entender cuán difícil podía ser el montaje en las condiciones de un aislado paraje de la Colombia de ese entonces. Un documento de 1915 explicaba que seis de las hiladoras no sirvieron porque “les faltan piezas importantes”; agregaba que “lo grave es que con los elementos que aquí disponemos apenas se pueden arreglar unos cuarenta telares. La gran mayoría de los lizos vinieron inservibles por el transporte” y debido a la falta de piñones y de peines, muchas máquinas no pudieron trabajar. De hecho, como hasta el último tornillo era importado, los faltantes creaban obstáculos lentos de superar. A finales de 1916 “de las 184 máquinas de tejer, solamente están 87 en estado de funcionamiento. Las otras 97 están deterioradas o incompletas”.

Mientras tanto se acumulaban los intereses de los préstamos sin que la SIFB estuviera en capacidad de empezar a abonar al capital por falta de producción. En este contexto, los acreedores franco-belgas eliminaron a los Caballero de la administración de la empresa. Los choques de lógica empresarial y la incomprensión entre colombianos y europeos habían hecho de la empresa un infierno. Mientras los franco-belgas se quejaban de “las irregularidades cometidas por los administradores residentes en Colombia”, Lucas Caballero escribía que los europeos no podían imaginar que los colombianos “se porten con la dignidad de hombres libres y de honor y no como sirvientes de que no se encuentran ejemplares en Colombia”, y que él no podía “dejarse burlar ni humillar de nadie, por poderoso que se presuma”.

Una vez al mando, los europeos desarrollaron una estrategia destinada a llevar la SFIB a la quiebra por la extensión de sus deudas con los banqueros. Apenas los Caballero se dieron cuenta que la meta de los franco-belgas era la de expropiarlos de su hacienda familiar y de expulsarlos de sus sueños desarrollistas, empezaron a librar una pertinaz lucha para recuperar el control de la sociedad.

De su lado, los extranjeros intentaron afianzar su dominio sobre la región. No contentos de ejercer un férreo control sobre sus trabajadores, que eran como peones de una hacienda-fábrica y que vivían en una especie de “pueblo privado”, contrataron en 1923 un abogado encargado de trabajar en la erección de San José como un “municipio independiente”. Un artículo de El Tiempo del 19 de mayo de 1924 acusó a los franco-belgas de querer hacer de San José “un feudo extranjero”.

En medio de este ambiente conflictivo, la empresa sufría una serie de dificultades que impidieron su progreso. Por una parte, estaban los problemas del transporte. Hasta 1935, Suaita sólo se comunicaba con el resto del país por caminos de herradura, y la arriería era su único modo de transporte de mercancías. Esta situación era bastante común en esta época, pero se hacía aún más aguda en la zona andina y especialmente en Santander debido a que estuvo sometido en el siglo XIX a los efectos del liberalismo radical, hostil a la inversión pública en la construcción de infraestructuras. Así, se manifestaba entonces una descomunal disonancia entre una industria moderna y la arriería como su principal medio de transporte.

La situación se mejoró tardíamente, pero sufrió de las inconsistencias de las políticas públicas. Inicialmente, los gobiernos le apostaron a los ferrocarriles. Pero el Ferrocarril Central del Norte, que debía unir a Bogotá con Puerto Wilches, pasando al lado de la fábrica, nunca se completó. En 1935 llegó a Barbosa sin continuar su trayecto hacia el norte: ya no se creía en el ferrocarril sino en las carreteras. Éstas permitieron que la fábrica se comunicara con Bogotá y Bucaramanga a partir de 1935.

En todo caso, entre 1907 y 1935, las fábricas de San José estuvieron limitadas a mandar sus mercancías o a empatar con el ferrocarril a lomo de mula. Por muchas precauciones que se tomaran, las telas llegaban a veces a su destino mojadas, y manchadas de barro y sangre, esto último por las heridas que las bestias padecían debido al maltrato a que estaban expuestas.

Las relaciones entre trabajadores y la dirección fueron con frecuencia muy tensas. El personal era de origen rural al que le costaba acostumbrarse a la disciplina industrial. Es así como unos trabajadores no vacilaban en ausentarse para atender sus cultivos, otros se mostraban reacios al trabajo nocturno… Un empleado entrevistado se quejó del “régimen dictatorial de los extranjeros”, el cual se puede observar en esta circular, firmada por Du Rivau: “La gerencia nunca ha considerado o aceptado observaciones por parte de sus empleados, ya que considera que no les corresponde nada más que acatar sus disposiciones y amoldarse a ellas”. Un obrero de la fábrica comentó al respecto: “Du Rivau venía con la costumbre de pegarle a la gente, pero aquí tuvo que saber que esto podía costarle la vida”, y tuvo que tranzar “con el pueblo santandereano que es rebelde, que carga cuchillo o revólver”.

Museo del algodón y fábricas de San José de Suaita.

 

LA COMPETENCIA ANTIOQUEÑA

La sociedad sufrió también por la imposibilidad de modernizarse por falta de recursos, en una época en la cual las técnicas evolucionaban muy velozmente, lo cual colocó a la SIFB en una situación desfavorable frente a la competencia antioqueña, ya que su maquinaria remontaba a finales del siglo XIX. Coltejer había iniciado sus labores en 1908 dotándose de modernos equipos y se preocupaba constantemente por su actualización. A los pocos años de fundada la empresa suaitana se creó Fabricato, empresa ésta que adquirió en 1922 la maquinaría más moderna disponible. Una terrible brecha de productividad y competitividad se había instalado entre la SFIB y sus competidores.

Esta situación contribuyó a restringir los mercados de la sociedad: mientras los antioqueños adoptaban novedades que cautivaban la demanda urbana, como el estampado o el mercerizado, los productos de San José se limitaban a sus tradicionales producciones que correspondían más a la demanda rural. Los administradores de la sociedad se limitaron a ofrecer telas más robustas que elegantes, destinadas a la vestimenta campesina.

Vimos que para refinanciarse la SIFB recurrió, en 1914, a un costoso préstamo hipotecario. En contraste, este mismo año, Coltejer emitía acciones, acudiendo al ahorro nacional y consiguiendo el capital que necesitaba sin incurrir en intereses. Tal como lo comentó el escritor Eduardo Caballero Calderón, hijo de Lucas, santandereanos y boyacenses no comprenden “lo que el antioqueño bebe con su primer aguardiente: la sociedad limitada, el crédito, la compañía anónima, las jugadas de bolsa y las acciones al portador”. Estas particularidades contrastaban el caso de la SIFB con el de la industria textil de Medellín, la cual además había fundamentado sus primeras inversiones a partir de la acumulación antes realizada en la minería, el café y el comercio.

"Los bajos sueldos eran el lado más negativo de la situación de los trabajadores de la fábrica. Estos fueron una constante en la historia de San José. Recordemos que Lucas Caballero los consideraba como la manera de contrarrestar el rezago tecnológico. … En 1945, comparando el promedio ponderado de los jornales en San José y en Antioquia, se observa que el de San José es de 1,01 peso, cuando el de Antioquia es de 1,75. Esta considerable diferencia se debía esencialmente a que los trabajadores eran al mismo tiempo campesinos que conseguían parte de su subsistencia de la parcela. La empresa, consciente de esta situación, y siendo a veces la que suministraba el lote de pancoger a los obreros, sabía que esto le permitía pagar menores sueldos". Pierre Raymond. Mucha tela que cortar. La saga de una fábrica textil y la pugna de las familias Caballero y López por su control. Editorial Planeta, Bogotá, 2008.

 

Acción de la Fábrica de San José de Suaita S.A. Corresponde a cien acciones de Luis Eduardo Nieto Caballero en 1947. Archivo del Museo del Algodón y Fábricas de San José de Suaita.

 

 

 

LA GERENCIA FRANCO-BELGA PARA LA LIQUIDACIÓN

Con la gerencia europea se dejaron de lado las demás actividades del proyecto de complejo agroindustrial articulado al desarrollo agrícola local. Se abandonó primero la destilería en 1917, y luego el ingenio azucarero (1930) y la chocolatería (1935). La actividad quedó reducida a la producción textil.

La meta de los franco-belgas de llevar la empresa a la quiebra se acompañaba de la intención de darle un nuevo vuelo, una vez totalmente bajo su control. En 1932, mandaron a Colombia un director, Christian Du Rivau, con tres mandatos. Proceder a una actualización de la maquinaria, lo que hizo comprando telares automáticos descartados por la competencia, pero en todo caso, más productivos que los telares planos de la fábrica. Liquidar la SIFB por su nivel de endeudamiento, el cual superaba el valor de los activos: el estudio de las cuentas de 1935 revela que las deudas representaban 1,78 veces el valor de los activos y 3,96 veces el valor de las ventas anuales. Y en tercer lugar, eliminar a los Caballero de la nueva sociedad que se fuera a crear. En alianza con Alfonso López Michelsen, esposo de Cecilia Caballero Blanco, hija de uno de los fundadores, y por lo tanto interesado en la empresa, Du Rivau elaboró un plan de modernización y de ampliación de la fábrica, en espera de lo que pensaba iba a ser la pronta liquidación de la SIFB. Una carta de noviembre de 1944 de Du Rivau, relativo a esta alianza, indica entre otros que “su padre, el presidente Alfonso López se encarga de poner toda su influencia para encontrar en un término corto el capital que nos hace falta para montar los telares”2.

Pero esta liquidación no se dio tal como la esperaban los franco-belgas, ni se pudo ejecutar el proyecto de modernización debido a que las demás ramas de la familia Caballero habían interpuesto demandas con el fin de recuperar sus bienes. Mientras éstas cursaban, no se podía proceder a la liquidación.

EL BARÓN CHRISTIAN DU RIVAU

"Du Rivau, nacido el 28 de mayo de 1908, no tenía sino veinticinco años cuando tomó las riendas de la empresa el 17 de octubre de 1933. Había sido anteriormente administrador colonial en Guinea. Arrastra, de este pasado y posiblemente de sus orígenes aristocráticos, un marcado autoritarismo y unos modales acostumbrados al lujo. A su llegada, mandó instalar un calentador eléctrico para el baño y dotó la "Casa de Gerencia" (nombre que se le da en los documentos a la antigua cada de hacienda) de vajilla y camas nuevas. Más adelante, no se satisface con esta noble morada y emprendió a partir de 1935 unas reformas que duraron varios años, volviéndola así una hermosa y moderna quinta. Tenía además una residencia en Teusaquillo, en esa época uno de los barrios más elegantes de Bogotá. La SIFB le costeó su carro particular, el cual cambiaba cada año… Se afirma que quería construir una pista de aterrizaje para avionetas en la Meseta. Todos sus gastos eran asumidos por la Sociedad, incluido el seguro de su casa en la capital. Además de estos privilegios devengaba un salario que reñía con el nivel de ingresos y de vida de los trabajadores de la fábrica. Su sueldo en 1938 era 12,56 veces más alto que el salario obrero promedio".

Pierre Raymond. Mucha tela que cortar. La saga de una fábrica textil y la pugna de las familias Caballero y López por su control. Editorial Planeta, Bogotá, 2008.

SOCIEDAD DE HILADOS Y TEJIDOS DE SAN JOSÉ DE SUIATA

Finalmente, un arbitraje de la Superintendencia de Sociedades Anónimas condujo a una liquidación de la sociedad, pero en condiciones y en un ambiente desfavorable a los acreedores extranjeros. Se constituyó entonces una nueva sociedad (la Sociedad de Hilados y Tejidos de San José de Suaita ) que atribuyó una participación mayoritaria a los socios colombianos, aduciendo con razón que las condiciones impuestas por los banqueros a los Caballero eran extorsivas, pero también subvaloraban considerablemente el valor de la deuda, artificio que permitió devolver la mayoría de acciones a los herederos de los fundadores.

Dichos herederos retomaron entonces el plan de modernización de la última administración extranjera, pero no lograron infundir confianza a los inversionistas. La fábrica se quedó con su anticuada maquinaria y productos cada vez menos demandados. La empresa siguió entonces una existencia vegetativa, ocupando un lugar cada vez más secundario en la industrial textil colombiana, hasta su cierre definitivo el 28 de febrero de 1981.

Las relaciones entre trabajadores y la dirección fueron con frecuencia muy tensas. El personal era de origen rural al que le costaba acostumbrarse a la disciplina industrial. Es así como unos trabajadores no vacilaban en ausentarse para atender sus cultivos, otros se mostraban reacios al trabajo nocturno. Todavía en 1943, Du Rivau se quejaba de que “a pesar del ya largo tiempo de establecimiento de las fábricas, no se ha cambiado el aspecto y modalidades campesinas, ya que el personal obrero ha seguido y seguirá con su afecto a las labores agrícolas”. Los directivos tenían una actitud arrogante y violenta que avivaba los roces. Un empleado entrevistado se quejó del “régimen dictatorial de los extranjeros”, el cual se puede observar en esta circular, firmada por Du Rivau: “La gerencia nunca ha considerado o aceptado observaciones por parte de sus empleados, ya que considera que no les corresponde nada más que acatar sus disposiciones y amoldarse a ellas”. Un obrero de la fábrica comentó al respecto: “Du Rivau venía con la costumbre de pegarle a la gente, pero aquí tuvo que saber que esto podía costarle la vida”, y tuvo que tranzar “con el pueblo santandereano que es rebelde, que carga cuchillo o revólver. El santandereano no es sumiso. Du Rivau tenía que tenerle respeto”. Se constituyó en 1934 un sindicato, que fomentaba, en términos del director, “un espíritu de rebelión o indisciplina, desobediencia a los jefes”.

La situación no mejoró cuando los herederos tomaron el mando en 1944. En enero de 1947 estalló una huelga que duró 83 días, a propósito de la cual El Tiempo comentó, el 8 de abril de 1947, que “es la primera vez que se registra en el país y en los anales de nuestra historia sindical un movimiento obrero de semejante duración” .

El principal logro de esta huelga fue obtener que el pueblo de San José dejara de ser un pueblo privado. Se lotearon las tierras y San José se volvió un corregimiento del municipio de Suaita, ya no un dormitorio obrero dentro de los predios de la fábrica. La empresa perdió entonces su capacidad de injerencia en la vida privada de sus trabajadores. Después de esta huelga, las relaciones laborales perdieron su acrimonia, pero paralelamente, el sindicato fue perdiendo su combatividad. De ahí probablemente el hecho de que cuando dejó de funcionar, en 1981, los obreros no tenían ni pensión, ni seguro social.

No quedaba en ese momento sino maquinaria anacrónica, que sólo sirvió para vender como chatarra3. El sueño de un modelo de desarrollo industrial descentralizado y de progreso rural no se hizo realidad. El país hubiera podido ser otro si se hubiese afianzado y difundido el tipo de transformación económica ejemplificado por Lucas Caballero y si los hacendados colombianos, en lugar se seguir viviendo de la renta, se hubiesen convertido en empresarios rurales, a la manera de los junkeres4 prusianos.

 

1907

Bajo el liderazgo de Lucas Caballero Barrera se inició la construcción de las Fábricas de San José de Suaita , orientadas a producir caña, cacao, azúcar, algodón.

b

Grupo de directivas y trabajadores,
ca. 1912.

1907

El propósito de Lucas Caballero era el de constituir un centro agro-industrial de azúcar, chocolate, telas y licor, utilizando además la energía hidráulica.

 

1912

En asocio con banqueros franceses y belgas, Lucas Caballero fundó la Sociedad Industrial Franco-Belga .

a

Batán.

 

1915

Se puso en funcionamiento la central hidroeléctrica para operar los telares, pero el montaje de la hilandería estaba muy rezagado.

c

Casa de la hacienda y la
chocolatería.

 

1918

La textilera llegó a su máximo nivel de producción.

 

1922

La competencia de las empresas Fabricatoy Coltejer, dotadas de maquinaria moderna, le generó fuertes problemas a la Franco-Belga .

 

1932

Llegó Christian de Riveau con el propósito de modernizar la Franco-Belga .

d

Reunión de los hermanos Caballero
en los años diez.

 

1947

Los trabajadores de la Franco-Belga hicieron una huelga que duró 83 días, la más larga en su tiempo.

 

1981

Se cerró definitivamente la Sociedad de Hilados y Tejidos de San José de Suaita , sucesora de la Franco-Belga.

e

Mujeres trabajando en el telar.

 

REFERENCIA

1 Excepto indicación contraria, las citas provienen de los archivos de la empresa.

2 Documento incluido en la escritura 2.419 de la notaría 5ª de Bogotá.

3 Cinco de éstas se rescataron y se encuentran en el Museo del algodón y fábricas de San José de Suaita. Una visita a este museo y a las ruinas de la fábrica complementan esta lectura con un paseo por los hermosos paisajes de la hoya del río Suarez y la historia nacional.

4 Miembros de la baja nobleza terrateniente, algunos de los cuales, dejando de lado el rentismo, se volvieron empresarios capitalistas.

 

BIBLIOGRAFÍA

Caballero Calderón, Eduardo. Cartas colombianas , Bogotá, Kelly, 1949.

Caballero Calderón, Eduardo. Memorias infantiles , Medellín, Bedout, 1964.

Caballero Calderón, Lucas. Memorias de un amnésico , Bogotá, El Áncora, 1982.

Raymond, Pierre. Mucha tela que cortar. La saga de una fábrica textil y la pugna de las familias Caballero y López por su control , Bogotá, Planeta, 2008.

Raymond, Pierre. Hacienda tradicional y aparcería , Bucaramanga, UIS, 1997.

Raymond, Pierre y Bayona, Beatriz. Vida y muerte del algodón y los tejidos santandereanos , Bogotá, Ecoe, 1987.

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