Colombia y la causa de los aliados en la segunda guerra mundial: la colaboración militar y económica con Estados Unidos, apenas produjo una declaración de beligerancia contra los países del Eje

Por: Bushnell, David, 1923-2010

      



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Presentación de credenciales del embajador norteamericano Spruille Braden ante el Presidente Eduardo Santos. «Cromos», febrero 18 de 1939.


   


  Entre otras muchas cosas que sucedieron durante los años de la segunda Guerra Mundial, se dio un viraje importante en la tradicional política exterior de Colombia. Aunque los colombianos nunca vacilaban en opinar sobre cuestiones de política internacional, el país no había asumido una actitud de beligerancia formal desde la independencia, salvo en los contados casos de conflicto con vecinos inmediatos. Había guardado una cuidadosa neutralidad frente a la guerra de 1914-1918. Dos décadas más tarde, se puso resueltamente del lado de las potencias democráticas -los llamados Aliados- en contra de los gobiernos del Eje.

  Eduardo Santos ocupaba la Presidencia cuando estalló la guerra en Europa en septiembre de 1939. Hubo una época en que a Santos lo miraban desde la legación de Estados Unidos con suspicacia, como de tendencia antinorteamericana. Pero el antinorteamericanismo de Santos había tenido que ver con problemas que no eran tan candentes desde la inauguración de la llamada política de Buena Vecindad del presidente Franklin D. Roosvelt. Santos ya era un buen amigo (aunque no incondicional) del Buen Vecino. Por otra parte. Santos, al parecer desde siempre, había sentido una profunda empatía por Francia, un país donde él mismo había estudiado y vivido. En el plano ideológico, además, él era un liberal doctrinario que aborrecía el nazi-fascismo en todas sus expresiones.

 

 

 

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El presidente Alfonso López Pumarejo y María Michelsen de López se dirigen a la catedral primada de Bogotá para asistir al Te Deum por el final de la
segunda Guerra Mundial «Cromos», mayo 19 de 1945.


 

 

La colaboración de Colombia con Estados Unidos, Francia y demás Aliados en el conflicto mundial no podía ser una decisión unilateral del presidente: Colombia a fin de cuentas también era una democracia. Pero la actitud de Santos era compartida por la mayoría de los portavoces de su propio partido liberal y aun por importantes sectores del partido conservador de oposición. Hasta qué punto su política gozaba del apoyo del colombiano raso es más difícil decirlo, ya que en el país todavía no se habían montado encuestas científicas de opinión pública. Tenía en su contra el antinorteamericanismo latente derivado del rapto de Panamá y del resentimiento que causaba la creciente influencia económica yanqui. La generalidad de los colombianos tampoco compartía la marcada francofilía del presidente; antes bien, los católicos tradicionalistas veían en Francia un foco peligroso de doctrinas disolventes. Sin embargo, las opiniones sobre Francia -o sobre la Gran Bretaña- pesaban menos que la amistad o antipatía hacia Norteamérica, y el antinorteamericanismo no era ni tan generalizado ni tan fervoroso como antes.

 

 

 

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Noticia de la declaración del «Estado de Beligerancia» con Alemania,
«El Tiempo», noviembre 27 de 1943.


 

 

Por otra parte, no existían corrientes realmente importantes de apoyo a las potencias del lado contrario. La Italia de Mussolini despertaba ciertas simpatías como país católico y latino, pero la Alemania de Hitler era líder incuestionable del llamado Eje, y aunque la cultura y la tecnología alemanas inspiraban admiración, la ideología nazi era cosa muy distinta. Con sus ribetes de paganismo, racismo extremado y de más extravagancias, el nacismo recibía la condenación de todos, menos de unos pequeños núcleos de fascistas criollos. Muchos liberales insistían en que Laureano Gómez, jefe máximo por entonces del conservatismo, era admirador de Hitler. Y efectivamente, aplaudía algunas cosas que hiciera el dictador alemán, pero Gómez tenía serias reservas respecto a la doctrina nazi y no pudo olvidarse de que Alemania también había sido cuna de Lutero. Ya que Gómez tampoco era muy amigo de anglosajones, su verdadera preferencia habría sido una rigurosa neutralidad, o una política de no-alineación, como se dice hoy día.

  Una política oficial de neutralidad fue la que anunció Santos al comienzo de la guerra. Pero esto no era incompatible a su modo de acercamiento sin precedentes entre Colombia y Estados Unidos, país que en un principio proclamó igualmente la neutralidad formal. Es posible que Enrique Olaya Herrera haya sido en su fuero íntimo más amigo de los norteamericanos, pero Santos forjó lazos estructurales e institucionales entre de los gobiernos de los dos países que antes simplemente no existían, y que de una forma u otra han perdurado hasta la actualidad. en un principio, la iniciativa fue de Santos, que todavía en la etapa de preguerra comenzó los sondeos que tendrían por resultado las primeras misiones militares norteamericanas en Colombia. Solicitó el envío de una misión naval para reemplazar a la misión inglesa ya existente y, en el curso de las negociaciones, se acordó enviar además una misión de aviación militar. Simultáneamente se dio comienzo a una extensa ronda de visitas de oficiales colombianos a instalaciones militares de la Zona del Canal o de Estados Unidos y de oficiales norteamericanos a Colombia, para programas de consulta y entrenamiento.

  La colaboración militar se intensificó a partir del estallido de la guerra en Europa, de las arrolladoras victorias alemanas a mediados de 1940 y en especial con la entrada plena de los Estados Unidos en el conflicto, en diciembre de 1941. De varias maneras, Colombia puso a disposición de los aliados (lo que básicamente quería decir Estados Unidos) sus recursos y hasta el uso de su territorio para misiones de defensa hemisférica. Esto último fue un asunto bien complicado, tanto por los tecnicismos constitucionales en juego como por la necesidad de hacer frente a ataques políticos de la oposición conservadora y aun del ala lopista del partido liberal, que no discrepaba fundamentalmente de los fines propuestos, pero creía que a cambio de su cooperación Colombia debía obtener recíprocamente mayores concesiones. Por lo espinoso de la materia, el presidente optó en general por la ambigüedad. Evitó firmar pactos formales, aunque fueran secretos, pero rehusó entrar en acuerdos informales de una vaguedad conveniente. Así, por ejemplo, se llegó a un «pacto de caballeros» para enviar a la Zona del Canal a un general colombiano, cuya misión sería la de coordinar con las fuerzas norteamericanas cualquier operación militar que tuvieran que emprender en territorio colombiano; y mientras los norteamericanos entendían que este oficial no haría sino informar a Bogotá cuando una incursión hubiera sido acordada por ellos, desde Bogotá le advertían que debía no sólo informar sino obtener de sus propios superiores el visto bueno. Nunca se aclaró (¿ni se quiso esclarecer?) exactamente en qué consistían los términos del arreglo. En otros casos la ambigüedad deseada se lograba mediante un ligero camuflaje. Cuando los norteamericanos quisieron poner observadores militares en Barranquilla, Cúcuta y Medellín, se insistió simplemente en que vinieran vestidos de civil y ostensiblemente como agregados consulares. Y fue establecida una base de combustible para sus aviones militares en la isla de Providencia, supuestamente para el uso del Pan American Airways.

  Mientras tanto, se proseguían negociaciones para el suministro de armamento a Colombia a precios rebajados o con préstamos blandos. Era algo realmente necesario, porque al comienzo de la administración Santos el material de guerra de que disponía el país era muy escaso y bastante anticuado. La costa del Pacífico se patrullaba con un solo buque cañonero y dos aviones obsoletos. Un observador militar estadounidense estimó que los efectivos de tierra tenían municiones para tan sólo una hora en combate pleno. A pesar de las necesidades en otros frentes, los Estados Unidos no vacilaron en ofrecer armas y, al salir Santos de la Presidencia, ya se habían logrado ciertos avances, aunque por demoras en la preparación de pedidos y por la ambivalencia del mismo Santos -quien nunca aprovechó todos los créditos ofrecidos para material bélico- el impacto principal del reequipamiento de las fuerzas colombianas se hizo ver sólo después de su gobierno.

 

 

 

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El embajador alemán Wolfgang Dittler y su familia
se disponen a abandonar el país,
luego del rompimiento de
relaciones con Alemania a raíz del ataque japonés a Pearl Harbor.
«Cromos», enero de 1942.


 

 

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El Hotel Sabaneta, campo de concentración de súbditos alemanes en Fusagasugá.
«Cromos», abril de 1944.


 

 

Es que Santos, como abanderado de la democracia civilista, quería evitar a todo costo una carrera armamentista. Deseaba unas fuerzas armadas adecuadamente equipadas y con espíritu profesional, pero no concibió nunca su posible participación en acciones bélicas más allá del territorio nacional y de sus aguas limítrofes. Los Estados Unidos, por su parte, tenían interés en una mejor preparación técnica y profesional de las fuerzas colombianas, sobre todo como garantía de estabilidad en las cercanías del canal. Se esperaba naturalmente que en el caso de un ataque externo contra el hemisferio, Colombia asumiría un modesto papel militar en su propio rincón del continente, pero era una cosa cierta en opinión de los oficiales norteamericanos que en una emergencia militar ellos verdaderamente tendrían que actuar en suelo colombiano.

 

 

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La multitud celebra la victoria de los aliados a la plaza de Bolívar y en los andamios de la catedral, «Cromos» mayo de 1945.


   
 

 

  No todo era colaboración militar entre Colombia y Estados Unidos. El gobierno colombiano adoptó medidas para impedir la compra de materiales estratégicos en Colombia (platino, por ejemplo) por las potencias enemigas o sus testaferros, y allanó el camino para la agencia norteamericana que vino a Colombia para promover la producción de caucho natural en reemplazo de la de plantaciones asiáticas ocupadas por el Japón. A pesar de su frecuente escepticismo sobre los rumores de espionaje y subversión nazifascista. Santos no rehusó colaborar con los esfuerzos norteamericanos por combatirlos. Finalmente, se reanudó el servicio de pago de la deuda externa colombiana, como paso previo a la concesión de nuevos préstamos norteamericanos. No cabe duda que la esperanza de tales préstamos -incluso para hacer frente a los graves problemas económicos ocasionados por la interrupción del comercio normal de exportación- fue un poderoso incentivo detrás de otras formas de colaboración.

  Cabe aclarar que al producirse el ataque aéreo japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941 y las subsiguientes declaraciones de guerra entre Estados Unidos y los países del Eje, Colombia no declaró también automáticamente la guerra, como lo hicieron varias pequeñas repúblicas del Caribe y América Central. Simplemente rompió sus relaciones diplomáticas con el Japón y los países del Eje europeo, lo que no alteró en lo esencial al estado de cosas preexistente, salvo en cuanto facilitó la adopción de medidas más severas de control y vigilancia sobre los súbditos alemanes, italianos y japoneses y sus bienes en Colombia. Fue sólo en 1943, ya en el segundo año de la segunda presidencia de Alfonso López Pumarejo, cuando Colombia declaró un «estado de beligerancia», equivalente a una declaración de guerra, aunque no se llamara así. Este acto fue resultado del hundimiento de tres goletas colombianas en el Caribe por submarinos alemanes, por motivos que no se han esclarecido totalmente, aun cuando la autoría alemana de los ataques -en su momento puesta en duda por Laureano Gómez, entre otros- se ha confirmado por documentos de los mismos alemanes. A decir verdad, la «beligerancia» declarada tampoco trajo grandes novedades en las modalidades de colaboración colombiana con la causa de los Aliados, cuya importancia primordial consistía en una circunstancia negativa: el no tener que preocuparse constantemente por la seguridad del Canal de Panamá. 

 

Título: Colombia y la causa de los aliados en la segunda guerra mundial: la colaboración militar y económica con Estados Unidos, apenas produjo una declaración de beligerancia contra los países del Eje
Lugar: Colombia


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