El 13 de junio de 1953 : un día con 3 presidentes ; Urdaneta, Gómez y Rojas Pinilla

Por: Forero Benavides, Abelardo, 1912-2006

 

   Roberto Urdaneta

Roberto Urdaneta Arbeláez 


 

 

 

 

Laureano Gómez Gustavo Rojas Pinilla

                                                                Laureano Gómez Castro                                                                            Gustavo Rojas Pinilla

 


Las elecciones de 1930 cambiaron el rumbo de la historia colombiana. Durante cincuenta años el conservatismo administró el poder con variada fortuna. Progresista y dictatorial bajo el mando del general Rafael Reyes. Sinceramente respetuoso de las garantías al adversario en el gobierno de José Vicente Concha. Ejecutor de un programa progresista y vital en el cuatrienio de Pedro Nel Ospina, montado a caballo en todas las manifestaciones públicas. Agotada la imaginación durante el aburrido crepúsculo de Abadía Méndez, preocupado por los incisos constitucionales y la cacería de patos.

Pero fue una alternativa tranquila y razonable la que se le ofreció a la República. El doctor Esteban Jaramillo me dijo un día: “En las décadas de mi actuación ministerial, Olaya Herrera mostró que poseía en grado sumo el don de mando. Por esa razón su gobierno superó el descontento de los vencidos, que recuperaban su confianza oyendo los tormentosos discursos de Laureano Gómez”. Fue superada la impaciencia de los vencedores y el retiro a los archivos del ocaso de la mayoría de los mariscales y caciques de la hegemonía.

Pero se dignificó la alternativa con la presencia en el gobierno de cuatro personajes de filiación conservadora. Carlos E. Restrepo, ex presidente de la República, conocido por su serenidad, su alegre chisporroteo telegráfico y su republicanismo. Esteban Jaramillo, la primera autoridad en hacienda pública, acostumbrado a las ráfagas parlamentarias, disipadas con citas en latín. Jaime Jaramillo Arango, nombrado ministro de Educación, con una estampa presumida de acaparador de simpatías. Roberto Urdaneta Arbeláez, quien ya había hecho en la Conferencia de La Habana demostración de su finura diplomática.

Los presidentes Olaya Herrera, Alfonso López y Eduardo Santos tenían una encendida simpatía por Roberto Urdaneta. Lo destacaron con amistosa complacencia. Fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores, encabezó la delegación de Colombia en la Conferencia de Río de Janeiro, que entró a estudiar el conflicto militar con el Perú, promovido por un coronel audaz y liberticida. En esa delegación figuró Guillermo Valencia, quien había sido dos veces candidato frustrado a la Presidencia. Las derrotas no pudieron arrebatar los apolíneos laureles de su cabeza. Don Luis Cano aportó la serenidad de su inteligencia, la limpieza moral de su vida y su ardiente patriotismo.

Roberto Urdaneta defendió brillantemente el tratado de paz de Rio de Janeiro, frente a Laureano Gómez. Fue nombrado embajador en el Perú y en la Argentina. Era un diplomático vocacional, por la finura de sus maneras, la malicia florentina y la vajilla de plata. Excelente conversador, nunca frunció el ceño ante los adversarios. No utilizó sino la ironía y el ingenio, cultivados en una activa vida social.

Pero su colaboración en los gobiernos liberales le había enajenado la buena voluntad de Laureano Gómez, quien se hallaba en el cenit de su tempestuosa oratoria. Para defenderse, Urdaneta disponía de un adminículo que le permitía oír y no oír. Pasada la borrasca creyó llegado el tiempo de recordar su adhesión a las banderas de su partido. Presentía en el horizonte un cambio de color. Inopinadamente se presentó la ocasión.

La prisión de Laureano Gómez

En El Siglo apareció un artículo envenenado en contra de la administración López. Alberto Lleras Camargo era ministro de Gobierno. En un comunicado oficial desmintió categóricamente al candente diario de la oposición. Hizo una su gerencia atrevida e incitadora: ¿No habrá en la República un juez que sea capaz de enjuiciar a los calumniadores?

El juez apareció. Un modesto abogado de provincia, el doctor Caicedo Lozano, quien no tenía la decisión de pasar toda la vida redactando sentencias y sentía hervir en su sangre el morbo de la política, consideró que la ocasión era propicia para pasar a la inmortalidad. Citó a Laureano Gómez a su despacho. Le formuló las preguntas de rigor. Catón se abstuvo de contestarlas. El juez ordenó que el arrogante renuente fuera a la cárcel en prisión preventiva.

La noticia se propagó en la ciudad como pólvora. ¡Laureano Gómez en la cárcel! Apresuradamente los conservadores ofendidos organizaron una manifestación de protesta. Urdaneta Arbeláez se dirigió a El Siglo y encabezó el movimiento. Había perdido el hombre de mundo la costumbre de codearse con la muchedumbre. La familia del jefe encarcelado estaba conmovida por la lealtad acuciosa del diplomático florentino.

Laureano Gómez le agradeció a Urdaneta ese gesto de solidaridad. Eso le permitió, discreto y sonriente, establecer una invisible línea de contacto entre el presidente López y el jefe del partido conservador. Le hablaba a Laureano sobre la oportunidad de reconciliarse con Alfonso, y a éste de la importancia que tendría para el país el reverdecer de una amistad ajada, pero no extinguida, entre los dos enemigos inseparables.
 


Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez.
El primero siempre criticó al segundo el haber desempeñado altos cargos durante la hegemonía liberal


 


El presidente Roberto Urdaneta Arbeláez el general Rojas comandante general de las Fuerzas
Armadas y Mariano Ospina Pérez un mes antes del golpe, en los funerales de Rafael Gómez Hurtado.


Un canapé, citado como testigo

Pasado un tiempo Alfonso López, ante la tenacidad de la oposición hostil, decidió renunciar a la Presidencia. Y fue elegido designado Alberto Lleras Camargo, calificado como el más brillante y el más joven de sus ministros. Poseía ya la serenidad para trazar los rumbos del país.

Un día Roberto Urdaneta me dijo en su residencia: “Los conservadores dicen que yo no le he prestado ningún servicio a mi partido. Pero eso no es cierto”. Y volviéndose hacia un mueble situado a la entrada de la sala, me dijo: “¿Ves ese canapé? Me sirve de testigo. Cuando Alberto Lleras fue nombrado presidente de Colombia, yo insistí con Laureano Gómez para que se entrevistara con él. Lo invité a almorzar. Se mostró muy reticente. Pero yo no abandoné mis propósitos conciliadores. En la segunda entrevista estuvieron más cordiales. En la tercera entrevista me retiré con prudencia para que pudieran besarse tranquilos”

La división liberal tuvo sus lamentables efectos. Fue elegido presidente Mariano Ospina. Presentó una fórmula política que bautizó Unión Nacional. El prestigio de Jorge Eliécer Gaitán crecía en su condición de jefe único. Eduardo Santos le había entregado las llaves de la Dirección Liberal. Pasó a ser el jefe indiscutible del partido.

Las pasiones retenidas y los instintos belicosos estallaron el 9 de abril. El dolor nacional fue conmovedor. La sagacidad política en favor de la reconstrucción de la paz logró un acuerdo en la mañana del 10 de abril. Echandía, que era el jefe que seguía en prestigio a Gaitán, fue nombrado ministro de Gobierno. Y se logró atemperar la violencia desatada. Pero no iba a durar un año la sabia fórmula. Los partidos regresaron a las andadas. Los oradores atizaron el fuego. La sangre corrió por todas las regiones de la patria. El año 1949 fue funesto. Terminó con el abaleo y el cierre del Congreso. En esas condiciones de belicosidad fue elegido el presidente Laureano Gómez.

Urdaneta Arbeláez, Designado

En la amable tertulia de Eduardo Caballero Calderón, unos pocos meses después estaba presente Gilberto Alzate Avendaño, en toda la audaz disposición gimnástica de su ascenso. Contaba con las mayorías parlamentarias, el vigor novedoso y fresco de una carrera joven y el triunfo que anunciaban las derechas en Europa.
Sonó el teléfono Solicitaban con urgencia a Gilberto Alzate. Le comunicaron la noticia de que el presidente Gómez, en su viaje por el río Magdalena, había sufrido un serio ataque en su salud. Tenía antecedentes alarmantes. Es necesario proceder urgentemente a elegir designado. Alzate debe plantear cuanto antes su política.

—Antes de que te ausentes, le dije, te quiero insinuar tímidamente que el designado será Roberto Urdaneta Arbeláez.
—Pasará por encima de mi cadáver.
—La historia da sorpresas, pero ésta es previsible.

Y así aconteció. Alvaro Gómez dio una versión conmovida sobre el criterio de Laureano Gómez, desde su lecho de dolor. Y con su índice señaló a Urdaneta como candidato a la designatura. Gilberto Alzate se vio forzado a dar posesión al diplomático florentino.

Cometió un grave error Roberto Urdaneta al aceptar el cargo. No era el ambiente para su temperamento y su estilo político. Se veía muy remoto el florecimiento de la convivencia. La violencia prosperaba arrasadora. Todo el mapa del país estaba sacudido y ensangrentado. Los partidos políticos enfrentados en una lucha feroz. El liberalismo distante y perseguido, ausente del Capitolio. Surgió por segunda vez la candidatura de Mariano Ospina, contra la cual se oponían los sectores laureanistas.
 


Laureano Gómez, en el aeropuerto de Techo, se dispone a abandonar el país, junio17 de 1953.


 


Roberto Urdaneta Arbeláez abandona el palacio de la Carrera en la noche del 13 de junio.


¿Qué le celebran al 9 de abril?

Se constituyó una junta de notables del conservatismo con el objeto de organizar un banquete al ex presidente Ospina con motivo del quinto aniversario del 9 de abril. Se consideró oportuno invitar al presidente titular Laureano Gómez a ese homenaje y se designó una comisión integrada por Jorge Cavelier, Manuel Barrera Parra y Vicente Dávila Tello para que lo visitaran en su residencia. Oyó atentamente el motivo que llevaban a alterar su paz. Inopinadamente preguntó:
—¿Cuántas personas calculan ustedes que puedan concurrir a ese acto?
—Unas mil personas, señor presidente.
—Mil personas a treinta pesos, son treinta mil pesos. ¿Dónde piensan ofrecerlo?
—En el restaurante Temel.
—¡Quieren ofrecerle al judío Temel la ocasión de que se gane otros treinta mil pesos!
Y con su vehemencia característica exclamó:
¿Qué le celebran al 9 de abril? Esa es una fecha ominosa e infausta. ¿Celebran acaso los incendios, las matanzas, la toma de las iglesias, los desórdenes, la muerte? Misas, misas, misas por las almas de los conservadores muertos en esa fecha. Eso deberían organizar ustedes. A Mariano no le conviene esa especie de homenajes.
Cortados y sorprendidos salieron los comisionados de la casa del doctor Gómez. El banquete fue ofrecido. Quedó negramente dibujada la desunión conservadora.


Partidarios de la tortura

No he podido hasta ahora formarme una idea clara sobre el caso de Felipe Echavarría. Se dice que desde Nueva York estaba pensando en una conjuración y que en una caja de bocadillos se le encontró una lista de posibles víctimas de un atentado, encabezada por el general Gustavo Rojas Pinilla. Felipe Echavarría pasó a manos del G2. Sufrió tortura sentado sobre bloques de hielo. El ejército se negó a entregarlo.

En poder de informes confusos y elusivos, Laureano Gómez decidió intervenir y dirigirse a Palacio para solicitar la destitución perentoria del general Rojas. Roberto Urdaneta estaba en las habitaciones privadas de Palacio, víctima de una gripa aguda. Le solicitó el presidente Gómez, con imperiosa claridad, la destitución de Rojas. Fueron convocados los ministros y un testigo presencial reconstruye las palabras del presidente Gómez en esa sorpresiva visita: Dijo que lo traía muy preocupado el caso de Felipe Echavarría, sometido a tortura por las Fuerzas Armadas. “Nos hizo saber que en presencia de un inútil papeleo cómplice, juzgaba que para dar un ejemplo de la eficacia de la justicia, se debía sancionar al comandante de las Fuerzas Armadas, llamándolo a calificar servicios y que como el doctor Urdaneta no compartía este experimento radical, él había resuelto asumir la Presidencia de la República. En consecuencia, el ministro de Guerra Lucio Pabón Núñez debería proceder a redactar el decreto respectivo”.

La mayor parte de los ministros manifestó su desacuerdo, advirtiendo que el retiro súbito de Rojas Pinilla precipitaba los acontecimientos. El golpe de Estado se hallaba a la vista. Al verse abandonado por Lucio Pabón Núñez, Uribe Holguín, Azuero, el presidente Gómez exclamó: “Ustedes son partidarios de la tortura”

Jorge Leiva permaneció solitariamente fiel, nombrado ministro de la Guerra. Al llegar para el reconocimiento al batallón Caldas, encontró que las tropas estaban enfiladas. Un piquete de soldados se dirigió al automóvil del ministro y le intimó prisión. Toda la oficialidad estaba dentro del movimiento. No se supo hacia dónde se había dirigido el presidente Gómez al abandonar Palacio. Urdaneta estaba despojado de todo poder e investidura.
  

 

 

 

 


El teniente general Rojas Pinilla lee su proclama al asumir el poder


El golpe de opinión

A las seis de la tarde sonó el teléfono. Rojas Pinilla anunció su visita al Palacio de la Carrera, acompañado por toda la alta oficialidad. No tuvo necesidad de forzar ninguna puerta. Todas estaban abiertas. Tuvo el acierto político de requerir la presencia de Mariano Ospina y Gilberto Alzate.

Inicialmente Rojas Pinilla insistió sobre la idea de que Roberto Urdaneta continuara en el gobierno. Ofrecía a este propósito todo el concurso del Ejército. Pero el fino diplomático no consideró viable esa posibilidad. ¿Por qué no aceptó? Meses después me dijo: “Era imposible. Yo hubiera tenido que ordenar la prisión de Laureano Gómez”.

La solución no era otra distinta a la incubada en las legiones militares. Se cometió un error inicial: no ofrecerle cooperacional liberalismo, para que pudiera hablarse apropiadamente de un gobierno nacional, y contribuyera a cerrar el círculo de la violencia invasora.

Alberto Lleras escribió una dramática síntesis de la época: “Descendimos súbitamente a extremos inauditos. Vimos con estupor cómo había una reserva de barbarie en nuestras gentes, que desafiaba siglos enteros de predicación cristiana, de orden civil, de convivencia avanzada. Han muerto en esta guerra irregular más compatriotas nuestros que en las indispensables batallas de la independencia o en aquellas otras que formaron la República a golpes de infortunio”.

Al dirigirse por radio a la nación y tomar posesión del cargo después de su golpe de Estado y su golpe de opinión, Rojas Pinilla anunció: “No más sangre, no más depredaciones. No más rencillas entre los hijos de la misma Colombia inmortal”.

Entonces se oyó el himno que mantiene en las diversas circunstancias históricas una promesa incumplida: Cesó la horrible noche.

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