250 años de la muerte de la madre Castillo: una monja provinciana del siglo XVIII

Por: Mújica Velásquez, Elisa, 1918-

Tomado de: Revista Credencial Historia

(Bogotá - Colombia). Edición 30
Junio de 1992

 


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La Madre Castillo. Oleo de autor anónimo.
Monasterio de Santa Clara, Tunja.



No obstante los dos siglos y medio transcurridos desde la muerte de la gran escritora mística, madre Francisca Josefa de Castillo, ocurrida en Tunja en febrero de 1742, persiste un interrogante en torno a su vida y a su obra. No se trata de las características de su estilo, ya estudiadas por investigadores concienzudos como Darío Achury Valenzuela, ni de los pormenores de su vida, descritos en una autobiografía que no tiene comparación en nuestras letras. La pregunta pendiente acerca de la monja escritora roza con la evidente contradicción entre los elogios extremados que se le prodigan, y que suenan a demasiado formales y protocolarios, y la real indiferencia en torno suyo. ¿Por qué esto? ¿Cuál es la causa?

Cuando don José María Vergara y Vergara, en su Historia de la literatura de la Nueva Granada (1867), estampó su opinión sobre el rango superior de la Madre Castillo en relación con los escritores colombianos de su tiempo, la verdad es que ninguno de los aludidos se dio por enterado, como si el asunto no le concerniera. Se necesitó que pasaran 23 años para que monseñor Rafael María Carrasquilla retomara el tema, en su discurso de posesión como miembro de número de la Academia de la Lengua, en 1890. Allí expresó el asombro que le ocasionaba ver a sus compatriotas engolosinados con lecturas místicas de autores extranjeros, en lugar de acudir a una fuente propia: la madre Francisca Josefa, de indudable elevación de conceptos y belleza literaria.

 

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Primera página del manuscrito autógrafo de los "Afectos espirituales".
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


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La iglesia de Santa Clara desde la celosía del oratorio de la Madre Castillo.


 

Porque lo cierto es que, hasta la declaración de Vergara, no habían pasado los ojos por los Afectos y sobre todo por la Autobiografía de la monja Castillo sino algunas abadesas de su convento, el Real de Santa Clara, en Tunja. Las dignatarias, consecuentes herederas de quienes, hacia finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, se distinguieron por su saña contra la novicia y después profesa y escritora, no levantaron su apartheid sobre ella. En cuanto a la atención que otros sectores hubieran debido conceder a la autora mística, verbigracia, los sacerdotes jesuítas que la apreciaron y aconsejaron en vida, callaron quién sabe por qué motivo. Esperaban tal vez alguna insinuación de parte de las clarisas, la cual no se presentó. Respecto a la posición de la familia de sangre de Francisca Josefa, hay que esperar a 1816 para que surja en escena, representada por un sobrino de tercer grado, Antonio María del Castillo y Alarcón. (Por entonces los descendientes colaterales de la Madre habían convertido en contracción la preposición de primitiva del apellido que el padre, don Francisco Ventura de Castillo y Toledo, gobernador y capitán general del Nuevo Reino, había traído de España).

Nunca acabaremos de agradecer a Antonio María que sacrificara tiempo y dinero para sacar por fin a luz los testimonios de su extraordinaria tía. Las religiosas del Real monasterio, eso sí, los conservaban escrupulosamente. Intactos los depositaron en las manos desde ese momento verdaderamente venturosas del tataranieto de don Francisco Ventura.

En 1816, en plena guerra civil en nuestro país -fenómeno decididamente endémico- el modelo de sobrinos viajó a Filadelfia, Estados Unidos, y entregó a la imprenta la impecable copia realizada por él, destinada a convertirse en un tomo en octavo, en buen papel pero de impresión defectuosa, como realizada en país de lengua extraña. Así lo anota Antonio Gómez Restrepo en su obra principal y, cronológicamente, segunda historia de nuestra literatura. A más de los elogios deja constancia de las palabras pronunciadas por José Manuel Restrepo, autor de la Historia de la revolución de la república de Colombia, en casual encuentro en los Estados Unidos con el sobrino Antonio María, entonces en andanzas editoriales. Al ilustre historiador le parece el colmo de la ingenuidad del sobrino su hazaña de aventurar plata y sosiego por el prurito de sacar del anonimato la existencia oscura de "una monjita provinciana del siglo XVIII."

Hoy, el tomo en octavo cuajado de incorrecciones de la cosecha de los tipógrafos de Filadelfia que ignoraban el castellano, constituye orgullo de bibliófilos, si es que consiguen por suerte algún ejemplar salvado del naufragio de los años. En cuanto a los manuscritos de puño y letra de la tía, desde la época en que Jaime Duarte French ejerció la dirección de la Biblioteca Luis Angel Arango reposan en sus bóvedas como uno de sus mayores tesoros. En los amarillentos papeles sobresalen los trazos precisos y a la vez delicados, de ritmo ascendente, carentes de rupturas, titubeos y, casi, de enmiendas. En el tiempo de la pluma de ganso, a enorme distancia de la máquina de escribir y a mil años luz del computador, el escritor posaba en sus cuartillas de cuerpo entero para la posteridad. Los colombianos no poseemos otras más valiosas.

 

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Francisca Josefa del Castillo (Sor Francisca Josefa de la Concepción).
Retrato al óleo de autor anónimo, conservado por los descendientes de su familia.


 

Vergara y Vergara era un romántico como sus restantes camaradas del grupo costumbrista. Su espíritu elevado se conmovió con los acentos inspirados de los Afectos espirituales de sor Francisca, iluminados por los salmos bíblicos. Extendió su admiración a la autobiografía, a pesar de que la vetarían sin duda muchos de su círculo como testimonio demasiado descarnado de la vida monástica. En su fallo tan favorable a la religiosa, uno de los que resultaron descabezados fue nadie menos que Hernando Domínguez Camargo, poeta de reconocidos quilates. Seguramente a don José María lo condujo para pronunciar el dictamen el espíritu de la época, enemiga acérrima del gongorismo. Como se sabe, éste debía esperar para revaluarse a 1926, con la generación de Dámaso Alonso, Gerardo Diego y demás admiradores fanáticos del poeta de Córdoba.

Existe otro concepto que otorga a la Madre Castillo un ascenso más en su puntaje. El ya citado Gómez Restrepo clasifica así a la monja de Tunja: "Cuatro escritores de primer orden produjo la América española durante la dominación peninsular. México se lleva la palma, pues se enorgullece, en primer término, con la gloria de don Juan Ruiz de Alarcón [...] En segundo término tiene México a sor Juana Inés de la Cruz, la cual [...] escribió versos magníficos que la acreditan como una de las grandes poetisas de la lengua castellana. El tercer lugar lo reclama Perú para el Inca Garcilaso de la Vega [...] autor de los Comentarios reales. El cuarto sitio le corresponde a la Madre Castillo [...] que tiene títulos suficientes para figurar con honor entre los grandes cultivadores del género místico."

 

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Celda de la Madre Castillo en el monasterio de Santa Clara.


 

Ya no se trata, pues, de que Francisca Josefa supere, como en la clasificación de Vergara, a Domínguez Camargo, al obispo Piedrahita y a Rodríguez Freyle. Gómez Restrepo la eleva al ámbito continental, asignándole un lugar, el cuarto, nada despreciable y, por el contrario, un orgullo para Colombia. A ella, a Francisca Josefa, la indocta que aprendió sola a leer y escribir, la que armada solamente de su intuición y por la gracia de Dios persiguió y percibió otras realidades, la incomprendida y censurada, sin ayuda casi de maestros, desprovista de estímulos y de interlocutores que la amaran.

Habría que concluir que la displicencia en tomo a una personalidad semejante, de lo que nace quizá es de la impermeabilidad ambiental al tema de la mística.

Sin embargo, lo peor consiste en que son las propias religiosas contemplativas, hermanas de vocación y de género de vida de la Madre Castillo, quienes, según encuesta de Rocío Vélez de Piedrahita -autora de un estudio sobre la clarisa- ratificada por mí en conventos contemplativos, manifiestan no encontrar en la autobiografía de nuestra escritora, ni luz que las ilumine, ni mano que las guíe. Sólo un pobre ser angustiado que busca a Dios entre lágrimas y que, para colmo, tropieza muchas veces con su contrafigura, con el demonio.

 

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Habitación de trabajo donde la Madre Castillo escribió la mayor parte de su obra.


 

(Otro excelente escritor colombiano, Daniel Samper Ortega, que se asomó así mismo con ánimo desprevenido al Real monasterio, tuvo la paciencia de consignar uno por uno los encuentros de la citada Francisca y el tentador, relatados por ella en su libro. A cual más variadas, las figuras que solía adoptar el enemigo eran, entre otras, de cerdo, perro, jinete en una bestia de bronce, religioso que cortejaba a una de las enclaustradas y que miraba con ojos fosforescentes, u hombrecillo que se aproximaba a Francisca para "apretarle los pulsos", o negro "todo penetrado de fuego", o sombra que, al acostarse ella, se le echaba encima, o que la conducía al infierno, "cosa de que está segura - escribe Samper Ortega- porque al despertar se ha visto con los dedos quemados").

 

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Exterior del cubículo-oratorio de la Madre Castillo.


Por supuesto que tampoco estuvo, ni mucho menos, privada de la otra cara de la moneda: la de las gracias y consuelos extraordinarios. Los recibió en abundancia y constituyeron su sostén. Desde los primeros días de su adiós al mundo adquirió el conocimiento infuso del latín. Sin preparación ni previo ejercicio, saltó como un surtidor hasta el cielo su capacidad de seguir con perfectos dominio y comprensión los oficios del breviario. Y no sólo esto. Se paseaba al derecho y al revés por la Biblia, entonces únicamente al alcance, entre católicos, de quienes poseían el idioma de la Iglesia. Sus enfermedades, que la atormentaron sin descanso, se curaban por lo general repentinamente, acompañadas de enternecedoras visiones celestiales. Eran juntos el cielo y el infierno, y ella, como desdoblada en dos personas distintas, los describió encontrando las palabras sublimes para los momentos de gracia y las objetivas y gráficas para las amarguras diarias.

Por "iluminada" (en los años de la Inquisición) y por mujer, y además intelectual, cuando sus congéneres carecían de instrucción hasta el punto de que se contaban con los dedos de la mano las alfabetas, la enclaustrada de Tunja soportó el doble peso de las rejas materiales del monasterio y de otras alambradas no por invisibles menos duras y discriminatorias. El mismo Samper Ortega, ya desde 1932, captó, si no todo el secreto de la Madre Castillo, sí una parte muy importante: "...Puede proclamarse sin errar que, santa o histérica, ninguna mujer americana tuvo un alma tan sensible, tan elevada y rica, tan capaz de convertir en realidad para sí misma lo que soñaba, si acaso todo aquello no pasó de ser un sueño, un sueño que llenó toda una vida."

No fue sueño. Abarcó realidades extrasensoriales de pena y de dicha, inefables y apasionantes. Hoy se comprueba que el interés que despierta va en aumento. Los círculos hispanistas y religiosos de Estados Unidos y Europa envían a Tunja estudiosos que profundizan en la discutida clarisa. Su puesto definitivo en el escalafón de las glorias literarias mejora todavía. Sin alcanzar las alturas de la sin par Juana Inés, y tampoco su estro poético, se abisma en cambio en una zona a la que no penetra la musa mexicana. Samper Ortega lo confirma: "...Si entre los tres mil y tantos libros a cuya cabeza va la traducción Nieremberg de la Imitación de Cristo, hubieran de escogerse los diez donde haya mayor originalidad en la exposición, más emoción, sencillez, belleza y pulcritud de lengua, más arte en una palabra, entre esos diez, y no ciertamente en último lugar, sería forzoso incluir las obras de la santa e inspirada monja del Real convento de Santa Clara de Tunja."

En consecuencia, resulta urgente publicar en primer término una antología de los Afectos espirituales, bella, clara y de fácil consulta. Y que un escritor como Octavio Paz, autor del célebre ensayo sobre sor Juana Inés, destaque convencido los valores religiosos, literarios y humanos de nuestra Francisca Josefa.

Título: 250 años de la muerte de la madre Castillo: una monja provinciana del siglo XVIII


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