Ficha bibliográfica
Titulo: Nunchía, enero 1 de 1827 - El Ocaso, julio 19 de 1900. Centenario de Salvador Camacho Roldán. Gran teórico de la sociedad en la 2ª mitad del siglo XIX.
Autor: Gonzalo Cataño
Edición original: 2005-06-23
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Gonzalo Cataño
Notas:  

 

 

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Revista Credencial Historia


JUNIO 2000.

     

Nunchía, enero 1 de 1827 - El Ocaso, julio 19 de 1900
Centenario de Salvador Camacho Roldán
Gran teórico de la sociedad en la 2ª mitad del siglo XIX.

Por: Gonzalo Cataño.

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Junio 2000. No. 126

 

Salvador Camacho Roldán.
Oleo de Ricardo Acevedo Bernal.
68 x 54 cm.
Museo Nacional de Colombia, Bogotá.

 

Librería Colombiana, de Salavador Camacho Roldán
& Joaquín Emilio Tamayo, en Bogotá.

Acta de posesión de Salvador Camacho Roldán como magistrado de la Corte Suprema Federal, ante el presidente de la Unión, Santos Acosta, firmada también por Carlos Martín.
Bogotá, septiembre 25 de 1867.
Ministerio de Relaciones Exteriores, Bogotá.

Salvador Camacho Roldán.
Colección José Joaquín Herrera.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.

"Ultimo retrato del Dr Salvador Camacho Roldán".
"EL Gráfico", Nº 90, junio 22 de 1912.

Casa de hacienda en El Ocaso, Cundinamarca,
donde murió Salvador Camacho Roldán.
Fotografía de Gonzalo Cataño, 1982.

 

 

Salvador Camacho Roldán dejó una huella en empresas de carácter intelectual y aplicado. Fue comerciante, finquero, político, profesor, periodista y analista de asuntos económicos, sociales y literarios. Escribió sobre las tensiones políticas de su tiempo y, como pocos de su generación, trató los temas de hacienda pública con perspicacia analítica y talento práctico. Fue ministro de Estado, constituyente, presidente de la República (encargado), senador y candidato presidencial. Viajó por el país, conoció Estados Unidos y Europa, y su pensamiento desplegó una particular habilidad en la asimilación del pensamiento social europeo que a continuación le sirvió para estudiar las realidades nacionales (ver: "Salvador Camacho Roldán. Fundador de la sociología en Colombia". Credencial Historia Nº4, abril 1990, pp. 12-13).

Lo más representativo de sus escritos se encuentra en cinco gruesos volúmenes: unas memorias inacabadas, unas pormenorizadas notas de viaje por los Estados Unidos y tres tomos de ensayos y artículos periodísticos que superan las dos mil páginas. En ellos campea un estilo claro, enfático y controlado, no obstante que a veces y de manera sorpresiva surge en sus párrafos el escritor reprimido con inusitados acechos retóricos.

Este legado intelectual está todavía por estudiar, a pesar de que sobre su vida y obra se han publicado dos libros y múltiples ensayos. Los libros son malos y los ensayos discretos (y muchos de ellos apenas guardan el decoro). La dificultad de este discernimiento reside en la escasez de fuentes que faciliten un relato persuasivo de sus experiencias vitales y en la dispersión y el carácter inacabado y ensayístico de sus escritos. Aun el volumen de viajes por Norteamérica, de 886 apretadas páginas, deja en el lector la impresión de un conjunto de cuadros aislados y de informaciones extraídas de monografías y disertaciones que Camacho reunió a lo largo de su recorrido por los Estados de la Unión. Y sus memorias, redactadas en una prosa analítica de notable interés histórico-sociológico, sólo cubre los primeros cuatro años de vida activa, de 1848 a 1852.

No obstante estas limitaciones, típicas de los pensadores de la época, Camacho ocupa un puesto destacado en la historia de la reflexión social decimonónica. Camacho sostenía que las formas políticas de los pueblos estaban estrechamente asociadas con la condición material de su población. La pobreza engendra la servidumbre, y las relaciones sociales que la fijan pasan a las instituciones políticas bajo los nombres de amo y esclavo, colono y señor feudal, noble y pechero. La riqueza, por el contrario, emancipa a los individuos y los hace dueños de su destino. Es más libre el sujeto que no depende de otro para la subsistencia, que el jornalero sin pan colmado de derechos en las constituciones de su país.

De allí la especial atención que Camacho concedió en sus escritos a la agricultura. De ella dependía la riqueza de la nación, pues de los tres millones y medio de habitantes de la Colombia de su tiempo, dos millones y medio vivían de la explotación del suelo. Encontró, sin embargo, que la tierra estaba en pocas manos, que los propietarios vivían alejados de sus posesiones, que los rendimientos eran exiguos por el desconocimiento de los avances técnicos y que su aprovechamiento era incierto por la inseguridad de las periódicas guerras civiles que se ensañaban en el saqueo de las empresas rurales de mayor éxito. A ello se sumaba una geografía agreste y mal comunicada. Para él la civilización de un pueblo se medía por la rapidez y extensión de sus medios de comunicación: "país sin caminos y país bárbaro eran sinónimos". Recordaba, además, que por los caminos de herradura, las carreteras y las vías férreas, la posta y el telégrafo, no sólo circulan las mercancías, las noticias y las personas, sino también las ideas y los sentimientos de solidaridad de la población que confiere vida a la idea de nación.

A juicio de Camacho, de la agricultura dependía también el futuro industrial del país. Las naciones "civilizadas" tenían un enorme sector fabril apoyado en un poderoso comercio internacional; nosotros, un potencial agrícola de su interés. El algodón, el tabaco, el café y el azúcar estaban a la orden del día. Se disponía de las tierras adecuadas para su cultivo, el mercado internacional era favorable, la explotación no demandaba grandes capitales, su aprovechamiento no exigía una instrucción científica superior y el río Magdalena estaba allí para facilitar su traslado a los puertos marítimos.

El énfasis en los intereses materiales no lo llevaron, sin embargo, a descuidar la esfera política. La hacienda y los asuntos de gobierno iban unidos; el fomento económico debía acompañar las reformas del Estado. Aquí Camacho surge como uno de los expositores más mesurados, pero no por ello menos decidido, de los principios liberales. Conocía de cerca las experiencias norteamericanas, inglesas y francesas y los métodos que cada una de estas naciones había usado para fundar el respeto al Estado de derecho. Sus afinidades estaban más cerca del federalismo de los Estados Unidos y del temple de la democracia inglesa --orientada por una aristocracia abierta al talento de las clases medias--, que del cruento y obstinado París de la década de 1790. Su objetivo era la extensión de las costumbres republicanas en un medio que aún tenía muy fresco el dominio español y que todavía no lograba emanciparse de la sujeción de la Iglesia. La antigua sociedad colonial había implantado por generaciones una cultura de obediencia irrestricta a los superiores, de negación de los derechos individuales y de absorción ciega al Estado y a la religión como fundamentos últimos del orden social. Contra todo esto era necesario desplegar una estrategia dirigida a instaurar "los principios liberales consagrados por la sabia práctica de otras naciones". Había que naturalizar en el corazón de la población las nociones de igualdad social y política, el reconocimiento de los derechos individuales, la autoridad de las leyes y la subordinación al consentimiento general afincado en la democracia y la participación de los ciudadanos.

Lo anterior difícilmente podía llevarse a cabo si no se disociaba del Estado un elemento del "antiguo régimen" que todavía no parecía haber conocido su 1810: la Iglesia. Las jerarquías católicas constituían un obstáculo para la modernización del país. Sus ministros se habían abrogado el poder de la verdad y se presentaban como su única depositaria. Eran enemigos declarados del espíritu moderno y por todas partes atizaban hogueras contra la ciencia, la educación, el libre examen y la circulación de las ideas. Su conducta no conocía la tolerancia y, como en las antiguas teocracias, papas y obispos se sentían autorizados para indicar tanto lo que se debía saber y conocer, como lo que se debía publicar y enseñar. Ante este imperio, que buscaba regir la vida terrenal y celestial de los creyentes, Camacho recordaba a los prelados que el tejido social y la disciplina política --fundadas ayer en la costumbre y en las creencias religiosas--, hoy se asientan en una moral laica afincada en la educación y en la adhesión racional al orden social.

Camacho sintió en carne propia el dominio de los esquemas religiosos. Los representantes de la Iglesia criticaron su defensa de la escuela laica y los custodios de la fe religiosa se enfrentaron una y otra vez con su racionalismo y los intentos de explicar la naturaleza y la sociedad por factores ajenos a la voluntad de la Providencia. Esto fue lo que sucedió con su famoso Discurso de 1882 sobre el contenido y alcance de la sociología, "esa nueva rama de la filosofía que la poderosa inteligencia de los griegos apenas alcanzó a vislumbrar". Siguiendo el ejemplo de autores como Rousseau y Montesquieu, Comte y Condorcet --y el de sus contemporáneos Herbert Spencer, Henry T. Buckle y Henry Summer Maine--, abordó el estudio de los fenómenos sociales con los procedimientos que tantos resultados positivos habían dado en el campo de las ciencias naturales. La evolución es una ley que impera tanto en los individuos como en la sociedad, afirmó al comienzo de su discurso. Los individuos nacen, crecen y mueren, y en este proceso ininterrumpido se suceden las generaciones con aportaciones acumulativas. Es la lucha por la vida, "universal en todo lo creado". El fuerte vive del débil, y el más inteligente, ágil y astuto tiene más probabilidades de perdurar como especie. De esa incesante contienda se desprende una segunda ley no menos fecunda para el hombre y la sociedad: la ley de la selección natural, pues sólo sobrevive lo que tiene fuerza para luchar y vencer.

Pero el terreno de la sociología no es el estudio de este largo e ignoto proceso del hombre como criatura de la naturaleza. Ello pertenece a la biología y a otros saberes. Los sociólogos, los sociologistas como se los llamaba en la época, sólo se interesan por el individuo en cuanto tiene la capacidad de asociarse con los demás para emprender labores cooperativas. Y dentro de estas asociaciones, se interesa por la más actual, por la sociedad en la cual vivimos, esto es, por las uniformidades que "presiden el desarrollo histórico de los seres colectivos llamados naciones". Lo demás pertenece al vasto campo de la historia, disciplina que se relaciona con la sociología pero en ningún momento se confunde con ella.

Los críticos no se hicieron esperar. Nicolás Tanco Armero, un colaborador de El Conservador, el órgano oficial de dicho partido, escribió a los pocos días: "Una cosa nos ha llamado la atención del Discurso del señor Camacho: habla de todos los factores sociales, pero ni una vez, ni por incidente, hallamos mencionada la moral social, ni una vez pronunciado el nombre de Dios que ha creado y sostiene y dirige todo en este mundo".

Otro crítico, su antiguo amigo José María Samper, recluido en sus últimos años en los misterios de la fe católica, se preguntó: ¿Para qué la Sociología? ¿Con qué objeto se ha imaginado la invención de esta ciencia? "Sospecho que el principal objeto ha sido este: justificar la teoría que deriva la existencia del hombre, no de la voluntad creadora de Dios, sino de la selección natural entre los monos".
Es claro que la segunda mitad del siglo XIX no fueron tiempos fáciles para el pensamiento y los proyectos de modernización y cambio en la esfera de la cultura.

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