La primera visión de las costas colombianas

Por: del Castillo Mathieu, Nicolás

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 27
Marzo de 1992

   


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Estimulado por la protección del todopoderoso obispo Fonseca, verdadero ministro de las Indias, Alonso de Ojeda se lanzó en 1499 a la gran aventura de su primer viaje a Suramérica, que lo hizo recorrer todas las costas de la Guayana, de Venezuela y gran parte de nuestra península de la Guajira, que él creyó (y bautizó) "isla" de Coquivacoa y que rodeó hasta el cabo de la Vela. Si el litoral venezolano le había parecido árido, esta primera porción de nuestra patria, con su tierra seca y ocre, su escuálida vegetación xerófila y sus dunas de arena debió hacerle pensar que se encontraba en un auténtico desierto. Sólo allá, a lo lejos, en medio de la alta Guajira, se apreciaba una leve mota de vegetación, que correspondía a la sierra de la Macuira.

No estaba esta zona, sin embargo, exenta de hermosura: la falta de humedad y la escasísima presencia de nubes permitieron a Ojeda, al piloto Juan de la Cosa, a Américo Vespucio y a los demás tripulantes de esta expedición, solazarse ante un cielo limpio de un impecable azul ultramarino, que se refleja en las aguas, también muy azules, del mar que la circunda, las cuales contrastaban bellamente con el color amarillo de las dunas. La blancura inesperada de un promontorio hizo que Ojeda lo llamara Cabo de la Vela (no consta el uso de velas entre los indígenas precolombinos). Allí permaneció algunos días, pero luego resolvió dar marcha atrás rumbo a la Isla Española y a la metrópoli, a pesar de que los indios nativos le habían asegurado que, hacia el sur, cerca de la actual Riohacha, se encontraban bancos de ostras que secretaban hermosas perlas. Ojeda se propuso volver pronto, pero se le adelantó Rodrigo de Bastidas, quien trajo también como piloto a Juan de la Cosa, lo que ya, de antemano, anunciaba el éxito de esta expedición que se inició a fines de 1501.

Tanto Bastidas como Ojeda y De la Cosa habían conocido a América por primera vez en el segundo viaje de Colón en 1493. Como ya vimos, Ojeda contorneó la Guajira seis años más tarde. A Bastidas y a De la Cosa les estaban reservando el honor de descubrir el resto de la costa colombiana hasta el golfo de Urabá, tarea que cumplieron en sólo cuatro meses. A bordo de uno de los dos barcos de esta última expedición vino, como simple soldado, Vasco Núñez de Balboa.

No es difícil de imaginar la alegría de Bastidas cuando, traspasado el cabo de la Vela, empezó a notar que las tierras eran cada vez menos áridas, hasta convertirse en el exuberante bosque tropical que descendía de las empinadas laderas de una sierra nevada casi hasta la misma playa. El espectáculo de las nieves eternas en las más altas cimas de la Sierra Nevada de Santa Marta debió, en verdad, maravillarlos. Pocas, muy pocas veces, se pueden contemplar nieves perpetuas desde un barco y a tan corta distancia del litoral. La cerrada y hermosa bahía de Santa Marta les causó seguramente una grata sorpresa, así como la desembocadura del río que Bastidas bautizó Río Grande de la Magdalena, cuyas turbias aguas se internaban varios kilómetros en el mar. Es muy probable que entrara entonces a la amplia bahía de Cartagena y que él o De la Cosa le dieran este nombre por ser tan abrigada (aunque mucho más grande que la de Cartagena en España). Las islas coralinas del Rosario y San Bernardo, entonces intocadas por la mano destructora del hombre occidental, debieron fascinarles. Descubrieron también el golfo de Morrosquillo, de aguas someras y tranquilas, la desembocadura agitada del río Sinú, las fértiles islas Fuerte y de Tortuguillas y el amplio golfo de Urabá, sin llegar a la boca del río Atrato, terminando, según parece, su exitoso periplo de 150 leguas en la costa panameña vecina: islas de San Blas y bahía del Retrete.

Como todos los conquistadores, Bastidas y sus compañeros fueron sorprendidos por la desnudez de los indios e indias. En algunas partes los hombres introducían el miembro viril dentro "de cañutos de fino oro" o de simples caracoles y totumos. Las indias se tapaban sus partes pudendas con pampanillas" a discreción del viento", como apunta maliciosamente Oviedo.

En algunas partes, como Santa Marta, Cartagena, el Sinú y el golfo de Urabá los indios eran muy belicosos y arrojaban, además, flechas envenenadas y se distinguían por ser hábiles tejedores. Los bravos taironas, que ocupaban las faldas de la Sierra Nevada eran, como los sinúes, excelentes orfebres a más de guerreros valientes. Los caballos y los perros les causaron a todos verdadero espanto, como ocurrió en toda América. El padre Las Casas registró especialmente el terror de los bravos turbacos en 1509 ante los seis caballos que, con milagrosa oportunidad, trajo Diego de Nicuesa para reforzar las tropas derrotadas y desalentadas de Alonso de Ojeda, que habían visto morir a flechazos a su lugarteniente Juan de la Cosa. Cuatro años más tarde, con ocasión del descubrimiento del océano Pacífico, jugaron un cruel pero decisivo papel los perros de los españoles, entre ellos el célebre "Leoncico" de propiedad de Vasco Núñez de Balboa. Cruzar el istmo de Panamá no fue empresa fácil, pues el hambre, las enfermedades y la resistencia de algunos indígenas hicieron bajar el grupo de españoles que componía la expedición de 190 hombres a 67. Si no hubieran contado con los perros, los caballos, 800 indios cargueros y el tesón de Balboa, esta hazaña no se hubiera realizado tan pronto.

Se piensa que los arcabuces fueron definitivos para someter a los indios, pero ello no fue así, al menos durante los primeros años de la conquista, porque los arcabuces poseían entonces muchas limitaciones: había que realizar unos veinte movimientos u operaciones antes de prender la mecha. Además, si llovía (lo cual era frecuente en Santa Marta y al sur de Cartagena hasta Panamá) los arcabuces quedaban inutilizados. Las espadas sólo servían para combatir cuerpo a cuerpo. Las armas decisivas fueron las medioevales ballestas que disparaban flechas fácil y continuamente casi con la misma fuerza y velocidad de los perdigones de plomo. Los americanos escaupiles, o colchas de algodón, fueron más efectivos y menos calurosos que las cotas de malla, aunque les daban a los conquistadores y especialmente a los caballos una extraña apariencia de picadores de corridas de toros.

La expedición de Pedrarias (1514) fue en realidad el primer intento colonizador organizado y financiado por la corona española que tuvo como destino final la costa caribe de Colombia o, más precisamente, la incipiente y pacífica población de Santa María de la Antigua, fundada por Balboa y Martín Fernández de Enciso en la orilla occidental del golfo de Urabá. Esta nutrida armada (2.000 soldados en 20 barcos) hizo escala en Santa Marta, y fueron los indios de esta costa los primeros que en América escucharon, leído por el cronista Oviedo, en un idioma que no comprendieron, el famoso requerimiento redactado por el competente jurista Palacios Rubios. Después de cumplir su curiosa misión que fue seguida, como era de esperarse, por un arduo combate, Oviedo se dirigió con ironía a Pedrarias y le dijo: "Señor, parésceme que estos indios no quieren escuchar la teología deste requerimiento, ni vos tenés quien se la dé a entender; mande vuestra merced guardalle, hasta que tengamos algún indio déstos en una jaula para que despacio lo aprenda, e el señor obispo se lo dé a entender" y termina: "E dile el requerimiento, y él lo tomó, con mucha risa del e de todos los que me oyeron".

Cuando pasaron por Isla Fuerte, los españoles se sorprendieron ante la blancura y la calidad de la sal que allí se elaboraba y también ante los finos cestos en que la empacaban, "muy mejor hechos" que los de España, según Oviedo.

Nuestras costas pacíficas fueron descubiertas desde fines de 1524 hasta 1528, es decir, durante unos cuatro años, y ello se debió a varios factores: 1. Los escasos recursos de Pizarro, Almagro y sus socios, que sólo pudieron adquirir en Panamá barcos pequeños y viejos que tuvieron que ser llevados repetidamente a la capital del istmo para ser reparados. 2. Las difíciles condiciones de nuestra costa Pacífica: arrecifes en el norte, manglares en el sur y excesiva pluviosidad en todas partes, lo que impidió establecer poblaciones y ciudades que sirvieran de puertos de escala. 3. La alta mortalidad de los españoles causada por los bravos indios, el clima insalubre y la falta de alimentos adecuados. Empresa de locos se llamó en Panamá a esa terca odisea que enfrentó a aquellos hombres de acero a una de las regiones más difíciles y lluviosas del mundo. Sólo en la isla del Gallo y después en Gorgona encontraron relativa seguridad.

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