Centenario de Juan de Dios "El Indio Uribe"1859-1900.

Por:

 

Revista Credencial Historia


MARZO 2000.



Centenario de Juan de Dios "El Indio Uribe" 1859-1900
Ultima fortaleza intelectual del Radicalismo.

Por: Jorge Alberto Naranjo M..

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Marzo 2000. No. 123



Don Tomás Carrasquilla, quien tenía por qué saberlo y cómo catarlo, consideraba al Indio Uribe estilista incomparable entre los de su tiempo, dueño de una prosa "única y soberana en los dominios de la lengua hispánica".

Admiraba, especifícamente, el corte, la estructura, la limpidez, el casticismo, el matiz, la variedad en la unidad de esas prosas magníficas. Evadió, con suma habilidad, entrar a examinar los contenidos ideológicos y la índole de las pasiones que fulguran y se expresan en los artículos del Indio, pero supo resaltar por sobre ello la unidad estrecha de la idea con la forma, del sentir con la expresión, que se constataban, con asombro y delicia, en cada frase y cada párrafo. "Petronio del prosal", llamóle don Tomás, y se sabe que para el novelista, Petronio era el sinónimo del artista elegante y el pensador airoso, el espíritu pagano más decantado, la lucidez coronada de escepticismo. También, claro, la libertad de pensamiento en tiempos despóticos.

Don Tomás tenía razón y la tendrá siempre. Así nada más fuese por la lección de estilo que imparten, habría que leer y releer las prosas del Indio Uribe. Nadie como él supo vaciarse de manera tan auténtica y acabada a través de sus escritos, nadie supo mostrarse tan íntegro en su pura ingenuidad, en sus ternuras y sus odios, como el Indio a través de esos raudales de palabras dulces como la miel, amargas como la cicuta, según y según. Era la plenitud verbal, la elocuencia hecha texto. Releed, os lo ruego, su relato de "Los Chancos": ¿no palpita allí una tragedia épica, no es el Dolor mismo el que camina con los deudos liberales, no sentís que es un pueblo que llora? O releed su artículo acerca de Pombo, Samper y los académicos "por la lengua": ¿acaso hay un odio más leal, una sátira más implacable, una crítica igual de aguda, un desprecio más gallardo que los allí expresados? O bien - y en las antípodas del sentimiento-releed sus artículos sobre Epifanio: ¿no era el alma hermana del poeta, su más noble confidente, quien asi lo retrataba, lo explicaba y lo acompañaba en su infortunio?

Sus evocaciones de los claustros y maestro que lo formaron son de lo más amable que nos deja la literatura decimonónica; los paisajes que nos describe tienen pálpito, poder evocador, aire de cosa viva; y si de constumbres se trata, dejó -así como de paso-cuandros tan estimables como los de Emiro Kastos o Manuel Ancízar, mientras que su estudio del costumbrismo de Pacho Carrasquilla sigue siendo ejemplar. Sin duda, en la historia de la literatura Colombiana el Indio Uribe debería ocupar un lugar eminente, un capítulo aparte. Incluso como poeta, de vena quevedesca en lo burlón, voltaireana en el sarcasmo, rabelaiseana en lo paródico, pero dulce como Isaac, o Gregorio, o Epifanio en lo amoroso y lo bucólico, el Indio Uribe debe ingresar al Parnaso Colombiano. Cupo Núñez, ¿no va a caber el Indio?

FORTALEZA RADICAL

Sólo que el Indio puso su anhelo más allá de la literatura, la cual apenas era un medio --en sus manos, espléndido-- para la acción política. Hagiógrafo supremo del Radicalismo, crítico feroz de la Regeneración, para cada amigo tuvo palabras de aliento y solidaridad, para cada enemigo su diatriba y su vindicta. Si brilla la amistad generosa cuando trata de Murillo Toro, Ezequiel Rojas o Candelario Obeso, refulge la enemistad ilímite cuando se trata de Núñez, o Miguel A. Caro, o Aníbal Galindo. Y lo pagó duramente. Ya que su liberalismo era insobornable --fue uno de los tres auténticos espíritus liberales que aquí hubo, dice por ahí Efe Gómez--, se hizo imperioso silenciarlo porque nadie (y menos que nadie cualquiera de los presidentes gramáticos) podía igualarlo en artes polémicos. Asesinatos de sus amigos, mordaza de sus prensas, cárceles, ostracismos, destierros y exilios, nada pudo ablandarlo, antes bien se endureció y engrandeció al contacto con los espíritus libres de América, Martí y Maceo, Montalvo y Alfaro, entre otros. Enfermó, cierto, de soledad, de odio; pero jamás decayó el brío de sus prosas, la fuerza de sus denuncias, la lucidez de su argumento. Hasta el final afirmó la unidad inseparable de su obra literaria y su acción política.

Ahora bien: que semejante frase límpida y plena de sentido; que semejante elocuencia y poder persuasivo, y tal ensamble de la forma con la idea y la pasión; que tales artes prosódicas, y tales cortes y ritmos y cadencias y matices; que tal variedad en la unidad argumental; que, en fin, semejantes músicas escriturales debieran malgastarse en servir cada vez más como medio de expresión de pasiones tristes, de rencores y amarguras minuciosamente verbalizados, ¡ay! de ello también habrá de responder un día nuestra patria cruel. Porque uno puede imaginarse ese espíritu libre de la desolación que le sobrevino, libre de tener que luchar tan denodadamente contra la estulticia y el despotismo, contra las desigualdades e injusticias sociales, ocupado en cambio en construir una crítica rigurosa y enriquecedora, en fomentar una literatura atenta a los sufrimientos y preocupaciones nacionales, en incitarnos a ser menos bárbaros, a estilizar nuestras existencias. Maestro, sería de la estirpe de Rojas Garrido; filólogo, hubiera sido el par de Rufino J. Cuervo; historiador, continuaría la obra de José Manuel Restrepo.

Lo perdieron la incomprensión y el sectarismo; los suyos, sí, pero sobre todo los de los regeneradores. Su acritud, su paulatino ensombrecimiento, no son causa sino efecto del proceso de persecuciones que se instauró en contra suya, última fortaleza intelectual de las ideas radicales. Si se lee su obra cronólogicamente se hace fácil observar que Juan de Dios Uribe Restrepo era sensible y risueño, idealista y tolerante, dueño de virtudes morales exquisitas, justo de corazón. Talentoso y cultísimo. Y lentamente, de soportar esta crueldad infinita, esta injusticia generalizada, el escamoteo sistemático de todas las ideas liberales; de vivir en guerra civil, se entristeció su alma y se ensombreció su prosa hasta casi hacerlo perder toda esperanza.

Casi. Porque jamás desfalleció en su accionar político. La muerte misma lo sorprendió conspirando. Aún ahora, en esta época deprimente, creo escuchar al Indio que nos anima, que repite desde el terrible exilio: "¡No importa la hora! ¡No importa la hora!". Y hay que seguir creyendo que alguna vez será posible la liberación nacional, trabajar por ello. Es el mejor homenaje a la memoria del Indio.

 

 

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