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Don Tomás
Carrasquilla, quien tenía por qué saberlo y cómo catarlo, consideraba al Indio Uribe
estilista incomparable entre los de su tiempo, dueño de una prosa "única y soberana
en los dominios de la lengua hispánica".
Admiraba, especifícamente,
el corte, la estructura, la limpidez, el casticismo, el matiz, la variedad en la unidad de
esas prosas magníficas. Evadió, con suma habilidad, entrar a examinar los contenidos
ideológicos y la índole de las pasiones que fulguran y se expresan en los artículos del
Indio, pero supo resaltar por sobre ello la unidad estrecha de la idea con la forma, del
sentir con la expresión, que se constataban, con asombro y delicia, en cada frase y cada
párrafo. "Petronio del prosal", llamóle don Tomás, y se sabe que para el
novelista, Petronio era el sinónimo del artista elegante y el pensador airoso, el
espíritu pagano más decantado, la lucidez coronada de escepticismo. También, claro, la
libertad de pensamiento en tiempos despóticos.
Don Tomás tenía razón y
la tendrá siempre. Así nada más fuese por la lección de estilo que imparten, habría
que leer y releer las prosas del Indio Uribe. Nadie como él supo vaciarse de manera tan
auténtica y acabada a través de sus escritos, nadie supo mostrarse tan íntegro en su
pura ingenuidad, en sus ternuras y sus odios, como el Indio a través de esos raudales de
palabras dulces como la miel, amargas como la cicuta, según y según. Era la plenitud
verbal, la elocuencia hecha texto. Releed, os lo ruego, su relato de "Los
Chancos": ¿no palpita allí una tragedia épica, no es el Dolor mismo el que camina
con los deudos liberales, no sentís que es un pueblo que llora? O releed su artículo
acerca de Pombo, Samper y los académicos "por la lengua": ¿acaso hay un odio
más leal, una sátira más implacable, una crítica igual de aguda, un desprecio más
gallardo que los allí expresados? O bien - y en las antípodas del sentimiento-releed sus
artículos sobre Epifanio: ¿no era el alma hermana del poeta, su más noble confidente,
quien asi lo retrataba, lo explicaba y lo acompañaba en su infortunio?
Sus evocaciones de los
claustros y maestro que lo formaron son de lo más amable que nos deja la literatura
decimonónica; los paisajes que nos describe tienen pálpito, poder evocador, aire de cosa
viva; y si de constumbres se trata, dejó -así como de paso-cuandros tan estimables como
los de Emiro Kastos o Manuel Ancízar, mientras que su estudio del costumbrismo de Pacho
Carrasquilla sigue siendo ejemplar. Sin duda, en la historia de la literatura Colombiana
el Indio Uribe debería ocupar un lugar eminente, un capítulo aparte. Incluso como poeta,
de vena quevedesca en lo burlón, voltaireana en el sarcasmo, rabelaiseana en lo
paródico, pero dulce como Isaac, o Gregorio, o Epifanio en lo amoroso y lo bucólico, el
Indio Uribe debe ingresar al Parnaso Colombiano. Cupo Núñez, ¿no va a caber el Indio?
FORTALEZA RADICAL
Sólo que el Indio puso su
anhelo más allá de la literatura, la cual apenas era un medio --en sus manos,
espléndido-- para la acción política. Hagiógrafo supremo del Radicalismo, crítico
feroz de la Regeneración, para cada amigo tuvo palabras de aliento y solidaridad, para
cada enemigo su diatriba y su vindicta. Si brilla la amistad generosa cuando trata de
Murillo Toro, Ezequiel Rojas o Candelario Obeso, refulge la enemistad ilímite cuando se
trata de Núñez, o Miguel A. Caro, o Aníbal Galindo. Y lo pagó duramente. Ya que su
liberalismo era insobornable --fue uno de los tres auténticos espíritus liberales que
aquí hubo, dice por ahí Efe Gómez--, se hizo imperioso silenciarlo porque nadie (y
menos que nadie cualquiera de los presidentes gramáticos) podía igualarlo en artes
polémicos. Asesinatos de sus amigos, mordaza de sus prensas, cárceles, ostracismos,
destierros y exilios, nada pudo ablandarlo, antes bien se endureció y engrandeció al
contacto con los espíritus libres de América, Martí y Maceo, Montalvo y Alfaro, entre
otros. Enfermó, cierto, de soledad, de odio; pero jamás decayó el brío de sus prosas,
la fuerza de sus denuncias, la lucidez de su argumento. Hasta el final afirmó la unidad
inseparable de su obra literaria y su acción política.
Ahora bien: que semejante
frase límpida y plena de sentido; que semejante elocuencia y poder persuasivo, y tal
ensamble de la forma con la idea y la pasión; que tales artes prosódicas, y tales cortes
y ritmos y cadencias y matices; que tal variedad en la unidad argumental; que, en fin,
semejantes músicas escriturales debieran malgastarse en servir cada vez más como medio
de expresión de pasiones tristes, de rencores y amarguras minuciosamente verbalizados,
¡ay! de ello también habrá de responder un día nuestra patria cruel. Porque uno puede
imaginarse ese espíritu libre de la desolación que le sobrevino, libre de tener que
luchar tan denodadamente contra la estulticia y el despotismo, contra las desigualdades e
injusticias sociales, ocupado en cambio en construir una crítica rigurosa y
enriquecedora, en fomentar una literatura atenta a los sufrimientos y preocupaciones
nacionales, en incitarnos a ser menos bárbaros, a estilizar nuestras existencias.
Maestro, sería de la estirpe de Rojas Garrido; filólogo, hubiera sido el par de Rufino
J. Cuervo; historiador, continuaría la obra de José Manuel Restrepo.
Lo perdieron la
incomprensión y el sectarismo; los suyos, sí, pero sobre todo los de los regeneradores.
Su acritud, su paulatino ensombrecimiento, no son causa sino efecto del proceso de
persecuciones que se instauró en contra suya, última fortaleza intelectual de las ideas
radicales. Si se lee su obra cronólogicamente se hace fácil observar que Juan de Dios
Uribe Restrepo era sensible y risueño, idealista y tolerante, dueño de virtudes morales
exquisitas, justo de corazón. Talentoso y cultísimo. Y lentamente, de soportar esta
crueldad infinita, esta injusticia generalizada, el escamoteo sistemático de todas las
ideas liberales; de vivir en guerra civil, se entristeció su alma y se ensombreció su
prosa hasta casi hacerlo perder toda esperanza.
Casi. Porque jamás
desfalleció en su accionar político. La muerte misma lo sorprendió conspirando. Aún
ahora, en esta época deprimente, creo escuchar al Indio que nos anima, que repite desde
el terrible exilio: "¡No importa la hora! ¡No importa la hora!". Y hay que
seguir creyendo que alguna vez será posible la liberación nacional, trabajar por ello.
Es el mejor homenaje a la memoria del Indio.
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