Soledad Román de Núñez : los afanes del Concordato
Por: Galvis, Silvia
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Soledad Román de Núñez en la moneda "Cocobola", |
De Soledad Román es más lo que se adivina que lo que se conoce; más lo que se percibe que lo que consta; son más las conjeturas que las certezas. Y, tiene que ser así porque de esta mujer, de quien muchos aseguran que manejó los hilos invisibles del poder en Colombia durante una década, casi no quedó huella, a no ser por un par de entrevistas mansas y domésticas acerca de sus recuerdos y algunas líneas floridas esparcidas, sin intenciones históricas, entre la abundante y polémica biografía sobre Rafael Núñez y la Regeneración.
Entre lo que se conoce con certeza, se sabe que nació en Cartagena el 6 de octubre de 1835, la primera de 17 hijos de una familia católica y conservadora; que durante años atendió la botica de su padre, don Manuel Román; que era muy devota de la Virgen de las Mercedes; que estuvo comprometida para casarse con Pedro Meciá, con quien rompió el compromiso después de seis años de amor, sin dar explicaciones; que en 1877 contrajo matrimonio civil, por poder, con Rafael Núñez Moledo en el consulado colombiano en París, y que aquella boda a espaldas del altar dio mucho qué pensar y qué decir en la Colombia de finales del siglo XIX. A él lo llamaron "bigamo" y "adúltero" debido a su anterior matrimonio católico con Dolores Gallego, celebrado en Panamá en 1857. Y a Soledad la repudió la sociedad capitalina cuando llegó a Bogotá convertida en Primera Dama de la República: la primera dama que, con excepción de Manuelita Sáenz, compartía el lecho nupcial de San Carlos sin bendición del cura.
En julio de 1884, el presidente de la República y Soledad Román de Núñez arribaron a la estación de la Sabana, donde las murmuraciones, las consejas, los decires mantenían ocupadas las lenguas del hormiguero de curiosos presentes en el recibimiento, y convertían en cómplices a los notables conservadores y sus esposas que habían acudido a saludar a la pareja doblegando las convicciones de la moral a las conveniencias de la política. Y no debería resultar extraño que aquellos rumores escandalizaran a la sociedad bogotana de entonces, porque si era cierto que Núñez se había divorciado de doña Dolores en 1871, también era verdad que las dos cosas a la vez -divorcio y matrimonio civil- eran intolerables aun para el exuberante espíritu liberal y romántico de la época, consagrado en la Constitución de Rionegro, de 1863. Pese a que la Constitución radical exigía el matrimonio civil y permitía el divorcio, para la gran mayoría el lazo del sacramento católico con la señora Gallego continuaba siendo indisoluble, y esa era la única realidad que entendía la conciencia católica nacional.
De lo que se adivina, pero no consta en los archivos, es que para los dos, Rafael y Soledad, la bendición -aunque fuera simbólica- de la Iglesia significaba la aprobación moral, la aceptación social de su matrimonio. Sobre todo, para Soledad, que debió padecer los desplantes de las matronas santafereñas. Las reminiscencias de Margarita Caro, hermana de don Miguel Antonio y esposa de don Carlos Holguín, los dos cancerberos de la Regeneración, recogen el sentimiento de rechazo que produjo la presencia de la señora de Núñez en el palacio presidencial: "Las miradas del público están fijas a ver quiénes van para escandalizarse por ello y hasta ahora no han ido, de personas conocidas, sino la familia de don Vicente Restrepo, mi señora Hortensia Lacroix y las mujeres de los secretarios Salgar y Borrero..."
Ella, devota practicante, debió soportar muchas veces los embates de su conciencia de católica; debió escuchar los llamados al arrepentimiento; su alma no debió tener paz. Pero si esa paz dependía de la bendición de Roma, Núñez -agnóstico y librepensador- iba a procurársela, a sabiendas de que la cuenta de cobro sería alta, si no para él, sí para la República. Para comenzar, selló una alianza imperecedera con don José Telésforo Paúl, viejo conocido, asiduo de Palacio y más que todo, arzobispo de Bogotá. Entre los dos y con la ayuda ferviente de Soledad, se propusieron allanar el camino para que la fe católica marchara otra vez, libre, triunfante, por toda la nación, después de veinte años de gobiernos radicales, librepensadores y anticlericales.
Decretos que favorecían los intereses del clero empezaron a divulgarse, Uno tras otro. Se reconoció indemnización por los bienes de la Iglesia expropiados por el general Tomás Cipriano de Mosquera; se restableció la religión de Roma como única y obligatoria en la educación pública, se prohibió la lectura de autores impíos como Darwin, Bentham, Spencer y Tracy ("hereje el uno; judío, el otro; protestante el tercero y sensualista el último", conceptuaron los guardianes de la fe); se entregó la selección de textos para la enseñanza universitaria a los obispos; se estableció la censura de prensa bajo castigo de prisión o destierro; y se suprimió la libertad de enseñanza porque "la verdad no puede convivir con el error", según el argumento de los defensores del régimen.
Muchos, pero no todos, aplaudieron a Núñez. El más inclemente de sus críticos era monseñor Juan Bautista Agnozzi, delegado papal, llegado a Bogotá en 1882 con la misión de anudar otra vez los vínculos de la Santa Sede con el Estado colombiano, desatados por el general Mosquera y los gobiernos radicales. Y Agnozzi, defensor insobornable de la moral católica, se negaba a negociar con Núñez porque no admitía ni perdonaba el estado irregular de la pareja presidencial. "El señor Núñez vive hace mucho tiempo en público concubinato adulterino. Monseñor Paúl ha sacrificado con ese adulterio la dignidad", escribió al cardenal Luis Jacobini, secretario de Estado del papa León XIII. Y era verdad, porque la noche del 28 de septiembre de 1885, durante la fiesta que Soledad ofreció en San Carlos para celebrar los 60 años de su marido y, al tiempo, aclamar el triunfo conservador contra la revolución liberal que había estallado en 1884 contra el gobierno, el arzobispo Paúl había conducido del brazo a la mujer del presidente, hacia la mesa engalanada del banquete. Y ella había desfilado ante las miradas, unas sonrientes, otras incrédulas, de los convidados, y todos entendieron que Monseñor bendecía su presencia en palacio y que su pecado de amor quedaba cubierto con el manto del perdón arzobispal.
Y, mientras en Bogotá Núñez silenciaba las voces críticas de la prensa liberal con argumentos tan contundentes como la cárcel o el destierro, en la Santa Sede, su agente confidencial, Joaquín F. Vélez, negociaba los acuerdos entre la política y la fe y cumplía con la orden de Núñez de exigir la destitución de Agnozzi, crítico suyo, detractor de Soledad, constestatario de Paúl. "Nadie jamás hizo tanto para devolverle el nombre de Dios a una nación; nadie se esforzó tanto para favorecer a la Iglesia y para derrotar el radicalismo anticlerical y despótico como Su Excelencia el doctor Núñez", aseguró Vélez al Santo Padre, al exponer las bondades de la Regeneración durante una audiencia privada el 14 de julio de 1887. León XIII accedió a la petición del presidente y ordenó la destitución de Agnozzi. Corría el mes de agosto, cuatro meses antes de la firma del Concordato, fechado el 31 de diciembre de 1887. Cuatro meses después, el Pontífice otorgó al Ilustrísimo y Reverendísimo doctor don José Telésforo Paúl los honrosos nombramientos de Prelado Doméstico de Su Santidad, Prelado Asistente al Solio Pontificio y Conde Romano, "como prenda de la gran valía en que se le tiene en la Corte Romana y en premio de sus virtudes y de sus importantes servicios a la Iglesia", según el Breve fechado en Ciudad del Vaticano, al 3 de abril de 1888.


