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EDICIÓN
53 - MAYO 1994
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Tomado de:
Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 53
Mayo de 1994
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Rafael Arango Villegas,
dibujo de su primo Alberto Arango Uribe.
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RAFAEL
ARANGO VILLEGAS
Nace en Manizales el 26
de diciembre de 1889 y allí muere el 22 de Junio de 1952. Fueron sus padres Ambrosio
Arango y Carmelita Villegas de Arango. Estudios primarios en la escuela de don Jesús
María Guingue y secundarios en el Colegio Santo Tomás de Aquino y en el Seminario
Conciliar. Contrae matrimonio con Graciela Restrepo Escobar. Padre de siete hijos. En un
principio, dedicado al comercio de sales y a la minería. Viaja a Europa, regresa a
Manizales y abre almacén de lujo. En 1931 es nombrado jefe de Estadística Departamental.
Se radica en Bogotá, se desempeña como jefe de contabilidad de J. Gómez Gómez y
colabora en los periódicos de la capital. Retorna a su tierra natal, donde lo nombran
gerente de la Lotería. Publica crónicas humorísticas en Punto y Coma, La Patria, El
Relator de Cali, La Razón de Bogotá y la revista Gloria. Entre sus
obras: la novela Asistencia y camas (1934 y 1955), Bobadas mías (1933), Pago
a todos (1933), Sal... de Inglaterra, Astillas del corazón (1948), Novenario
de Navidad, la comedia Floribertico y Los municipios de Caldas (1931).
Varias ediciones se han publicado de su obra completa, en Colombia y España.
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Rafael
Arango Villegas, hacia 1950
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La literatura caldense,
sin duda hondamente antioqueña en sus rafees, tiene, por su vinculación eficaz con las
corrientes de la mejor literatura mundial, un alcance universal. Identidad y
contemporaneidad. Una escritura tan perteneciente al modo de ser de la región como a los
universales del hombre: la pena, el gozo, la muerte, la soledad, el odio, el trabajo, la
ambición. Y la obra de Rafael Arango Villegas es una de las realizaciones más
característicamente pertenecientes a esa tradición, a la vez que contribuyó a
establecer su mejor nivel, sus referencias más altas. Aun que podría señalarse como el
implantador del humor en la literatura colombiana, no porque haya sido el primero en
utilizar ese «recurso» -con más exactitud: esa visión del mundo- sino por la
intensidad y la extensión que éste tiene en su obra, leerlo sólo desde esa perspectiva
es empobrecerlo, pasar por alto no sólo su garra narradora, su magnífica solvencia en la
construcción de historias- «historias», digo, porque incluso sus crónicas a cada
momento transgreden las fronteras del género para incursionar en el relato-, sino la veta
crítica y trágica que, aunada a la constante autoironía y a la irreverencia, corre como
substrato de su humor. Por supuesto, sería no sólo imposible sino inútil aproximarse a
su obra periodística y literaria intentando pasar por alto, por un lado o por debajo de
su eje fundamental: el humor.
Ese humor constituye en
su obra su filosofía, su norte vital, un modo radical de estar en el mundo. Balcón,
pañuelo para las lágrimas, guante de boxeo, burladero para la pena, pulpito y lupa. De
esa manera el blanco de ese humor no podía ser otro que la vida toda: el acontecer de su
ciudad y de las ciudades donde vivió, el país, el mundo, y, por supuesto, su propia
vida. La constante marca todos sus libros de crónicas: Sal... de Inglaterra, Pago a
todos. Bobadas mías. Astillas del corazón y Novenario de Navidad.
Naturalmente, su novela Asistencia y camas puede ser calificada como una novela
humorística, aunque es mucho más que eso. Pero quedémonos un momento en sus siempre
entretenidas, bien escritas y, a menudo, estupendas crónicas. Aun en su primer libro. Sal...
de Inglaterra, al que el autor se refiere en términos nada elogiosos en la
presentación de su segundo libro, se encuentran crónicas magnificas. Bastaría «Salve
Mochito!» -un relato muy bien construido, donde por acumulación de detalles
«inocentemente» evocados se va creando una atmósfera de risa contenida y de suspenso
que entrega al desenlace gran fuerza y convicción- para rescatar el libro de esa condena
posterior de su creador. Pero el «folleto», como él lo llamaría luego, contiene otros
textos a la altura de los mejores de futuros libros, como «Sonatera infecciosa», escrito
contra los malos versificadores, de los que no se excluye...
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Los cuatro libros
restantes abundan en esa clase de textos a los que la calificación de crónica les viene
estrecha porque, independientemente de que sus referentes reales hayan tenido nombre
propio y existencia histórica, el escritor trasmuta el acontecimiento en algo más que
registro testimonial, es decir, en vivida recreación, en literatura. Los personajes
evocados son dichos por el narrador pero también por ellos mismo. A las palabras con las
que el autor traza la fisonomía corporal y psicológica de sus personajes -y la habilidad
con que lo hace remite a Dickens y Carrasquilla- se agregan las propias palabras de ellos
en los diálogos, palabras plenas de la individualidad de quien las pronuncia. Por eso
aquí y allá la crónica se hace narración con vida propia e incluso ocurre que el
llamado «elemento agregado» o ficticio se adueña por completo del terreno a partir de
cierto momento o parte de él desde un principio. Un ejemplo brillante de esta prosa
narrativa es su famoso texto «Cómo narraba la Historia Sagrada el maestro Feliciano
Ríos», que tuvo un segundo capítulo titulado «Muerte y peregrinaciones ultraterrenas
del maestro Feliciano Ríos», relatos instalados tanto en una desbordante fantasía,
anclada plenamente en el lenguaje y la realidad de la región, como en el humor. Cualquier
párrafo tomado al azar muestra tales atributos «... Cuando mi Dios empezó a 'montar' el
mundo, es decir, a 'abrirlo' creó a Adán y lo puso de mayordomo...Adán lo hacía todo,
pues el Señor no bajaba sino una vez a la semana a darle vuelta a la finca». Y a esta
categoría de crónicas-relatos se suman otros títulos: «Gloria...Miseria!» «Los
primeros calzoncillos», «Fregao de ángel» y «La tragedia de 'El Chocho'», entre
otros. En ellos está presente, no el comentarista crítico e irónico, sino el gozoso y
solvente contador de historias que fue Arango Villegas, creador de personajes de
inolvidable cuño individual y de situaciones llenas de vivacidad.
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El problema
agrario, cómo escriben los «Nuevos» Caricatura de Rafael Arango Villegas por
Alberto Arango Uribe. Estos dibujos ilustran diferentes escritos del humorista caldense.
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Aquí
agarrado con misia Irene...
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Casi nada de
epidemia..!
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Pero
en sus logros se encuentran otras clases de crónicas, marginales a la predominante
corriente humorística, y cuyo interés consiste en evidenciar otras facetas del hombre y
el escritor, demonios y sensibilidades diferentes a la risa. De este grupo parece
importante destacar algunas. «El problema agrario» es una hilarante parodia de lo que
para él era el lenguaje de los «Nuevos», un lenguaje que señala como engolado,
falsamente erudito y críptico: «El evolutismo integral de las idas hacia una
polarización subconsciente se acentúa más y más cada día hacia el paralelismo nítido
de que habló el filósofo nórdico, en contraposición a las irradiaciones éticas de que
estaba saturado el idearium súrdico...» Descontando el nivel de exageración que pueda
tener esta parodia, en ella se transparenta un pensamiento, una actitud estética, la
posición consciente de un escritor ante el lenguaje, unas simpatías y unos rechazos, lo
que indica en Rafael Arango Villegas una condición de escritor en el pleno sentido de la
palabra: no sólo un intuitivo sino un artista dueño de una conceptualización sobre su
oficio. En «Filosofía baratas» y en apartes de otras crónicas ocupa el primer plano el
hombre y escritor con sensibilidad ante la pobreza, el sufrimiento y la injusticia, el
periodista que golpeado por la miseria no puede en esa ocasión arrancarle una sonrisa a
sus lágrimas. Algo parecido le sucede con ciertas evocaciones, donde el sentimiento le
impone escribir con rigurosa seriedad, mezclada apenas con la brizna solitaria de alguna
autoironía, como en su recuerdo sobre una remota pero inolvidable maestra de sus sueños
de infancia, recogido bajo el título «La Hermana María Anselma». Incluso cuando el
dolor lo golpea en el centro de su vida, sale a flote en una pluma conmovedoramente
estremecida. Tal su queja por la muerte violenta de su primo caricaturista y amigo
íntimo, «Mensaje a Alberto Arango Uribe», escrita seis días después de la
desaparición: «Dos cosas me obsesionan después de tu partida: ver la cara, o lo que
sea, de las fieras que te ultimaron, e ir al sitio en donde caíste esta última vez...»
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Su majestad el
guayabo
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Pero
aún hay más facetas: «Viajando por el Chocó» es, desde el punto de vista literario,
un muy buen relato de viaje, y desde un enfoque periodístico, una crónica-reportaje de
factura completamente contemporánea: pegada a los hechos, imparcial, atenta a la
totalidad del mundo chocoano, equilibrada en una descripción precisa y ágil, y una
narración que despliega los avalares de la aventura dentro de un ritmo rápido. Pero a
veces era otro el ritmo, cuando la fidelidad al asunto entre manos le imponía unas
sabrosas lentitudes. En «Tómense dos libras de mantequilla y quiébrense cuarenta
huevos», se hayan párrafos merecedores de ser incluidos en una posible antología
colombiana sobre la cocina criolla: «Hay que ver aquellas rellenas, tiernas y humeantes,
enroscadas sobre ellas mismas, como boas dormidas, aquellas brevas abiertas en casquites,
morenas y exquisitas, caladas de panela y coronadas con albas diademas de quesito, como
una novia africana: aquellas temblorosas y opulentas 'gelatinas' negras, desmayadas en las
bateas, en dulce y suave abandono, como princesas moras; aquellas enormes y apetitosas
empanadas de 'cambray' echadas como vacas sobre los paños blancos...» (sólo que a
diferencia de los costumbristas del siglo pasado, la descripción no es en Arango Villegas
un fín en sí mismo sino el vivo telón de fondo de lo que le interesa ante todo: el
drama humano, y en este caso la obra corrosiva del tiempo).
Todos los talentos
encontrados en nuestra lectura de libros de crónicas de Arango Villegas, se realizan
plenamente en su novela Asistencia v camas. En ella se hace evidente lo bien dotado que
llegó a estar el autor para el arte de novelar. Su apropiación de la vida y el lenguaje
de su región, su experiencia de la condición humana, su oficio y lecturas, confluyeron
para hacer de su única novela un entretenido, dinámico, bien tejido y convincente río
narrativo, cuya fuerza e interés no decae en ningún momento. Resiste la prueba de las
buenas novelas: entregar al lector la impresión-ilusión de que el escritor trabajó
sobre modelos reales, tanto a nivel de situación como de personajes; muchos tuvieron
existencia real, y fueron, si no tratados, por lo menos muy conocidos por Rafael Arango
Villegas: éste, además de cambiar su nombre, apenas si habría de retocar aquí y allá
la aventura de sus vidas.
No sólo en la sabia
construcción de personajes claramente diferenciados, en el humor de corte picaresco de la
casi totalidad de situaciones y en la nota de suspenso que trae cada episodio, se
encuentra el secreto de la indiscutible amenidad de esta novela, sino también en la
maestría de los diálogos. Y esta maestría, en modo alguno inferior a la de Carrasquilla
o Rendón, extrae su poder, de un lado, del hechizo polémico y chismoso que anima casi
siempre los vigorosos intercambios de palabras, y de otro, del brillante dominio y uso del
lenguaje coloquial de las gentes antioqueñas del pueblo. El autor les da generosamente la
palabra a sus criaturas, éstas hablan de acuerdo a su carácter particular, y todos lo
hacen con las palabras del castellano hablado en su región por las gentes sencillas, por
la masa anónima que los ha inspirado. No cabe duda de que mucha de la vitalidad de la
narración proviene de ahí.
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«Tierra»
«Tierra».
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EL
HUMOR DE ARANGO VILLEGAS
Esta realidad de hoy no
da para reír. Por eso admiro a los humoristas. Pero el humor espontáneo escasea, no el
dañino sino el lleno de un contenido -valga la redundancia- que cataliza la sonrisa
descomplicada, que hace catarsis a la vorágine de las pasiones que la actual violencia y
agresividad hace anidar en el alma colombiana. No se da ese humor que mueve a la sonrisa
filosófica y que fue del diario consumo en la Casa de Rafael -que es la mía- y que me
llena de risueña y pura tranquilidad el ánima a veces enclaustrada en los laberintos de
preocupaciones burocráticas. Claro que él también fue burócrata, y nada menos que de
la estadística, de esa rígida ciencia de la cual nadie puede escaparse; y menos cuando
de censarlo a uno se trata con el contante sueldo que recibe, la canasta familiar que
consume uno y su familia, el estrato económico al que se pertenece (aristocrático o de
clase media económica baja (ensanduchada) o que roza los duros estados del proletariado).
Sí. Fue burócrata Rafael y en sus oficinescos tiempos debió hacer ese libro sobre los
municipios de Caldas (1931). La muerte es tema de poetas y metafísicos: Serio tema.
Coincido con la apreciación de alguien en charla de café, cuando dice del humor de
Rafael que no era satírico sino natural, desprevenido, no cáustico sin dejar de hundirse
en la profundidad del suceso del que hacía crítica, constructiva siempre. Posiblemente
sus comentarios fuesen como una bomba de palabras que despertaba el letargo de una
sociedad adormecida [...] Realista, Rafael asciende a consideraciones metafísicas: el
más allá del cielo visto desde aquí, desde este localismo (caldense, por lo demás). No
es el chiste de doble sentido, ni hiriente, ni pantagruélico. Natural, fluido, mana sin
gratuidades ni alardes de erudición.
Jorge Eduardo
Vélez Arango
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La tragedia de «El Chocho».
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