JORGE ISAACS, EL POETA

Por: Charry Lara; Fernando

Jorge Isaacs. Galeria de Notabilidades Colombianas. Fotomontaje de Aristides Ariza, 1910.
Jorge Isaacs. Galeria de Notabilidades Colombianas. Fotomontaje de Aristides Ariza, 1910.
<Saulo»> de Jorge Isaacs. 
Bogotá, Echavarría Hermanos, 
1881.
de Jorge Isaacs. Bogotá, Echavarría Hermanos, 1881.
«Poesías», de Jorge Isaacs.
Bogotá, «El Mosaico», 1864.
«Poesías», de Jorge Isaacs. Bogotá, «El Mosaico», 1864.
«Mayo», poema autógrafo de Jorge Isaacs, 1860. Biblioteca Nacional, Bogotá.
«Mayo», poema autógrafo de Jorge Isaacs, 1860. Biblioteca Nacional, Bogotá.
«La tierra de Córdoba». 
Medellín, «El Espectador», 1893.
«La tierra de Córdoba». Medellín, «El Espectador», 1893.
Sensualidad, afán de precisión verbal, sugerir más que expresar: así es su poema «Saulo»
 

Son pocas las referencias que se hacen hoy a Jorge Isaacs como poeta. La más corriente es la de que fue tan admirable novelista como mediocre versificador. EI éxito de su novela María fue extraordinario. Desde su aparición en 1867, en tímida edición de 800 ejemplares, hizo olvidar un tanto al escritor en verso. De quien ya tres años atrás, en 1864, recientes amigos suyos de Bogotá, pronto convertidos en generosos admiradores, recogieron su tarea poética juvenil en tomo que titularon sencillamente Poesía. La impresión se realizo en el taller tipográfico de El Mosaico. Y aunque era grande el prestigio de sus patrocinadores y de aquella modesta pero activa editora, portavoz de la tertulia literaria homónima, no consta que los poemas de Isaacs hubiesen sido recibidos con fervor especial. Apenas mucho después volvieron a publicarse en 1907, en México, y en 1920 en Barcelona, con prologo de Baldomero Sanín Cano. Una edición posterior, única que ha llegado a lectores contemporáneos, es la recopilación hecha en Cali, en 1967, por Armando Romero Lozano. Porfiadas, repetidas erratas encuentran en esos volúmenes los estudiosos del poeta.

Aunque fundadamente se Ie conozca mejor como novelista, no ha dejado de insistirse en que el temperamento literario de Jorge Isaacs era el de poeta lírico, como se manifiesta en sus poemas, en su novela y hasta en su correspondencia. Se ha sostenido también que esa Calidad lirica siguió siendo notoria en fragmentos de su soñada más no concluida trilogía novelística: Fania, Camilo (o Alma negra) y Soledad. E igualmente en lo que llegó a componer y, en trozos, se conoce de sus piezas dramáticas.

En gran parte de las estrofas poéticas de Jorge Isaacs la naturaleza aparece como evocación, nostalgia y ensueño. Según Rafael Maya, en prosa y verso su obra es «la historia de sus relaciones sentimentales con la naturaleza que Ie rodeaba... [la historia] del hombre que se confunde e identifica con ella». Esa naturaleza fue la privilegiada del Valle del Cauca. Imaginando sus poemas estuvo frente al paisaje acompañándose de lecturas que Ie fueron predilectas: Shelley, Rousseau, Chateaubriand y otros románticos europeos, así como la Biblia y Shakespeare. Pero además estaría siempre presente la originalidad de su alma ardorosa e idealista. A veces, infortunadamente, cediendo al gusto de su tiempo por el color local, acudió a un tono domestico, hogareño, patriótico o costumbrista. Que no es aquel de sus más inquietantes poemas, entre los que en primer sitio están Saulo y la elegía, que Ie era acento natural, a la muerte de Elvira Silva.

Mucho se ha aludido al altavismo judío de Jorge Isaacs, nacido en Cali en 1837. El mismo se encargó de divulgarlo en reiteradas ocasiones. Hasta al sacerdote que, en vísperas de su muerte, Ie respondió vivamente: «Sí. Creo en el. Soy de su raza». Si por parte de madre era de ascendencia española, su padre fue ingles de origen israelita. De modo que a la nostalgia descriptiva de la poesía hebrea y al fuego que se atribuye a la española se juntó en su actitud poética la ensoñación de la inglesa, con la que pronto tuvo oportunidad de familiarizarse. Con tales alianzas se fundieron en su lenguaje la irradiación de su paradisíaco suelo natal con las desolaciones de su corazón. A su tierra querrá hacer partícipe de su íntima desesperanza. En Maria y en sus poemas se encuentran de ello constantes revelaciones. Jorge Luis Borges confesó haber quedado para siempre en su memoria aquellas líneas, leídas en su adolescencia, que  mas o menos dicen: «Una tarde, tarde como las de mi país, bella como Maria, bella y transitoria como fue esta para mí...»

La obra poética de Isaacs la forman principalmente e] ya mencionado volumen de ]864, Saulo y otro extenso poema de su madurez, La tierra de Córdoba, de 1893. En 1964 el colombianista norteamericano Donald McGrady recogió diversas composiciones suyas. Se sospecha que otros tantos poemas de Isaacs quedaron inéditos o dispersos en periódicos de la época. Uno de los más valiosos juicios críticos sobre esta poesía es e] del ensayo «Jorge Isaacs» (Gran Enciclopedia de Colombia, Literatura, tomo 4) de la catedrática e investigadora literaria María Teresa Cristina Z.

En marzo de 1881, en asocio de la Librería de Rafael Chávez R. y la Imprenta de Echeverría Hermanos, se publicó en Bogotá, de Jorge Isaacs, el Canto Primero de su poema Saulo. Es una de las más hermosas, misteriosas, maltradas y desconocidas creaciones de la poesía colombiana. Resida entonces el poeta en Ibagué y allí volvería, mas tarde, para morir en 1895, hace cien años. No entregó jamás, sin embargo, los restantes cantos que lo completarían. Posiblemente ocurrió lo mismo que con otros bosquejos literarios suyos que nunca llegaron a cristalizar enteramente. La vida de Isaacs estuvo tan cercada de dificultades como de disímiles preocupaciones. A sus propias angustias vitales, por implacables reveses del destino, se sumaron los continuos desasociegos de las luchas políticas en que se comprometió: en la plaza pública, en el periódico, en el congreso, en el árido campo de batalla. Además, largo tiempo tuvo que gastarlo entre jueces y abogados, amenazado de ruin a  que lo conduzcan tribulaciones de dinero. Desengañadamente vio frustrados los sueños de bienestar que Ie traerán sus descubrimientos de recursos naturales, explotaciones mineras o empresas comerciales. La existencia de Isaacs, dijo Pedro Gómez Valderrama en uno de sus últimos escritos, «fue la vida de un hombre romántico, de un poeta soñador perdido en un mundo real que sin embargo Ie ofrece, hallado de los desengaños económicos, la novela heroica de la guerra». Tal suma de contiendas y de desilusiones explica en parte la no terminación de varios de sus proyectos de poeta, de novelista y de dramaturgo.

Saulo es acaso, en el conjunto de la obra de Isaacs, su más amoroso poema. El epígrafe que introduce a la que habría sido totalidad del mismo lo forman apenas cuatro palabras de Francisco Jose de Caldas: Todo debe ser amor. La primera parte, única que escribió o dio a conocer, la introduce el fragmento de una carta de Eloísa a Pedro Abelardo. Es este:

«Siempre te he profesado, a la faz del mundo entero, un amor sin limites... Bien sabe Dios que bastaba una palabra tuya para que yo no vacilara en precederte o seguirte, aunque hubiera sido a los abismos infernales». Es Saulo poema dialogado y a esa manera debió llevarlo la afición que por el género teatral mostró su autor. Pero el coloquio no se presenta en forma claramente señalada, con los nombres de los hablantes, sino apenas por medio de guiones. Ello contribuye un tanto a cierta oscuridad de] texto que, quienes primero lo leyeron (y seguramente lo hicieron de prisa) se apresuraron a señalarla como desdeñable característica. Para e] placer de esos lectores, un poema debía referirse a situaciones claras, razonables y verosímiles.

Sin contener nada de alusiones misteriosas de sugerencias. Ni menos, de exigir la colaboración del lector. No había escrito aun Mallarme aquellas líneas definidoras de su estética simbolista: «Nombrar un objeto es suprimir las tres cuartas partes del goce del poema, que está formado de la dicha de adivinar poco a poco; sugerir: eso es el sueño».

Como preámbulo de Saulo se lee un soneto del mismo Isaacs: «Homenaje del autor en la tumba de Eloísa». Con ello nos reitera una clave del poema, esquivo al intento de comprenderlo ligeramente. ¿Quién es esa desdichada criatura, que sola humana e inmortal ha sido? Como Paolo y Francesca, como Romeo y Julieta, los am antes Abelardo y Eloísa son símbolo del amor desgraciado. Su conocida historia es parte del misticismo erótico. Y surgió en contradicción con la rigidez clerical en la sociedad francesa del Medioevo. Eloísa (1101-1164) había estudiado ciencias y filosofía en el monasterio de Argenteuil.
EI canónigo Fulbert, su tío, Ie dió en Paris por maestro a Abelardo (1079-1142), filósofo y teólogo, famoso como catedrático y dialectico, fundador según algunos del método escolástico, que había dejado las armas para dedicarse al estudio. La adoración surgió entre profesor y discípula. Un día los amantes huyen a Bretaña, donde nace su hijo y se casan secretamente. Para vengarse, Fulbert contrató sicarios que emascularon a Abelardo. Y, además, Ie acusó de hereje ante concilios religiosos. Por lo que este, desde sus 42 años, llevó solitariamente vida errante y de penitencias. El Epistolario entre Abelardo y Eloísa, en latín, es la constancia escrita de esta pasión. Y el mismo Abelardo la relat6 en su libro de 1136 Historia de mis desdichas, su casi prematura autobiografía.

En el siglo XVIII el poeta ingles Alexander Pope, rememorando tan tormentosos episodios, escribió la Epístola Abelardo y Eloísa, en dísticos Y de 1761 es la novela de Juan Jacobo Rousseau Julia o la nueva Eloísa. La heroína de este amor impresionó a uno y otro por haber creado una suerte de dogma romántico: todo, familia, religión, honor, lo sacrificó a Abelardo. Le amó, según se ha dicho, como los grandes santos aman a Dios. Su única obsesión fue la de estar, permanentemente, en el pensamiento de su amante: «i Haced lo  que queráis, menos olvidarme!». Seguramente, para escribir su poema, Isaacs leyó el Epistolario de Abelardo y Eloísa así como la novela de Rousseau, uno de sus autores preferidos. Aunque no debe descartarse, entre sus lecturas inglesas, la de la Epístola de Pope, a quien alguna crítica ha enaltecido como precursor del romanticismo en su país. A un amigo cercano del poeta, Adriano Páez, debemos el único comentario, de cierta extensión, de que tenemos noticia acerca de Saulo. Se publico en la revista La Patria de Bogotá el28 de abril de 1881, pocas semanas después de aparecido el poema.

Las 30 estrofas en que está dividido el Canto Primero de Saulo son entre si de irregular extensión. Y endecasílabos, en su mayoría, los versos que las integran. A veces los endecasílabos se mezclan, como es combinación corriente, con heptasílabos. EI verso de once sílabas era al parecer favorito de Isaacs. Se notara así mismo el uso del hipérbaton o transposición, figura no extraña aun al lenguaje coloquial, que se muestra invirtiendo el orden de los vocablos en la sintaxis regular. Isaacs debió pensar, como hoy permanente exaltación del poema.

Según el texto, Olga es una joven nacida en Chile. A ese país viajo Jorge Isaacs a sus 33 años como cónsul general colombiano, cargo que desempeño por tres años. Nada nos autoriza para conjeturar que la escritura de Saulo corresponde a real pasión amorosa en la vida del autor. Tampoco nada nos mueva a descartarla. ¿Vivió Isaacs la aventura de Saulo, y es este nombre hebreo mascara suya? ¿O se trata, contrariamente, de un caso de despersonalización poética, en el que el hablante del poema no coincide con la persona física, con el ser viviente que lo compuso? Si es verdad esto último o, sencillamente, es más fácil de suponer, ¿se diría que Isaacs quiso apenas satisfacer su devoción al teatro e imagino, con cierta estructura dramática e independientemente de cualquier suceso real, estos diálogos de amor desesperado? Una cabal biografía del poeta, escudriñadora, integra y sin recelos en todos sus aspectos, aclarara estas preguntas.

No sabemos cual hubiese sido la trama que Isaacs se proponía desarrollar en los varios cantos que iban a integrar a Saulo. EI que solo dio a la imprenta es poema frenéticamente amoroso, Saulo, adorador de la memoria de Eloísa (<<Mi desgracia y orgullo es comprenderte») llega a confundir a su amada con la heroína del epistolario medieval: en Olga sigue amando a Eloísa (<<Me la figuro en ti... ¿Eres ella?»). Hay así mismo en el Canto Primero meditación religiosa, exaltación de la divinidad, idealismo. La presencia del amor Ie hace olvidar su antiguo sueño de la naturaleza. Y asoma también, punzante, la conciencia del pecado en la pasión erótica: «EI infierno mi edén será contigo... ¿Podrá ser que destruya / lazos que Dios formó la ley impía?». EI amor de Eloísa ofendía mandatos divinos que también ofende, tempestuosamente, el amor de Saulo y Olga.

Pero es Saulo poema sin anécdota ni argumento preciso, lo que iba contra los principios retóricos imperantes en su tiempo. En sus enardecidas estrofas dialogan, en cambio, las ensoñaciones y los desvaríos, los recuerdos y los presentimientos. Con «ceniza en los cabellos», los años no extinguían el fuego pasional del ya entonces envejecido y entristecido poeta. Como lo puso de presente Sanín Cano, Isaacs buscó en Saulo no sólo «una expresión más breve, más concisa», sino turbinen, lo que ya representaba una anticipación del posterior y persuasivo movimiento del simbolismo, « una voluntad de producirse más bien sugiriendo que expresando las cosas con minuciosa puntualidad». Mucho debió prevalecer en Isaacs la ambición de dar forma transparente a la materia delirante y casi incoercible de su poema. A la sombra de Eloísa se juntan en los otros cuerpos, otras parejas, otros amores, otras sombras. Unas palabras de fray Luis de León, en la traducción de Cantar de cantares que tantas veces repasaría, debieron también inquietar su pensamiento: «En el ánimo enseñoreado de alguna vehemente pasión, no alcanza la lengua al corazón ni se puede decir tanto como se siente». Inquietud que tiene allí mismo una posible soluci6n: «donde parecen no tener dependencia las unas palabras de las otras... si bien se considera el sentido del afecto, la tienen muy grande y muy trabajada». EI hervor y la sensualidad junto al afán por la precisión verbal acompañaron ardorosamente la escritura de Saulo. A si, en la batalla con el lenguaje, debió parecer el poeta, en su retiro de Ibagué, como lo vio Juan de Dios Uribe, pocos años atrás, héroe romántico, al final de la batalla de Los Chancos: «Yo lo vi al otro día en la puerta de la barraca, silencioso en ese ruido de la guerra, los labios apretados, el bigote espeso, la frente alta, la melena entrecana, como el rescoldo de la hoguera, y en su rostro, bronceado por el sol de agosto y por la refriega, me parecieron sus ojos negros y chispeantes como la boca de dos fusiles».

EL TEMA DE << SAULO>>, DE ISAACS
 
Estamos en el mar Pacífico. Un buque surca rápidamente las ondas. ¿A dónde va? No lo sabemos. Dos jóvenes, dos amantes, al parecer felices, con templan desde el buque el mar, el cielo, la inmensidad. Lámanse Saulo y Olga. Han leído casi todo el día y pronto la noche los cubrirá con sus sombras. ¿Que han leído? Ese poema inmortal de amor y martirio que se llama La vida de Eloísa y Abelardo; esas cartas --tal vez apócrifas-- en que la heroína del Paracleto contaba su amor y sus penas al filósofo de Santa Genoveva; cartas que son el decálogo de los enamorados y la admiración del mundo. Esa lectura ha producido sobre Olga un efecto tan fulminante como el que cuenta Francesca de Rímini, en el poema del Dante, que produjo en ella y Paolo la historia de Lanzarote y cómo amor Lo strinse (cómo lo aprisionó el amor). Ha sentido Olga lo que sintió Graziella, a orillas del mar Tirreno, cuando Lamartine leía a la dulce niña el idilio Pablo y Virginia de Saint Pierre. Saulo es poeta, es un genio desgraciado. Como Byron y Harold ha recorrido el mundo, sin encontrar reposo, y lleva en su propio seno la víbora que lo matara. Ejerce sobre las mujeres la fascinación, casi fantástica, que ejercía Byron, y surcan su frente todas las tormentas que surcaron la frente de Manfredo. Olga, por el, olvidó sus deberes... y ha dejado a su patria. Olga ama con amor desesperado y ve en Saulo patria, familia y Dios. Saulo se ha desgarrado contra las rocas en los agrios caminos de la vida; sobre su alma ha caído lluvia de tormentas terribles, y nada puede consolarla ni llenarla, ni aun el amor de Olga.
 
La noche llega ya, y del «regazo mullido» de Olga rodó a sus pies el poema santo, las cartas de Eloísa. Entonces su amante da voz al delirio antes silencioso y ensalza a la desgraciada esposa de Abelardo al mismo tiempo que a Olga. Su imaginación es un volcán: de sus labios salen torrentes de poesía. Olga lo oye extasiada, suspirando, admirando, adorando; ya hay lagrimas en sus ojos y al fin solloza. Interrúmpelo a veces con acentos de profundo amor y ternura infinita, como los gemidos del arpa, no acallados en medio de una orquesta. Saulo sigue en su delirio de amor, con la fuerza, la velocidad, el brillo de una catarata: divaga por todas las regiones y todas las épocas; olvida a Eloísa, vuela a la tierra de Abraham y de Jacob, evoca las mujeres bíblicas. Entonces pensaríais que estabais en los países de Oriente, a orillas del Jordan, y que escuchabais el Cantar de Los cantares en boca de Salomón o de David. La poesía bíblica. La poesía de Sakountala y de los bardos persas, vibra en los ardientes labios de Saulo. Las vírgenes de Judea repiten sus acentos de amor en las líquidas llanuras del Pacífico, y Olga, vencida como Eloísa y como Dioema, cae, palpitante, ebria de ternura y de dicha, en brazos de Saulo. EI buque continua su misterioso viaje por el Pacífico. Olga reposa feliz, mientras «en el mar se contempla el firmamento». Saulo vela y medita.
 
ADRIANO PAEZ
Revista La Patria, Bogotá, abril 28 de 1881.
 

A pesar de la diferencia de edades, Jose Asunción Silva y Jorge Isaacs mantuvieron estrecha, afectuosa y larga amistad. Silva admiraba el poema de Isaacs y de ello quedó por lo menos penoso testimonio. Entre los objetos, muebles y libros de gran estimación personal que el autor de los Nocturnos puso a órdenes de los acreedores, cuando sobrevino tormentosamente su quiebra comercial, figura «un ejemplar de Saulo, pasta de cuero de Rusia con esquinas de plata, regalo de Jorge Isaacs». Lo entregó (según lista de esos libros) junto con «un ejemplar de Ismaelillo, regalo de José Martí; A rebours, de Huysmans, regalo de Stéphane Mallarme y la primera edición de Les fleurs du mal, de Charles Baudelaire».

Realizado por: Fernando Charry Lara
Poeta y ensayista.
Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, Universidad Nacional.
Profesor de Literatura Hispanoamericana, Universidad de los Andes.
Miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

 

Título: JORGE ISAACS, EL POETA


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