Diplomacia e independencia

Por:

 
 

 

 

Revista Credencial Historia

 

 

EDICIÓN 245
MAYO DE 2010

     

DIPLOMACIA E INDEPENDENCIA

Por Daniel Gutiérrez Ardila
Doctor en historia, Universidad de París I. Investigador del Centro de Estudios en Historia, Universidad Externado de Colombia.

 

Tomado de:

Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
EDICIÓN 245

MAYO DE 2010

INTRODUCCIÓN

¿Cómo nace un Estado? El caso colombiano demuestra que ni el triunfo militar, ni la adopción de leyes fundamentales propias son suficientes para que un gobierno insurgente se eleve al rango de “nación”. Para que ello suceda, resulta fundamental el reconocimiento del nuevo régimen por parte de las grandes potencias, el cual arrastra poco a poco el de los demás miembros de la comunidad internacional, incluyendo el de la antigua metrópoli. Para asegurarse de la pertinencia del enunciado anterior, basta echar un vistazo a repúblicas de reciente fundación como Abjasia u Osetia del Sur que por tener un comercio diplomático casi nulo pueden considerarse legítimamente como estados ilusorios.

Desde ese punto de vista, puede afirmarse que un país como Colombia no sólo nació en Angostura –donde fue expedida la ley fundamental decretando su creación (1819)– o en los campos de Boyacá o Carabobo –que sellaron su existencia desde el punto de vista militar–, sino también en los Estados Unidos, Francia e Inglaterra donde se decidió su ingreso a la comunidad de naciones.

LA DIPLOMACIA PROVINCIAL

La historia del nacimiento de la diplomacia en el Nuevo Reino de Granada comprende dos períodos bien definidos. El primero de ellos se extiende durante ocho años y coincide con el eclipse de la autoridad real, es decir, con el tiempo transcurrido entre 1808 (cuando los ejércitos napoleónicos invadieron la península ibérica y forzaron las abdicaciones en Bayona de Fernando VII y Carlos IV) y 1816 (cuando fue restaurada en el Virreinato la autoridad del monarca, merced a las campañas del ejército pacificador). Durante aquel interregno, la diplomacia fue provincial o constitutiva, pues tuvo por actores a la docena de estados soberanos e independientes que surgieron en el territorio del virreinato durante la crisis, y como objetivo primordial la reconstrucción de la unidad política del Nuevo Reino. Tras arduas negociaciones y algunas guerras, el proceso se hallaba bastante adelantado a la llegada de Pablo Morillo. En efecto, en 1811 los plenipotenciarios de cinco repúblicas neogranadinas dieron vida a la confederación de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, a la que muy en breve adhirieron cinco más. El Estado de Cundinamarca, que se opuso tozudamente a tomar parte en la asociación política, fue derrotado por las tropas de la Unión en diciembre de 1814 e incorporado por la fuerza en la federación. Así, a la llegada de los ejércitos del rey, el Nuevo Reino había sido, en buena medida, reconstituido por los revolucionarios y sólo permanecían por fuera de la nueva asociación política las provincias del istmo de Panamá, las de la Presidencia de Quito, Santa Marta y Riohacha.

Por lo dicho hasta aquí, se comprenderá por qué el estudio del nacimiento de la diplomacia en la Nueva Granada es, al mismo tiempo, una investigación sobre el surgimiento mismo de aquella república (y, por consiguiente, de la actual Colombia). Nuestro país es, en efecto, fruto de tratados formales contraídos por los diferentes estados provinciales constituidos durante el interregno fernandino.

LA DIPLOMACIA DEL RECONOCIMIENTO

El difícil y dilatado proceso de la diplomacia constitutiva explica, en buena medida, la tardanza con que se implementó en el Nuevo Reino una verdadera política exterior tendiente a entablar negociaciones con las potencias y a asegurar el porvenir de la Nueva Granada, independientemente del resultado de las guerras napoleónicas. Ciertamente, ¿cómo hubieran podido, los revolucionarios, presentarse ante los gabinetes europeos sin fundar primero una entidad política sólida y lo suficientemente extensa y poblada como para atraer su atención y llevarlos eventualmente a desafiar a España?

Por ello, puede afirmarse que el verdadero surgimiento en nuestro país de una diplomacia orientada propiamente a promover el ingreso de los regímenes revolucionarios al concierto de las naciones, no se produjo hasta el mes de diciembre de 1819. En dicha fecha, en la ciudad de Angostura, el Congreso de Venezuela expidió la ley fundamental que reunió bajo un mismo gobierno a las provincias de ese país y de la Nueva Granada, dando origen a la República de Colombia. El acto era a todas luces defectuoso, pues en el seno de la asamblea que lo sancionó el único territorio neogranadino debidamente representado era el del Casanare. Sin embargo, existía una gran premura en la creación de Colombia, suscitada, antes que nada, por imperativos diplomáticos. En efecto, en opinión del Libertador, la indiferencia con que Europa y los Estados Unidos habían considerado hasta entonces los nuevos estados hispanoamericanos se debía, en primerísimo lugar, a la indebida multiplicación de ellos: “Secciones, fragmentos que aunque de grande extensión no tienen ni la población, ni los medios, no podían inspirar ni interés ni seguridad a los que deseasen establecer relaciones con ellos”. Así, pues, la República de Colombia, más que como una máquina de guerra, fue concebida como una entidad política susceptible de conseguir el reconocimiento de las potencias. Con la ley fundamental, expedida por el Congreso de Venezuela a mediados de diciembre de 1819, comienza la segunda fase de la diplomacia revolucionaria en la tierra firme. La unión de la Nueva Granada y Venezuela significó, esencialmente, la creación de una “colosal república”, poblada por tres millones de habitantes, bañada por dos océanos, poseedora de rentas apreciables y encabezada por un gobierno poderoso y, por ello mismo, más digno de consideración. 

PERTRECHOS Y MERCENARIOS

Paradójicamente, los primeros ministros plenipotenciarios que remitieron las nacientes repúblicas hispanoamericanas a las cortes extranjeras, estaban reducidos a la impotencia por el desconocimiento que se hacía en ellas de su carácter. La imposibilidad en que se encontraban de llenar el principal objeto de su misión –el establecimiento de relaciones oficiales con las potencias–, los llevó a dedicarse a tres empresas poco diplomáticas: la compra de armamento y el reclutamiento de soldados, la promoción de la colonización y la creación de una opinión pública favorable que preparara el terreno a la firma de tratados de amistad y comercio. En cuanto a lo primero, cabe decir que las guerras europeas provocaron una gran escasez de armas y pertrechos y, por tanto, un incremento espectacular de su valor. Para dar una idea de dicho encarecimiento basta referir que durante el interregno el precio de los fusiles en el Caribe se multiplicó por dos. Con la derrota de Napoleón la oferta de artículos militares se hizo mucho más amplia, pero para entonces la situación de los revolucionarios de la tierra firme había empeorado de manera significativa. El gobierno de Colombia, situado en sus albores en las márgenes del Orinoco y alejado de las ciudades importantes y de los centros mineros y agrícolas, tuvo las mayores dificultades para adquirir pertrechos en razón de su iliquidez. En el primer semestre de 1820 la situación era aún crítica: más de la mitad de las tropas de la república estaban desarmadas, los pueblos indefensos y “grandes divisiones muy bien disciplinadas” inactivas por falta de fusiles. En consecuencia, el encargado de negocios de Colombia cerca de los Estados Unidos recibió la orden de realizar, con la mayor urgencia, contratos de armamento.

En lo que al reclutamiento de oficiales extranjeros se refiere, es preciso señalar que por su abundancia relativa fue el principal vector de transmisión de la táctica moderna europea de la guerra, desconocida hasta entonces en la tierra firme. Con todo, hay diferencias importantes entre la primera y la segunda fase de la independencia en lo concerniente al enganche de militares extranjeros. En efecto, durante el interregno, los mercenarios fueron enrolados en las Antillas y su número fue más bien reducido. Ya en los años colombianos, el reclutamiento se hizo preponderantemente en Inglaterra mediante promesas excesivas que no podían ser cumplidas.

EL SUEÑO VANO DE LAS COLONIAS EXTRANJERAS

Los líderes de Colombia abrigaban un decidido pesimismo con respecto a la población del país, compuesta de numerosas castas, y la consideraban poco apta para la creación de una nación democrática. En ese sentido, es importante recordar que, según el historiador José Manuel Restrepo, una de las razones por las cuales Bolívar ordenó en 1819 el reclutamiento de esclavos en Antioquia, Chocó y Popayán fue el mantenimiento del “equilibrio entre las diferentes razas de la población”. Con el fin, pues, de mitigar el impacto negativo de las castas sobre el porvenir de Colombia y de crear las condiciones necesarias para un avance rápido de la república “en el camino de la civilización”, los representantes de Colombia en el extranjero promovieron la inmigración de europeos y norteamericanos. Se esperaba que con su presencia serían colonizados los inmensos baldíos del país y se adquirirían rápidamente las tecnologías que habían de permitir la explotación racional de los recursos.

LA PROPAGANDA DE LOS ESTADOS HISPANO-AMERICANOS EN EUROPA

¿Cómo reconocer un Estado cuando se desconocen sus fuerzas, cuando se ignoran su población y sus riquezas, cuando sus instituciones y leyes son interrogantes absolutos, y cuando no se sabe muy bien el desenlace que tendrá la guerra que los revolucionarios adelantan contra la metrópoli de que pretenden segregarse? Estos interrogantes explican brevemente las dudas legítimas que las cortes extranjeras abrigaban con respecto al establecimiento de relaciones oficiales con las nuevas repúblicas hispanoamericanas y las razones por las cuales los ministros públicos de ellas debieron dedicar buena parte de sus energías a ilustrar la opinión pública de Europa y Estados Unidos. Para conseguirlo, publicaron en los principales periódicos liberales extranjeros abundantes noticias que demostraban básicamente que el desarrollo de las hostilidades les era favorable y que la causa revolucionaria no podía ser asimilada a un simple bandidaje, pues las nuevas autoridades se dotaban de instituciones modernas y sabias. Tales razones presidieron la traducción al inglés y al francés de las primeras constituciones hispanoamericanas y su publicación en forma de libros sueltos. Así mismo, explican el surgimiento de un género literario de la mayor importancia: las historias de la revolución, que no fueron otra cosa, en principio, que la articulación narrativa de documentos probatorios acerca de los triunfos de los patriotas, la bondad de su causa y la riqueza de los nuevos estados y el porvenir glorioso que les estaba reservado.

LAS ALEGORÍAS DE LA REVOLUCIÓN

Gracias al debate internacional sobre la insurrección de la América española, las nuevas repúblicas adquirieron una forma, una imagen, un nombre. Una entidad, en suma, que constituía ya, en cierta forma, un reconocimiento incipiente. Del mismo modo que la edición de historias de la revolución y de documentos relativos a los triunfos militares o a la forma de gobierno adoptada por los nuevos regímenes, la publicación en el extranjero de mapas de los estados hispanoamericanos terminó siendo una poderosa herramienta para promover la causa independentista. En efecto, el recurso cartográfico permitía resumir un proceso en extremo complejo en una imagen, e identificar una causa con un territorio. Hacer héroe fue otro de los procedimientos empleados por los diplomáticos hispanoamericanos en los años 1820 para popularizar la causa independentista en Europa y acelerar el reconocimiento oficial de los nuevos estados. Se trata de un método gráfico y narrativo muy eficaz, inspirado en la figura de la alegoría, mediante el cual una revolución y un pueblo todo se encarnaban literalmente en sus líderes. 

FILHELENISMO

En el momento mismo en que la República de Colombia trataba de consolidarse y de poner fin a la penosa guerra contra los ejércitos españoles, los griegos combatían arduamente por expulsar al invasor turco. A primera vista, ambas causas tenían en común la misma motivación y la misma fuente de legitimidad: la lucha contra un yugo extranjero. No obstante, más allá de la retórica libertaria del naciente gobierno de Bogotá, los colombianos luchaban en realidad contra connacionales con quienes compartían un pasado y unos orígenes comunes, así como la lengua, la religión y, en buena medida, las costumbres. Esta disimetría (guerra civil/guerra internacional) explica, en buena medida, la diversidad con que ambas revoluciones fueron consideradas por los gobiernos occidentales y sus habitantes.

La actitud de Chateaubriand, entonces ministro de Relaciones Exteriores de Francia, es especialmente ilustrativa al respecto: si, de un lado, su intervención en el Congreso de Verona (1822) decidió la invasión militar de España y la consecuente caída del régimen liberal (lo cual complicó bastante la situación de los rebeldes americanos), del otro, abogó por la intervención europea a favor de la emancipación griega (Note sur la Grèce, 1825).

Así, la República de Colombia debió emprender un camino tortuoso y sembrado de obstáculos para obtener el reconocimiento de las potencias. Además, con el fin de sufragar los gastos de la guerra, se vio en la obligación de contraer préstamos leoninos y enfrentó, por sí sola, el delicado problema de la provisión de sus ejércitos.

BIBLIOGRAFÍA

Germán Cavelier. Política internacional de Colombia. 4 vols. Bogotá, Universidad Externado de Colombia. Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales, 1997.

Daniel Gutiérrez Ardila. Un Nuevo Reino. Geografía política, pactismo y diplomacia durante el interregno en Nueva Granada (1808-1816). Universidad Externado de Colombia. En prensa.

Raimundo Rivas. Historia diplomática de Colombia (1810-1934). Bogotá, Imprenta Nacional, 1961.

Francisco José Urrutia. Política internacional de la Gran Colombia. Bogotá, El Gráfico, 1941.

Pedro A. Zubieta. Apuntaciones sobre las primeras misiones diplomáticas de Colombia: (primero y segundo períodos 1809-1819-1830). Bogotá: Imprenta Nacional, 1924.

 

Batalla de los Ejidos de Pasto
Batalla de los Ejidos de Pasto. Obra de José María Espinosa, Ca. 1850 Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 2515.

Mapa geográfico histórico y estadístico de Colombia
Mapa geográfico, histórico y estadístico de Colombia. Dibujo de J. Finlayson, Grabado de J. Yeager. Archivo General de la Nación-Colombia, mapoteca 4, X-68.

Reconocimiento formal de la independencia de Sur América por Estados Unidos
Reconocimiento formal de la independencia de Sur América por Estados Unidos, publicado en la Gaceta Estraordinaria (sic) de Colombia, 5 de agosto de 1822. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 2025

     
 
 

 

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