|
|
|
IMPRESION Y REPRESION DE LOS
DERECHOS DEL HOMBRE
Por: Abelardo
Forero Benavides
|
Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 47
Noviembre de 1993
|
Un día cualquiera de enero de 1794 (el historiador Raimundo Rivas habla de diciembre
1793) Antonio Nariño recibió una visita sin importancia. El capitán de la guardia de S.
E., don Cayetano Ramírez de Arellano, vino a saludarlo y conociendo sus aficiones por la
lectura le dio en préstamo una obra en tres tomos, titulada Historia de la
Revolución de 1789 y del establecimiento de una Constitución francesa, impresa en
París en 1790.
El libro se refería a
la primera etapa de la Revolución. Frente a Nariño -de vivísima inquietud intelectual-
desfilaron los históricos acontecimientos. Y de repente encuentra Antonio Nariño el
texto de la célebre Declaración de los Derechos del Hombre. Esta es la almendra de la
historia. Tiene esta declaración un carácter singular. No va dirigida solamente a los
franceses. Aspira a convertirse en el decálogo de los tiempos nuevos. Convierte a la
Revolución francesa en un fenómeno universal. Es un mensaje enviado a todos los hombres.
Todavía no sé ha oído la voz girondina: "Si se declara la guerra de los reyes en
contra de la Francia revolucionaria, nosotros declararemos la guerra de los pueblos en
contra de los reyes". Ahí están en orden, en breve síntesis, los pensamientos del
siglo filosófico. Ahí está resumida la filosofía de Rousseau, que Nariño ha leído.
Ahí está expuesta la doctrina del Contrato Social. Se establece la soberanía del
pueblo. El rey, hasta ayer, era el soberano. La corona ha pasado al pueblo. Ha aparecido
un nuevo personaje en la historia: la voluntad general.
A Nariño debió
aclarársele la mente al contacto con esas nítidas cláusulas. Son aplicables a todos los
pueblos. Son precisas, claras, rotundas. La mente del granadino captó su trascendencia.
Sin ayuda de nadie, en el silencio de su casa, comenzó a traducirlas: "Los hombres
nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales no pueden ser
fundadas sino sobre la utilidad común". Con esa sola frase, de un solo tajo cae toda
la jerarquía del antiguo régimen. El nacimiento, la sangre, no otorgan distinción. Son
iguales el noble, el burgués, el plebeyo. "El principio de la soberanía reside
esencialmente en la Nación. Ningún cuerpo, ningún individuo puede ejercer la autoridad
que no emane de ella expresamente. La ley es la expresión de la voluntad general. Todos
los ciudadanos tienen derecho a concurrir a su formación, personalmente o por medio de
sus representantes. Ella debe ser la misma para todos, sea que proteja, sea que
castigue..."
|
|
Antonio Nariño
y Alvares. Oleo de Sergio Trujillo Magnenat.
98.5 X 86.5 cm. Patronato Colombiano de Artes y Ciencias, Bogotá.
|
Un rayo de luz penetró
en el espíritu del granadino. Poseía, como ninguno de sus contemporáneos, inquietud
intelectual. Había leído desordenadamente a Rousseau y a Montesquieu. Pero ahora
encontraba las fórmulas precisas. Esa revolución de los franceses adquiría ante él
toda su trascendencia. Con esas mismas ideas se podía iniciar, en cualquier clima, en
toda sociedad, una revolución parecida. Sus amigos de la tertulia estaban inconformes.
Algunos criollos miraban mal a los "chapetones". Sería alucinante comprometerse
en una tarea: buscar la manera de que los granadinos se gobernaran a sí mismos.
¿Existiría el ambiente?... El gobierno español está sólidamente anclado en varios
siglos de tradición. La burocracia es fiel. La experiencia de los Comuneros fue dolorosa.
Nariño mismo presenció el sacrificio de Galán. Hay algunos jóvenes que piensan con
cierta audacia. Conversan, discuten, leen... ¿Pero se atreverán...? De todas maneras se
puede dar un primer paso. "Publicaré la hoja -se dice a sí mismo Nariño-,
clandestinamente entrará a circular. Arrojaré la semilla". Es el primer americano
que incorpora las ideas y los principios de la Revolución francesa en las colonias de
España, que inocula el virus revolucionario.
Sabe lo que está
haciendo. Pero no prevé la reacción de las autoridades. Tiene audacia y atrevimiento.
Pero calcula mal la trascendencia del pasado. Hasta ese momento ha sido amigo íntimo de
los virreyes, niño mimado de la sociedad, funcionario del rey, teniente de sus milicias,
alcalde de su ciudad, tesorero de la caja de diezmos. Tiene mucho que perder. Pero no
piensa en ello. Hay mucho de romántico y de aventurero en su temperamento.
La traducción no fue
leída en la tertulia. De tal manera que la bomba explosiva la tuvo Nariño sólo por
algunos días. Hasta que decidió lanzarla, tímidamente. Se fue a la imprenta de su
propiedad. Todo estaba dispuesto para que solo él apareciera responsable. No había en la
capital sino dos imprentas. Era muy fácil establecer cuál había impreso el papel. Si no
hubiera sido dueño de la imprenta, el papel posiblemente no hubiera circulado.
Todas las declaraciones
coinciden en afirmar que el papel famoso fue editado a finales de 1793 o en enero de 1794.
|
|
Prensa de
palanca primitiva, del siglo XVIII, en la cual imprimió Nariño
su traducción de los Derechos del Hombre. Museo Nacional, Bogotá.
|
El propio Nariño nos
cuenta en el interrogatorio posterior cómo le vino la idea de la traducción. Y aunque
esta versión la hace para esquivar el castigo de las autoridades y para escaparse al
implacable escrutinio del señor Mosquera y Figueroa, en ella existen algunos elementos de
verdad original: "Yo tenía una imprenta, y mantenía a mi sueldo un impresor. Vino a
mis manos un libro y vino de las manos menos sospechosas que se pueden imaginar [un
sobrino del virrey]. Fuera de esto se me dio sin reserva. Encontré en él los Derechos
del Hombre, que yo había leído esparcidos aquí y allí en infinitos libros y en los
papeles públicos de la nación. El aprecio en que aquí se tiene El Espíritu de los
mejores Diarios, en donde se encuentran a la letra los mismos pensamientos, me excitó la
idea de que no tendría mal expendio un pequeño impreso de los derechos del hombre,
trabajado por tantos sabios. Esto es hecho, tomo la pluma, traduzco los derechos, voyme a
la imprenta usando de la confianza que para imprimir sin licencia he merecido al Gobierno,
entrego delante de todos el manuscrito al impresor que lo compuso aquel mismo día. En
estos intermedios me ocurrió el pensamiento de que habiendo muchos literatos en esta
capital, que compran a cualquier precio un papel bueno, como que he visto dar una onza de
oro por el prospecto de la Enciclopedia, sacaría más ganancia del impreso, suponiéndolo
venido de fuera; y encerrado con el impresor tiro los ejemplares que me parecieron
vendibles, ciento poco más o menos, encargo al impresor el secreto que era regular para
dar el papel por venido de España, salgo con unos ejemplares de la imprenta y encuentro
al paso comprador para un ejemplar, doy otro a un sujeto y aquí paró la negociación.
Porque un amigo me advirtió luego que atendidas las delicadas circunstancias del tiempo,
este papel podía ser perjudicial. Inmediatamente, sin exigirle los fundamentos de su
aserción, no obstante de estar yo satisfecho de que todo lo que el papel contenía se ha
impreso en Madrid y corre por toda la nación, traté de recoger los dos únicos
ejemplares que andaban fuera de mi casa, y todos los otros los quemé al instante".
Ya está traducida la
Declaración, "trabajada por tantos sabios". El hecho de traducirla significa
una inclinación política previa. Debió existir una predisposición especial en su
espíritu, en sus ideas embrionarias y en su temperamento. La imagen de la libertad,
imprecisa y furtiva, debió cruzar muchas veces por sus inquietos sueños, mientras leía El
Contrato Social de Juan Jacobo y algunos artículos dispersos de los enciclopedistas.
Cuando tomaba entre sus manos El Espíritu de los mejores Diarios, anotaba
aquellos pensamientos que coincidían intelectualmente con sus tendencias. La traducción
no aparece como el comienzo de un proceso interior, sino como la ratificación de unos
conceptos que se han ido formando en las lecturas apresuradas. Literariamente simpatizaba
con el estilo romántico de La nueva Eloísa y con todas las sugestiones
atrevidas del enfermizo pensador de Ginebra. Era el personaje de su siglo, "que
vertió tantas lágrimas, antes de cortar tantas cabezas". Debió imaginar la
posibilidad de que algún día el Virreinato pudiera manejarse autónomamente y que sus
compañeros de tertulia y él mismo vistieran la casaca de los virreyes y los oidores. Y
lentamente vio ascender al trono de Carlos IV el coronado mito de la soberanía popular.
Sus ideas necesariamente se hallaban en la trémula y embrionaria etapa de la confusión.
Pero el terreno psicológico estaba abonado. Quien no hubiera leído los libros que leyó
Antonio Nariño y no hubiera tenido sus previas inclinaciones intelectuales, no podría
traducir los Derechos del Hombre, aunque cien volúmenes pasaran bajo su lámpara con el
texto famoso.
|
|
Antonio Nariño,
joven. Oleo autor anónimo. 49 X 38 cm.
Museo Nacional, Bogotá.
|
Supongamos en Nariño
otra mentalidad distinta, sin esa porosidad del espíritu, sin esa facultad de
entusiasmarse por las ideas originales, sin su diletantismo. Supongámoslo ortodoxo,
autoritario, seco, troquelado a la manera del orondo e inflexible criollo Mosquera. ¿Se
hubiera realizado el contacto eléctrico? ¿Se hubiera entusiasmado con la lectura? Los
Derechos del Hombre lo sacudieron súbitamente y lo alumbraron, porque venían a comprobar
sus antiguas y previas intuiciones. Definían en concreto, un pensamiento difuso. Existía
en Nariño un espíritu inconforme. ¿Inconforme con qué...? No se trata de un caso de
frustración personal, ni jugaron en él sentimientos de rencor hacia un sistema social
dentro del cual había sido mimado. No era un amargado, un fracasado, un angry young man.
Pertenecía, en la grande aldea, a la mejor sociedad. Los virreyes lo trataban con
solícito cariño. Lo habían respaldado en su pleito con el capítulo metropolitano. Le
habían facilitado los negocios de la quina. Había recibido los honores y la vara de
alcalde. Administraba un cargo jugoso. Sus amigos integraban el "cogollito"
santafereño. Era amigo y pariente de los Lozanos, los Ricaurtes, los Azuolas. Feliz en su
hogar, dueño de una admirable biblioteca, informado de los movimientos europeos. Poseía
brillante vajilla, casacas elegantes, amigos con los cuales dialogar. El resentimiento es
un gran motor en las sacudidas sociales. No nos parece advertir en don Antonio Nariño
ningún estigma del resentido...
Sin embargo, fue el
primero que pensó en la necesidad de un cambio, dentro del cual sus amigos de generación
fueran capaces de gobernarse por sí mismos y dirigir por sí mismos el Estado. Si los
españoles querían mantener sus colonias, debían colocar a los criollos en pie de
igualdad. ¿Forjó en su imaginación repúblicas quiméricas, después de una lectura de
Plutarco? En todo caso, la traducción de los Derechos del Hombre no es un accidente
fortuito en su vida y constituye la expresión súbita de un pensamiento retenido. No
calculó posiblemente el alcance de su gesto y la reacción de las autoridades
españolas...
Ya hay cuatro personas
en el secreto: Nariño, el impresor Espinosa, el señor Cabal, el francés Rieux.
¿Quiénes más leyeron el papel? Algunos historiadores afirman que no pasó de una media
docena el número de lectores. Eso no parece evidente. El papel circuló como un murmullo,
como un buen chisme. Don Miguel de Cabal se lo prestó a don Francisco Carrasco. Don
Faustino de Flórez lo vio y leyó en una letra bastardilla y en un papel de marca como de
estreza, sin lugar de la impresión. El motivo que tuvo para leer esta impresión, fue
porque "un día lo llevaba don Luis Rieux, de nacionalidad francesa, a quien se lo
pidió para leerlo y después se lo devolvió". Don José Vicente de Huertas lo leyó
en casa de Faustino de Flórez. El doctor Manuel Revollo se lo pidió, diciéndole que
sacaría dos copias, la una para él, la otra para Huertas. Y el papel debió ser el tema
de las tertulias.
Por los caminos de la
noche, llegó el misterioso papel al Socorro, en donde la mayoría de los habitantes
tenían vivo el recuerdo de la rebelión de los Comuneros. Algunos de los párrocos lo
leyeron y no se alarmaron. Ya había llegado la noticia de que el rey había sido
guillotinado. Unos se persignaban ante tantos horrores. Los otros simpatizaban
discretamente. Tenían la intuición de que esa revolución, que parecía cosa del
demonio, iba a alterar todas las cosas y a sacudir la paz colonial, para bien o para mal.
Y en Santafé se propaló otro rumor: el papel no vino de España, sino que fue impreso en
la imprenta de don Antonio Nariño. En la misma máquina rudimentaria de la que salían
las novenas y las vidas de los santos, se habían dispuesto los tipos castellanos con los
17 artículos. El rumor era insistente y peligroso. Podía llegar en cualquier momento a
los oídos de las autoridades. El tesorero de diezmos y amigo del virrey, interesado en
difundir en la grey apacible un documento anticristiano y subversivo, en el que se habla
de la libertad de la conciencia. ¡Qué escándalo!
|
|
Antonio Nariño.
Pintura francesa del siglo XVIII.
67 X 50.5 cm. Museo Nacional, Bogotá.
|
Don Ignacio de Tejada
se acercó cauteloso a Nariño y le hizo la advertencia. Se está diciendo que en su
imprenta dio a luz un papel ateo, que desconoce la autoridad de los reyes. Nariño se
alarmó. Dispuso recoger la edición... Cinco o seis ejemplares. En el primero que pensó
fue en Miguel Cabal, quien a su vez lo había prestado a Francisco Carrasco. Y Carrasco,
como buen monarquista español, no estaba de acuerdo con las ideas abominables. Nariño le
escribió a don Miguel solicitándole la copia que le había vendido. Era necesario que
cuanto antes le devolviera el papelillo. Don Miguel no lo tenía. Se dirigió a Carrasco
para que lo devolviera. Y le dio el fatal argumento: "¿Lo pide don Antonio
Nariño?"
¿Qué otro ejemplar
existe? El obsequiado al francés Rieux. Nariño exigió a Rieux que quemara su copia. Era
necesario que no quedara huella de la traducción. Cuando entraran a estudiar el caso, si
lo estudiaban, las autoridades españolas, habría desaparecido el cuerpo del delito...
Nariño se calmó. El
virrey Ezpeleta estaba confiado en la lealtad de los súbditos. Su esposa, doña María de
la Paz Enrile, contribuía con su gracia y su belleza a darle esplendor al Virreinato. Las
sesenta familias de granadinos distinguidos habían concurrido a manifestar su regocijo a
los virreyes, con motivo del nacimiento de su hija, doña María de la Concepción. Todo
parecía justificar el optimismo del virrey, que con suavidad distanciadora, gobernaba a
los granadinos.
|