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La reorganización del cuerpo de policía de Bogotá, emprendida a finales
del siglo pasado poZ Juan María Marcelino Gilibert, fue fundamental en
la configuración de un aparato policial moderno, debido a la
introducción de nuevas prácticas de vigilancia y disciplina social.
Gilibert nació en Fustinag, departamento francés de Haute Garonne, el 24
de febrero de 1839. A los 22 años ingresó a la carrera militar, en la
que alcanzó el grado de sargento mayor de la clase. Estuvo en campaña en
Africa, atravesó el desierto del Sahara y fue distinguido por exponer su
vida para salvar a varios compañeros que se encontraban afectados por
una epidemia de cólera. En 1870, participó en la guerra franco-prusiana
y fue herido en las batallas de Reichshoffen, Sedán y Orleans.
Posteriormente cayó prisionero en tres ocasiones, pero en todas escapó
de los enemigos. Al terminar la guerra, fue condecorado con la medalla
militar y volvió con su regimiento a Constantinopla, donde fue designado
comisario especial de 5a. clase de la Policía francesa. Ascendió
gradualmente hasta alcanzar el grado de comisario 1o., en la ciudad de
Lille.
Allí prestaba sus servicios cuando el Ministerio del Interior de
Francia, a solicitud del encargado de negocios de Colombia, Gonzalo
Mallarino, lo selecciona por sus méritos y conocimiento de castellano
para viajar a Colombia a reorganizar la Policía de Bogotá. Gilibert
llegó a finales de 1891 y el 1o. de enero de 1892, con un desfile al que
asistieron el presidente Carlos Holguín y sus ministros, puso al
servicio el cuerpo de policía de la ciudad, compuesto por 450 agentes
seleccionados por saber leer, escribir y contar, no haber tenido condena
judicial, gozar de buena complexión física, sin ningún vicio o defecto,
y por "poseer maneras cultas y carácter firme y suave".
Bogotá, que entonces contaba con mil veinte cuadras y unos 120.000
habitantes, fue dividida en seis circunscripciones de policía, en cuyos
centros territoriales operaban las comisarías, cada una de ellas a cargo
de 60 agentes y de cuatro comisarios distribuidos en subdivisiones.
Complementaban el equipo la División Central y la División de Seguridad,
ésta última encargada de dos actividades de "supervigilancia": la
especializada y la de costumbres, lo que muestra que la concepción de
seguridad abarcaba ámbitos no exclusivamente políticos o delictuosos,
sino también morales; los primeros incluían, por supuesto, el
descubrimiento de los planes de los enemigos del gobierno, la captura de
autores de ciertos robos y la ubicación del paradero de prófugos
condenados; y los segundos, al "servicio" de "vigilar la conducta de las
prostitutas para evitar los escándalos y morigerar las costumbres de
estas mujeres". Las dos últimas Divisiones y la Dirección General de la
Policía se ubicaron en un edificio contratado por la municipalidad, el
Hotel Universo, situado en la parte sur de la antigua Plaza de Mercado,
calle 10 entre carreras 10 y 11.
Aparte de la labor de prevención de delitos, Gilibert asignó a los
agentes diversas funciones: evitar que los carruajes rodaran a gran
velocidad, encender los faroles de petróleo que alumbraban la ciudad,
apagar los incendios, prestar atención al aseo de las calles, anunciar
con silbatos las horas de la noche, recoger a los vagos y niños
desamparados y vigilar el funcionamiento de las pesas y medidas. Además,
el Reglamento de Policía, elaborado por Gilibert, aconsejaba diferentes
comportamientos para situaciones especiales como el intento de suicidio
o la demencia: "Si se tratare de un suicidio y quedare alguna duda
acerca de la muerte cortará la soga y hará trasladar el cuerpo a una
cama, sin sacudimiento alguno, aflojará los vestidos, proporcionará aire
y hará tragar a la víctima un poco de agua con vinagre. Frente a un
orate pacífico, el agente deberá de hablarle con dulzura y en el sentido
mismo de su locura, pero tratándose de un loco armado deberá apoderarse
de él y envolverlo en mantas para quitarle la libertad de los
movimientos..." "Los agentes también fueron adiestrados para llevar el
registro y la estadística de las operaciones diarias, de los delitos,
las contravenciones, las quejas, las personas sospechosas y los
documentos perdidos, y para que levantaran censos de las casas de juego,
de prostitución, de préstamos y del movimiento de transeúntes de los
hoteles.
La reorganización contempló una rígida disciplina y la imposición del
control social. Se ordenaron, entre otras prohibiciones, las de aceptar
remuneraciones de particulares, charlar en las calles con "mujeres
públicas", silbar, cantar y fumar en las horas de trabajo; debían "ser
siempre benévolos, enérgicos, débiles nunca" y procurar "convencer
primero por medio de la persuasión y no reprimir sino después"; evitar
"todo acto agresivo, toda palabra grosera o injuriosa para todos los
individuos detenidos". El cumplimiento de las normas fue celosamente
vigilado por Gilibert. Comentaba la prensa que prácticamente vivía en su
despacho, que jamás asistía a espectáculos recreativos y que a cualquier
hora del día o de la noche visitaba las comisarías de los barrios para
observar cómo se respetaba el Reglamento o sus órdenes del día. De su
severidad da buena cuenta la destitución de dos agentes que dieron
declaraciones a la prensa antes que a sus superiores, afirmando haber
visto un fantasma en la Calle 14, al lado del Colegio del Rosario, en
varias noches de abril de 1892.
El contrato de Gilibert venció en agosto de 1892. Pero continuó
desempeñándose como instructor de la Policía Nacional. Fue llamado
nuevamente a ocupar la dirección de la Policía para enfrentar los
violentos disturbios que vivió Bogotá entre el 15 y el 17 de enero de
1893, en los que hubo numerosos heridos y más de 50 muertos. La policía
fue uno de los blancos de la turba: escuchó repetidos abajos; cuatro de
las seis comisarías cayeron en poder de los amotinados; el cuartel
general resistió el asalto de la multitud debido a las descargas de
fuego disparadas desde los balcones; un agente resultó muerto y otros
heridos; y el ejército tuvo que hacerse cargo del restablecimiento del
orden. La inusitada furia popular expresaba el rechazo a que los
policías controlaran las horas de expendio de chicha, a que disolvieran
los corrillos callejeros y a que obligaran a los peatones a caminar por
la acera derecha. Era también resultado del cobro de multas, del rechazo
a la recolección de "chinos" de la calle para llevarlos a trabajar
(marcados con tinta roja) a las haciendas cafeteras y de los enemigos de
la Regeneración que veían en la Policía un nuevo instrumento de
represión política.
En abril de 1894, Gilibert y la División de Seguridad lograron
desmantelar una conspiración de artesanos para apresar al vicepresidente
Caro y sus ministros por medio de "secciones" guerrilleras que obrarían
a un mismo tiempo; éxito policial que se debió a informaciones
recolectadas en las chicherías y a que pudieron infiltrar al movimiento
artesanal comprando por 200 pesos a uno de los complotados. En enero de
1895 frustró una nueva conjuración en Bogotá, lo que no evitó el
estallido de la guerra Civil debido a que a la misma hora de la
ejecución del complot se habían acordado levantamientos liberales de
respaldo en varios departamentos del país.
Gilibert presentó renuncia irrevocable a mediados de 1898, a raíz de un
robo a una joyería bogotana. En su carta dimitoria manifestaba que le
era imposible controlar "la enorme cantidad de ladrones" con el escaso
cuerpo de agentes a su disposición, y las comisiones que debían atender
tanto en la ciudad como fuera de ella. Durante el gobierno del general
Rafael Reyes, volvió a aceptar la dirección y siguió asesorando a la
Policía hasta su muerte, ocurrida en Bogotá el 11 de septiembre de 1923.
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LA FUNDACION
El 23 de octubre de 1890, Carlos Holguín, presidente encargado,
sanciona la ley 23 para organizar un cuerpo de Policía en Bogotá,
con posibilidad de ampliarlo al nivel nacional. Contempla la
contratación en el exterior de una o más personas competentes para
la dirección de la nueva institución. El 13 de agosto de 1891, en
París, se suscribe el contrato entre Gonzalo Mallarino, encargado de
Negocios de Colombia, y M. Constans, ministro del Interior, para el
envío a Colombia de Marcelino Gilibert, a fin de organizar la
Policía de Bogotá, por el término de un año y con sueldo mensual de
1650 francos. El 5 de noviembre de 1891, por decreto 1000, se crea
la Policía Nacional. Gilibert es nombrado primer director, y su
reglamento es aprobado el 12 de diciembre.
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