Tomás Carrasquilla y José Asunción Silva, en la quiebra: paralelos y coincidencias

Por: Jaramillo Agudelo, Darío, 1947-



 

TOMAS CARRASQUILLA Y JOSE ASUNCION SILVA, EN LA QUIEBRA.

Tomás Carrasquilla. Oleo de Ricardo Gómez Campuzano, 1942. 66x52 cm. Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá.
Paralelos y coincidencias
José Asunciön Silva. Dibujo de Ricardo Acevedo Bernal.
Acaso las efemérides suscitan la tentación de hacer paralelos que otras circunstancias convertirían en arbitrarios y traídos de los cabellos. En apariencia no tienen mucho en común Tomás Carrasquilla (1858-1942) y José Asunción Silva (1864-1896), pero la cercanía entre el suicidio del poeta y la primera edición de la primera novela del narrador y por lo tanto de sus respectivoscentenarios permite mostrar inesperadas identidades, aún más, inesperadas diferencias, la coincidencia en una desgracia que les ocurrió a ambos, la ruina económica, la reacción de uno y de otro y, aún, vidas paralelas que se juntan en un punto, la certeza que se conocieron personalmente.

 

José Asunciön Silva. Plumilla de Sergio Trujillo Magnenat. Sección Raros y Curiosos. Biblioteca Nacional de Colombia.
Tomás Carrasquilla. Caricatura de Ricardo Rendön Bravo. «Panida», Nº 2, febrero 18 de 1915. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.

 

 

El refinamiento en todos los aspectos de la vida: tal fue la característica de la familia de Silva que el poeta interiorizó hasta convertirlo en un estado del alma. En particular, todos los testigos destacan su elegancia para vestirse. Daniel Arias Argáez hace un retrato de José Asunción a sus doce años "vestido de terciopelo traído de Europa y cortado sobre medidas, sus guantes de cabritilla siempre calzados, sus zapatillas de charol, sus flotantes corbatas de raso, su reloj de plata, pendiente de bellísima leontina de oro, y sobretodo (detalle único entre los niños de esos tiempos) su cartera de marfil en la cual guardaba tarjetas de visita litografiadas". Esto era a sus doce años.

Carrasquilla conoció un Silva de 31 años y se deleita burlándose de él en una carta a su amigo Rendón: "Es un mozo muy bonito, con bomba de para arriba como el doctorcito Jaramillo, y muy crespo y muy barbón... ¡Pero no te puedes suponer una bonitura más fea y más extravagante! Es muy culto y muy amable; pero con una cultura tan amambicada y una amabilidad tan hostigosa, que se puede envolver en el dedo, como cuenta Goyo del dulce de duraznos de Santa Rosa. Modula la voz como una dama presumida y, sin embargo, no tiene nada adamado. Anda como un huracán, pero con mucho compás. Da la mano pegándola al pecho, encocando cuatro dedos y parando el índice, de tal modo que uno tiene que tomársela por allá muy arriba. En fin: es un prójimo tan supuesto y afectado, que causa risa e incomodidad al mismo tiempo; y a vuelta de todas, es muy ilustrado y parece muy inteligente". Años después, en 1915, Carrasquilla llamará a Silva "el segundo lírico de la lengua castellana". Y, claro, si bien hace chiste de los modos de Silva, el mismo Carrasquilla no se quedaba atrás.

Entre sus 13 y sus 18, Carrasquilla estudió en Medellín. Venía de Santo Domingo y por su compañero de clases Antonio José Restrepo nos enteramos de una, dije que inesperada, semejanza con Silva: "para 1876 era Tomás Carrasquilla en la Universidad de Antioquia lo que ahora llaman en esta Bogotá un filipichín, que vale por petimetre y demás voces aplicables al que se acicala demasiado y cuida más de su persona e indumentaria que de sus libros o tareas o negocios".

Cuando estalla la guerra civil de 1876, en lugar de enlistarse, "Carrasquilla y su paisano (Francisco de Paula Rendón), repletos los baúles de corbatas y cachivaches de su exclusivo uso personal, dieron el chapuzón en su pueblo y siguieron... entonando hacia la última moda y los mejores estilos, el gusto y las costumbres de sus coterráneos".

 

Tomás Carrasquilla, ca. 1940.
 

 

Tomás Carrasquilla. Fotografía de Gonzalo Escovar, ca. 1897. Colección J.J. Herrera. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.

 

Según los convencionalismos de una sociología de bolsillo, cabría suponer que Carrasquilla, como el antioqueño típico, fuera un individuo diligente, trabajador y con mentalidad empresarial. Y que el aristócrata bogotano estuviera ausente del mundo material, sin incidencias de índole económica ni interés en iniciativas industriales. Pero ni Carrasquilla ni Silva corresponden al arquetipo y se diferencian uno de otro, pero no exactamente como correspondería a su origen.

Desde su primera carta conocida, cuando Silva tenía 18 años, el poeta habla de negocios. En ella le solicita a don Jorge Holguín que le sirva de fiador por un préstamo de $4.000. Se sabe que su padre le habilitó la edad y que la empresa familiar se denominada R. Silva e hijo, cuando el hijo tenía escasos 20 años.

Después de su primera quiebra, como diplomático en Venezuela, Silva le escribía Luis Durán Umaña: "Quedan montones, pero montones de negocios por explotar... Como te lo supondrás yo me he pasado el tiempo tomando datos, inquiriendo aquí, preguntando allá". El asunto, es una complicada operación con giros de plata y oro entre Venezuela y Colombia, que en lugar de ser una "colosal" especulación financiera, no pasaba de ser una mera especulación metafísica de nuestro poeta.

 

José Asunción Silva y el médico Antonio Vargas Vega en San Victorino. Fotografía de Rafael Borrero Vega, mayo 11 de 1896. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.

 

A su regreso de Venezuela, Silva quiso montar una fábrica de baldosas, proyecto que fue su fracaso final. Se conoce la solicitud de privilegio que Silva, 10 meses antes de su suicidio, dirigió al Ministro de Hacienda para «fabricar, usar y vender piedra coloreada, mármol artificial y granito artificial, fabricados por un procedimiento de mi invención».

Carrasquilla era rico. Suficientemente rico como para no hacer nada. «Carrasquilla dice Ñito Restrepo era rentista, vivía, deambulaba y noctambulaba a la sombra del lar paterno, enriquecido por el laboreo de unas minas de que su familia era dueña». En su autobiografía inicia el párrafo dedicado a confesar su pasión por la lectura así. «La indolencia, pereza y algo más de los pecados capitales, a quienes siempre he rendido ardiente culto...».

 

Portada de la primera edición de «La marquesa de Yolombó», de Tomás Carrasquilla. A.J. Cano, 1928. Biblioteca Pública Piloto, Medellín.
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Tomás Carrasquilla. Oleo de Ignacio Gómez Jaramillo, 1934 . 90 cm x 70 cm. Colección Banco de la República, Bogotá.

 

Al contrario del poeta habilitado judicialmente de edad, a sus 37 años, Carrasquilla todavía vive con sus padres en su nativa Santodomingo. Y depende de ellos económicamente, como hijo de familia. En 1895 viaja a Bogotá pare editar «Frutos de mi tierra» y existe una carta dirigida a sus padres y hablándoles de dinero. Cuánto le costaron las mulas, el hotel, cuánto ha gastado, no podría faltar la ropa que compró: «los 'adornitos' y perfiles que he tenido que comprar para adobarme y ponerme en punto de señor medio regular, me han salido como en $70, sin contar los dos pares de botines que no he pagado todavía; y se me subió mucho la cosa porque tuve que comprar sombreros, pues los dos que traje son aquí de la pelea pasada».

En la misma carta le relata a sus padres que la edición del libro le costará $850 y especifica en cuáles fechas deberá pagarlos: «para entonces necesito, pues, esos 'riales'. Vayan viendo cómo y de qué modo se remiten o giran. Tal es la situación económica de Tomasito".

En una carta de abril de 1898, Carrasquilla tiene 40 años, fechada en Santodomingo, ratifica su adicción al dulce farniente y su actitud ante el dinero: «Yo, a la vez que muy flojo y perezoso para todo lo que sea trabajar, no tengo los estímulos que a otros empujan … No ambiciono tampoco, ni lo necesito, el lucro pecuniario: para lo que soy, para lo que quiero, para lo que he menester, tengo de sobra con mi modesto capital».

 

Libro
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Encabezamiento del Libro Diario del establecimiento comercial de José Asunción Silva, con su firma autógrafa. Bogotá, octubre 31 de 1891. Colección particular, Bogotá.

 

Silva heredó unos negocios en crisis y no pudo salvarlos. O no supo, según lo cuenta Fernando Vallejo. Un almacén de artículos importados, difíciles de vender en los tiempos que corrían, deudas crecientes y una mentalidad de millonario incompatible con la situación que afrontaba: «considere ahora el lector, guiado por mi sabia mano, escribe la ciertamente sabia mano de Vallejo, si un hombre a quien le entraban en junio de 1892, por ejemplo, $428 con 40 centavos por ventas de su almacén, su única fuente de ingresos, y tenía en eso mismo mes, por gastos del almacén $239 con 20 centavos, y por gastos de su casa $530 también con 20 centavos, si ese hombre podía en buena lógica pagar alguna deuda. Y no les estoy poniendo el mes peor en ventas, que es abril de 1893 en que vendió $100, ni el peor en gastos, que es noviembre de ese mismo año y con el cual se cierra el Diario, en el que se le van por los desaguaderos de su casa $1.965 con 20, pues fue cuando le dio por ampliar Chantilly (su quinta de recreo). Claro que en este último mes de Diario él no tuvo gastos de almacén. Porque ya no tenía almacén».

Silva arruinado, tratando de hacer negocios, escribiéndole a los prestamistas, pero sin disminuir ni un ápice su ritmo de vida. Por ejemplo, quebrado pero gastándose una pequeña fortuna en su quinta de recreo. Tomás Rueda Vargas lo retrata así: «amigo del lujo, catador finísimo, experto instintivo en todo lo excelente, su naturaleza no pudo avenirse jamás con la pobreza... No sentía él cómo pueden escribirse en un cuarto pobremente amoblado, para imprimirlos luego en mal papel de un diario político, versos que soñaba editados en el pasaje Choiseul por Alphonse Lemerre, o para leerlos a un corto grupo de amigos comprensivos y bien vestidos de sobremesa de un banquete, en su biblioteca donde no faltaría un solo detalle marcado honda y discretamente con el sello de su personalidad; o después de un almuerzo en el parque de su residencia de campo, un parque con prados de ese verde profundo que sólo dan los siglos; con sombras de cedros y nogales que se suponen plantados por remotos bisabuelos; con humedades emanadas de los rincones que no tocan jamás el sol. Un parque... cuyos límites no se adivinen con precisión; una mansión cuya despensa estuviera muy lejos de la biblioteca y del salón a donde el menudo detalle de la vida diaria llegara amortiguado por el respeto ceremonioso del señor intendente».

Tomás Carrasquilla.
Detalle del mural de Pedro Nel Gómez.
Biblioteca Pública Piloto, Medellín
En 1904 cambia la fortuna de Tomás Carrasquilla con la quiebra de un banco. He aquí su testimonio, reflejo de su actitud: «Has de saber, para que te pongas bien triste, que los señores banqueros y otro ejemplar de probidad de esta tierra gigante, tuvieron a bien dejarme a la luna de Valencia... Ya con la crísis se me había menoscabado bastante la suma, y los remanentes los puse íntegros en depósito, dizque porque me iba a echar la calaverada de irme para Barcelona 'a buscar la vida y con quién casarme'. Cinco meses dejé los intereses sin sacar un cuadrante, dizque para que me rindiera hartísimo. ¡Ya ves la Barcelona en lo que paró! A la fecha me queda media casa en Medellín, que nada me produce, porque en ella vive mi familiar, y unas acciones en una mina, que me dan una bicoca. En fin: ¡que esto es la pura inopia! Te encarezco que te entristezcas tú por mí, porque nada se me ha dado del fracaso. No voy yo a perder mi encantadora indolencia, por unos tristes billetes".

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Título: Tomás Carrasquilla y José Asunción Silva, en la quiebra: paralelos y coincidencias


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