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Actores sociales y
democracia en Colombia
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Un modelo para armar.
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Mauricio Archila Neira
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Licenciado en
Filosofía y Letras (especialidad Historia)
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y Magister en
Economía, Universidad Javeriana, Bogotá.
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Doctor en Historia de
América Látina, SUNY, Stony Brook.
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Profesor Asociaso,
Departamento de Historia, Universidad Nacional de Colombia
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Camino del triunfo
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Caricatura de Pepe Gómez.
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«Fantoches» enero 18 de
1930.
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En el decenio de los veinte el cronista
Luis Tejada, cuyos cien años de nacimiento celebramos ahora, describía el desgarrador
panorama social del país así: "...En nuestras fábricas, talleres y empresas de
toda clase, el trabajador no goza ni de las más ínfimas garantías humanitarias ni
siquiera de esas elementales condiciones higiénicas que deberían existir, no como
concesiones en el contrato del trabajo, sino como medidas generales de salud pública
[...] Un estado social análogo al nuestro no se encuentra ya fácilmente dentro de los
límites del mundo civilizado [...] y es probable que en ningún lugar de la tierra se
pueda encontrar hoy un tipo de hombre esclavizado y subyugado en la forma en que lo es
actualmente nuestro proletario campesino..."
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El escritor apuntaba a un problema real
del país a comienzos de siglo, no sin cierta dosis de exageración literaria: la ausencia
de un marco institucional que protegiera al trabajador urbano o rural y regulara el
conflicto social que su injusta condición provocaba. Tejada no vivió lo suficiente para
ver los cambios ocurridos en el país a propósito de sus denuncias, cambios descritos con
elocuencia por los tres ensayos incluidos en esta edición de Credencial Historia.
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A lo largo de este siglo han proliferado
las organizaciones populares en el campo y la ciudad, pero no siempre con la permanencia,
cohesión y cobertura deseada. El panorama organizacional colombiano es rico en
experiencias, unas impulsadas desde arriba y otras surgidas por la iniciativa de los de
abajo. El sector laboral es tal vez el que más incidencia ha tenido en los grandes giros
de nuestra historia, pero su papel deja qué desear. No ha sido invitado de piedra, pero
tampoco ha logrado imprimir un sello propio a los acontecimientos en los cuales ha
participado activamente. Hoy su destino, como en general el de las organizaciones
populares, es incierto. Más allá del mundo laboral, el más institucionalizado en la
historia nacional, innumerables colombianos y colombianas acuden crecientemente a las
diversas formas de protesta, pues no parecen contar con otro medio de expresión. Sus
reivindicaciones abarcan una amplia gama que cubre desde la exigencia de acceso a bienes y
servicios básicos para garantizar una existencia digna, hasta la defensa de la vida y los
derechos humanos, pasando por la demanda de participación en la gestión pública y de
control efectivo de los funcionarios estatales. Ni las promesas de la descentralización
de los años ochenta ni la nueva Constitución de 1991 han logrado resolver los problemas
acuciantes para una mayoría de nacionales.
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De los años veinte para acá, sin duda
ha habido cambios que, sin embargo, no han modificado el denunciado desequilibrio social.
El país se ha modernizado, es cierto, pero a medias. La sociedad colombiana se ha
secularizado; las conciencias ya no se manejan desde los púlpitos, pero surgen nuevos
poderes que manipulan a su antojo la opinión pública. Hay mayor alfabetismo y más
población calificada, pero ésta no siempre encuentra el empleo apropiado. Tal vez hoy
pocos jornaleros vayan descalzos a recoger la cosecha y muchos hogares reciban la señal
de televisión, pero esta situación dista de ser satisfactoria en términos de
necesidades básicas. La línea de pobreza absoluta, lejos de disminuir, aumenta en
tiempos recientes.
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Es cierto que en un siglo Colombia ha
construido una notoria legislación sobre el mundo del trabajo; al fin y al cabo somos un
país de leyes que poco se cumplen. Hay disposiciones legales que regulan los
contratos de trabajo y los conflictos, pero los primeros no cubren el amplio sector
informal y los segundos siguen siendo vistos como algo "exótico" a nuestra
realidad. El Estado, precariamente construido a partir de alianzas regionales, no hace
presencia efectiva en todo el territorio nacional. Y en las partes en que lo hace no
realiza una acción coherente y duradera que redunde en profundas reformas sociales. Los
partidos políticos de derecha e izquierda están enfrascados en una lucha por mantenerse
en el poder o por tomárselo. Así se modernicen formalmente, siguen descuidando su
función principal que es mediar entre las demandas sociales y el Estado.
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El panorama nacional se ensombrece con la
persistencia de la violencia. Ella dejó de ser el arma de confrontación partidista o
incluso de reivindicación social para convertirse en un instrumento degradado para
resolver, o mejor agravar, los conflictos de todo tipo. En ese fuego cruzado que no
distingue entre pobres y ricos, hombres y mujeres, niños y ancianos, han muerto valiosas
generaciones de colombianos. Las secuelas de esa violencia fragmentada impactan, por
supuesto, a las organizaciones populares. Muchas vidas de líderes han sido segadas, sus
familias rotas y las comunidades que se han logrado salvar de la orgía de violencia huyen
a los centros urbanos cercanos, para descubrir que tampoco allí existe la anhelada paz.
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Los actores sociales también han
cambiado en este siglo. Ya no se observa la sumisión denunciada por Tejada, pero los
actores sociales siguen siendo débiles. No es la ausencia de organizaciones fuertes y de
gran cobertura lo único que los aqueja. La exclusión social y política que han sufrido
en el pasado los hace más propensos a la confrontación cerrada que a la construcción de
propuestas para la negociación. En ello ha sido dramática la crisis de pensamiento que
guíe su actividad más allá de objetivos inmediatos, para no redundar en el nocivo
impacto de la violencia física en sus filas. Como si fuera poco, sus protestas muchas
veces son instrumentalizadas por los actores armados o son crudamente reprimidas por el
Estado. Por donde se le mire la acción social colectiva termina siendo criminalizada.
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A pesar de estas adversidades, los
actores sociales siguen luchando en los marcos que les es permitido y se preocupan por
establecer alianzas con quien pueda contribuir a mejorar su condición. Las mismas élites
políticas y económicas han captado la gravedad del momento y han aceptado, a veces sólo
de palabra, la necesidad de un nuevo pacto social. Ese fue el espíritu de la
Constitución del 91, que aún está por hacerse realidad.
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La lección que extraemos de esta
historia se puede resumir en una breve frase: la democracia colombiana está por
construirse. Para adelantar esta ardua tarea se requiere un Estado que además de
controlar efectivamente el territorio, construya consenso; unos partidos políticos que
representen realmente a sus electores; y, no menos importante, unos actores sociales
fuertes con suficiente imaginación política para proponer transformaciones no ya
maximalistas, sino pequeñas, pero más duraderas. Todo ello debe redundar en la creación
de amplios escenarios públicos que permitan no sólo la expresión de las demandas sino
la resolución civilizada de los conflictos. Es lo que algunos analistas consideran una
sana repolitización de la vida cotidiana. Así se hará posible el sueño que Tejeda
tenía poco antes de su muerte: "Creo que mis hijos verán y gozarán un sol más
justo y una tierra más benévola, en que su vida pobre y maldita ha sido redimida para
siempre". Sólo que ahora ese sueño podrá ser realidad no por obra de un gran
salvador como lo imaginó el escritor, sino como fruto de la actividad de muchos hombres y
mujeres cuyas historias se describen en las siguientes páginas.
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BIBLIOGRAFÍA BÁSICA
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identidad obrera: Colombia 1910-1945. Bogotá: Cinep, 1991
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