|
|
|
|
|
Frente
Nacional: Roberto Urdaneta, Alberto LLeras,
Alfonso López Michelsen, Guillermo León Valencia,
Francisco José Chaux, Antonio Rocha, Eduardo Santos.
Foto de Luis Gaitán (Lunga).
|
|
|
|
La fórmula
militar de gobierno (1953-1958), utilizada por las élites de los partidos tradicionales
para superar la ingobernabilidad del país expresada en la violencia política de los
años 40 y 50, produjo, aunque con alta dosis de dramatismo, el Frente Nacional. Una serie
de pactos anteriores al plebiscito de diciembre de 1957, y reformas posteriores
constituyeron la legitimación constitucional de los dos partidos tradicionales como los
únicos para gobernar alternativamente el país entre 1958 y 1974.
En sus orígenes, el Frente
Nacional no cubrió la totalidad de ambos partidos. Sólo los lleristas en el liberalismo
y los laureanistas en el conservatismo fueron los socios. Las demás fracciones,
históricas por demás, no harían parte del acuerdo. Podrían hacerlo en la medida en que
electoralmente fueran desplazando a las originarias. Así sucedió cuando el
ospino-alzamiento derrotó al laureanismo en las elecciones de 1960, convirtiéndose hasta
el final en socio mayor del liberalismo frentenacionalista. Tomarse el partido liberal y
llevar la vocería dentro de la coalición eran las aspiraciones del Movimiento
Revolucionario Liberal, MRL.
El Frente Nacional activó
la vida política del país, pero por exclusión. Al ser una negociación entre unos
liberales y unos conservadores que pretendían gobernar solos, los excluidos, curtidos
políticos formados a lo largo del siglo, no se dejaron arrinconar y respondieron
reanimando la política nacional con elevado instinto de conservación. La oposición fue
proscrita. Incluso la conciliadora (o legal) que no iba más allá de reponer
rectificaciones al nuevo sistema político. Más que excluyentes, los distintos gobiernos
del Frente Nacional mostraron una concepción estrecha e individual en el manejo del
poder. No se trató de la conversación del bipartidismo en unipartidismo, simplemente la
habilidad de los coligados por sacar los mejores frutos del pacto, extirpó las
alternativas disidentes que se oponían a la imposición del modelo liberal de desarrollo.
El reconocimiento de la
oposición se dio tan solo en dejar actuar a sus voceros elegidos en los cuerpos
legislativos, pero no en las demás instituciones del Estado. En vez de ampliar el
espectro del sistema de partidos, los frentenacionalistas optaron, más que por la
realización, por la absorción de los programas de los movimientos de oposición. Se
desaprovechó la conformación de un sistema de partidos diversificado que habría servido
para jalonar el desarrollo político del país. Existían para ello todas las condiciones.
En 1965, por ejemplo, movilizaban sus ideas dos sectores bastante diferenciados del
Movimiento Revolucionario Liberal MRL: la línea blanda que regresaba al liberalismo y la
línea dura que propugnaba por convertirse en partido independiente; la Alianza Nacional
Popular, ANAPO, que aunque ganaba elecciones interviniendo incluso como agrupación
bipartidista, no se le reconocían sus derechos; el Movimiento Democrático Nacional, MDN,
que condensaba los ímpetus nacionalistas de toda procedencia; la Democracia Cristiana,
salida del conservatismo para promover de manera independiente las tesis de los partidos
demócrata-cristianos europeos y latinoamericanos; el Frente Unido, un intento de unir la
izquierda nacional radical; el Partido Comunista; dos organizaciones guerrilleras: el
Ejército de Liberación Nacional, ELN, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia,
FARC, entre otros.
Más que el conservatismo,
el proyecto frentenacionalista favoreció al liberalismo. Aspirando a culminar el
frustrado proceso de los años treinta, sus mentores del lado liberal impusieron al
adversario el discurso de los nuevos tiempo. Los conservadores empezaron a imitarlo como
su única posibilidad de permanecer en la circulación política. Aunque no desaparece, el
conservatismo se ve obligado a moverse de un terreno abonado para tesis que no eran las
suyas. Se adapta, por supuesto, pero el espacio ya no le corresponde. Otra simbología
desplegará después del experimento frentenacionalista: los movimientos nacionales o
cívicos, bandera con matices rojos primero y multicolores después.
Aunque el acuerdo
bipartidista ocultaba las naturales pujas internas por el poder político en Colombia, los
liberales se quedaron con la victoria definitiva. Esa fue la más grande de las
consecuencias del Frente Nacional. Pero fue una victoria pírrica, porque no reflejó una
sintonía real entre los colombianos y el sistema político implantado. Posiblemente el
Frente Nacional fue un remedio a la violencia bipartidista de las décadas anteriores,
pero produjo enfermedades peores: violencia social, represión selectiva, exclusión,
desintegración, corrupción, un país a medio camino y un pueblo desilusionado.
|