Atlas histórico de Cartagena de Indias: Paso a paso, la construcción civil, militar y religiosa de la ciudad

Por: Segovia, Rodolfo

 

 

 

Revista Credencial Historia


EDICION 143
NOVIEMBRE DE 2001

   
 

ATLAS HISTORICO DE CARTAGENA DE INDIAS.
Paso a paso, la construcción civil, militar y religiosa de la ciudad

Por: Rodolfo Segovia Salas

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 143,
Noviembre de 2001

 
   
Cartagena de Indias nació de las aguas.De ahí que la abundante cartografía de la Cartagena colonial la asocie a su bahía. Irónicamente, la falta de agua fue también su talón de Aquiles. El madrileño Pedro de Heredia, su fundador, desembarcó el 14 de enero de 1533 en un poblado indígena deshabitado de la isla de Calamarí. Los indios debieron abandonar sus bohíos apenas avistaron las velas del conquistador henchidas por los suaves alisios imperantes. Habían sufrido mucho a manos de los cazadores de esclavos que precedieron a don Pedro. La bahía, descubierta por Alonso de Ojeda en 1501, ya tenía nombre: Cartagena. A Heredia le disgusta el lugar: carece de agua corriente. A poco de llegar, comanda él mismo una expedición hasta el río Grande de la Magdalena, en busca de un lugar más apto. Quizá sueña con encontrar otra rada como la de Santa Marta, que conocía a orillas del río Manzanares. Defraudado, regresa a Calamarí. Empero, apremia fundar una cabecera que consolide su gobernación y urge, al mismo tiempo, cumplir con lo estipulado en las Capitulaciones que había firmado en 1532. Bajo presión el madrileño procede a instalar formalmente su Cartagena de Indias el 1º de junio de 1533, que bautiza con ese nombre para distinguirla de la otra, la Cartagena de Levante en España, de prosapia fenicia y cartaginesa.
   

Plano de la ciudad de Cartagena, levantado por orden de Luis XV de Francia en 1735. 18 x 32 cm. No. X5, Mapoteca 4. Archivo General de la Nación, Bogotá. ..................... .............................................



Tríptico de Cartagena de Indias, ala izquierda. Ermita del Cabrero, castillo de San Felipe y cerro de la Popa. Oleo de Enrique Grau, 1998. 140 x 82 cm. En exhibición Museo de Arte Moderno, Cartagena.


   
Quizá don Pedro, que tendría que contentarse con los precarios jagüeyes en las partes bajas y gredosas del islote para el agua de vida, apreciaba para entonces las bondades del fondeadero cartagenero y las ventajas defensivas que ofrecía Calamarí en una esquina de la bahía. Durante casi trescientos años la cartografía de Cartagena hará obligada referencia a su puerto, a sus murallas y a sus castillos. Y por lo mismo, a partir del siglo XVII, los planos detallados, que delinean no sólo ingenieros y prácticos de la Corona sino también codiciosos enemigos de España, serán cada vez más abundantes. Los 37 años iniciales de la ciudad transcurren sin que se conozca referencia gráfica. Se sabe que era una ciudad de palma y bahareque, donde ni siquiera la iglesia catedral, seo de una diócesis desde 1534, era de piedra, material lejano y costoso. Crece, como casi todas las fundaciones indianas, alrededor de dos plazas: la plaza Mayor o de aparato, y la plaza del Mar, Real o del comercio (ver J.C. Pérgolis, "Tres plazas públicas de Cartagena de Indias", Credencial Historia Nº 97, enero 1998). Quizá el trazado siguiera el capricho de la disposición de los bohíos indígenas, porque no parece haber un orden renacentista en las calles que luego se conocerán como de San Pedro, de la Amargura, de la Cochera del Gobernador (Real) y de Candilejas, que parten desordenadamente de la triangular plaza de la Mar. En un diagrama de ella, fechado en 1571, se observan los portales de madera donde se acomodaba el comercio al detal (los regatones) --sin tenderetes externos que obstruyeran la circulación y que quedaban sujetos a severas multas--, las casas de la Contaduría (Contratación) donde se tasaba la mercancía de importación y, en el otro extremo, la carnicería. El Muelle Nuevo con su tablestacado en madera y sus merlones, esos sí en piedra para la defensa, ha quedado terminado desde 1561. Un pavoroso incendio arrasa a Cartagena en 1552. Y aunque, para estas épocas, el comercio de las bondades y el oro del Sinú están consolidando su prosperidad, se la reconstruye todavía en barro, madera y palma. A manera de precaución se expide una severa ordenanza del ayuntamiento que prohibe acercar la lumbre a paredes y techos en el interior de las casas.
   

Cartagena. Plano de la ciudad y su bahía, 1570. MS A-121. Real Academia de Historia, Madrid. .......... ...........................



Plaza Real o de la Aduana, Cartagena de Indias. Plano de 1571. 42.5 x 49 cm. Archivo General de Indias, Sevilla.


   
El primer plano conocido data de 1570. Es un ingenuo dibujo a mano alzada que al primer golpe de vista impacta por las preciosas naos surtas en la bahía. Y está bien que así sea porque para entonces Cartagena se había consolidado como terminal de los galeones de Tierra Firme. En efecto, a partir de mediados del siglo XVI, la corona española decide organizar el comercio de América alrededor de monopolios que contribuyan a su defensa. El propósito es proteger el intercambio indiano de los corsarios y piratas franco-ingleses que lo interfieren en aguas del Caribe y en las aproximaciones a la Península (ver "Piratas en América", Credencial Historia Nº 89, mayo 1997). En virtud de las bondades de su rada y su cercanía al vital istmo de Panamá, Cartagena funge como uno de los cinco grandes puertos del monopolio. Una vez al año, un enorme convoy mercante protegido por naves de guerra-galeones-levaba anclas en Sevilla con destino a Cartagena, a donde acudían tratantes de todo el Nuevo Reino de Granada y de Quito. Era la única ocasión de comercio legal; por fuera del sistema, todo era contrabando. Pero había más. Una vez se recibían noticias sobre la llegada de los acaudalados comerciantes peruanos a Panamá con la plata del Potosí, el convoy se desplazaba a Nombre de Dios en el Istmo, donde tenía lugar una fabulosa feria. Terminada ésta, la conserva regresaba a Cartagena a depositar el metálico. Y mientras la flota de los galeones de Tierra Firme zarpaba hacia La Habana, la plata esperaba la llegada de la poderosa Armada de la Guardia de la Carrera de Indias, encargada de transportar el precioso cargo hasta España y de imponer respeto en aguas que la Corona consideraba propias. Dueña de semejantes privilegios, Cartagena no podía sino prosperar aceleradamente. Y así fue.

En el plano de 1570 se reúnen también los elementos topográficos que caracterizarán por largo tiempo a Cartagena de Indias, cuyas cuatrocientas casas ocupan la mitad de la isla de Calamarí. Allí están los cañones--luego emplazados en castillos y murallas-- y el fuerte del Boquerón, para proteger las flotas desarboladas e inermes; allí está la omnipresente Popa de la Galera, que será su punto de referencia por mar y tierra; allí está la calzada que la comunica con el arrabal de Getsemaní, donde no existen todavía sino el convento de San Francisco--el primero en construirse en la ciudad--, y el matadero; y allí está ese cinturón de ciénegas, que será siempre su mejor protección contra el enemigo al acecho. En la lontananza se observa la aldea de Turbaco donde los vecinos se habían refugiado con sus haberes en oro y plata, lejos de los depredadores, durante los asaltos piráticos de 1544 y 1560. Y en el centro del caserío se observa la coqueta iglesia catedral, que, como todas las demás construcciones cartageneras, carece de materiales nobles. El cambio está a punto de darse. Pronto comenzará a levantarse en su emplazamiento actual una iglesia de cantería, muchos de cuyos arcos estarán acabados al atacar Drake en 1586. El pirata, dueño de la ciudad, pero con los vecinos y sus riquezas a buen recaudo en las colinas turbaqueras, indiferentes ante la quema de sus casas, ya la mayoría de cal y canto, no tiene más recurso que ir tumbando a tiro de culebrina uno a uno los arcos de la iglesia para forzar un rápido acuerdo, antes de que aparezca la flota de los galeones. ¡Santo remedio! Con el obispo a la cabeza, las autoridades se avienen a pagar un cuantioso rescate.

   

Planta de Cartagena y sus murallas. Plano de Bautista Antonelli, 1595. Archivo General de Indias, Sevilla.



Plano de Cartagena y su puerto interior, 1597. Archivo general de Indias, Sevilla. ............ ...................


 
Para enfrentar las crecientes amenazas contra los puertos de Indias, Felipe II ordena la ejecución de un plan de Estado que los ponga al abrigo de insultos. De ello resulta la visita a Cartagena del gran ingeniero militar Bautista Antonelli, quien en 1595 deja plasmada su propuesta de fortificación en la primera planta a escala de la ciudad. La traza de sus calles se ha consolidado completamente. Ocupa dos terceras parte de las isla --a lo que Antonelli ajusta el perímetro de las murallas-- y posee una nueva plaza frente al convento de Santo Domingo, que se comienza a construir hacia 1560. Más allá del recinto amurallado propuesto por el ingeniero, no hay en Calamarí sino huertas y jagüeyes. El barrio de San Diego todavía no existe. Se sabe, sin embargo, que ya funciona el portal de los escribanos en la plaza Mayor, y que la morada del gobernador y las casas del Cabildo campean en una de sus esquinas. La sede definitiva para el mandatario, el ayuntamiento y la cárcel tarda hasta fines del siglo XVII. A ese edificio, en la plaza de la Proclamación, se le añadió un tercer piso a mediados del siglo pasado. Mientras tanto, se ha erigido al sur de la plaza del Mar --vecino a la carnicería-- un Almacén de Galeras para su abastecimiento. Son naves que, construidas localmente, patrullan las costas. El almacén contra la muralla separa la plaza de la Aduana de lo que a fines del siglo XIX se comenzará a conocer como plaza de San Pedro.

La calzada de San Francisco comunica a Calamarí con el creciente convento en Getsemaní, una isla todavía vacía. Lo que queda insoluto es el suministro de agua potable. Desde 1566 se había iniciado la monumental construcción de un acueducto para traerla desde las puras manas de Turbaco. Poco a poco, con un impuesto municipal sobre la compraventa de negros, emerge arco tras arco. En dos ocasiones, urgida la ciudad por los apremios de la defensa, el impuesto se reorienta hacia obras de fortificación, hasta cuando finalmente, en 1589, el acueducto se abandona. La municipalidad entierra una suma considerable. Prima el criterio estratégico de no sujetar a la ciudad a un suministro de agua aleatorio en caso de sitio prolongado. Durante los próximos trescientos años Cartagena de Indias se suplirá de agua del cielo, recogida en los aljibes públicos de fuertes y murallas, y en los privados de cada casa habitación.

Al terminar el siglo XVI, Cartagena se apresta a continuar una rutilante transformación. Atrás va quedando la aldea de palmas para que surja una urbe de cal y canto, con calles empedradas. Se trata de una ciudad, para los estándares de la época, organizada y limpia; nada de vacas en Calamarí; las que llegan deben permanecer en los corrales de Getsemaní. Es tal la actividad edilicia que escasean la cal, las tejas y la cantería. Se obliga a los artesanos a pregonar sus existencias públicamente, mientras el Cabildo prohibe su empleo fuera de Cartagena. Un plano de 1597 la ve desbordar la traza de las murallas de Antonelli. Lo que se ha levantado de ellas es todavía de fajinas y pronto los Nortes embravecidos darán buena cuenta de esas obras provisionales. Las manzanas que dos años antes no alcanzaban a rebasar la plaza de Santo Domingo ahora se extienden más allá de la plaza de los Jagüeyes (Fernández Madrid). Se propone que en vez de encerrar simplemente a la ciudad existente, los muros se lleven hasta la orilla de la protección natural que da el agua, aunque abarquen terrenos baldíos, como efectivamente sucederá.

   

Cartagena de Indias. Acuarela de 1628. 87 x 45 cm. Archivo General de Indias, Sevilla. ................. ................... ...................... ...................... ............................



Plantas, perfil y fachada de la torre del Castillo de San Luis de Bocachica. Dibujo de Juan de Somovilla tejada, 1648. 38 x 45 cm. Archivo General de Indias, Sevilla.


   
En Getsemaní o isla de San Francisco, el convento y su iglesia son una sólida realidad, aunque esa fundación no se completa con las tres iglesias de la regla del Santo de Asís, hasta el siglo XVIII. Tres de las calles del futuro arrabal aparecen nítidamente trazadas. Está la futura calle de la Media Luna por donde Cartagena se comunica con el continente. Se observan, además, la calzada que une a Getsemaní con Tierra Firme y las pequeñas obras de defensa que la flanquean. Sigue la calle Larga, donde se erigen, hasta la orilla del agua, las tres grandes bodegas y aljibes para el suministro de las flotas. Y ya existe, por último, la calle del Pozo con la plaza de la Trinidad --de donde partirá la asonada del Once de Noviembre de 1811--, más la prolongación hacia la actual calle de Guerrero. Todo parece indicar que si bien todavía Getsemaní está despoblado, su dueño la lotea, previendo donde habría de quedar su futura iglesia parroquial.

El nuevo siglo se abre con un mal presagio urbano; en el año 1600 se desploman parte de los arcos y la cubierta de la nueva catedral. Se terminará en 1612. Los pleitos, en cambio, serán interminables. El presagio se disipa y Cartagena, cuya prosperidad no parece tener límites, crece y se enluce como pocas plazas de Indias. Afluye tanta gente que ya desde 1586, y de nuevo en 1588, el Cabildo ordena una reforma urbana: los solares vacíos que no sean construidos dentro del año siguiente serán expropiados para dar cabida a los inmigrantes. A pesar de los reveses de la Armada Invencible en aguas del canal de la Mancha, la ciudad se enriquece. El tráfico indiano pasa por un buen momento. Con una población cuyo hogar es definitivamente el Nuevo Continente, la plusvalía comienza a invertirse en casa. Aparecen las primeras edificaciones de dos pisos y entresuelo, donde moran y trabajan los ricos comerciantes del barrio de la Catedral. Pero no sólo los palacios de los pudientes, las obras públicas y las fortificaciones --tarea de nunca acabar-- transforman la fisonomía de Cartagena, sino también las casas religiosas. Donar generosamente a las obras pías es una manera de aproximarse al paraíso y al mismo tiempo obtener el respeto y la consideración ciudadana.

En 1580 se funda el convento de San Agustín cuya fábrica queda terminada en 1603. Ese mismo año, la Compañía de Jesús se instala en Cartagena. Veinticinco años más tarde está residenciada en el hermoso claustro donde morirá san Pedro Claver. Las carmelitas de San José (después de Santa Teresa) tendrán convento en 1608 y las

clarisas en 1619. Los mercedarios consagrarán su iglesia y delinearán una nueva plaza de la ciudad junto a las nacientes murallas en 1619, mientras los recoletos se trasladarán a su convento de San Diego en 1625. Las fundaciones de las clarisas y los recoletos configurarán la plaza de San Diego y a su alrededor el barrio del mismo nombre. Más tarde el Cabildo dotará la ermita de San Roque de Getsemaní concluida en 1674, obra votiva para librar a Cartagena de la terrible peste de fiebre amarilla que la asolará en 1651. La cartografía conocida del XVII, muy dedicada a registrar el avance de las fortificaciones, no detalla todas estas importantes obras de embellecimiento urbano y piadosa inspiración, pero todas aparecen prolijamente puntualizadas en los hermosos planos del siglo siguiente.

A la misma categoría de obras monumentales de la primera parte del siglo XVII pertenece el palacio de la Inquisición que vendrá a ennoblecer el costado occidental de la plaza Mayor y a enaltecer su alcurnia. El Santo Oficio se establece en Cartagena a partir de 1610 con amplísima jurisdicción sobre Colombia, Venezuela, Centroamérica y parte del Caribe. Cartagena está llena de extranjeros, si extranjeros pueden considerarse a los portugueses que bajo el amparo de la Doble Corona ibérica han venido a afincarse en las plazas comerciantes de las Indias. Y quien dice portugués, dice hebreo. La Inquisición encargada de velar por la unidad religiosa de la monarquía española viene a erradicar cualquier contagio. Su elegante y a la vez lúgubre sede se construye entre 1630 y 1640, aunque la remodelación que se conserva es de 1770. El otro edificio significativo de esta época es el de las nuevas Casas Reales que cierra el costado marítimo de la plaza del Mar o plaza de la Aduana. El creciente tráfico exige mejores instalaciones y una manera de controlar el ingreso de mercancías, que ahora son almacenadas en los bajos de la Aduana para ser tasadas antes de que se transen en la Feria. Tarea que se facilita porque la edificación se completa hacia 1625 al mismo tiempo que el lienzo de muralla al que está adosada. En la parte alta despacharán los empleados, como lo hace ahora el alcalde mayor de Cartagena, quien hoy la ocupa.

   

Cartagena. Plano de la ciudad y planta parcial de la Muralla de la Marina. Dibujo de Francisco Ficardo, 1688. Archivo General de Indias, Sevilla.



Perfil de cimentación de la muralla de Cartagena, Juan de Herrera y Sotomayor, 1721. .............. ...................... ..........


   
Como estaba previsto, la expansión urbana de Cartagena se derrama sobre Getsemaní;, según el plano de Ficardo de 1688, el arrabal ocupa toda su isla. Ésta es, sin embargo, una expresión tardía de un hecho que se había dado en la primera parte del siglo. Ya en 1620 se han edificado, al decir del gobernador, "muy buenas casas de cantería en dicho arrabal". Para entonces se debatía su inclusión en el recinto amurallado de Cartagena. La tapia se yergue a la postre tanto para defenderlo como para evitar que vecinos con muelle propio sigan dedicados al contrabando. La corona insiste en que las edificaciones se alejen por lo menos quinientos pasos de la muralla. Como puede observarse en el plano de Juan de Herrera y Sotomayor (1730), la orden, que responde a un imperativo militar, se cumple parcialmente, pero lo suficiente para dar cabida a una calle de ronda, hoy calle del Pedregal. La iglesia parroquial de la Trinidad, en la plaza del mismo nombre, se termina durante la segunda mitad del siglo XVII.

En el mismo plano de Herrera aparece el hospital de San Juan de Dios, del que no quedan vestigios, a pesar de tratarse de una enorme instalación, como correspondía a una ciudad militar y portuaria. El hospital se remonta a mediados del siglo XVI, cuando lo funda el cabildo bajo la advocación de San Sebastián. Se amplía a dos plantas en 1579 y se triplica en el siglo XVII. La regentan los hermanos de San Juan de Dios desde 1612. Al ser expulsados los jesuitas en 1767, el hospital se traslada, de su sede en la calle de Nuestra Señora de Belén (Coliseo), al gigantesco Colegio de la Orden, y a ello se debe el nombre de la calle que se inicia en el actual Museo Naval. Los mismos hermanos habían fundado, en 1603, el hospital del Espíritu Santo para convalecientes en Getsemaní, anexo a su convento de tablas y al lado de donde, medio siglo más tarde, se establecerá la ermita de San Roque.

Más allá del arrabal y de la calzada que lo une al continente se iniciaba el arcabuco, cada vez más denso en la medida que se aproximaba a la Popa. En 1622 ya existía el convento agustino en su cima, construcción de cal y canto que acogía en su ermita las romerías de los agradecidos marinos de la Flota, llegados a venerar la imagen milagrosa de la Virgen de la Candelaria después de su viaje transatlántico. Quince años antes, el fundador del convento había lanzado por el salto del Cabrón a Busiraco --el diablo en persona-- que se enseñoreaba en el tope cerro. Extramuros, pero en la parte más cercana y más civilizada de las afueras, vecina al todavía virgen cerro de Lázaro, el Cabildo adquiere, a principios del siglo XVII, los terrenos para el hospital de leprosos. Allí se les aísla, en lo que al principio son sólo unos bohíos. Para 1627 existían más de cien enfermos. El mal, mucho más común entonces que hoy, requería acordonamiento social y así el pequeño caserío de leprosos y sus familiares, a lo largo del Camino Real, con el hospital de San Lázaro y la iglesia, se constituye en la primera implantación de Cartagena por fuera de sus islas. En los planos del siglo XVIII se evidencia su presencia, hasta cuando, en 1785, Antonio de Arévalo construye nuevas instalaciones para los enfermos en el sitio de Caño del Oro, isla de Tierrabomba. El ingeniero opina que en el villorrio podrían parapetarse enemigos y amenazar el castillo de San Felipe de Barajas, cuya ampliación estaba llevando a cabo.

   

Cartagena de Indias. Mapa de Juan de Herrera y Sotomayor, 1730. Servicio Geográfico del Ejército, Madrid. ............ ..................



Cartagena de Indias. Plano de Juan de Herrera y Sotomayor, 1730. Servicio Geográfico del Ejército, Madrid.


   
La Cartagena militar es la razón de ser de la prodigiosa acumulación cartográfica sobre la ciudad. Ese acerbo se acelera con la iniciación, en 1614, de los trabajos de cantería del baluarte de Santo Domingo. Allí se da comienzo a la distinguida historia de la ciudad como plaza Real. Y la condición de recinto amurallado restringe su expansión urbana, una vez se eclipsa, ante el contrabando, el auge del comercio monopólico. Para 1635, Cartagena-Calamarí y su arrabal estarán totalmente rodeados de murallas. Extenuante y costosa tarea que culminan Cristóbal de Roda, su primer ingeniero militar residente (1608-1631), y el infatigable gobernador y también ingeniero, Francisco de Murcia (1629-1634). Bajo el alero de sus muros, la ciudad indefensa del siglo XVI conocerá la paz, a pesar de las continuas asechanzas de los enemigos de España durante el resto del siglo XVII. De esa obra sobreviven escasos testigos. La imponente Cartagena de hoy debe su recinto Real a dos grandes de la fortificación permanente abalaustrada (arquitectura para la defensa contra la recién perfeccionada artillería): Juan de Herrera y Sotomayor (1703-1735) y Antonio de Arévalo (1742-1800). Ambos reconstruyen, modifican y refuerzan el trazado original de las murallas que, bordeando el agua de su bahía y sus ciénegas, rodea enteramente a Cartagena y su arrabal, excepto por donde Getsemaní mira hacia el centro de la ciudad.

Para completar el perímetro artillero que impide la aproximación hostil a Cartagena se sembró de fuertes su bahía. Del siglo XVII subsisten los restos del fuerte de Santa Cruz de punta Judío o Castillo Grande en el extremo del barrio del mismo nombre (Club Naval) y el fuerte de Manzanillo en la Punta de su isla (junto a la Casa de Huéspedes presidencial). En Bocachica estuvo el castillo de San Luis, que se abandona en la segunda mitad del siglo XVIII, a causa de las voladuras de Vernon en retirada (1741). Lo suple un inexpugnable dispositivo compuesto por el castillo de San Fernando, el fuerte-batería de San José, la batería de Santa Bárbara y el fuerte del Angel San Rafael, empinado, éste último, en las colinas sobre el corregimiento de Bocachica. Aislado en la isla de Manga, el fuerte de San Sebastián del Pastelillo (Club de Pesca) sustituye en 1743 la obsoleta batería del Boquerón, que ya aparece en el plano de 1570. Su función, sin embargo, sigue siendo la misma: proteger las armadas en el fondeadero y asegurar la cadena que cerraba el paso a la bahía de las Animas, en el corazón mismo de la ciudad. Y por último, estaba la reina de las fortificaciones: el gran castillo de San Felipe de Barajas, que todavía se levanta como un hado tutelar para proteger la ciudad amurallada a sus pies. El pequeño San Felipe original --visible en el plano de 1730-- se erige en 1657 para ocupar la colina de San Lázaro, peligroso cerro que dominaba a Cartagena y que no podía dejarse al enemigo so peligro de perder plaza. El imponente monumento actual es producto de los refuerzos sobre el lomo de la montañuela, diseñados por Antonio de Arévalo y terminados por él en 1769.

Comentario especial merece el suministro de materiales para construir la ciudad y sus fortificaciones. La penuria inicial se subsana con las canteras y hornos de cal que van surgiendo en las costas e islas de la bahía. Los suministros se acarrean en bongos por una verdadera carretera de agua que converge sobre Cartagena. De particular relevancia para el desarrollo urbano de la ciudad son la cantera y tejar de los jesuitas en los farallones sobre el actual corregimiento de Tierrabomba, la cantera de Bocachica con su horno, merecidamente conocido, por su tamaño y fragor, como El Diablo, y las canteras de Albornoz sobre la costa oriental de bahía, antes de llegar al complejo industrial de Mamonal. Todos estos centros manufactureros dependían de mano de obra esclava y darán su nombre a corregimientos de la ciudad. Otro de ellos se situará en la cantera de Caimán, al oriente, cuya piedra y cal se transportaban por la ciénaga de la Virgen e ingresaban a la bahía por el hoy desaparecido canal artificial de la Quinta.

Cuando los franceses se toman a Cartagena en 1697 y la someten a un atroz saqueo, del que nunca se recupera comercialmente, la ciudad colonial estaba fundamentalmente terminada. El sitio la golpea severamente, la población disminuye de 7.400 a 4.600 personas entre 1684 y 1708. Se recuperará demográficamente a lo largo del siglo XVIII, pero la plaza fuerte no podía ni debía crecer más. En efecto, a partir de la guerra de Sucesión española (1701-1713) se acentuará su carácter castrense. Sin perder la vocación por las artes de Mercurio y su señorío como sede de gobernación, Cartagena se convertirá más y más en bastión esencial de un imperio. Grandes ingenieros afianzarán sus defensas a lo largo del siglo XVIII y la vida ciudadana, salpicada por la presencia de regimientos fijos, adquirirá dinamismo alrededor de lo militar. Dentro de su "corralito de piedra" la población se densificará, hasta llegar a 18.000 habitantes (muy cerca del tamaño de la capital virreinal, Santafé de Bogotá) poco antes de la Independencia, pero estará vedada, por los imperativos de la defensa, cualquier expansión urbana extramuros. La excepción son los tejares y casas de labor a la vera del Camino Real, cerca de la Popa y lejos del alcance de los cañones de San Felipe. Ese será el núcleo del futuro barrio del Pie de la Popa, que en la primera mitad del siglo XIX habrá adquirido su propia ermita y una envidiable reputación, como lugar fresco y arborizado para veranear, lejos de los calores de la Cartagena amurallada.

   

Plano de bahía y de la ciudad de Cartagena. Atribuido a Simón Deshaux, 1735. Servicio Geográfico del Ejército, Madrid. .............. ................... .........................



Plano de la ciudad de Cartagena. Grabado de Liébaux. Nicolás Vellin, "Petit atlas maritime", París, 1764. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


   
Para completar el cerco de piedra, Herrera construye, bajo los cánones del barroco, la formal y triabovedada puerta de tierra o entrada de aparato de la ciudad, en el arranque del puente de San Francisco. Mucho años más tarde, en 1888, la ciudad que despertaba de su marasmo decimonónico decide adornar la puerta con una bien lograda torre octogonal y un reloj público. La puerta del Puente se desdobla en puerta del Reloj, carta de visita de Cartagena de Indias. Par esas épocas, ya el puente mismo no cruza sino un lánguido brazo del caño de San Anastasio. A la explanada que une a las dos islas llegan y se mercadean diariamente el pescado y los víveres que abastecen la ciudad.

El último tramo de los muros se edifica, a fines del siglo XVIII, por don Antonio de Arévalo. Le adosa, como puede observarse en plano de Anguiano de 1804, cuarteles a prueba de bomba para albergue de las tropas, que se terminan en 1796. Es lo que hoy se conoce como las populares Bóvedas. En lo civil, a más de lo que se ha ido mencionando a los largo de estas páginas, se destacan la erección, en 1732, del templo de Santo Toribio en la plaza de los Jagüeyes (Fernández Madrid), que testimonia la densificación del barrio de San Diego, y el espacioso nuevo muelle de la Contaduría, ampliación del existente en la bahía de las Animas, detrás de la Casas Reales. En la Cartagena de 1777 residían 13.700 habitantes, en cuatro barrios de Calamarí y uno del arrabal de Getsemaní. Santa Catalina o de la Catedral y Nuestra Señora de la Merced agrupaban las principales dependencias oficiales y las casas de dos pisos, a veces con entresuelo y mirador, de la burocracia, los letrados y los comerciantes ricos. Allí vivían, en su gran mayoría, los blancos con sus esclavos. San Sebastián era quizá un barrio mixto, con artesanos de postín como los plateros, los panaderos y los vinateros, pero Santo Toribio (San Diego) y la Santísima Trinidad de Getsemaní constituían el reino de los libres, esa abigarrada mezcolanza donde ya se había gestado una raza cósmica de mulatos, mestizos y sus infinitas combinaciones, todas las cuales tenían significación para la jerarquía social. Sastres, zapateros, curtidores, herreros, albañiles, canteros, carpinteros, gente menuda que ejercía en comercio al detal, aguateros, arrieros, obreros del arsenal, conformaban todo un tejido ciudadano que se entremezclaba con el clero y los soldados en las estrechas callejuelas de la ciudad colonial. Sus casas eran de un solo piso, pero la mayoría bien tejadas y de material.

El siglo XVIII es también el siglo de las modificaciones y adiciones de la morfología del ámbito cartagenero. Por fuera del cerramiento de Getsemaní, sobre acreencias que se le habían ido robando a las aguas de la bahía de las Animas, se construyen, tal como aparecen en el plano de Anguiano de 1804, almacenes para el Arsenal donde se guardaban las velas, mástiles y aparejos de las naves de guerra. A ese uso se debe la toponimia de la calle del Arsenal, que hoy atraviesa esos contornos. Menos accidental es la playa frente a la muralla de la Marina. Cansado de que los recurrentes Nortes, que le lanzaron el mar embravecido contra los muros averiándolos e inundando a la ciudad, Antonio de Arévalo resuelve ponerle coto. Dispone una escollera a lo largo de la muralla para atrapar y sedimentar las arenas, hasta crear (1765-1771) una franja protectora. A los pocos años, víctima de su propio invento, Arévalo debe construir, para evitar sorpresas, el espigón de la Tenaza (1779-80), que aparece en su plano de 1798 como prolongación del baluarte de Santa Catalina. También morfológicamente significativa es la escollera de Bocagrande. Esta obra asombrosa de Arévalo consiste en un dique submarino entre Tierrabomba y la entonces península de Icacos, que cierra, a la navegación de alto bordo, el amplio canal de Bocagrande. Su objeto era forzar el ingreso a la bahía por Bocachica, mucho más fácil de defender. Al arrancar hacia el oeste (más adelante dobla hacia el sur para empatar con la punta de Tierrabomba), muy cerca del punto de quiebre entre los modernos barrios de Bocagrande y Castillogrande, actuó como gigantesco espolón cuyo efecto fue el de acumular arenas y doblar el área de la estrecha península por donde Drake había ingresado a Cartagena.

A partir de 1815, Cartagena va a permanecer como fijada en el tiempo. Pierde su preeminencia imperial y, al poco tiempo, su monopolio portuario sobre el comercio exterior de la Nueva Granada. Ahora su talón de Aquiles es la conexión con el río Grande de la Magdalena. Asolada por el sitio de Morillo, cuando pierde un tercio de su población y emigra lo mejor de su elite, es incapaz de reactivar el nexo vital por el sedimentado canal del Dique. Pronto, primero Santa Marta y luego Sabanilla, la desbancan. La ciudad vegeta y se contrae. El corralito de piedra le queda grande. Un observador a mediados del siglo XIX lo expresa así: "Es que entonces Cartagena ya no era la opulenta ciudad orgullo de las colonias españolas de la costa firme; sus riquezas se habían agotado en un largo sitio, resultado de discordias intestinas, sus edificios perforados por las balas de los cañones; su comercio aniquilado, su población menguada". Sus orgullosos edificios y conventos literalmente se deshacen. La peste de un cierto "Amor en los tiempos del cólera", 1851, exacerba la penosa situación. En 1870, tendrá menos de la mitad de la población que tenía en 1810. Don Juan Bautista Mainero y Trucco, un rico inmigrante italiano que hace una gran fortuna en las minas de oro del Chocó y Antioquía, compra propiedad raíz en Cartagena como quien adquiere confeti. Habrá que esperar hasta el final del siglo para que la ciudad, de la mano de Rafael Nuñez, su hijo dilecto, inicie el largo camino hacia la recuperación, ya bajo la sombra de Barranquilla.

   

Mapa de la Plaza de Cartagena de Indias y contornos inmediatos. Copia realizada por Antonio de Arévalo, 1769. Servicio General del Ejército, Madrid.



Estado de las obras de cierre de la abertura de Bocagrande. Plano de 1774. Archivo General de Indias, Sevilla.


   
Al reaccionar, Cartagena comienza por rellenarse, si bien durante el sitio de Ricardo Gaitán Obeso, en 1885, todos cabe todavía bajo la protección de las murallas. En 1891 adquieren categoría de corregimientos los futuros barrios del Espinal, al lado del castillo de San Felipe, el Cabrero --donde reside el Pensador y presidente de la República--, Manga y el Pie de la Popa que vienen a sumarse a los de la bahía. Se inicia también la época de las demoliciones, comenzando por la estorbosa puerta de la Media Luna. Otro hito llega con el ferrocarril de Calamar inaugurado en 1894. La línea entra por la hoy avenida Pedro de Heredia para asentarse en la zona de la Matuna, una área colmatada del caño del San Anastasio, que separa a Calamarí de Getsemaní. Allí surge la impecable estación regentada por los ingleses, dueños del ferrocarril. Los rieles se extienden, pasando sobre el antiguo muelle de la Contaduría, ya en desuso, para llegar al nuevo muelle de la Machina, en Bocagrande, del otro lado del San Sebastián del Pastelillo. Se está colonizando la península de Icacos. La línea aísla un tercio de la bahía de las Animas, frente al que fuera el Colegio de los Jesuitas. A mediados del siglo XX, aquello se habrá desecado para convertirse en el gran playón que ocupan hoy estacionamientos y el parque de los Almirantes.

El fuelle semiacuatico y algo maloliente que une las dos islas es ahora punto focal de las actividades comerciales cartageneras. La explanada del convento de San Francisco se había adecentado desde 1870 con el camellón de los Mártires, tertuliadero público, cuyas bancas acogen el dolce far niente vespertino. Ahora urge desterrar los tenderetes de las vivanderas y las canoas del Hoyo de Pescado junto a la Boca del Puente. El nuevo mercado barre con el baluarte de Barahona en Getsemaní (Centro de Convenciones) y constituye, en 1904, la primera obra pública de gran envergadura que acomete Cartagena en su modernidad. Es un éxito comercial y estético. En 1911 se complementa con el parque de la Independencia (Centenario) y como para confirmar la importancia del lugar, se construye, en 1920 y sobre la calle de la Media Luna, el Club Cartagena. Esta sede art nouveau cartagenera del quien es quien local confirma el deseo de abandonar el cerco de piedra en Calamarí, que, a juicio de muchos, asfixia. El canal de Panamá llega en auxilio. El puerto de Cartagena debe adecentarse para poder participar del nuevo tráfico entre los dos océanos. El gobierno contrata a los ingleses de la Pearson & Son Limited, que ya trabajan en Buenaventura. Sus recomendaciones incluyen el demoler la muralla entre la puerta del Reloj y la ciénega del Ahorcado así como desecar la Matuna. La pica procede y la Matuna se convierte, pasado el medio siglo, en el desfogue del sector comercial de Cartagena. Ese pulmón quizá haya evitado el horror de más edificios Andian, Ganem y otras yerbas dentro del sector amurallado.

Mientras crece, Cartagena se muere de sed. No puede haber sustancial expansión urbana desde los aljibes, y mucho menos el nacimiento de industrias pujantes. Se revive el viejo sueño colonial; el agua está en las colinas de Turbaco. El gobierno contrata en 1905 su captación, transporte y distribución con el inglés James T. Ford. El agua de Matute y fuentes aledañas llega a cuentagotas, envuelta en un reguero de pleitos con el contratista, e insuficiente para la expansión de la ciudad. Será un serio freno para las ambiciones cívicas. Nadie abandona sus aljibes, fuente de elefantiasis endémica apenas los tanques comienzan a fabricarse de lámina galvanizada. Los cartageneros tendrán que sufrir la burla de sus vecinos, hasta 1938, cuando al fin se inicia el bombeo de agua desde el revitalizado canal del Dique y su purificación en la Piedra de Bolívar.

   

Plano del fuerte de San Sebastián o del Pastelillo. Dibujo de Agustín Crame, 1778. Servicio Geográfico del Ejército, Madrid.



Plano del puerto de Cartagena de Indias, siglo XVIII. 59 x 92 cm. nO. 114, Mapoteca 6. Archivo General de la Nación, Bogotá.


   
Empero, con más de 50.000 habitantes en 1918, el desborde urbano ha sido inevitable. Los inmigrantes, y los mismos cartageneros, especialmente de Getsemaní, de donde han sido desplazados por nuevos usos del suelo --comerciales, artesanales e industriales-- que provoca la instalación del moderno mercado público, invaden la franja costera creada por Arévalo 150 años antes. Nacen Boquetillo, Boquerón, Pekín y Pueblo Nuevo. Para los privilegiados, la muralla es la pared posterior de sus casas. Los barrios desaparecen en los años cuarenta, erradicados como preámbulo para dar paso a la avenida Santander (1968). Algo similar, en materia de utilización tardía de los muros heroicos, pero con casas de mejor factura, sucede en el Cabrero, uno de los barrios tempranos para escape de los pudientes. Al norte del espigón de la Tenaza y de los baluartes de Santa Catalina y San Lucas la municipalidad ha vendido o cedido los terrenos, que cuentan con escrituras en regla, con la muralla delimitando los patios traseros. El Cabrero se comunica con la ciudad por una vía macadamizada que va a dar --a lo largo de la muralla-- hasta la puerta Paz y Progreso, abierta en 1905 para darle paso.

Ordenadamente se urbanizan Lo Amador y el Pie del Cerro, que se caracterizan como asentamientos de clase media. Pero el mayor éxito centenarista, época grata para Cartagena por su dinamismo, es la urbanización de Manga. La inicia Dionisio Jiménez en 1905, no sin que mediara una decisiva contribución pública, con la construcción del puente H.L Román, llamado así por Henrique Luis Román, su promotor, peso pesado de la política y las finanzas cartageneras, que une la isla con Getsemaní. En menos de una década contará con más de mil habitantes y más de doscientas de las mejores residencias de la ciudad, en competencia con el Pie de la Popa, que para la misma época contará con iglesia parroquial de cal y canto. En su cementerio, que data de fines del siglo XVIII, fueron enterrados, en fosa común, los mártires de Cartagena de 1816.

Por último, unas líneas sobre la península de Icacos, cuyo futuro no se avizoraba en esos primeros años del siglo XX sino como zona portuaria y, a partir de 1909, como parque industrial, el Limbo, sede de la primera refinería colombiana --Cartagena Oil Refining Co.--, que destilaba 400 barriles diarios de kerosén desde crudo importado. Más tarde, hacia 1920, será también campo de aterrizaje, pero todo cambia con su adquisición (1922) por la Andian Corporation, dueña del oleoducto Barrancabermeja-Mamonal. Allí, en la esquina más cercana a la ciudad, establece la Compañía el gueto para sus empleados, con club y cancha de golf. Inspirada por el éxito del barrio del Prado en Barranquilla, la compañía decide, hacia 1930, urbanizar el resto de la península. Con algo de relleno adicional, se aprovecharán ahora las hermosas playas creadas por el espolón de Arévalo. Su desarrollo es lento, coincide con el marcado declinar de Cartagena después de la Gran Depresión. Al inaugurarse el visionario hotel del Caribe en 1946, los principales inquilinos de Bocagrande son todavía la Base y la Escuela Naval, que habían heredado los terrenos portuarios y los restos del muelle de la Machina -destruidas sus maderas por un incendio en 1931-, cuando el moderno y profundo terminal de Cartagena se termina de construir en la isla de Manga.

   

Plano particular de la plaza de Cartagena Indias. Mapa de Antonio de Arévalo, 1798. Servicio Geográfico del Ejército, Madrid.



Plano del castillo de San Felipe de Barajas. Dibujo de Manuel Anguiano, 1801. Servicio Geográfico del Ejército, Madrid.


   
Esta es la apretada síntesis del desarrollo urbano de una fundación ilustre y a la postre heroica, con sus hitos y sus altibajos, hasta principios del siglo que acaba de terminar. Curiosamente, esa ciudad que nació y vivió del mar, le volvió un poco la espalda al entrar en decadencia. La acumulación de capital que impulsó el resurgimiento provino más de la explotación de la tierra que del comercio. La vecina Barranquilla acaparaba los intercambios internacionales de Colombia y la competencia era dura y desfavorable para la ciudad de Heredia. En al segunda mitad del siglo XX, Cartagena vuelve por sus fueros marítimos. El mar es de nuevo su cuna y su motor. Falta ahora que los cartageneros se acerquen más a las ciénegas, que alguna vez protegieran a sus mayores de los enemigos a flote. Aprovechando el transporte lacustre recobrará su vocación navegante. Y recuperará su sabor a mar poblando riveras hoy deshabitadas, para hacerle contrapeso a esa inmensa y descontrolada expansión hacia el oriente, que la ha convertido en ciudad mediterránea.
   

Plaza y arrabal de cartagena de Indias. Plano de Manuel Anguiano, 1804. Servicio Geografico del Ejército, Madrid. ........................................ ............ ........................



San Felipe y la Popa vistos desde la batería y revellín de la Media Luna. Acuarela de Edward Walhouse Mark, 1845. 17.2 x 24.9 cm. Colección Banco de la república, Bogotá.


   

Puerto de Cartagena (detalle). Mapa de navegación levantado por J. Parsons al mando del HMS Scorpion en 1854, con revisiones en 1864 y 1872. Grabado por J. & C Walter para la Oficina Hidrográfica del Almirantazgo, Londres, 1885. 65 x 97.5 cm. Colección Almirante Rafael Grau, cartagena.



Tríptico de Cartagena de Indias. Panel central. Oleo de Enrique Grau, 1991. 140 x 170 cm. En exhibición Museo de Arte Moderno, Cartagena. ............................. .................. ................... ............................... ...................... ...............................


   
NOTAS
  1. Heredia ya tenía noticia de la existencia de los Zenúes pero no se sabe si conocía de la bahía de Cispatá en el golfo de Morrosquillo, donde desembocaba el río Sinú, que hubiese servido quizá también a sus propósitos con abundante agua fresca. Además, esa fundación se hubiera encontrado cerca de concentraciones indígenas susceptibles de repartir en encomienda, más densas y ciertamente menos aguerridas que las del norte de su gobernación.
  2. Los puertos son: Sevilla, de donde zarpan los convoyes anuales; Veracruz, destino de la Flota de la Nueva España; Cartagena, destino de la Flota de los Galeones y donde se celebraba la Feria de Tierra Firme; Nombre de Dios donde, después de tocar en Cartagena, los galeones celebraban la Feria del Istmo con los comerciantes del Perú; La Habana, donde las flotas se reúnen para regresar a Sevilla.
  3. El plano no hace totalmente justicia a la densidad en la parte ocupada de Calamarí, pero se sabe por los censos de encomenderos y comerciantes residentes en Cartagena, y por algunos testimonios, que las edificaciones se acercaban a cuatrocientas.
  4. El puente de dos "ojos" lo paga el Cabildo y se da al servicio en 1554. Durante sus primeros veinte años de existencia, Cartagena fue una ciudad totalmente lacustre.
  5. Jean-Francois de la Roque, señor de Roberval, en 1544 y Martín Coté con Jean de Beautemps en 1560 se tomaron a Cartagena, sin que fuera buen negocio. Lograron hacerse a alguna mercancía en el puerto, pero los vecinos pudientes en gran mayoría lograron huir con sus haberes.
  6. La excepción es la casa del tesorero Saavedra, primera de cal y canto en la ciudad; se adquiere para el cabildo y el gobernador.
  7. Para ubicar esas fundaciones, la mayoría de ellas nacionalizadas en 1864, o antes, y dedicadas a sus destinos a los de la contemplación y el culto, se señala su empleo actual. La iglesia y el claustro de San Agustín, hacen parte de la Universidad de Cartagena. Un sector del enorme Colegio de los Jesuitas les fue devuelto en el siglo y la iglesia, consagrada al culto de san Ignacio (a san Pedro Claver a partir de su canonización en 1888) desde su terminación hacia 1730, pasó a ser parte del hospital de San Juan de Dios hasta su extinción y nunca entró en el acerbo de Manos Muertas. El convento y la iglesia de Santa Teresa se han convertido en un elegante hotel, después de haber sido ocupados casi todo el siglo XX por la Policía Nacional. La fundación de las clarisas con su huerto sirvió de hospital universitario durante más de cien años y hoy es también un hotel de cinco estrellas. La iglesia de la Merced es el teatro Heredia y el claustro mercedario pertenecen a la gobernación de Bolívar. Se encuentra en desuso, luego de haber sido ocupado por el Tribunal Superior de Bolívar y, más recientemente, por la Universidad Jorge Tadeo Lozano. El convento y la iglesia de San Diego hacen parte de la escuela de Bellas Artes, mientras que un sector del huerto sirvió hace poco como cárcel municipal. En otro rincón del extenso huerto se encuentra la hermosísima plaza de toros de la Serrezuela, toda de madera, que amenaza con venirse abajo. La iglesia de Santo Domingo nunca perdió su condición de tal, dado que el convento se conservó en manos de la curia, que eventualmente lo convirtió en seminario y colegio. Del convento de San Francisco no queda para el culto religioso sino la Iglesia de la Orden tercera. Las iglesias de San Francisco y de la Veracruz funcionaron como salas de cine, y el huerto desapareció bajo el impulso de la urbanización.
  8. La Virgen morena de la Candelaria de la Popa es la patrona de Cartagena.
  9. La barroca obra de Herrera, quien fundara una escuela de ingenieros en Cartagena, es fácil de identificar por el cordón de piedra abombado –magistral- que ciñe los muros de bajo del parapeto.
  10. Esa magna obra se conserva milagrosamente casi intacta. Se perdieron en destrozos modernistas el tramo que iba desde la Puerta del Reloj (Puerta de Tierra) hasta la India Catalina (baluarte de San Pedro Mártir) y, en Getsemaní, el lienzo sencillo que iba desde el Centro de Convenciones hasta el Puente Román (baluarte del El Reducto). Se le abren, además, varios boquetes para facilitar el tráfico vehicular. De estos el más importante es el del viaducto que comunica a Getsemaní con el parque del castillo de San Felipe. Allí quedaba la puerta de la Media Luna que, con sus obras complementarias sobre la laguna de San Lázaro, constituían, como se ve en el plano de 1730, el único acceso a Cartagena desde el continente.
  11. Luis Striffler. El río Sinú. Cartagena, 1922. P.5.
  12. En conjunto, la empresa más importante del siglo XIX fue la recuperación del Canal del Dique, que había sido abandonado desde las guerras de la independencia y que fue finalmente reabierto en 1881.
  13. El Limbo es la estrecha franja de tierra, entre le mar Caribe y la bahía de las Animas, que comunica la península de Bocagrande con la ciudad.

 

 
Título: Atlas histórico de Cartagena de Indias: Paso a paso, la construcción civil, militar y religiosa de la ciudad
Temas: Atlas; Historia


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