En
el testamento venía la disposición sobre la mortaja. Según Fernando Martínez Gil en su
libro La muerte vivida (1996), a partir del siglo XV, con la penetración del
modelo eclesiástico en el mundo secular, tendió a popularizarse la mortaja con hábito
religioso. Con anterioridad a esta costumbre, en los siglos XII y XIII las gentes se
enterraban con ricas vestiduras de acuerdo a su rango, llegando a tocar la ostentación.
La Primera Partida, Título XIII, ley 13, recoge la prohibición de enterrarse con ricas
vestiduras, ni con oro o plata, "o guarnimientos preciados", a no ser
"personas ciertas como reyes, reinas, personas reales, omes honrados, caballeros,
obispos, clérigos o a quien deven soterrar con los vestimentos que les pertenesce".
Entre los hábitos monásticos el más solicitado era el de San
Francisco, pero había otros. "Item mando que luego que Dios sea serbido llevarme, me
pongan y vistan el avito de la religión de Nuestra Señora del Carmen y se de por él la
limosna acostumbrada y con él y el cordón de mi Padre San Francisco, sea llevada a la
iglesia de Santo Domingo y allí se me diga la misa de cuerpo presente y su vigilia con
diácono y subdiácono" (Testamento de Francisca Zorrilla).
Los religiosos eran amortajados con sus hábitos comunes, como lo
atestigua para los clérigos la iconografía existente en algunas iglesias y, desde luego,
las maravillosas series de las monjas muertas pintadas para los conventos femeninos. A
estas últimas se las coronaba de flores y en sus manos yertas se depositaba la azucena,
símbolo de pureza. Para las beatas, de las que había no pocas, el uso era enterrarlas
con el hábito de la orden a la que perteneciesen.
No podían faltar las misas que se mandaban decir según el caudal y la
piedad del interesado. Éstas iban desde la misa de cuerpo presente y novenario, hasta
casos como el de Francisca Zorrilla, quien dispone que el día de su fallecimiento se
digan: "todas las misas que se pudieren decir en dicho convento [Santo Domingo] y los
demás de esta ciudad por mi alma particular". Además de "quinientas misas por
mi alma y de mis difuntos y por cada una se dé medio patacón de limosna". Y así
mismo: "Que todas las misas rezadas y cantadas que dejo señaladas, suman las
cantadas treinta y tres [...] y las misas rezadas son trescientas treinta y cuatro, las
cuales aplico por mi alma, la de Juan de Capyain, mi marido, y por el ilustrísimo señor
don Fernando Arias de Ugarte, y por mis padres y abuelos" (Testamento de María Arias
de Ugarte, 1663).
La tercera cláusula del documento hacía referencia, por lo general, a
la disposición del cortejo fúnebre. Éste, igualmente, tenía que ver con la prestancia
social y el caudal del difunto. Cuando era exiguo, como en el caso de Andrés de Silva,
quien testa en 1683, se pedía un cortejo modesto. Decía así: "Acompañen mi cuerpo
el cura y sacristán de la Cathedral, donde soy feligrés, con cruz alta y capa de coro, y
sea mi entierro con toda humildad y menor costo que se pudiese en atención a hallarme yo
pobre y con dos hijas doncellas sin estado ni remedio". Gerónimo de Espinosa,
platero, pedía sencillamente en 1680: "Acompañen mi cuerpo el cura y sacristán y
cruz alta de dicha parroquia". Y en junio de 1671 Toribio Platas, español, tratante
en ropas de Castilla, dejaba la organización de su entierro a sus albaceas "para que
lo hagan como les pareciere conforme a la proporción de mi caudal". Otros en cambio
eran suntuosos: "Item mando que mi entierro y acompañamiento sea sin vana
ostentación y sólo con necesaria decencia. Con la cruz de la Iglesia Mayor y todas las
cofradías, a lo menos la de Nuestra Señora del Carmen y de Nuestra Señora del Rosario,
de quien también soy hermana, la de San Pedro, la de San Juan y las Animas y número
moderado de clérigos y religiosos que mis albaceas por bien tengan, y de pobres que
vistan" (Francisca Zorrilla, 1641).
El acompañamiento de pobres, a quienes se vestía y daba por su
presencia una limosna, era el último acto de caridad del difunto. En este caso el
séquito ha sido dispuesto rigurosamente por la testadora. En 1779 María Lugarda
disponía que "mi entierro acompañará el cura y sacristán, diez acompañados
haciéndome diez posas y después inbitatorio, vigilia, una misa cantada de cuerpo
presente, si fuere a hora competente, si no al siguiente día repartiéndose cien misas
rezadas por la limosna de quatro reales".
En el tomo 45 del fondo Notarías, folio 400v, del Archivo General de
la Nación, se encuentra una breve relación de los gastos que se pagaban por los
entierros de españoles: "Primeramente por el entierro de cruz pequeña se llevarán
dos pesos de veinte quilates. Por un entierro de cruz alta se llevarán cuatro pesos de
oro de veinte quilates. Por una posa se llevarán tres pesos de la dicha ley. Por una
vigilia cantada de difuntos se llevarán tres pesos de cada nocturno de veinte quilates.
Por una misa cantada de difuntos se llevarán cuatro pesos de veinte quilates y a los
diáconos y los [roto] se le dará cada uno un peso de treze quilates de por ley. Por el
acompañamiento en que son conbidados los clérigos y los entierros, onras y cabos de
año, les paguen a cada uno un peso de treze quilates, si van de sobrepelliz [...] y
mandamos a los testatarios y hermanos e otras cualesquiera personas que se hallaren a los
testamentos, aconseje en cualquier manera al testador y no ignore en su testamento cosa
ninguna de las tocantes ni moderen ni paguen precio diferente del aquí mandado, so pena
de Excomunión Mayor Latea Sententiae".
En los testamentos, antes de pasar a la enumeración y disposición de
los bienes terrenales entre los familiares, se otorgaban los legados piadosos, los que
atendían también a la necesidad de asegurar la salvación del alma. Se legaba dinero a
las religiones y cofradías, a los pobres, se dotaban doncellas pobres para que pudiesen
tomar estado, se fundaban capellanías, etc. A cambio de la donación se solicitaban misas
por el alma.
Por último, el lugar de enterramiento era también en los templos. Sin
distinción de lugar se podía ser enterrado, prácticamente, en cualquier punto dentro
del espacio de la iglesia: a lo largo de la nave, en las numerosas capillas laterales
privilegiadas para los benefactores y familiares del templo o monasterio, a los pies del
coro bajo, debajo de determinado altar de devoción o, como lo pedía específicamente
Isabel Rodríguez Castaño, vecina de Mariquita en 1680: "a mi cuerpo se le de
sepultura junto a la pila de agua bendita que corresponde a la puerta principal".
En algunos templos de la ciudad, como en el monasterio de Santa Clara, todavía existe
a los pies de las gradas del presbiterio, una bóveda a la cual se desciende por unas
pocas gradas; esta bóveda sirvió para enterramiento de religiosas y nobles benefactores
con sus familias. La cubre una pesada lápida que lleva esta inscripción: "Esta
bóveda mandaron hacer para su entierro Juan de Capyain y María Arias de Ugarte, su
mujer, año 1647". La sobrina del arzobispo fundador de la Orden en Santafé y su
marido fueron los grandes benefactores de la iglesia y monasterio en la segunda mitad del
siglo XVII.