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Para fortalecer las
finanzas de dicho colegio, el general Francisco Urdaneta, en ese entonces gobernador de la
provincia, convocó a una junta a la que asistieron 59 personas, en su mayoría
empresarios del comercio y la minería, quienes aceptaron apoyar económicamente la
institución. Los más ricos aportaron doscientos, ciento cincuenta o cien pesos. Otros,
cuyo único capital era su fuerza laboral aportaron trabajo. José Ignacio Madrid ofreció
dos semanas; los maestros Gregorio Baena y Eladio Quirós, ocho y dos días como
carpinteros, respectivamente; José María Hernández, cuatro días como pintor; Rafael
Naranjo, tres días de trabajo; y Antonio Muñoz, dos días.
El recién creado
Colegio de Antioquia empezó a funcionar en medio de una serie de traumatismos,
dificultades financieras y guerras. Por un corto período prevaleció la influencia
santanderista (1823-1828), que seguía las enseñanzas del inglés Jeremías Bentham, cuya
lectura fue prohibida con motivo de la conspiración septembrina, en la que resultó
implicado un grupo de notables antioqueños. El colegio retornó a los cánones morales de
la Iglesia, tuvo por rector a un sacerdote bolivariano y se eliminó la enseñanza de
cátedras de derecho. El colegio permaneció cerrado entre 1830 y 1834 por los destrozos
sufridos durante la ocupación de las tropas leales a Bolívar.
El último año en mención se
reabrió la institución con otro nombre: Colegio Académico de Medellín. Fue
reorganizado en tres escuelas: Gramática, Filosofía y Jurisprudencia, bajo una
orientación liberal, al amparo del gobierno de Santander. Además de las cátedras de
derecho, se introdujo la de Química y metalurgia, requerida por la minería antioqueña.
En 1837 llegó a la ciudad un profesor extranjero, Luciano Brugnelly, contratado en
París, quien trajo consigo un laboratorio, colecciones de mineralogía y modernos
aparatos de física. Durante dos años estuvo al frente de esta asignatura, a la cual se
inscribió una docena de alumnos, quienes pronto se quejaron de los conocimientos y
método del profesor, dejaron de asistir a sus clases y uno de ellos le dio algunos
foetazos en público.
Al finalizar la guerra
de los Supremos, el Colegio fue entregado a los jesuitas, quienes hubieron de soportar la
resistencia de un grupo de jóvenes librepensadores, liderados por un ex alumno y ex
docente del colegio, el diputado José María Facio Lince. Dicha resistencia incluyó un
estruendoso estallido de petardos en el interior del claustro. Menos de dos años
permanecieron los jesuitas al frente del colegio. Facio Lince no sólo logró la salida de
los religiosos sino que recibió la dirección de aquél, la cual aprovechó para
introducir nuevas materias como el inglés, la lógica y las matemáticas, economía
política y derecho de gentes, geografía, cosmografía y cronología, física y
mecánica. Su rectoría duró hasta 1851, aunque con una breve interrupción.
En 1856 se contrató al
español Francisco de Flórez Domonte para reabrir la cátedra de Química y mineralogía.
Esta vez los frutos de la asignatura se reflejaron en los discípulos del profesor
extranjero, ya que todos ellos se destacaron posteriormente como expertos en minería,
metalurgia y ciencias naturales, entre otros, Andrés Posada Arango, Francisco de P.
Muñoz, Liborio Mejía Santamaría, Mario Escobar, Idelfonso Gutiérrez, Pastor Restrepo.
Otra vez en 1860 el colegio se convirtió en cuartel militar y presidio.
Bajo la rectoría del
jurisconsulto Román de Hoyos, quien asumió en 1864, el nivel académico del Colegio del
Estado adquirió una dinámica inusitada, aprovechando el período de tranquilidad
política que respiraría la provincia por algo más de diez años. Este fue el período
que propició la transformación del colegio en institución de educación superior,
organizada en torno a escuelas y con la potestad de otorgar títulos profesionales en las
diversas áreas del saber. Este desarrollo coincide con la creación del Estado Soberano
de Antioquia y con el inicio del gobierno de Pedro Justo Berrío, quien estuvo acompañado
durante su mandato por antiguos alumnos del Colegio provincial. El decreto de 14 de
diciembre de 1871 estableció la Universidad de Antioquia, en el edificio que servía al
Colegio del Estado.
La marcha de la institución por aquellos años estuvo
marcada por la estabilidad e impacto en el desarrollo regional a través de sus egresados,
que se desempeñaron como abogados, jueces, médicos, artesanos y maestros en las
diferentes localidades antioqueñas. Este período de franco avance en cuanto al número
de alumnos, profesores y cátedras impartidas, así como por el número de graduados, se
vio frenado en 1876 con el estallido de una de las guerras civiles más desastrosas de
cuantas tuvieron lugar en suelo antioqueño. Dos años permaneció cerrada la
institución, luego de los cuales reinició labores con 76 estudiantes y con un cuerpo
profesoral reducido a su mínima expresión. Resurgió con el nombre de Colegio Central de
la Universidad y sin escuela de medicina.
A partir de 1881 un ex
alumno, el abogado e historiador Alvaro Restrepo Eusse, asumió la rectoría del plantel y
empezó la recuperación del tiempo perdido. Los estudios de medicina avanzaron
enormemente, gracias a las prácticas que realizaban los estudiantes en el Cementerio de
San Lorenzo y en el Hospital San Juan de Dios. Un año después, la Universidad de
Antioquia recuperó su nombre y puso en funcionamiento las facultades de Filosofía y
Letras, Jurisprudencia y Medicina. Cabe destacar la afluencia de estudiantes procedentes
de otros departamentos: Cauca, Cundinamarca, Boyacá, Bolívar, Santander y Tolima.
Una vez concluida la
guerra de los Mil Días, la relativa estabilidad política entre 1903 y 1948 permitió
mantener un ritmo académico continuo, propicio a la acumulación de experiencias y al
desarrollo institucional. En dicho período prevaleció en la universidad la propuesta
republicana y civilista del ex presidente de la República, Carlos E. Restrepo. El
desarrollo regional siguió siendo el objetivo básico, como parte de una meta más
amplia: el progreso nacional. Este período además estuvo marcado por el ideal de lo
práctico, que buscaba formar profesionales cuyos conocimientos fueran aplicables a la
industria, el comercio, la salud humana o el desarrollo de las vías y el transporte.
Entre 1913 y 1957, la
Universidad remodeló y restauró su planta física, emprendió su transformación
académica para incluir nuevos saberes, aceptó como alumnos a mujeres y personas de
color, y logró su consolidación institucional. Fueron años también de gran dinamismo
cultural, el cual se expresó en la creación de la Imprenta (1929), la Emisora Cultural
(1933), la Revista Universidad de Antioquia (1935), el Museo Universitario (1943) y
la reorganización de la Biblioteca (1935). Así mismo se crearon programas
institucionales como el Martes del Paraninfo, que contó con una nutrida asistencia
y un selecto grupo de ponentes. Por otra parte, fueron los años dorados del Liceo
Antioqueño y de la Facultad de Medicina.
La composición social y racial
del estudiantado de la Universidad de Antioquia había empezado a cambiar, incluyendo más
rostros mulatos y negros, gracias a las becas ofrecidas para carreras nuevas (educación y
contaduría), y otras medidas de apoyo a estudiantes provenientes de sectores populares de
Medellín, hijos de migrantes recién llegados a la ciudad y alumnos procedentes de zonas
apartadas del departamento o de otras regiones del país, como Chocó, las sabanas de
Sucre y Córdoba. Para éstos se fundó la Casa del Estudiante, una residencia para
alumnos pobres, en la cual se les daba albergue y se repartían alimentos gratuitamente.
Desde finales de los
años cincuenta la Universidad de Antioquia inició su tránsito de una universidad
tradicional y de élite, a una moderna y de masas, transformación estrechamente
relacionada con la creación de la Asociación Colombiana de Universidades (ASCUN) y con
el apoyo económico y científico de las fundaciones Rockefeller, Kellog y Ford, cuyos
objetivos fueron la modernización y masificación de la educación superior, para
fortalecer el proceso de desarrollo nacional. No sólo se incrementó el número de
estudiantes y profesores, sino que se le ofreció a la juventud una mayor variedad de
opciones de formación profesional. A las tradicionales carreras, y a las de creación
reciente (salud pública, periodismo, bibliotecología, idiomas, medicina veterinaria y
zootecnia), se sumó en años posteriores una gran cantidad de carreras como
bacteriología y laboratorio clínico, artes, biología, física, matemáticas, educación
física, trabajo social, psicología, sociología, antropología, filosofía,
lingüística y literatura, historia y estudios bíblicos, entre otros.
En el presente, la
Universidad de Antioquia ofrece un total de 72 programas de pregrado en sus sedes ubicadas
en la ciudad de Medellín y en sus sedes regionales, además de 121 posgrados, entre
especializaciones, maestrías y doctorados. Cuenta con cerca de 1.200 profesores de tiempo
completo, alrededor de 280 ocasionales y 1.600 docentes de cátedra, que prestan servicios
educativos a un número aproximado de 28.000 alumnos. Dispone de 143 grupos de
investigación en las más diversas ramas de las ciencias, de los cuales 30 han alcanzado
la categoría de excelencia y consolidados, y sus avances en investigación han sido
reconocidos y premiados en el ámbito nacional e internacional.
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