Alabemos al Señor
porque mandó a las aguas que bajasen por estas serranías para que beban y se laven sus
criaturas; para que fertilicen sus campos y se laven sus poblaciones». Así iniciaba
Tomás Carrasquilla un articulo sobre las aguas de Medellín, ciudad situada en el centro
de la profunda y alargada depresión de la cordillera central que forma el estrecho valle
por el cual corre de sur a norte el río Aburra, cuyo caudal se acrecienta por las aguas
de numerosos riachuelos y quebradas afluentes de las montañas de oriente y occidente.
Lenta, a la vez sin
interrupción fue la ocupación de este territorio. Si en un comienzo se buscó el oro,
como en el resto de la provincia, pronto cobró importancia la cría de ganado vacuno y de
cerda, y en lugar secundario la agricultura. Al norte, en las cercanías del río, se
fueron fundando hatos tales como Hatogrande, Hatoviejo, Hatillo y el sitio de la Tasajera;
hacia el centro y sur del valle se consolidaron sitios como La Culata, Ana, San Lorenzo,
Envigado o Itagüí, cercanos a la desembocadura de alguna de las quebradas; sus
habitantes combinaban la agricultura con la cría, para surtir a los centros mineros
vecinos. Los pocos indios sobrevivientes al doble proceso de extensión, el violento de
las armas y el incruento del mestizaje, se vieron confinados cada vez más al sur, en las
tierras menos fértiles, para que no fueran obstáculo a la expansión de los hatos y
estancias de los blancos y mestizos.
El asentamiento situado
en la margen sur de la quebrada de Ana, denominada también Bocana y Santa Elena desde el
siglo pasado, logró sobrepasar en número y calidad de pobladores a los demás y se
constituyó en la cabecera de la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín,
erigida en noviembre de 1675. El cabildo se ocupaba, como era lo común entonces, de los
más variados menesteres, siendo dominantes los relativos al culto divino y a la
preservación de los privilegios de los vecinos distinguidos, sin dejar por ello de lado
los relacionados con el aseo y ornato, la apertura de caminos y la provisión de agua
sacada de la quebrada «de la villa», tal como se registra a menudo en los libros de
actas. Para el buen gobierno y salud de los vecinos fue necesario frenar a los mineros que
enturbiaban el agua necesaria para el culto divino y el uso de los habitantes en sus
casas; en otras ocasiones se hubo de prohibir el paso de las bestias por las cabeceras de
la quebrada, o el lavado de ropas en su parte alta.
Pila en la plaza
mayor
Los vecinos
acudían al riachuelo para surtirse del agua, hasta cuando el visitador Juan Antonio Mon y
Velarde, con sus autos del buen gobierno, logró la conducción «de agua limpia para
beber, colocando en sus plaza una hermosa pila», inaugurada en 1789 con las ceremonias
religiosas y civiles de rigor. El sueco Carl August Gosselman escribió cuatro decenios
más tarde que el torrente de Bocana «cruza la ciudad y lleva el agua fresca y cristalina
que llena la fuente de la plaza, para pasar por las calles de la ciudad en pequeños
hilos, ayudando a la limpieza de su presentación».
Un fontanero cuidaba de
la acequia y cajas de distribución para las rudimentarias tuberías de barro que
abastecían la pila y las casas de algunos vecinos ricos que pagaban ese privilegio. Más
con el crecimiento de la villa hacia el norte de la quebrad, la «villa nueva» donde se
levantó la majestuosa catedral, se hizo necesaria la construcción de un nuevo acueducto,
provisto de una gran pila de bronce en el parque de Bolívar, utilizando para ello la
quebrada de Piedras Blancas. Un siglo después de inaugurada la primera pila, Medellín
contaba con diecinueve fuentes públicas; para entonces, el Concejo decidía asumir el
control de los muchos acueductos privados, fuente de disensiones y a la par destructores
de los afluentes de la quebrada Santa Elena.
La última década del
siglo XIX marcó un hito fundamental en la organización de los servicios públicos de la
ciudad. A los decretos de modernización del acueducto principal, el de Santa Elena,
mediante la instalación de una tubería de hierro, lo cual se lograría sólo tres
decenios después, hay que agregar la inauguración en 1891 de la primera planta de
teléfonos, cuya propiedad exclusiva conservó el departamento por más de veinte años,
pues en 1914 la vendió a una sociedad mixta conformada por el municipio y particulares;
la municipalidad adquirió la totalidad de las acciones pasados sólo tres años.
¡Luna, a alumbrar a
los pueblos!
Con todo, el hecho
de mayores consecuencias para el desarrollo de Medellín fue la constitución en 1895 de
una sociedad mixta, la Compañía Antioqueña de Instalaciones Eléctricas, con aportes
del departamento, del municipio y particulares acomodados. Cuando la planta de Santa
Helena suministró la energía para el alumbrado eléctrico inaugurado en 1898, como
«signo de progreso y necesidad de primer orden en toda ciudad civilizada, siquiera como
auxilio para el buen servicio de policía», al decir del Concejo, el popular personaje
apodado Marañas encarnó el orgullo colectivo al exclamar: «¡Ahora sí, Luna, a
alumbrar a los pueblos!». La calidad del servicio se hizo proverbial: «¡Quién dijo que
la luz de Medellín titila!» entonaban triunfales algunos de los más notables ingenieros
de la región al alzar su copa de aguardiente.
La compra de la empresa
de energía eléctrica, dotada de un privilegio de exclusividad para usar las aguas de
Santa Helena por cuarenta años, revistió especial dificultad: por concesiones
libérrimas del departamento y el municipio, se había convertido en un monopolio privado
que anteponía el criterio de utilidad al de beneficio social y frenaba el progreso
urbano, como decían varios concejales y empresarios, algunos de los cuales instalaron sus
fábricas en municipios cercanos para disponer de sus propias fuentes de energía
hidráulica. En 1918, tras engorrosas conversaciones, el municipio adquirió la totalidad
de las acciones a un precio que fue reputado como excesivo.
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Riachuelo de Santa
Elena, en Medellín. Tarjeta postal ca. 1910
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Empresas Públicas
1920- 1955
Con ello estaban dados
todos los pasos para que a comienzos de 1920, en una decisión pionera en el país, el
Concejo creara las Empresas Públicas Municipales. En su larga existencia estuvieron
sometidas a los naturales altibajos derivados del control ejercido por el cuerpo
político. No obstante, la presencia de prestantes
ingenieros, vinculados
a la Escuela de Minas, dio a su gestión un rigor técnico y permitió sustraerla en parte
a los vaivenes de la política partidista, como lo ponen de presente los desarrollos en
acueductos, teléfonos y especialmente en la energía.
La Empresa del
Acueducto pudo, con la disponibilidad de empréstitos externos en los años veintes,
tender la red de tubos metálicos, tanto más necesarios cuanto el tránsito de vehículos
por las vías deterioraba los de barro; a la par se extendía a los nuevos barrios
residenciales, cada vez más reiterados del centro. La población de la ciudad crecía a
un ritmo elevado, quintuplicándose en 35 años. Para satisfacer la creciente demanda, no
sólo residencial, sino comercial, oficial e industrial, fue necesario acudir a la riqueza
de aguas de otras quebradas vecinas, pues la tradicional de Santa Elena ya era
insuficiente. Entonces Piedras Blancas y la Iguana, entre las más caudalosas, fueron
traídas por tubos.
En este período, el
teléfono era aún considerado un servicio de lujo, por lo cual no era prioritaria su
ampliación. Sin embargo, las demandas de los sectores comercial, industrial, oficial y
parte del residencial forzaron su crecimiento. De los dos mil aparatos existentes hacia el
año de 1920 se pasó a cinco mil de 1940; una vez concluida la segunda Guerra Mundial se
aceleró el ritmo, para llegar a cerca de treinta mil en 1955. En este campo también
fueron los empréstitos externos, de su proveedor la compañía Sueca Ericsson, aunados a
préstamos de la banca, el comercio y la industria locales, los que facilitaron este
crecimiento.
Los mayores logros se
dieron en el ramo de energía eléctrica, en el cual los ingenieros defendieron con tesón
la utilización de las ventajas comparativas que representaban la topografía e
hidrografía regionales. La planta de Santa Elena había mostrado ser insuficiente, y para
apoyarla en los períodos de verano se hizo necesario construir en 1915 una planta de
vapor, alimentada por carbón; lo costoso de su operación hizo que en 1921 se diera al
servicio una nueva hidroeléctrica, la de Piedras Blancas, con mil kilovatios de capacidad
instalada. Con estos recursos fue dado atender la creciente demanda industrial y la de
tranvía eléctrico, que ya empezaba a extender sus rieles hacia los barrios de la
periferia y a algunos de los municipios vecinos. Después de unos cuatro años de trabajo
fue inaugurada la primera planta en el complejo del río Guadalupe, el 12 de octubre de
1932; entonces su capacidad de diez mil kilovatios fue considerada excesiva por muchos
entendidos. Entre 1938 y 1943 se añadieron tres nuevas unidades a la primera central,
cada una de diez megavatios, y en 1949 se desarrolló la central de Guadalupe II.
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Tranvía eléctrico
municipal de Medellín, activo entre 1921 y 1946.
Fotografía de Melitón Rodríguez.
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Sin embargo, el
proyecto estelar de la época fue la central de Ríogrande; toda la ciudad vibró de gozo
y orgullo regionalista cuando en 1952 fueron dadas al servicio las dos primeras unidades,
de 25 megavatios cada una. En su financiación, ante la precariedad de recursos externos
en la postguerra, participaron ampliamente la banca local y nacional, la industria y el
comercio, y en los tramos finales la totalidad de los usuarios de Medellín cuando el
alcalde, el ingeniero José María Bemal, decretó un empréstito forzoso.
Empresas Públicas:
1955-1995
Las antiguas
empresas municipales habían cumplido ya su ciclo y se hacía necesario avanzar hacia una
cobertura regional. Al amparo de disposiciones legislativas novedosas, un acuerdo del
Consejo Administrativo de la ciudad creó las Empresas Públicas de Medellín, EEPPM, como
«establecimiento público autónomo encargado de la prestación de los servicios
municipales de energía eléctrica, teléfonos, acueducto y alcantarillado», y las
autorizó para prestar tales servicios a otros municipios, una vez satisfecha la demanda
de la ciudad. El acuerdo de creación hacía explícita su autonomía, y al efecto las
dotaba de una junta directiva de marcada apoliticidad, pues entre sus miembros formaban
mayoría los representantes de la banca, la industria y el comercio. La Junta así
conformada tenía la atribución de nombrar y remover al gerente general. Para el correcto
ejercicio de sus funciones recibió como patrimonio los bienes que el municipio tenía
vinculados a las empresas de energía, teléfonos, acueducto y alcantarillado, debiendo
responder el nuevo establecimiento por las obligaciones y deudas de aquéllas. A su vez
debía aportar una cantidad fija al municipio, sin que ello fuera óbice para que
capitalizara parte significativa de sus utilidades con destino a futuros ensanches.
Entre los que se han
ocupado de las claves del exitoso desempeño de las Empresas Públicas existe consenso en
destacar el ejercicio de la autonomía efectiva, especialmente la presupuestal; sus
administradores han logrado un clima de respeto que les ha permitido estabilidad y
eficiencia en la gestión, de la que dan informes oportunos al Consejo. Aunque por
disposiciones legales el alcalde nombra al gerente general desde hace dos decenios, y a
pesar de que la administración municipal encuentra en las Empresas una fuente rica de
recursos para otros proyectos
sociales, es tal la
solidez de ellas que no ha sentido mengua en su patrimonio; por el contrario, se ha
consolidado como la primera empresa de servicios en el país, «modelo de manejo
administrativo», como afirmaba en fecha reciente una prestigiosa publicación económica
nacional.
Con el característico
orgullo regional, la entidad manifestaba recientemente: «No existen ni han existido
transferencias de fondos de la Nación ni de ningún ente territorial o empresas privadas
para las Empresas Públicas de Medellín»; a la vez se precia del profundo sentido de
pertenencia manifestado por su personal y del constante apoyo y cariño de la comunidad
que valora la oportunidad y calidad del servicio. Desde los primeros años la
administración ha repetido que «el servicio más caro es el que no se presta en las
condiciones debidas».
Unas cuantas cifras
pueden dar idea de su alcance: el acueducto llega a T 270.000 habitantes de siete
municipios del valle de Aburra, logrando en ellos una cobertura del 98.2%. La empresa
garantiza al usuario que el agua que recibe en su canilla cumple las normas de los
organismos de salud, pues cuenta con «el más moderno laboratorio de análisis del país
por procesos, por estructura y por tecnología». El servicio de alcantarillado, que desde
tiempos remotos utilizó los cauces de las quebradas vecinas y el río, al que un
historiador llamara «la gran cloaca», ha tenido importantes desarrollos en los últimos
años. La red cubre los mismos siete municipios del Aburra. Con todo, el programa bandera
tiene que ver con el saneamiento del río Medellín, asumido como un compromiso de la
generación actual con las venideras.
El ramo de la energía
eléctrica permite mostrar un poderoso complejo de embalses y plantas hidroeléctricas,
con el cual se abastece a 120 de los 124 municipios de Antioquia, a la vez que
intercambian energía con diversas regiones del país a través de la interconexión
eléctrica, mostrando así su proyección nacional. En la actualidad adelanta al
construcción de un nuevo proyecto hidroeléctrico denominado Porce II, y pronto iniciará
en el municipio de Nare su primer proyecto térmico de generación, utilizando para ello
gas natural. Ambos estarán financiados en buena parte con recursos propios,
complementados con los de crédito, cuya obtención se facilita por la imagen de la
Empresa.
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Salto de Guadalupe.
Acuarela de Humberto Chaves.
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La empresa de
teléfonos sirve a 641.563 abonados en telefonía básica, pertenecientes a todos los
municipios del valle de Aburra y algunos del oriente cercano; presta tambien algunos
servicios especializados, como la transmisión de datos o la red digital de servicios
integrados. El servicio residencial llega al 73% de los hogares y la densidad supera los
27 teléfonos por cada 100 habitantes. A ello se suman 8.511 teléfonos de libre acceso,
instalados en los lugares públicos y en los sectores de bajos ingresos.
Si bien su éxito
económico indiscutible coloca a las Empresas Públicas de Medellín como el más valioso
y apreciado patrimonio de la región, su balance social es igualmente notable. Baste
mencionar el Programa de Habilitación de Viviendas con el cual durante 30 años ha venido
aportando energía, acueducto y alcantarillado a las zonas urbanas y semirurales de
Medellín y municipios vecinos, con inversiones cuantiosas y en óptimas condiciones. Así
mismo, con la estructura de precios, subsidia los consumos básicos de los estratos bajos
mediante transferencia de los altos y de sectores no residenciales. Encuestas recientes
ratifican la gran aceptación que las Empresas Públicas han logrado en la población
atendida, la cual siente el lema de la institución: «fuente vital de bienestar y
progreso», como algo más que un señuelo comercial.
Ahora, en virtud de la
ley de servicios públicos expedida en 1994, las Empresas encaran la necesidad de cambiar
su naturaleza jurídica a más tardar a mediados del año próximo. Al contrario de lo que
sucede en las otras ciudades principales del país, los dirigentes políticos y
empresariales de la región, y de manera abrumadora la ciudadanía, han manifestado escaso
entusiasmo por una eventual privatización, así sea sólo parcial y gradual.
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