Cuentan los cronistas que en 1915, desde el 2 de febrero, «Caruso», el más popular y
pintoresco de los voceadores de prensa de la Villa de la Candelaria, a grito herido
anunciaba la próxima aparición de «Panida, Panida, Panidaaaa...! La gran revista de
literatura y arte!».
El día 15 del mismo mes circuló el número uno y el efecto inmediato fue
triple: los Panidas celebraron con tremendo alboroto en la sede principal (el Café El
Globo) y en las subsedes (el Chantecler y La Bastilla); los lectores escandalizados
echaron pestes contra los versos raros de corte modernista de un tal Leo Le Gris, que
cantaban a la luna lela y a los buhos «que decían la trova paralela» ; y La Familia
Cristiana, órgano oficial de la curia, se dejó venir con el consabido veto,
censurando la revista y prohibiendo su lectura a los adolescentes «por sus efectos
perniciosos».
La revista era la
culminación de un proceso de aglutinamiento de ideas y actitudes y posturas y
personalidades. Proceso cuyo primer fruto tangible había sido Del Pesebre, un breve
álbum de versos escrito en octubre de 1912 por Pepe Mexía, Jesús Restrepo Olarte, León
de Greiff, Jorge Villa Carrasquilla (Jovica), Quico Villa y Gonzalo Restrepo Jaramillo,
donde a la manera del Tuerto López, «daban lora» poética, según declara el mismo
Restrepo Olarte:
Este libro es... un
cuaderno, o mejor, una cartera de versos. Decir moderno de López o de Cervera.
Incoherencias, bobada
de algún chillido a deshora; en resumen: todo... o nada que, belleza y carajada, todo
se llama... «dar lora»...
Un segundo suceso que
contribuyó a la conformación del grupo fue la tremenda pelea a trompadas que ocurrió el
11 de mayo de 1913 en la Plazuela de San Ignacio llamada entonces de San Francisco, entre
rojos y godos. Aquellos encabezados por León de Greiff y Gabriel Uribe Márquez,
colaboradores de La Fragua, un periódico liberal y anticlerical que ese mismo año
había sido excomulgado por el arzobispo Cayzedo; y éstos, las huestes ignacianas,
comandadas por el sacerdote español (y carlista) Cayetano Sarmiento y por José Manuel
Mora Vásquez. A la barra de los rojos se unieron los internos de la Universidad de
Antioqui a y del Liceo Antioqueño,
entre los cuales se
reseñó a Femando González. Quico Villa López, Aquileo Calle, Jovica, etc. Cuenta León
de Greiff: «La batalla campal duró tres horas. Intervino una hora después de iniciarse
el «evento» , la policía. Luego, a las dos horas, una compañía del batallón Girardot
(Atanasio). Total, !oh! historiógrafos beneméritos: Analizada (sin difuntos) la
guazábara o barabúnda o riza, fuimos hechos prisioneros 40 de los nuestros y ... uno del
bando contrario que resultó ser (!0h Eironeia!) liberal: el poeta Carlos Mazo».
La pelea, que fue
reseñada por la prensa, llevada al pulpito por el clero y consagrada por una caricatura
de Luis E. Vieco, sirvió para definir posiciones, ideológicamente hablando, de los
futuros Panidas y para enrolar en el grupo a Mora Vásquez, sin que éste modificara nunca
su talante conservador, talante que se le acendraría con los años, pues llegó a ser
reconocido laureanista.
Un tercer hecho que
sirvió para reunirlos fue la expulsión masiva de la Escuela de Minas: en 1913 salieron
Pepe Mexía, Jovica, León de Greiff, Restrepo Olarte y Gabriel Uribe Márquez «por
subversivos y disociadores».
En cuanto a los panidas
artistas, las a nidades gohetianas se facilitaron al encontrarse en el recién fundado
Instituto de Bellas Artes (1910-1911). Allí se conocieron e iniciaron su camaradería
Ricardo Renden (que llegaba como alumno aventajado del Taller del maestro Francisco A.
Cano), Pepe Mexía y Teodomiro Isaza (Tisaza) y el panida músico. Bernardo Martínez
Toro, gran pianista y melómano consumado, pero frustrado en sus estudios instrumentales
que no pudo culminar porque sus manos demasiado pequeñas le impedían alcanzar la octava
en el teclado.
Otra de las causas del
origen del grupo es de orden «geográfico»: malos estudiantes (o por lo menos muy
desaplicados), en vacancia temporal o permanente, y precoces bohemios metidos en la
picaresca local, coinciden en frecuentar los mismos lugares en busca de copas, tertulia,
canciones, billares y muchachas... de alguna reputación ligera (tanto los lugares como
las muchachas). La lista incluye el Monserrate, «un centro anexo a la Universidad»; el
Vesubio, Junto a la Escuela de Minas, donde ejercía virtuosísima la «Guapa»; el
Jordan, aún vivisobrante; las sancocherías con músicos de Guanteros y los primeros
burdelitos de Lovaina.
Algún cronista
insinúa que fue en estos sitios de aprendizaje picaresco, y no en las aulas
universitarias, donde se comenzó a formar el grupo. Y que, además, fue en esos mismos
cafetines donde trabaron amistad o cruzaron fuertes disputas con los literatos y artistas
de la «vieja guardia».
Que haya sido en unos
sitios o en los otros, o en ambos a la vez, el caso es que afinidades electivas los
fueron congregando: anarquistoides y rojos la mayoría, y todos voraces lectores y ganosos
discutidores, inconformes y rebeldes, con ansias de renovación e ínfulas de
francotiradores, impregnados del individualismo radical de Nietzsche y afiebrados
admiradores del simbolismo y apoyados por Abel Fariña y Tomás Carrasquilla, su
surgimiento obedeció, más que a un fenómeno de simple agrupamiento, a una imperiosa
necesidad de expresión generacional. En otras palabras, los Panidas, más que un grupo,
fueron la primera y lúcida manifestación de una real e histórica generación colombiana
que luego se conocería con el nombre de Los Nuevos.
|
|
Autoretrato de León
de Greiff.
|
Pero volvamos a la crónica. En 1914 Medellín no es aún Medellín. Es la Villa de la
Candelaria, «un villorrio de los Andes, con pujos de pueblo grande y veleidades de
emporio». Pero ya los afanes financieros y los menjurjes bursátiles, los chismes
políticos y el fanatismo religioso, el tráfico de la plaza y la creciente
proletarización de la mano de obra, hacen del lugar una atmósfera irrespirable para la
locura y el ensueño: Y tanta tierra inútil por escasez de músculos! tanta industria
novísima! tanto almacén / enorme!
Pero es tan bello ver
fugarse los crepúsculos... Y aunque los espectáculos en la Villa se reducen a funciones
de cine mudo y de maromeros en el Circo España y a zarzuelas y dramones lacrimógenos en
el Teatro Bolívar, la actividad literaria es de cierta resonancia e intensidad. El mismo
León de Greiff hace un inventario de «los literatos actuantes en la Villa de la
Candelaria en esos años lontanos»: «Tomás Carrasquilla, Efe Gómez, Pacho Renden,
Gabriel Latorre, Alfonso Castro, Abel Fariña, los tres Canos (el Negro y los dos futuros
Canos, Luis y Gabriel, compañeros de Antonio Merizalde, Restrepo Rivera, Tomás Márquez,
V. de Lussich y Jaramillo Medina); Abel Isaías Marín, Ciro y Gustavo, pulsaban la lira
ya también ora en la Aldea de María, ora en La Valeria, ora en Yarumal (con el viejo
Jorge de Greiff). Arenales andaba metido en Honduras, Guatemalas o Méxicos, quizás».
|
|
León de Greiff. Dibujo
de Ricardo Rendón.
|
Si a la bastante
generosa lista de literatos se une la de los artistas (pintores, escultores, dibujantes),
donde se destacan los nombres de F.A. Cano, Tobón Mejía, José Restrepo Rivera, Humberto
Chaves, los Vieco, los Carvajal, y se suma la de los músicos con Gonzalo e Indalecio
Vidal, las Villamizar, y los Vieco y Marín por el lado de la música culta y por el lado
popular Pelón Santamaría y Marín y Nano Pasos y Germán Benítez y Blumen y los
bambuqueros del Camellón de Guanteros, bien puede decirse que la Villa tenía una «vida
artística» bastante movida.
En ese ambiente y esos
años surgen los Panidas. En sus inicios, el grupo es apenas la reunión de unos cuantos
estudiantes desaplicados y pobres, todos entre los 18 y 19 años de edad. Revoltosos y
buscapleitos, rebeldes y soñadores, inconformes y excomulgados... y expulsados a cada
rato y de todas partes: primero del Liceo Antioqueño y del Colegio de los Jesuitas y
luego de Bellas Artes y la Escuela de Minas y la Universidad de Antioquia. Más
interesados por la alquimia que por la química; por la caricatura y la pintura que por el
dibujo topográfico o el diseño de construcciones; por la lectura de Nietzsche y
Schopenhauer que por la escolástica tomista; por los poetas malditos que por la
gramática y el latín; por el anisado que por los textos de Ginebra...
En 1914, «sin previo y
minucioso acuerdo comenzaron a reunirse en un cafetín
situado cerca al Parque de Berrío y denominado El Globo», apunta Horacio Franco. El
Café quedaba situado exactamente frente a la puerta del perdón de La Candelaria en ese
entonces Catedral de Medellín y se caracterizaba por tener una biblioteca de alquiler,
donde al decir de la mala lengua del panida Villalba (Rafael Jaramillo Arango), «empezó
sus armas de piratería bibliográfica Leo Legris». Don Pachito Latorre, propietario del
cafetín, promocionaba en la prensa la biblioteca con el siguiente aviso: biblioteca el
globo. La mejor de Medellín. Mil ejemplares casi todos nuevos y todos limpios y en buen
estado. Obras científicas, viajes, novelas, historia, poesía etc. etc., de los más
connotados autores. Tenemos el gusto de ofrecerla al público y muy especialmente a las
damas de esta Capital. Boyacá, nros. 208 y 210 (Edificio Central)».
Propiedad del general
Pedro Nel Ospina, el Edificio Central era una casona de tres pisos, con muros de tapia
encalados y balcones de madera. Allí funcionaban, además de «El Globo», las oficinas y
talleres de El Espectador y el bufete de abogado de Lázaro Tobón, conocido
jurista, y columnista de El Correo Liberal. En una buhardilla del tercer piso,
identificada con el número 26, que según testimonio de Eduardo Vasco «Tomás
Carrasquilla, tío político de Pepe, nos pagaba el arriendo», establecieron los Panidas
su «oficina de redacción». Era un cuartucho de cuatro varas de fondo, con una mesa y
algunas sillas maltrechas, que servía de almacén de caricaturas y versos y donde se
guardaban unos cuantos libros descuadernados.
|
|
León de Greiff, un
año de edad. Fotografía de Melitón Rodríguez, 1896.
|
En cuanto al cafetín,
tomado por asalto, se convirtió en coto vedado y exclusivo de los trece Panidas y de
otros pocos «intelectuales de maduro entendimiento»: Carrasquilla, Fariña, Quico Villa,
los hermanos Restrepo Rivera, Horacio Franco, Efe Gómez, don Gabriel Cano y... pare de
contar. Pues !ay! del pobre burgués o del incauto que se atreviera a meter las narices en
El Globo: entre burlas, sarcasmos y cascarazos lo expulsaban de inmediato. El lugar era
apenas «una taberna humosa y semipública», con un único salón decorado con
caricaturas de los habituales hechas por Rendón, Tisaza y Mexía. Había varias mesas con
tableros de ajedrez donde los Panidas y los intelectuales de la «Vieja Guardia» se
enfrentaban en «azarosas partidas a lo Philidor», que acompañaban con aguardiente
motañero o con el café tinto (del cual aseguraban los Panidas ser inventores).
Allí en la
«redacción» y en el cafetín, durante el segundo semestre del año 1914, los Panidas se
dedicaron al planeamiento, organización y financiación de su revista. Entre tanto, y
para entretenerse, se dedicaron a la manufactura del «Album de los sonetos El Globo», un
cuaderno aún inédito cuya carátula diseñó Pepe Mexía y que contiene veinte poemas de
ocho Panidas. Y en forma simultánea iniciaron, bajo la batuta de Le Gris, los ensayos de
los coros para el estreno de su «famosa» ópera Caupolicán en honor de Heredes.
Tartarín Moreira narra con detalle el suceso:
«-Tú, Tisaza,
acompañado de Morayma y de Jova, sostendrás un bemol amarillo durante cuatro días para
suplir los sesenta gatos que han de sostener esta armonía el día del estreno...
-Tú, Nano, con Rendón
y con Manteco, darás un SI mayor con reflejos de rebuzno durante cuatro horas. Y tú,
Pomo, con Cavatini y con Pepe, verterás 49 sostenidos en gris oscuro con cambiantes de
ladrillo durante veinte minutos... A ver, todos a repetir el «Riconto» acatarrado de la
partitura final... Y que no se queje el doctor Lázaro Tobón, que nosotros también
pagamos la pieza. A ver: ala una... a las dos... y a las... tres... El escandalazo hacía
detener sorprendida a toda la gente que pasaba por la calle de Boyacá, alarmando
seriamente a la policía y a los inquilinos».
|
|
León de Greiff,
años 30.
|
En otras ocasiones la
pelotera terminaba en pelea, ya fuera a causa de bromas demasiado pesadas o de críticas
igualmente acidas. En una de ellas, que se convirtió en combate a trompadas. Bernardo
Martínez, que era bajito pero macizo, cogió al entonces esbelto Pepe Mexía, lo dobló
en cuatro como una regla de carpintería y lo echó a rodar por la escalera que daba al
sótano. Como de costumbre y por enésima vez acudió el portero:
-Mañana mismo
desocupan.
-¿Por qué? dijo Tisaza.
-Porque no dejan trabajar al doctor Tobón; todos los días pone la queja; dice que las
Musas de ustedes no tienen alas sino patas. Que...
-Vea, Quiroga: dígale usted al doctor Tobón que no desocupamos este caballete por
ningún motivo. Que vale más una estrofa mía que cien alegatos suyos y que si es tan
abogado, que se faje un memorial capaz de hacemos evacuar este sitio. He dicho...».
Por fin, pues, en
febrero de 1915 apareció la «famosa» revista. La aventura duró apenas cinco meses
(febrero a junio), durante los cuales se editaron diez números, los tres primeros bajo la
dirección de León de Grei-ff y los restantes con Pepe Mexía al
frente. Renden hizo las
carátulas, viñetas, orlas decorativas, avisos y cuatro caricaturas de los escritores
mayores, todo en clisés grabados a mano. En ella publicaron versos y prosas los del
grupo, incluido Renden y excluido Bernardo Martínez que nunca quiso figurar en letras de
molde. Y todos, salvo Fernando González, firmaban sus textos con seudónimos rebuscados y
extravagantes. Para promover las ventas se anunciaba la rifa entre los avisadores y
suscrip-tores de «un hermoso cuadro al óleo»: se trataba de un paisaje auténtico del
pintor español
Rusiñol, ¡hecho por
Tisaza!
En Panida,
además de la ya señalada influencia de Baudelaire y sus seguidores y de la evidente
presencia del Tuerto López, afirma Horacio Botero Isaza en un añejo articulo que «hubo
decadentismo rubendariaco, simbolismo mallarmeano, bradomineano, losofar nietzscheano,
pesimismo schopenhauereano, sonoridad juanramonesca, y aun el fervoroso panteísmo y la
mansedumbre sin igual del Santo de Asís alcanzaban a vislumbrarse». Ello sin contar con
el estilo de Francis Jammes que se percibe tras los textos de más de un Panida.
¿Que pretendían los
Panidas? La respuesta la dio Le Gris: «Nos animaba, ante todo, un propósito de
renovación. Por aquellos tiempos la poesía (y el arte, añade el cronista actual) se
había hecho demasiado académica. Nos parecía una cosa adocenada, contra la cual
debíamos luchar. Fue esencialmente ese criterio de generación lo que nosotros tratamos
de imponer». Y sin duda que lo lograron con la maravillosa poesía del mismo De Greiff, y
con la obra filosófica y ensayística de Fernando González, y con la vanguardia
clandestina que significa la obra artística de Rendón, y de Mexía cuyos monigotes de un
subido modernismo formulan una propuesta «emparentada con el Dadaísmo», según juicio
del crítico Alvaro Medina. No cabe duda que fue el ímpetu de los Panidas el que comenzó
a insuflar aires de modernidad en el arte y en la literatura colombiana. Fueron ellos
quienes iniciaron la contemporaneidad. Con ellos aparece la modernidad, al buscar las
nuevas ideas y las nuevas formas en antecedentes inmediatos (Nietzsche, Simbolismo, Art
Deco, Bahaus, Cubismo, etc.). Pero es una «modernidad» donde aclimatan lo exótico, lo
foráneo, lo adaptan, lo vuelven criollo, les sirve de «utensilio de trabajo» y no de
modelo calcable. Asimismo, a partir de los Panidas esas dos vertientes que señala Luis
Vidales como constantes en la literatura y en el arte colombiano, la
oficial y
la subterránea, no sólo ahondan y amplían sus diferencias sino que la segunda se
hace evidente, palmaria, abierta, trasgresora.
|
|
León de Greiff.
Dibujo de Ramón Barba, 1932.
|
Y cerremos esta
descabalada crónica contando qué pasó con Panida y los Panidas. Editado el último
número en junio de 1915, casi de inmediato comenzó la diaspora: en el mes de julio
marchó León a Bogotá y más tarde le siguieron Jaramillo Arango y Rendón y Jovica y
Restrepo Olarte y Bernardo Martínez; Tisaza y José Gaviria Toro optaron por la
«liquidación total de la existencia», en 1918 y 1929, respectivamente, camino que luego
seguiría Rendón en 1931. En cuanto a Mora Vásquez y Eduardo Vasco, rápidamente
abandonaron sus iniciales inclinaciones literarias y bohemias para dedicarse, el primero
al derecho y la política y el segundo a la medicina. Total que como panidas en Medellín
sólo quedaron el maestro Femando González, Pepe Mexía, que devino arquitecto, y
Tartarín Moreira, que con el tiempo se consagró como compositor y letrista.
|