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Acta
fundacional
de la Casa
de la Madre
y el Niño, noviembre 23 de 1942, y su
promotora, María López Michelsen de Escobar.
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En alguna
ocasión el escritor peruano Mario Vargas Llosa afirmó que Latinoamerica era una
"sociedad sin padres". Se refería, claro está, a los hombres-varones y a su
responsabilidad en relación con la concepción, el crecimiento y el desarrollo de los
hijos. Ante esta ausencia de padres, bastante generalizada, sobre todo en las llamadas
"clases menos favorecidas", las mujeres han tenido que asumir las
responsabilidades y sufrir las consecuencias de esta situación que ha definido en buena
parte, sociológica y humanamente, la condición de la mujer y el niño de nuestros
países: embarazos indeseados, abortos, abandono de recién nacidos, madres solteras,
orfandad efectiva, violencia, prostitución y delincuencia, en fin, vidas atrapadas en la
espiral inagotable de lo que suele llamarse la infelicidad.
Esta situación, que
frecuentemente se asimila al destino, despertó, hace más de medio siglo, la conciencia
de algunas personas --mujeres en su mayoría-- de las clases más favorecidas que
decidieron crear una institución para ofrecer una alternativa de vida menos dolorosa. Al
frente de este grupo estuvo la señora María López Michelsen de Escobar --hija de
Alfonso López Pumarejo--, quien firmó el 23 de noviembre de 1942 el acta de fundación
de la Casa de la Madre y el Niño, junto a Eugenia H. de Restrepo Mejía, Roberto Urdaneta
Arbeláez y José del Carmen Acosta. Hoy, finalizando el siglo, la dirección de la
institución está en manos de la señora Bárbara Escobar de Vargas, hija de doña
María, la fundadora, y sigue cumpliendo su labor.
Desde su fundación, la
Casa de la Madre y el Niño ha sido un hogar de paso para mujeres desvalidas, en trance de
dar a luz o que ya lo han hecho, y para sus pequeños. Madres e hijos reciben atención
médica, social, psicológica --humana y espiritual, podría decirse-- para entrar en una
nueva etapa de la vida --o en la vida misma, como es el caso de los recién nacidos-- y
tratar de sortear de la mejor manera las duras condiciones de rechazo social y familiar,
de desconcierto, de abandono, debidas a embarazos indeseados o a falta de recursos. Y
aquí surge la posibilidad de la adopción como mecanismo social y humano.
Esta opción se inspira en
las fuentes originarias y recientes del cristianismo, desde la paternidad por la adopción
de San José con el niño Jesús hasta los decretos del Concilio Vaticano II: "Por el
bien de los niños y de la sociedad [...] es urgente multiplicar los centros de adopción
por parte de la Iglesia, del Estado y de las instituciones particulares, hacer conocer la
legislación del país en la materia y motivar a los cónyuges cristianos que estén en la
posibilidad de adoptar niños abandonados, para que realicen esta obra de amor humano y
cristiano". Y, en consecuencia con estas directrices, en los procesos de adopción
que se generan en la Casa de la Madre y el Niño se observan las normas legales sobre
adopción de niños y de protección a la infancia y a las madres, en cuya elaboración ha
participado la institución, en algunos casos. Por este conducto, más de 6.000 niños
colombianos en estas circunstancias han encontrado un hogar y unos padres.
Cuando se visita esta Casa
llaman la atención la pulcritud y el orden, los colores, las dotaciones, la sonrisa de
los niños. Cuando se revisa la publicación conmemorativa de sus cincuenta años de
labores (1992) se piensa que no es posible tanta felicidad: fotos a todo color de los
niños crecidos y sonrientes con padres (mujeres y hombres) rubios y en paisajes de nieve
o en confortables salas, apellidos extranjeros de los niños adoptados (Eriksson,
Donzelot, Greemberg, Bianchi, etc.) y apellidos nacionales que suenan "bien"
(Esguerra, De Greiff, Holguín, etc.), testimonios agradecidos y felices de adoptados y
adoptantes, etc. Y sí: es posible. Son pocos, muy pocos, ante la magnitud real de este
problema en un país con tan drásticos desajustes sociales y con una violencia endémica
que surge desde la misma familia: esos niños ahora tienen unos padres y otra patria.
Dios, afirmaba el filósofo árabe Averroes (1126-1198), se ocupa de "los
universales", de los géneros y de las especies. De los individuos concretos
--auncuando pocos-- se ocupan instituciones como la Casa de la Madre y el Niño.
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