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Hospital
San Carlos de Bogotá, 1948,
Album Ortega Ricaurte,
Sociedad de Mejoras y Ornato.
Su benefactor: Gustavo Restrepo Mejía, foto de la revista "Américas", 1949.
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Cuando se
inauguró el Hospital San Carlos de Bogotá, el 25 de agosto de 1948, la sociedad bogotana
creía estar viendo la llegada de la modernidad. Era el primero y, a la postre, el único
sanatorio antituberculoso de carácter privado diseñado científicamente para tal efecto.
Su costo alcanzó la exorbitante suma de cinco y medio millones de pesos, cuando el dólar
valía cerca de dos pesos. Su construcción requirió el trabajo de más de 150 obreros
durante cinco años y casi todos los materiales y equipos fueron importados de Europa y
Estados Unidos, aun en medio de las limitaciones de la segunda Guerra Mundial.
Y no era para menos. En
medio de la nada, a pocos kilómetros al sur del casco urbano de lo que era Bogotá, se
alzaba un imponente edificio de ocho pisos, con las más increíbles características
técnicas. Un amplio introitus con paredes de mármol rosado importado de Bélgica. El
ladrillo de las paredes fue ultradesecado par evitar la adherencia del bacilo tuberculoso,
con lo que adquirió un curioso y llamativo color amarillo. En la recepción se instaló
la más moderna central telefónica del momento. El hospital contaba con laboratorio
clínico bien dotado, salas y aparatos portátiles de rayos X, esterilizador de colchones,
ascensores alemanes de gran capacidad, sala de juegos, dentistería, teatro, capilla y
biblioteca. La cocina central tenía cuartos fríos gigantescos para diferentes tipos de
alimentos, hornos "a gas" para el pan y máquina para hacer helados. Para evitar
la contaminación a poblaciones vecinas, tenía una planta de purificación de aguas y
hornos para la cremación de desechos. El viento que avanzaba de la colina posterior hacia
la sabana sería "purificado" por un bosque de cipreses australianos que en
pocos años constituiría una verdadera barrera natural frente al eventual contagio. Las
especificaciones técnicas fueron diseñadas con la asesoría del doctor Esmond Long,
importante neumólogo investigador estadounidense, quien vino con el apoyo de la Oficina
Sanitaria Internacional. Y la firma Cuéllar, Serrano, Gómez recibió uno de sus primeros
premios de arquitectura con esta obra.
Los pacientes tuberculosos
no podía encontrar mejores condiciones para sus largas estancias de, por lo menos, un
año. Cuartos amplios, aireados e impecables, con esquinas redondeadas para evitar la
acumulación de residuos favorables al depósito de bacilos. Ventanales de piso a techo,
balcones y "solarios", como parte de la dispendiosa cura. La disposición del
edificio estaba pensada para recibir sol todo el día. La ropería era importada de Nueva
York, especialmente marcada en la fábrica. La alimentación era abundante y variada,
servida en diferentes tipos de vajillas y de cristalería, y cubiertos de electroplata
importados de la casa inglesa Walker & Hall, dado que el novedoso material
indestructible denominado "plástico" resultaba demasiado costoso.
Los recursos para esta
monumental obra provenían de la fortuna del señor Gustavo Restrepo Mejía, quien a su
muerte en 1940, fue calificado por la prensa nacional como "el primer millonario de
Colombia". Su fortuna se calculó en cuarenta millones de pesos y la mayor parte de
su patrimonio fue destinado a la construcción del hospital de tuberculosos. Este fue el
origen de la Fundación que se denominaría San Carlos, en recuerdo de la madre de don
Gustavo. Las rentas del legado servirían para su sostenimiento y la administración
estaría a cargo de una Junta perfectamente diseñada desde el testamento del benefactor.
En esta época, la caridad
privada constituía toda una opción para la atención de los pobres, en remplazo del
Estado. Y así se mantuvo durante los primeros 25 años de existencia de la Fundación.
Pero los cambios en el tratamiento de la tuberculosis, cada vez más ambulatorios, y la
ampliación de la campaña antituberculosa por parte del Estado, pusieron en aprietos al
ya no tan moderno sanatorio, al punto que la junta administradora decidió conducirlo
hacia un Hospital general con énfasis en neumología. Por esta vía llegó a ser hospital
universitario y obtuvo cierto prestigio científico en su especialidad. Pero cada vez
más, la Fundación se quedó sin verdaderos dolientes, como ha ocurrido con muchas otras
instituciones de su tipo. Durante la década de los ochenta, entró en una crísis
progresiva que llegó a un déficit insostenible. En octubre de 1994 el Hospital San
Carlos cerró sus puertas, después de 46 años de labores ininterrumpidas. El Ministerio
de Salud decidió su intervención, y después de estrategias de salvación sostenidas
durante más de tres años, se logró reabrir un hospital más modesto de 40 camas en el
antiguo pabellón infantil, mientras se arrendó el edificio principal al Seguro Social
para el montaje de la hoy denominada Clínica Carlos Lleras Restrepo. Para proteger la
construcción, el edificio fue declarado monumento nacional en junio de 1995. Podría
decirse que la Fundación revivió como el ave fénix, pero bastante disminuida.
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