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Barrio El
Minuto de Dios, en Bogotá,
y su fundador el padre
Rafael García-Herreros Unda,
dibujado por Juan Antonio Roda en 1977.
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Los teóricos
de la historia y de las religiones han reconocido al cristianismo como una religión
eminentemente histórica y, por tanto, también profundamente humana, para bien y para
mal. San Agustín (354-430), el primer filósofo de la historia y del cristianismo,
escribió La ciudad de Dios para darle un sentido al dramático proceso histórico y para
"empatar" la historia sagrada con la historia humana. Algunos de sus inmediatos
epígonos --herejes y milenaristas-- entendieron que la "Ciudad de Dios" podría
edificarse aquí y ahora, en la Tierra, mediante la instauración del reino de la justicia
y la igualdad entre todos los hombres, por la predicación, e incluso la violencia. A
finales del siglo XIX y comienzos del XX, ante el avance del marxismo y de los
socialismos, los papas diseñaron la doctrina social de la Iglesia, en especial León XIII
(encíclica Rerum novarum, 1891) y Pío XI (encíclica Quadragesimo anno, 1931), para
lograr lo mismo por la vía del Evangelio.
A comienzos de este siglo
llegó a Colombia el jesuita español José María Campoamor, quien fundó el Círculo de
Obreros (1911) --antecedente de la hoy poderosa Fundación Social-- y un barrio obrero,
Villa Javier (que se desarrolló entre 1913-1934). Se trataba de "la Ciudad de Dios
en Bogotá", como llamaron a este barrio los historiadores Rocío Londoño y Alberto
Saldarriaga. Detrás de este proyecto concreto estaba la idea de un cristianismo activo
con preocupaciones y realizaciones sociales para esta Tierra, sin olvidar las de
salvación de las almas. El Minuto de Dios, otro barrio, y ahora una Corporación, se
inscribe en la línea de Campoamor en las nuevas condiciones dentro de las cuales el padre
Rafael García-Herreros (1909-1992) tomó, casi que literalmente, el relevo en este tipo
de empresas: Campoamor murió en 1946 y García Herreros iniciaba su proyecto de El Minuto
de Dios (del espacio al tiempo) con una breve emisión radiofónica del mismo nombre en
1950, desde Cartagena.
Difícil trazar la
trayectoria de este proyecto y de su gestor el impulsor fundamental, que abarca desde
"Proclamar, con la fuerza del Espíritu Santo, a Jesucristo, liberador del mal
personal y social, y renovar su fe en Él" (primer objetivo de la Corporación Minuto
de Dios) hasta "Crear, como resultado de los objetivos anteriores, efectos de
demostración que sirvan de modelo y estímulo para cambios estructurales profundos, en la
organización del país" (quinto y último objetivo de la misma entidad). El primero
de ellos se plasma en el Centro Carismático Minuto de Dios, que parece haberse convertido
en la actividad más importante de la Organización Minuto de Dios; el quinto y último
objetivo se desarrolla en otros proyectos y realizaciones tales como la Corporación
Universitaria Minuto de Dios, la Corporación Ejecutiva Minuto de Dios, Lumen 2.000,
Emisoras Minuto de Dios, la Fundación de Asesoría Rurales, la Corporación Industrial
Confecciones Minuto de Dios, la Fundación Eudes, la Corporación de Salud Minuto de Dios,
los barrios del Minuto de Dios en diferentes ciudades. Podría pensarse: ¿será que con
la muerte de García-Herreros estamos ad portas de una nueva Fundación Social?
Por ahora es necesario
limitarse a constatar la presencia ininterrumpida de El Minuto de Dios y de su fundador en
todos los frentes de la vida nacional, desde el llamado a la solución al problema de la
vivienda, en un país que, debido a los procesos de modernización, pero también a los
efectos de la violencia, pasó de tener un 30.9% de su población en las ciudades, en
1938, a tener el 69.5% de la misma en los grandes centros urbanos, en 1985, hasta la
acción decidida en la búsqueda de la justicia social y de la paz mediante el
acercamiento a personajes y grupos sociales --o antisociales-- que tienen que ver con esta
situación. En este medio siglo de presencia viva y mediática, García-Herreros ("el
telepadre", se le llamó) pisó muchos callos y tuvo enfrentamiento con algunos
sectores poderosos tradicionalmente refractarios a compartir la riqueza y a ceder algo en
aras de la justicia social, así sea cristiana. El fundador de El Minuto de Dios se fue
con su ruana y con "su mirada adusta, colérica y llameante que le anticipa a uno
algo de lo que debe ser el purgatorio, porque en ella se puede encender un
cigarrillo" (Klim). Dejó una obra, un minuto que llena medio siglo, una institución
benéfica y muchas casas en Bogotá y en todo el territorio nacional que --no por su
culpa-- no logran aún conformar una "Ciudad de Dios". Él si lo quería. Pero
hacerlo, a algunos les parecía el infierno o, por lo menos, el purgatorio. Sus enemigos
lo quisieron "folclorizar", pero él fue más universal y --digamos-- más
aristocrático que ellos en su espíritu de hacer el bien y de la vida austera y sencilla.
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