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Los españoles
encontraron en las culturas mesoamericanas un fruto que iba y venía de un lado a otro por
el territorio controlado por los aztecas. Era el cacahuacintli, cuyas semillas
transformadas en bebida se llamaban cacahuatl. Su comercio llegaba incluso hasta más
allá de sus fronteras. El interés de los nativos por este producto era tal que los
europeos consideraron que las pepitas de cacao constituían una especie de moneda, pues
servían como un equivalente para los intercambios. La situación era diferente en el
territorio de la actual Colombia y en los Andes, donde el cacao se daba en forma silvestre
y los indígenas lo consumían como otro producto.
Se sabe que en México los
españoles le quitaron su carácter sagrado, su siembra fue desritualizada y su consumo,
restringido a la nobleza, se amplió a sectores populares. Así, durante la colonia se
logró un alto nivel de comercialización del producto. Desarrollaron regiones económicas
y para su explotación emplearon básicamente esclavos y mano de obra indígena. Guatemala
y Tabasco, la provincia de Venezuela y Guayaquil, en el Ecuador, adquirieron gran
importancia en la producción de cacao a lo largo de la colonia y de modo especial en el
siglo XVIII. En la Nueva Granada los jesuítas introdujeron su explotación y
comercialización. Al igual que otros empresarios laicos, combinaron su cultivo con
actividades como la ganadería y el cultivo de la caña de azúcar.
En Venezuela y en Ecuador
primó el sistema de plantación, en torno al cual florecieron pequeñas y medianas
empresas que vendían a grandes tenedores y comerciantes sus cosechas. En Colombia, el
cultivo de cacao no fue extenso y no predominó el sistema de plantación cacaotera, sino
el de haciendas. Aunque se dice que en Mompox hacia 1750 había haciendas de cacao hasta
de "60 mil árboles", se trataba de cultivos que apenas ocupaban 40 hectáreas
de tierra.
TRABAJO Y TÉCNICAS DE
EXPLOTACION
La explotación y cultivo
del cacao demandó fuerza de trabajo esclava y las técnicas de siembra, recolección y
secado no fueron muy avanzadas ni complejas. El cultivo requería de un cuidado especial
en los primeros cuatro años y luego empezaba a producir. Pero era necesario mantenerlo
irrigado, limpio de maleza, y estar pendiente de la renovación de los árboles viejos.
Fray Juan de Santa Gertrudis decía que "lo que se siembra no es el vástago, sino
los granos de cacao. Se hace almácigo de ellos, y a su tiempo se transplanta y a los
cuatro años ya da fruto". Contrasta esta descripción de 1750 con la que hizo en
1820 un viajero inglés que pasó por la hacienda de Estanques en la provincia de Mérida:
"En estas fincas los árboles de cacao se siembran en hileras, con intervalos de tres
o cuatro metros y como es necesario protegerlos de los rayos directos del sol, se siembran
al mismo tiempo, alternadamente, otras hileras de Plantain y de L'éritryne que crecen muy
rápido y dan magnífica sombra. L'eritryne protege la plantación después del segundo
año, y el plantain el primero, al mismo tiempo que produce sus propios frutos.
Generalmente produce dos cosechas anuales, una en julio y otra en diciembre, y se requiere
gran cuidado para la recolección y el secamiento de la fruta. El grano se extrae de la
vaina y se coloca sobre hojas o caneyes para secarlo".
Es decir, el cacao se
transplantaba desde los almácigos y requería de sombrío en los dos primeros años. Como
en otros tipos de cultivos, el plátano no sólo daba sombra sino frutos, que se usaban
para la alimentación de los trabajadores y para ser comercializado localmente. Después
de los cuatro años el cacao comenzaba a dar fruto, en julio y diciembre. Santa Gertrudis
afirma que el cacao daba fruto "todo el año", pero su cosecha grande era en
abril y mayo. Por esto se consideraba la fiesta de San Juan como la época de la gran
cosecha. El árbol seguía produciendo durante mucho tiempo, a veces más de treinta
años. Su beneficio se hacía en caneyes, e incluía recolección, extracción de la
vaina, secamiento y almacenamiento. Un proceso similar al beneficio del café, sólo que
éste es de tierras templadas y de origen asiático, y el cacao de tierras calientes y
nativo de América. "Hay que tener mucho cuidado de que no se humedezca, y el proceso
de secamiento dura varios días, después se almacena teniendo mucho cuidado de que no se
mezcle con vainas o granos verdes. El árbol casi nunca produce antes de cinco años y en
algunos sitios, sólo después de seis o siete, pero después de la primera cosecha, si se
cuida bien, sigue produciendo durante 30 o 50 años".
El cacao debía cultivarse
en la proximidad de un río para irrigarlo en tiempos de sequía. Para ello se construían
canales que servían al mismo tiempo para drenar los terrenos en épocas de invierno. No
es extraño, entonces, suponer que las técnicas usadas en la región próxima al valle de
Cúcuta y en otras regiones de Colombia hubieran sido comunes en otras zonas de la
América Española. Así como era necesario cuidar su irrigación para asegurar una buena
cosecha, había que evitar la humedad de la semilla, una vez se sacaba de su vaina y se
limpiaba.
Estos cuidados no eran
ajenos a los hacendados del siglo XVIII. En 1767, en la hacienda de Chipalo de San Juan de
la Vega, ubicada a orillas del río Magdalena, todos los cacaotales se hallaban "con
sus riegos de agua por distintas (a)sequias correspondientes a todos ellos". La
infraestructura no requería alta inversión de capitales. Se trataba de la simple
apertura de canales por donde el agua iba y venía, pues el cacao era un árbol que
únicamente prevalecía "en clima caliente, y quiere mucha humedad".
LAS COSECHAS
Aunque el "cacao...
fructifica todo el año", y sus cosechas eran en San Juan y Navidad, como lo afirma
Francisco José de Caldas, era evidente la dependencia de esta y de otras cosechas de los
períodos de sequía o lluvias propios de Colombia: las estaciones eran "dos
lluviosas y dos de buen tiempo, que alternan mutuamente". Lluvias y cosechas
incidían en el calendario festivo del mundo rural colombiano: las fiestas de San Juan y
San Pedro y las de Navidad. Para recoger no dos, sino tres o cuatro cosechas, según los
terrenos, se requería una infraestructura importante de aguas. En las zonas donde se
precisaba conducir las aguas, los canales servían para humedecer el terreno lo
suficiente, de tal manera que se pudieran mantener los árboles productivos todo el año.
Tal vez por esto se afirmaba que los frutos que venían fuera de dichos tiempos no se
sazonaban bien, porque no habían tenido "las aguas ni la sequedad en la justa
proporción".
Las áreas cultivadas en
las haciendas cacaoteras de la Nueva Granada no fueron muy extensas. Normalmente el cacao
se cultivó junto con otros productos de tierra caliente, en especial la caña de azúcar.
Si aceptamos como indicador que un almud de tierra, equivalente a 0.3 hectáreas, podía
soportar 500 árboles de cacao, como ocurría en las haciendas de Fierro Arriba y Fierro
Abajo (jurisdicción de Honda), es viable determinar las áreas cultivadas de cacao en
algunas haciendas de la Nueva Granada.
Estas haciendas a más de
la producción de cacao desarrollaban actividades diferentes, en consonancia con la
orientación que los empresarios supieron dar a dichas unidades, como fue diversificar en
una explotación la agricultura y la ganadería. Así, San Xavier de la Vega, que tenía
una extensión de 222 hectáreas, dedicaba apenas el 1 % en cultivos de cacao. Aunque se
le consideraba como una hacienda ganadera, apenas el 43 % de sus inversiones estaban
representadas en ganados. El resto era inversión en esclavos y bienes muebles. Haciendas
como las de Fierro arriba y Fierro abajo en realidad eran muy pobres y su producción
cacaotera no era muy significativa, a pesar de ser consideradas como empresas que se
dedicaban a dicho cultivo.
Junio era el momento
culminante de la cosecha grande y diciembre el de la cosecha secundaria. De la abundancia
o escasez de las mismas dependían los precios en el mercado. Así, la crisis de 1770
infló los precios de la carga de cacao de 34 a 50 pesos, para caer luego, en 1771, a 41
pesos. Desde Navidad de 1769 las cosechas habían sido muy precarias, posiblemente por el
rigor de los climas, y en el caso de las haciendas de jesuítas por los traumas
administrativos derivados de su expulsión. Al momento de expulsar a la Compañía, la
hacienda de Fierro, de su propiedad, tenía 40 mil árboles de cacao que sufrieron los
efectos del abandono y el descuido a los que fueron sometidos en los años previos a su
venta. A pesar de que el cacao no fue un cultivo que se desarrolló en grandes unidades,
su producción no sólo logró atender la demanda básica interna sino disponer algunos
excedentes para exportar.
EL COMERCIO
La demanda del cacao no se
reducía al mundo de los indígenas, sino de los grupos acomodados de la población blanca
de las colonias. Pero una vez se conoció en Europa se convirtió en una bebida lujosa,
creándose un gran mercado de exportación. En el siglo XVIII el cacao llegó a ser el
primer producto de origen agrario que llegaba a España. Pero en el caso de la Nueva
Granada otros productos le disputaban dicho privilegio. La fragata La Galga, que zarpó en
1763 con destino a España, a más de metales preciosos llevaba 1.727 zurrones de cacao y
20 de cascarilla, 138 cajones de azúcar y una variedad de productos como la cochinilla,
el carey y 4.175 cueros. Hacia 1780 el algodón y el palo brasil habían llegado a ser
más importantes que el cacao. Eso sí, estaba por encima de otros productos como la
grana, el azúcar y el tabaco.
El valor de las
exportaciones del cuatrenio alcanzó los 9'382.211 pesos, de los cuales el 94,22 % estaba
representado por el oro y la plata y el 5.78 % por los demás productos. El cacao
representó el 0.54 % del total de las exportaciones del cuatrenio. La calidad de los
cacaos mexicanos y venezolanos hacía muy difícil que otras regiones, con la excepción
de Guayaquil, entraran en los mercados coloniales y europeos. En general la producción de
cacao se consumía en los mercados internos de las colonias y otra parte en Europa. Con
respecto a la Nueva Granada, el cacao de Pamplona y Cúcuta llegaba a Santafé, el de las
regiones del Alto Magdalena al occidente de Colombia, el de la costa atlántica a los
mercados del Caribe, y todos ellos podían exportar algunos excedentes hacia España.
Dentro de las colonias, el cacao se convirtió en un producto de consumo popular y los
dueños de hacienda lo usaron para cancelar parte de las rentas de los trabajadores de sus
haciendas.
El cacao también le
permitió a muchos esclavos libertos y a pequeños tenedores libres consolidar unas
rentas, y con ello un modo de libertad relativa frente a las indeterminaciones del
mercado. En consecuencia, el cacao no fue sólo un producto de consumo y factor de
riqueza, sino que fundó sentimientos de vanidad y orgullo. Acompañó a los hombres ricos
en sus festejos, estuvo en los campos acompañando a los trabajadores en sus alegrías y
en sus penas, y en la cocina de los esclavos, peones y concertados. Llegó a la mesa de
los conventos de frailes y monjas y a las cocinas de las casas de las ciudades como un
producto de consumo básico. Cuando el mundo encontró el café en el siglo XIX, el cacao
cedió sus espacios a una nueva bebida que consolidaría nuevas fortunas y nuevos sectores
sociales. Pero ese es otro capítulo que tiene que ver con la decadencia de un producto
que generó prosperidad, como otros productos tropicales (la quina, el caucho y el añil),
en importantes sectores de la economía y la sociedad colonial americana.
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