Ante la carencia de
universidad pública en el Nuevo Reino de Granada, dos colegios fueron fundamentales para
la enseñanza de los estudios seculares universitarios: el Seminario de San Bartolomé y
el Mayor de Nuestra Señora del Rosario, fundados en la ciudad de Santafé, el primero por
el arzobispo Bartolomé Loboguerrero en 1605 para educar a los individuos que ingresarían
al clero secular, y el segundo por el arzobispo Cristóbal de Torres y Motones, el 18 de
diciembre de 1653, para educar a los personajes seculares que ocuparían cargos públicos
en el gobierno y la Iglesia.
Las cátedras universitarias de Artes o Filosofía, de Derechos
Canónico y Civil, Telogía y Medicina se dictaban en los colegios, pero éstos carecían
del permiso real para otorgar títulos intra claustro, por lo que los catedráticos y
colegiales tanto bartolinos como rosaristas debían presentar los exámenes de grado en
las denominadas universidades particulares, nombre que la corona española le dio
al permiso o facultad para graduar y expedir títulos de bachiller, licenciado, maestro y
doctor a las comunidades religiosas de dominicos y jesuitas, siguiendo el ritual de la
Universidad de San Marcos en Lima. Los bartolinos concurrían a la Javeriana y los
rosaristas a Santo Tomás.
Aunque aparentemente similares, los colegios tenían bien marcadas sus
diferencias con base en sus estatutos. San Bartolomé, fue fundado como seminario y
convictorio, el cual constituía "en los colegios de los jesuitas la habitación o
parte de la casa en que vive la juventud, pagando alguna pensión, y se la enseña a leer
gramática, etc.". Fue dirigido por la Compañía de Jesús hasta 1767 cuando Carlos
III expulsó a la comunidad de los reinos españoles. Su rígida estructura impedía que
los alumnos tuvieran injerencia en el manejo del colegio y los directivos eran religiosos
nombrados por la misma Compañía de Jesús. El patrono fue el arzobiso de Santafé.
El Rosario fue un colegio mayor, es decir, "un centro docente de
régimen de internado, que se caracteriza por la importancia de los privilegios de que
goza, por estar acogido a la protección real y por requerir específicas condiciones
físicas, intelectuales, económicas, morales y determinada procedencia regional de sus
miembros", gobernado y dirigido por sus propios colegiales, quienes cada año
elegían de entre ellos mismos el Claustro o cuerpo directivo (rector, vicerrector,
consiliarios, maestro de ceremonias y procurador). Gozaba de los mismos honores y
preeminencias del Colegio Mayor del Arzobispo Fonseca en Salamanca y tenían el rey como
patrono. No pertenció a ninguna comunidad, el colegio eran los colegiales.
El Colegio Mayor del Arzobispo Fonseca en Salamanca y los otros cuatro
colegios mayores se constituyeron en el instrumento ideal para entrar a formar parte del
grupo de funcionarios que ocuparían los cargos burocráticos tanto en el gobierno como en
la Iglesia, amparados y protegidos por la Corona. Ingresar a un colegio mayor era el
camino más seguro para conseguir un cargo burocrático, por lo que se convirtieron en
centros de poder. Y este fue el modelo que se trasplantó al Nuevo Reino de Granada con su
exponente más representativo, el Colegio Mayor del Rosario, ya que, desde la licencia
expedida por Felipe IV el 31 de diciembre de 1651, así lo estipuló, y luego reafirmó
con otra cédula real expedida en 1664, cuando fueron aprobados sus constituciones o
estatutos.
En ambos colegios el objetivo fundamental consistía en formar a los
curas y burócratas descendientes de los conquistadores españoles, para lo cual las
condiciones de ingreso que se exigían eran, para San Bartolomé, "que sean pobres
españoles y de legítimo matrimonio, y de edad de por lo menos doce años; y que sepan
bien leer y escribir; de buenas costumbres y habilidad" (Real Colegio Mayor y
Seminario de San Bartolomé. Bogotá: Institutto de Cultura Hispánica, 1996). Así,
se excluía claramente a la población indígena o mestiza.
En el Rosario, por ser mayor de estatuto y "por cuanto los
colegiales que de presente constituyen el colegio son lo esclarecido en nobleza de que
consta este reino", se debían presentar certificados de hidalguía y declaraciones
de tres personas que testificaran: "lo primero, que todos los colegiales sean
legítimos; y aún queremos que sean legítimos sus padres; lo segundo que sus padres no
tengan oficios bajos, y mucho menos infames por las leyes del reino; lo tercero que no
tengan sangre de la tierra y si la hubieren tenido sus progenitores, hayan salido de
manera que puedan tener un hábito de nobleza y no de otra suerte; y lo cuarto que sean
personas para el bien público" (Constituciones del Colegio Mayor de Nuestra
Señora del Rosario. Madrid: Juan Nougués, 1664).
A partir de 1767, cuando el monarca español secularizó San
Bartolomé, éste dejó de ser exclusivamente seminario para dar inicio a la educación
civil, instruyendo cada vez menos sacerdotes seculares y más funcionarios civiles. Hasta
esa fecha había quedado claro que en las ceremonias formales, "en la iglesia
metropolitana están divididos teniendo su asiento el colegio de San Bartolomé al
lado
del Evangelio, y el del Rosario al de la Epístola guardando también igual división en
las conclusiones generales y actos literarios que tienen las dos universidades, y
religiones". Igualmente, en la procesión por las exequias del rey Carlos II, el
Rosario, "como mayor, llevará la mano derecha", dejando el lado
izquierdo para San Bartolomé. Pero, en otra cédula real de 1704 se había ordenado:
"que ambos colegios sean en todo iguales gozando recíprocamente el uno de los
honores del otro".
Sin embargo, Carlos III ratificó por cédula real de 1768 que el
Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario era de estatuto "como los demás
colegios mayores españoles". Ese honor no le fue concedido a San Bartolomé, pero de
hecho empezó a funcionar, sin autorización para ello, como colegio de estatuto,
exigiendo las rigurosas pruebas de nobleza e hidalguía para el ingreso de sus colegiales,
las cuales tenían validez para obtener cargos públicos. Esto le garantizaba a los
colegiales de San Bartolomé obtener altos cargos en el gobierno civil.
El sistema funcionó hasta 1826, cuando el vicepresidente Francisco de
Paula Santander le canceló el permiso de otorgar grados académicos al convento de Santo
Tomás. A partir de ese año, el gobierno asumió esta prerrogativa bajo el nombre de
Universidad Central de Cundinamarca, entidad que fue instalada en San Bartolomé.
Desde 1820, Santander había fundado ocho colegios en las ciudades de
Tunja, Medellín, Ibagué, Cali, Pamplona, San Gil, Vélez y Cartagena, los cuales
funcionaron al igual que el Rosario y San Bartolomé como colegios universitarios,
dependientes de la Universidad Central para obtener títulos académicos.
El Rosario conservó su estructura y autonomía de colegio mayor, pero hasta 1851
dependió del ente estatal para graduar a sus colegiales. A partir de entonces y hasta
nuestros días ha funcionado como universidad. San Bartolomé nunca obtuvo el rango de
universidad y ha perdurado como colegio.