Después
de varios días de huelga los obreros de la zona bananera
en el Departamento del Magdalena, se enfrentaron con el ejército,
desplegado allí para evitar alteraciones del orden público
y “un golpe de mano” que tenían planeado los
comunistas, organizadores de la huelga, según rezaba la
propaganda difundida por distintos medios de comunicación.
Sobra decir que impresos, pues entonces no había de otros.
¿Qué pretendían los supuestos comunistas
al lanzar a los obreros de las bananeras a una huelga que, desde
el primer momento, fue calificada de subversiva por el Gobierno?
¿Qué intentaban subvertir los obreros de la zona
bananera? ¿Acaso estaban formando un ciclón revolucionario
bolchevique –como editorializaban los respetados periódicos
conservadores y preconizaban desde los púlpitos los venerables
representantes de Dios en la Tierra—ciclón que barrería
con las vidas y haciendas de la gente de bien?
No podría explicarse, ni menos comprenderse, por qué
ocurrió un episodio como la masacre de la Zona bananera
del Magdalena, sin tratar de entender el influjo de un acontecimiento
acaecido diez años antes, la Revolución bolchevique
de Rusia, al concluir la primera guerra Mundial, y el establecimiento
de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas,
primera república socialista en el mundo, que a su vez
produjo el nacimiento de dos corrientes opuestas: la de los que
veían por fin materializado el ideal de la igualdad social
y de la justicia verdadera, encarnado en Lenin y sus bolcheviques,
la redención de las clases trabajadoras y la condena definitiva
de la explotación del hombre por el hombre; y la de los
que advirtieron en a revolución soviética una amenaza
mortal para el orden capitalista, la desaparición de la
propiedad privada y el establecimiento de la horrenda dictadura
del proletariado. La primera corriente ganó muchos adeptos
en todo el mundo. Los obreros se organizaron en sindicatos, las
huelgas se extendieron y poco a poco los trabajadores le arrancaron
al capital amedrentado concesiones y derechos con los que, diez
años atrás, ni se hubieran atrevido a soñar.
En los albores de la revolución soviética el escritor
liberal colombiano Max Grillo había pregonado, a mediados
de 1919, que “los obreros [colombianos] desean formar un
nuevo partido que tenga por programa las grandes reivindicaciones
socialistas. El liberalismo, por evolución, puede ser ese
partido socialista”. No eran palabras vanas. Los intelectuales
liberales, su clase dirigente, su juventud, se lanzaron a una
en pos del ideal socialista, ya aclamado por Rafael Uribe Uribe
mucho antes de la revolución de octubre de 1917, como un
imperativo para el liberalismo. Los patriarcas Baldomero Sanín
Cano, Benjamín Herrera y Max Grillo, y los jóvenes
Enrique Olaya Herrera, Alfonso López, Eduardo Santos, Luis
López de Mesa, Eduardo y Agustín Nieto Caballero,
Armando Solano, Benjamín Palacio Uribe, Luis Cano, Enrique
Santos, Ricardo Rendón, María Cano, y varios centenares
más de la extraordinaria Pléyade de liberales de
la Generación del Centenario que supieron combinar el pensamiento
con la acción, acordaron, al comenzar la década
de los veintes, que el propósito sagrado del Partido Liberal,
en su búsqueda del poder, era plasmar la reforma social,
y acogieron en su plataforma no pocos de los postulados del socialismo
soviético.
Como es natural el Partido Conservador –en el que militaban
personalidades progresistas como José Vicente Concha, Marco
Fidel Suárez, Pedro Nel Ospina o Guillermo Valencia—no
podía estar de acuerdo con las prédicas subversivas
del bolcheviquismo, y las combatió sin tregua en el parlamento,
en el Gobierno, en la prensa y en los púlpitos. Para 1928
el liberalismo –todavía minoritario en el Congreso—había
popularizado su acción social y gozaba del fervor de las
masas. Los obreros, a los que el sector más reaccionario
del conservatismo calificaba de comunistas, eran fervientes liberales
porque encontraban en los editoriales de la prensa liberal, en
los discursos de los jefes del liberalismo, en la idea de la reforma
social, su gran esperanza.
Asustados los jefes conservadores y los jerarcas de la Iglesia
--que también eran jefes conservadores, o mejor, los verdaderos
jefes—ante la catástrofe electoral que veían
venir para 1930, y la inminente caída del régimen
conservador, adoptaron estrategias desesperadas. Una de ellas
fue la presentación de la ley 69, que so pretexto de reglamentar
la actividad obrera, buscaba meter en cintura a los sindicatos
y disminuir la capacidad de acción política de las
masas liberales “comunistas”. Esta Ley 69, apodada
“Ley heroica” por sus promotores, vedaba que los sindicatos
atacaran el derecho de propiedad privada o desconocieran su legitimidad,
les prohibía fomentar la lucha de clases y les desconocía
el derecho de promover huelgas. La divulgación de escritos,
carteles y publicaciones que respaldaron los actos declarados
ilicititos por la ley 69, sería sancionada con severidad.
En adelante los obreros se convertían en objeto de aguda
vigilancia policial. Sancionó la Ley el Presidente de la
República, doctor Miguel Abadía Méndez, jurista
eminente, hombre probo, temeroso de Dios y más temeroso
aún de los poderes terrenales que, tal la United Fruit
Company, eran así mismo omnímodos, como lo dijese
en alguna ocasión el doctor Eduardo Santos, Director de
El Tiempo.
Huelga
y Masacre
Las gestiones entre el sindicato obrero de las bananeras, dirigido
por Raúl Eduardo Mahecha, y la United Fruit Company, también
llamada Compañía Frutera de Sevilla, llegaron a
su punto culminante con la aprobación de la Ley Heroica.
La United endureció sus posiciones y rechazó de
plano el pliego de los trabajadores, cuyas peticiones principales
eran la abolición del sistema de contratistas, el aumento
general de los salarios, el descanso dominical remunerado, la
indemnización por accidente y la construcción de
viviendas decorosas para los obreros de la zona bananera. La Frutera
de Sevilla rechazó esas peticiones “subversivas”
amparada en la ley 69 de 30 de octubre de 1928 que había
declarado la ilegalidad anticipada de cualquier pretensión
obrero que tratara de obtener, mediante huelgas o cualesquiera
otros medios “de fuerza”, concesiones por parte de
los patronos. A los trabajadores de la zona bananera no les quedó
otro recurso que ir a la huelga. Los Directivos de la United movieron
enseguida su vasto aparato de influencias en el alto Gobierno,
que desplegó un contingente del ejército, al mando
del general Carlos Cortés Vargas, para proteger las propiedades
en la zona bananera, las vidas de los directivos de la United,
y el orden público amenazado por “los comunistas”.
La huelga de los trabajadores de la zona comenzó el 12
de noviembre.
Durante el lapso transcurrido entre el 12 de noviembre y el 6
de diciembre la huelga en la zona bananera no fue una noticia
que llamara la atención de la prensa en la remota capital
de la república, ni de las capitales departamentales. Los
diarios conservadores se referían a ella como a una peligrosa
conspiración comunista, y los liberales daban cuenta de
las justas peticiones formuladas por los trabajadores de la zona
bananera; pero sin mayor despliegue en unos y otros.
Los primeros comunicados recibidos en Bogotá daban cuenta
de que los huelguistas, hasta ese momento pacíficos, manipulados
por agitadores comunistas, habían emprendido una revolución
de tipo bolchevique cuyo primer paso era la degollina de los directivos
de la United Fruit y de sus familias, acto que debía ejecutarse
el 6 de diciembre, lo que obligó a la pronta intervención
del ejército. Los huelguistas, resueltos a llevar a cabo
sus propósitos, enfrentaron la tropa que, a la orden dada
por el general Carlos Cortés Vargas, disparó contra
ellos, mató a varios, tomó el control de la zona
y puso fin con éxito al movimiento subversivo. El Presidente
de la república felicitó al general Cortés
Vargas por haber salvado al país de la anarquía.
Hubo enorme confusión en las primeras versiones. Los despachos
periodísticos hablaban en unos caos de “miles de
muertos” y en otros de “unos pocos muertos y heridos”.
La pensa liberal destacó el hecho de que se había
disparados osbre obreros inermes que efectuaban una marcha pacífica
compuesta por trabajadores, sus mujeres y sus niños, dato
reconocido por el propio general Cortés Vargas, que justificó
el abaleo en el supuesto de que los huelguistas habían
puesto de mampara a las mujeres y a los niños en la creencia
absoluta de que el ejército no se atrevería a dispararles
y que así los obreros podrían llegar a salvo a los
cuarteles de Ciénaga y apoderarse de ellos.
El Debate. Gaitán en escena
Sin quererlo,
el general Cortés vargas había colocado en primer
plano noticioso la huelga de los trabajadores bananeros. La versión
de los miles de muertos pujaba por las primeras planas con la
de la conspiración comunista. Nadie podía decir
con certeza cuántos obreros cayeron el 6 de diciembre,
pero sí quedó establecido desde el principio que
la tropa disparó sobre hombres y mujeres desarmados y que
marchaban en paz, aunque vociferantes y con encendidas consignas
revolucionarias. El editorial de El Tiempo del 7 de diciembre
hizo un retrato magistral de la situación:
“No es apropiado todavía llamar revolución,
así con esa palabra trascendental que alude al intento
de toma del poder con la violencia, el movimiento de las masas
borrascosas del magdalena. Hay una huelga convertida en revuelta,
en una revuelta desastrosa que nosotros no podemos, demás
está decirlo, aprobar explícita o implícitamente
y cuyos incidentes, escenas, y complicaciones perjudican ante
los espectadores importantes de esta lucha sangrienta la causa
justa de los obreros, el nombre del gobierno, el prestigio que
debe ser intocable de las armas de la republica, y acaso, desgraciadamente,
los más altos intereses del país. Desatada la violencia
no es discutible la necesidad de restablecer el orden, y el gobierno
principalmente es el llamado a realizar esa tarea. Pero resta
averiguar si no hay medidas preferibles y más eficaces
que las de dedicar la mitad del ejército de la República
a la matanza de trabajadores colombianos a quienes, durante la
huelga mantenida hasta hace poco en perfecto orden, hizo exaltar
y enfurecer la presencia provocadora de las tropas movilizadas,
la sustitución de funcionarios civiles por militares, la
certidumbre larga, dolorosamente fundamentada de que la United
Fruit Company tiene corrompida y dominada la organización
del Estado en el departamento y la mayoría de los estamentos
sociales directivos…”.
No eran acusaciones veniales y a partir de ellas el liberalismo,
adalid de los trabajadores colombianos, asumió el sangriento
episodio de las bananeras como el ariete con el que acabaría
de derrumbar el muro del largo reinado conservador; pero era necesario
primero aclarar los hechos y las circunstancia, para lo cual viajó
a Ciénaga, y recorrió las poblaciones de Sevilla
y Aracataca, el representante liberal Jorge Eliécer Gaitán.
Gaitán investigó a fondo. Realizó más
de un centenar de entrevistas con obreros y pobladores de la zona,
tomó fotografías de cadáveres insepultos
y de los destrozos ocasionados en Ciénaga y Sevilla, que
se atribuyeron en principio a los huelguistas y que, según
la investigación de Gaitán, fueron ocasionados,
en su mayor parte, por la tropa y por orden de su comandante el
general Cortés Vargas. Armado con una documentación
impresionante, regresó Gaitán a Bogotá, y
los días 3, 4, 5 y 6 de septiembre de 1929 suscitó
uno de los más intensos e históricos debates que
se hayan vivido en el parlamento colombiano.
¿Qué demostró Gaitán en su debate?
Demostró la grave situación de explotación
a que eran sometidos los obreros de la zona bananera por la United
Fruit Company; demostró la corruptuela en el departamento
propiciada por esa compañía frutera, que en la práctica
gobernaba los destinos del magdalena; demostró que los
trabajadores no habían dado ningún motivo para que
se disparara contra ellos, y probó a todas luces que la
represión contra los huelguistas del Magdalena había
generado un genocidio y que el número de trabajadores muertos
por las balas oficiales en Ciénaga, Aracataca y Sevilla
alcanzó, por lo menos, a trescientos.
"La
palabra del Presidente"
En uno de los apartes de su extensa intervención, el representante
Jorge Eliécer Gaitán comenta los elogios prodigados
por el Presidente de la República al general Cortés
Vargas.
“Ya habéis oído leer [honorables senadores
y representantes] la alocución del señor Presidente
de la República. Habéis oído cómo
allí se dice, hablando de los obreros, que ellos perpetraron
‘verdaderos delitos de traición y felonía,
porque a trueque de herir al adversario político, no vacilan
en atravesar con su puñal envenenado el corazón
amante de la Patria’. Decidle, señores, al taciturno
Presidente de la República que aplique estas palabras no
a los obreros, que fueron las víctimas, sino que las aplique
a los militares, a los cuáles él les ha hecho el
más inconcebible elogio. Que el señor Presidente
de la República se levante sobre la tumba de los sacrificados
para escupir su hiel y su veneno, cuando por simples sentimientos
de humanidad tales vocablos le estaban vedados ante la majestad
de la muerte y del dolor, es cosa que causa ironía y que
muestra las lacras de la mentida justicia humana. Y que no hable
el Presidente de la República de hechos políticos,
aquí donde sólo hubo por parte de los militares
pecados contra los artículos del Código penal. Y
en esa alocución misma habéis leído el elogio
férvido, el elogio ilimitado que el señor presidente
hace a quienes sólo merecen el dicterio de los hombres
que tienen en estima los sentimientos esenciales de la bondad”.
El
Debate. Gaitán en escena
Uno de los aludidos merecedor de esos dicterios era el comandante
de las fuerzas del Magdalena, general Carlos Cortés Vargas,
a quien Gaitán no se los ahorra. En otro aparte de su intervención,
el representante liberal asume el análisis de la personalidad
del general Cortés Vargas, (destituido del ejército
dos meses y medio antes del famoso debate de las bananeras, no
por los hechos de la masacre del 6 de diciembre de 1928, sino
por su torpe actuación, como Director de la Policía
nacional, en los graves sucesos del 8 de junio de 1929 en Bogotá,
que acabaron de remachar el ya irreparable desprestigio del gobierno
conservador).
“Entremos a analizar un poco la personalidad del señor
Cortés Vargas; pero no quiero hacerlo con conceptos míos;
quiero apenas presentar documentos que los demuestren; y quiero
hacerlo así porque a mí no me guía en esto
ninguna animadversión contra ese señor; personalmente
no me interesa; solo un deber imprescindible me obliga a demostrar
ante vosotros quién era el supremo juzgador y cuáles
sus actuaciones. Y esto tiene grande importancia para el efecto
de los procesos. Porque aun cuando haya gentes ignorantes que
piensen que esto es inútil, yo les digo que quienes hemos
entregado un poco la vida a los estudios penales sabemos que un
hombre o una corporación no pueden fallar sin antes entrar
en el estudio de la personalidad del juzgador, de la personalidad
del sindicado. Leamos ante todo una carta dirigida por el señor
Cortés Vargas a Santa Marta a persona a quien el doctor
Eduardo Castro, conservador, afirma ser agente de la United Fruit
Company en el ferrocarril de Santa marta, después de haber
sido expulsado del ejército. Carta en la cual se ultraja
al arzobispo primado de Colombia. Y todavía más,
al actual Ministro de Guerra, doctor Rodríguez Diago. Esta
carta está rubricada por el señor juez primero del
circuito de Santa Marta, debidamente autenticada ante él
y consta aquí también la certificación de
la persona que la facilitó. Esta carta parece que fue dirigida
no con carácter privado sino precisamente para que la conociera
todo el mundo en Santa Marta, ya que son numerosas las personas
que allí la leyeron. Se pretendía con ella hacer
alarde de la miseria y de la pobreza que diariamente predica el
señor Cortés Vargas”.
A continuación el representante Gaitán leyó
“la sensacional carta de Cortés Vargas”, escrita
desde Chapinero el 1º. De julio de 1929 y dirigida al coronel
Gabriel de Páramo en Santa Marta. La carta, que tiene como
propósito pedirle al coronel de Páramo que le gestione
un puesto con la United a un médico amigo del general Cortés
Vargas (ya ex general), sirve para que su autor se desahogue y
haga menciones desobligantes del arzobispo primado, Ismael Perdomo,
y del Ministro de Guerra, además de mandarle recuerdos
a Mr. George, ejecutivo de la United Fruit.
“Como tú sabes muy bien –dice Cortés
Vargas en uno de los párrafos de su carta—Rodríguez
Diago está de acuerdo con don Nicolás Dávila,
por lo tanto con Robles y Núñez Roca; caído
Rengifo ¿quién defiende el pleito de las bananeras?
Nadie, mejor dicho, yo solo. Sabrás que va para esa Arbeláez,
el nuevo director de la Policía, a investigar mis actuaciones
en la zona; Rodríguez Diago lo manda para que se ponga
de acuerdo con los villanos de allá. Ahora sí me
llevó el diablo, de seguro que allá no habrá
una persona que salga a decir la verdad, no a defenderme, que
eso sería pedir mucho”.
Gaitán se limita a apostillar: “… No se lo
llevará el diablo, como lo dice, porque bajo el nivel moral
de la política en que nos asfixiamos, no sería extraño
que mañana el señor Cortés Vargas fuera el
Ministro de Guerra o el candidato a la presidencia de la República.
Si este no fuera el país de los políticos corrompidos,
no sería el diablo el que se llevara al señor Cortés
Vargas, sino los guardias del panóptico”.
El diablo no se llevó al general Cortés Vargas,
pero sí al régimen conservador, hundido por los
muertos del 6 de diciembre y del 8 de junio. ESM
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Zona
central y plaza de la ciudad de Ciénaga.
Cromos 1929

Ruinas del comisariato de Sevilla, cuya destrucción se
atribuyó a los huelguistas, que a su turno culparon a la
tropa.
Mundo al Día, 1929.

Dirigentes
de la huelga de las bananeras. De izquierda a derecha, Pedro M.
del Río, Bernardino Guerrero, Raúl Eduardo Mahecha,
Nicanor Serrano y Erasmo Coronel. En los encuentros con las fuerzas
del gobierno murieron Guerrero y Coronel.
Mundo al Día
Bernardo Castrillón, dirigente obrero, muerto durante la
masacre del 6 de diciembre. Mundo al Día

General Carlos Cortés Vargas

Las tropas al mando de Cortés Vargas se dirigen hacia Sevilla,
Magdalena, sede de la compañía frutera. Cromos

Aguardando a los huelguistas. Cromos
Un día de trabajo en la zona bananera, cerca de Ciénaga.
Mundo al Día
Doctor Ignacio Rengifo, Ministro de Gobierno ordenó el
envio de tropas para reprimir la huelga en las bananeras. Caricatura
de Gómez Leal, Cromos

Representante Jorge Eliécer Gaitán, quien promovió
el debate en la Cámara, en 1929, por los sucesos de la
zona bananera el año anterior
General Carlos Cortés Vargas
Ruinas del comisariato de Orihueca, cuya destrucción se
atribuyó a los trabajadores. Mundo al Día

Ruinas de la casa de los ingenieros de la United Fruit Company
en Sevilla. Su incendio se atribuyó a los trabjadores.
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