¿Qué expresión cultural tiene mayor capacidad que la música para definir un momento histórico, para estimular y para acompañar (o acompasar) las transformaciones sociales? Tal vez, ninguna.
En un esfuerzo por hallar las representaciones musicales de algunos de los hitos de la independencia, habría que comenzar por el sonido de los tambores de los esclavos establecidos en los palenques durante la colonia en la provincia de Cartagena y por sus danzas y rituales, que representaron el intento de recuperar sus raíces culturales y de crear una defensa espiritual por parte de quienes dieron el primer grito de independencia en el país.
Y habría que hablar de la contradanza, de origen europeo, que tiene un rol protagónico como música de y parala independencia, desde su versión convencional, burguesa –contrapuesta a la música aristocrática del viejo continente– que amenizó las veladas de las elites españolas y criollas, hasta sus transformaciones y fusiones con ritmos africanos e indígenas, con resultados tan maravillosos como el danzón en Cuba, el porro y el mismo bambuco, difundidas en los sectores populares. La música no podía ser ajena al mestizaje cultural que explotó en el momento de la independencia y las bandas de música se convirtieron en crisol de ritmos e instrumentos.
Estas “primas bastardas” de la contradanza llegaron a considerarse inmorales por parte de las autoridades. A finales del siglo XVIII el obispo de Cartagena dijo de los bundes y fandangos populares: “Los que concurren son indios, mestizos, mulatos, negros y zambos, y otras gentes de la inferior clase: todos se congregan de montón sin orden, ni separación de sexos, mezclados los hombres con las mujeres, unos tocan, otros bailan y todos cantan versos lascivos, haciendo indecentes movimientos con sus cuerpos”. Con claridad, el prelado advertía una amenaza en estas nuevas expresiones que denotaban el deseo de libertad de un pueblo.
LA VENCEDORA Y LA LIBERTADORA
El ámbito de influencia de la contradanza se extendió a los escenarios militares como “música de victoria” y para “avivar el fervor patriótico”. Las piezas La Libertadora (compuesta para el Libertador) y La Vencedora, se escucharon en el campo de Boyacá el 7 de agosto de 1819. Según José Ignacio Perdomo La Vencedora “fue ejecutada en aquella magna ocasión por unos pocos músicos que habían caído prisioneros en las filas realistas y lograron pasar a las patriotas en la acción de Gámeza”. Estaban dirigidos por el alférez José María Cancino, quien luego de servir al lado de Nariño y Cabal, fue apresado por los españoles. Por sus conocimientos musicales se le perdonó la vida y fue destinado al batallón Numancia en calidad de músico mayor, hasta 1819 en que pudo regresar al ejército patriota. Historia similar vivió el músico Juan Antonio de Velasco, autor de canciones patrióticas, quien en tiempos del Terror fue escuchado por el Pacificador en una reunión social. Un hombre como usted es lo que yo necesito para la banda del batallón Numancia, le dijo Morillo, e inmediatamente lo incorporó a las filas españolas. En el Perú, Velasco logró pasarse al ejército republicano.
La Libertadora y La Vencedora se oyeron repetidamente durante las festividades realizadas durante 15 días en Bogotá con ocasión del recibimiento de los libertadores. De acuerdo con José Manuel Groot, “veíase al Libertador en medio de los dos generales Anzoátegui y Santander… La marcha lenta y majestuosa al son de la música guerrera daba una animación extraordinaria al cuadro”. Al mismo tiempo, la Gaceta de Santafé describe la fiesta de palacio “… El valse, la contradanza, los minués, todos los bailes acostumbrados se ejecutaron con primor y gallardía”.
Fue tan hondo el calado de estas piezas que La Vencedora tuvo el estatus de himno nacional en los primeros tiempos de nuestra historia. Contradanzas y polonesas se escucharon también durante el festejo por el triunfo de Pichincha en la mansión quiteña de Juan Larrea. Noche inolvidable en la que el mariscal Sucre conoció a su futura esposa y Simón Bolívar tuvo su primer contacto con Manuelita Sáenz.
Otros géneros tuvieron injerencia en la creación de una atmósfera para las gestas libertarias: se sabe que Francisco de Paula Santander fue aficionado a la música, que tocaba la guitarra y el tiple, y que cantaba una canción llamada La cholita y el bambuco El aguacerito, como consta en el Cuaderno de Carmen Caicedo donde la hija del presidente Domingo Caicedo dejó testimonio de las piezas en boga en aquella época. El documento hace parte del archivo musical del Patronato Colombiano de Artes y Ciencias. De manera que también el bambuco tuvo papel preponderante: la pieza La guaneñafue interpretada durante la batalla de Ayacucho por los músicos pastusos del batallón Voltígeros y estimuló el triunfo de Córdova y su ejército.
Desde otro punto de vista, las tensiones surgidas entre la música religiosa tradicional y las nuevas corrientes que usaban instrumentos como el piano, llegado a Bogotá a finales del siglo XVIII, representan las diferencias entre los partidarios del viejo orden y las corrientes proclives a la independencia.
EL TERROR Y LA MÚSICA
Pero sabemos que las celebraciones estuvieron precedidas de llanto y de historias infelices, como la de La Cebollino, española famosa por su interpretación de tonadillas, coplas y fandanguillos. María de los Remedios Aguilar de Cebollino, esposa del español Eleuterio Cebollino –partidario de la emancipación– hizo las delicias de los santafereños en las celebraciones del quinto aniversario de la independencia en 1815, sin imaginar que muy pronto tendría que cantar, con lágrimas, ante los españoles, para pedir perdón para su marido, condenado a muerte. La súplica no surtió efecto: Cebollino fue fusilado y su mujer desterrada.
“Como al mismo tiempo que se comunicaba esto, el jefe patriota Mora había logrado levantar otra guerrilla en Cartago, que se iba a engrosando y amenazaba apoderarse del Valle del Cauca, nuestra alegría fue tanta que no podíamos disimular. Mi amigo (que no quiero nombrar porque su conducta posterior para conmigo fue pérfida y nada caballerosa) resolvió hacer un bailesico, sin objeto ostensible, pero en realidad para celebrar tan faustas noticias. Se armó en efecto el baile en una de las casas de la plaza, con un mal violín, guitarra, pandereta y bombo, ó tambora. Bailamos al estilo del país, y bebimos en abundancia un mal licor que fabricaban allí y que llamaban vinete , con el cual nos alegramos más de lo necesario. Mi amigo comenzó a gritar entusiasmado ¡Viva la Pacha! Viva la Pachita! (Se llamaba así una muchacha “boniteja” del pueblo). Yo le pregunté qué significaba esto, y él me dijo al oído y llevándome aparte, que quería decir ‘viva la Patria'; que aquel era el grito convenido entre los patriotas que allí había, y que para disimular decían ¡Viva la Pacha ó la Pachita! ‘Dejémonos de eso le contesté, y grité con toda la fuerza de mis pulmones, y en mitad de la sala: ¡¡Viva la Patria!!......
“Ese grito resonó como un trueno formidable en la reunión; el baile cesó instantáneamente, los músicos se callaron, la gente comenzó á desfilar en precipitación cual si hubiera habido un terremoto, y como por encanto nos quedamos solos los gritones y el de la guitarra que estaba dormido sobre un escaño… medio vestido como estaba, salí por el interior de la casa saltando por las paredes; pero la justicia, más previsiva, tenía allí gente apostada; y me cogieron, me amarraron y me llevaron á la cárcel. ¡Gran delito había cometido ¡Viva la Patria! Y tan grande que me podía costar la vida. Al día siguiente me enviaron á Timaná á pié y sin sombrero, viaje corto, pero mortificante por el mal tratamiento que me daban y por el modo como me conducían.”
Memorias de un abanderado. Recuerdos de la Patria Boba, 1810-1819. José María Espinosa, Imprenta de “El Tradicionista”, Bogotá, 1876 .
BIBLIOGRAFÍA
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González Henríquez, Adolfo. “La música del Caribe colombiano durante la guerra de independencia y comienzos de la República”. (Versión preliminar de un capítulo de la tesis de magíster en sociología de la cultura, desarrollada bajo los auspicios de Colciencias y la Universidad del Norte, Barranquilla).
Bermúdez, Egberto. Historia de la Música en Santafé y Bogotá 1538-1938. Fundación de Música, Bogotá, 2000.