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La
detención del presidente en primera plana de "El Tiempo".
Hacienda Consacá, acuarela de Fernando Türk Rubiano, 1997.
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Uno de
los acontecimientos de singular gravedad y repercusión, que señala un hito histórico de
la nación, es el relacionado con el golpe militar contra el presidente de la República,
ocurrido en Pasto el 10 de julio de 1944.
Por esa época se debían
efectuar en el departamento de Nariño las maniobras militares que, según el ministro de
Guerra, general Domingo Espinel, "obedecían al tradicional entrenamiento de las
fuerzas armadas". Para desvirtuar las conjeturas que circulaban en el público, se
vio en la necesidad de emitir un comunicado mediante el cual, al anunciar la realización
de dichas maniobras, declaraba que ellas "carecían de todo propósito distinto al de
practicar con nuevos equipos adquiridos por el gobierno, y que, en consecuencia, toda
versión diferente, era de origen insidioso". En el ámbito político se libraba una
fuerte oposición contra el gobierno del reelegido presidente Alfonso López Pumarejo, y
en el ejército no se ocultaban manifestaciones de deslealtad. Parecía que soplaban
vientos de conspiración.
El 8 de julio de manera
sorpresiva, el presidente López viajó al sur, con el propósito de presenciar el evento
militar. Al día siguiente, entrada la noche, el mandatario hizo su arribo a Pasto y fue
recibido con muestras de una agresiva hostilidad. Grupos de reservistas y particulares
gritaban vivas al ejército y abajos al presidente de la República. El gobernador de
Nariño, Manuel María Montenegro, le informó que en la ciudad había mucha agitación;
que los reservistas estaban insubordinados y borrachos muchos de ellos, y que los
oficiales habían tratado inútilmente de encerrarlos. Para evitar enfrentamientos, la
policía había sido acuartelada. Ante esta situación, la recepción que se le había
preparado fue cancelada. Con posterioridad, el presidente declaró que "desde el
momento en que había pisado Pasto se había sentido prisionero".
Al frente de las
operaciones militares estaba el coronel Diógenes Gil, comandante de la VII Brigada. En la
madrugada del 10 de julio, el coronel Luis F. Agudelo y el capitán Olegario Camacho
acudieron a la habitación del Hotel Niza donde se alojaba el presidente López, con el
fin de comunicarle que los militares habían tomado posesión de la guarnición de Pasto y
ordenado su detención. Con el anuncio de que se trataba de un movimiento en todo el
país, le hicieron entrega de un documento contentivo de su dimisión y entrega del
gobierno a los militares rebeldes.
Mediante un boletín, el
coronel Gil advirtió que este hecho era el resultado de un propósito general del
ejército largamente madurado y acogido por la mayoría de los oficiales del país... En
el curso de la mañana, el presidente López fue trasladado a la hacienda Consacá, donde
fue recibido por sus propietarios José Dolores y Medardo Bucheli quienes, por lo demás,
le proporcionaron toda suerte de atenciones. Entre tanto, en Pasto, el doctor Enrique
Coral Velasco, secretario general de la Presidencia, con la colaboración del coronel
Julio Londoño, desplegaba importantes labores de "enlace" y comunicación con
la capital de la República. Tan pronto como tuvo conocimiento, el designado Darío
Echandía asumió la Presidencia, declaró turbado el órden público y en estado de sitio
todo el territorio nacional. La gestión del ministro de Gobierno Alberto Lleras Camargo
fue definitiva para el restablecimiento de las instituciones.
Fracasada la insurrección
militar, el 11 de julio el presidente emprendió viaje a Ipiales, y al día siguiente
retornó a Bogotá. A su llegada se dirigió al pueblo agolpado frente al Palacio
presidencial de la Carrera: "Mis primeras palabras -dijo- son para felicitar al
pueblo por la pronta solución que ha tenido esta alocada aventura en que se ha
comprometido un grupo de oficiales irresponsables..." Ciertamente, como lo ratificó
el ministro Adán Arriaga en un reportaje, "el conato subversivo había sido lo que
tenía que ser: el insuceso total de la ciega aventura de unos oficiales
irresponsables". El coronel Gil se entregó, y el golpe de Pasto no pasó de ser una
aventura tragicómica que apenas tuvo repercusión en Bucaramanga e Ibagué.
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