El árbol de la libertad en los árboles de la independencia

Por: Pérez Silva, Vicente

Revista Credencial Historia

 

 

EDICIÓN 249
SEPTIEMBRE DE 2010

     

Sobre el autor: Vicente Pérez Silva. Abogado, Universidad del Cauca. Escritor e investigador, miembro de la Academia de Historia de Nariño

 

Tomado de:

Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
EDICIÓN 249
SEPTIEMBRE DE 2010

Con motivo del bicentenario de la independencia que se avecina, conviene traer a la memoria ciertos episodios que, aunque parezcan intrascendentes y por haber transcurrido hace ya tantos años, no es de extrañar que duerman entre las sombras del olvido. Uno de éstos, de significativa ocurrencia y llamativa curiosidad, es el relacionado con el árbol sembrado en la plaza mayor de Santafé, con ocasión del tercer aniversario del grito de la independencia, y bautizado con el nombre árbol de la libertad.

Para satisfacer este anhelo, hemos retornado a las páginas añejas de la Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada de José Manuel Groot, testigo presencial de gran parte de los acontecimientos allí referidos. Antes de hacerlo, se impone recordar brevemente que, en el despertar del año 1813, el día sábado 9 de enero “día memorable y dichoso” para el presidente Antonio Nariño y para el pueblo santafereño, las tropas de la Unión al mando del general Antonio Baraya, habían sido derrotadas en San Victorino. No en vano, Jesús Nazareno había sido designado por un convencido agustino generalísimo de las huestes vencedoras.

Con este resultado, restablecida la paz, Nariño proyectó la celebración de una fiesta cívica con el ánimo de lograr una “buena armonía” entre los partidos enfrentados en aras de las ideas centralistas y federalistas que defendían. Con esta finalidad, el gobernante triunfador determinó plantar el árbol de la libertad en la plaza mayor de Santafé y en las poblaciones más notables de Cundinamarca, acto que tendría lugar el 29 de abril. Así se había determinado cinco días antes, mediante el bando respectivo. No es de extrañar esta iniciativa si reparamos en el tránsito que Nariño hizo por París, entre junio y julio de 1796, luego de haber escapado de la prisión de Cádiz, cuando aún estaban frescas las huellas de la Revolución Francesa.

Sin embargo, de manera oculta, algún vivaracho santafereño cogió la delantera, pues para gran sorpresa de organizadores y concurrentes, “sin saber quien fuera el sembrador, el árbol amaneció plantado en medio de la plaza, con gorro jacobino en la copa”, muestra suficiente de que quien acometió esta labor no era un ignorante y que, por el contrario, daba muestra de que tenía conocimiento del “gorro republicano”, figura utilizada en la mencionada Revolución Francesa. Tal como lo apreciamos en la curiosa imagen parisina que aquí se reproduce.

A propósito de esta ceremonia el mencionado historiador nos recrea con la siguiente descripción:

El 28 por la noche hubo iluminación general, y el 29, desde por la mañana, los balcones y ventanas de las casas se vieron adornados con diversas colgaduras, más o menos lujosas, a medida de las facultades o del patriotismo de cada uno. Las bandas de música militar engalanadas paseaban por la plaza y calles principales. Los chisperos (alborotadores), aunque ya había pasado el tiempo de cosecha, rebosaban de contento, y los cuerpos de tropa formaban en la plaza. ¿A quién se hacían tantos honores? ¡ A un arrayán ! Así es el hombre.

La función principió a las tres de la tarde con un paseo ecuestre. Nariño iba a la cabeza con los Secretarios, el Corregidor, Alcalde y Cabildo. Seguían los demás empleados, los comerciantes y vecinos notables. El paseo anduvo por la Calle Real , las de la Carrera , Santa Clara y Florián. Luego dio la vuelta a la Plaza y el Presidente se entró al Palacio con los Secretarios.

En este estado se desmotaron el Corregidor, Alcaldes y Cabildo, y, tomando el primero el árbol de la libertad, que era un arrayán, ayudado de los Alcaldes, lo colocó en el lugar que se había preparado, que era dentro de un triángulo equilátero fabricado de piedra de sillar. No se dijo entonces que aquello tuviera algún significado masónico, porque aún no se comprendía bien el simbolismo, no obstante que en un papel titulado El Celador, publicado en esos días, se hablaba ya contra los masones quejándose de que se habían introducido y circulaban sin que el gobierno lo impidiera, multitud de libros impíos y obscenos, y nombraba los siguientes: Holvach, Dupuis, Volney, La Filosofía de Venus, Teología portátil, Rousseau, Diderot y Voltaire.

Plantado el árbol de la libertad bajo los arcos triunfales, en que don Manuel del Socorro Rodríguez, ostentando el genio de la musa, había colgado muchas poesías, adornadas de su mano, con papeles de colores y oropeles, la comitiva se dirigió al palacio de gobierno y dio parte al Presidente, de que quedaba plantado el árbol de la libertad. El Presidente contestó felicitando a las autoridades y al pueblo por tan venturoso acontecimiento.

Cabe anotar que, cuando aún no había concluido la referida ceremonia, se informa al Presidente Nariño de un hecho trágico ocurrido en la noche anterior y del cual nos da cuenta José María Espinosa en sus Memorias de un abanderado :

Antonio Bailly (coronel de ingenieros de nacionalidad francesa) tenía a su servicio un negro de corta edad y siempre que éste iba al cuartel a buscar a su amo, los soldados le decían en burla: “¿Por qué no matas a tu amo que es un judío? Ya todos somos libres e iguales, la esclavitud se ha acabado, y pronto se plantará en la Plaza el árbol de la libertad ”. El negrito, a fuerza de oír repetir esta broma, la tomó a lo serio, y una noche que su amo volvía a casa, al llamar al portón, salió a abrirle con una espada, y al entrar le atravesó el estómago con ella. Se prendió en el acto a este infeliz, que en verdad no tenía defensa posible, pues no era tan niño que no supiese lo que hacía, y cometió un homicidio premeditado; se le siguió el juicio y fue condenado a muerte. El mismo día que se plantaba solemnemente el árbol de la libertad en la Plaza mayor de Santafé, salió el negro al patíbulo: contraste elocuente y muy significativo, pues al mismo tiempo que se hacia una espléndida ovación a la libertad que se acababa de conquistar, La Justicia ejercía un acto doloroso, pero ineludible, como para dar a entender que la libertad y la justicia deben reinar juntas, y que la una no puede existir sin la otra.

Deleitándonos con las agradables e instructivas páginas de Groot, llama la atención que pocos días antes del suceso de marras, en la Villa de Honda, el doctor Ignacio Herrera, subpresidente de Mariquita, había llevado a cabo una ceremonia de semejante naturaleza; con la diferencia de que tan ilustrado funcionario, con miras a que los moradores del lugar no tomasen a mal su significado, declaró que “la libertad consistía en la sujeción a la ley; que el buen ciudadano respeta la religión de sus padres y autoridades legítimas; guarda fe del matrimonio; que el hombre libre no es soberano para hacer lo que quiera”. Y concluye con esta expresión: “Estos principios conviene que se graben profundamente en el corazón de todos los ciudadanos para que se pongan a cubierto de las glosas con que los sediciosos quieren precipitarlos en un error”. A lo anterior, se agrega, que el doctor Herrera había hecho, así mismo, la historia emblemática del árbol de la libertad desde el tiempo de los griegos y los romanos.

Reparemos en que tanto el general Antonio Nariño como el doctor Ignacio Herrera habían hecho realidad una iniciativa de la más honda significación simbólica a lo largo de los tiempos. Creemos a pie juntillas que tan preclaros exponentes tenían conocimiento de que en los países vascongados sus plazas estaban embellecidas con el árbol de la libertad , “a cuya sombra pronunciaban sus inapelables fallos los jueces, diputados y hombres sabios de los pueblos”. Aún más, que el árbol es uno de los símbolos más poderosos de la humanidad; que las diversas especies de árboles poseen sus propios significados en las diferentes culturas; y que el llamado árbol de la vida es una “representación de la perfecta armonía”, que era, precisamente, la suprema aspiración para sus gobernados. Menos, mucho menos ignoraban aquellos pasajes de la mitología griega y romana que exaltaban los árboles consagrados a los dioses: el laurel, a Apolo; el arrayán, a Venus, a Ceres y a Dionisio; la encina, a Júpiter; la haya y la encina, a Baco; el álamo y el cedro, a las Euménides; la palma, a las musas; el pino, a Neptuno, a Fauno y al dios Pan.

Con el correr de los días nos sorprende lo inesperado. El 19 de julio, por disposición del ejecutivo, en cabeza de Nariño, debía publicarse con la mayor solemnidad la declaración de independencia. Nadie mejor que el renombrado Groot para que nos dé cuenta de lo acontecido:

El día 18 amaneció cortado y echado por tierra el árbol de la libertad. No se pudo saber quien había hecho tal cosa, aunque se fijaron carteles ofreciendo $200 pesos de gratificación a quien diera noticia, en términos de poderlo justificar, de la persona o personas que lo hubieran hecho o mandado hacer. A las 3 de la tarde del 19 se publicó por bando solemne la independencia.

Al otro día, 20 de julio, tercer aniversario de la Revolución, hubo fiesta religiosa en la Catedral, con asistencia del gobierno y Tribunales. Se cantó misa solemne con sermón, que predicó el padre fray Francisco Florido, de la orden franciscana, mereciendo el aplauso público. Concluida la fiesta, todas las corporaciones civiles y eclesiásticas pasaron al local de las reuniones del Colegio Electoral, y allí, ante los representantes del pueblo, prestaron el juramento de la independencia. Los cuerpos militares lo prestaron en la plaza mayor, ante la bandera tricolor nacional, en la que estaba pintada el águila volando, con la granada y la espada en las garras, y alrededor cadenas rotas. Al acto del juramento de la tropa correspondieron las albas de artillería. Por la tarde se dio al pueblo diversión de toros…

Se vislumbra, claro está, quién o quiénes pudieron cometer tan reprochable fechoría y la razón para arrancar el símbolo de la libertad. Con cuánta razón, algunos años más tarde, la prolífica pluma de José María Samper, en hermosas páginas sobre los árboles, fija su juicio ineluctable:

Por lo tocante al árbol de la libertad , es verdad que hemos plantado o hecho el papel de plantar muchos, pero los más se han secado a fuerza de regarlos con sangre, otros se han quedado ahí plantados sin que nadie les haga caso, algunos han retoñado dictadores, y los que más han vegetado, han sido luego destrozados o brutalmente podados por muchos de los que en sus mocedades contribuyeron a sembrarlos o cultivarlos.

En torno a estas reminiscencias del árbol de la libertad, es preciso no olvidar otro al que también se le ha dado igual categoría. Árbol que aflora entre las mil y más coplas recogidas por el célebre Antonio José Restrepo en su famoso Cancionero de Antioquia . Veámosla:

• ¿Por qué el árbol del café. Es el de la Libertad?

• Por la gran barbaridad. De las gentes de Ibagué.

Esta copla augural -comenta Restrepo, con la erudición de que hace gala-, por el desarrollo que ha tenido luego la industria del café en Colombia, es ibaguereña como ella misma lo está proclamando. A poco de dar el grito de la independencia, era costumbre en todas las poblaciones patriotas, en las fechas clásicas, plantar en la plaza un árbol simbólico de la libertad, un laurel generalmente. Pero a los ibaguereños se les ocurrió plantar alguna vez un cafeto florecido que es un arbusto divino en su belleza. Por lo cual un chusco, mal avisado y peor profeta, les enderezó a sus paisanos la copla colegida.

De todas maneras, al recitarla de nuevo, lo hacemos con el íntimo sentimiento de que “en la sangre de la copla / va caminando la raza…”.

Al nombrar el laurel, cabe recordar que, en la antigüedad, las hojas de este árbol se utilizaban para elaborar las coronas que se entregaban a los atletas victoriosos, a los guerreros y poetas. Y pensar que para Bolívar estaba destinada la corona de laurel, premonitoria de amor, que en día memorable, la arrojó desde un balcón, en Quito, la mujer que luego se iba a unir a su vida y a su gloria: Manuelita Sáenz, la libertadora del Libertador.

Alejándonos de la época de la independencia, pero siendo propicio el motivo, cabe recordar que, en los remotos días de la colonia se llamó árbol de la justicia a la picota que, en la mitad de la plaza mayor de Santafé sirvió durante muchos años para ahorcar a culpables e inocentes. Según aparece escrito, fue la época en la que “con la misma frescura era sentenciado el más infeliz de los colonos que el más notable de los oidores”. Y de tiempo más reciente, nos parece oportuna la recordación del Árbol de la Fraternidad Americana, sembrado en la Quinta de Bolívar, el 25 de noviembre de 1946, con ocasión del IV Congreso Panamericano de Prensa. Se trata de un nogal al que se le puso tierra de los siguientes países: Bolivia, Brasil, Cuba, Costa Rica, Chile, Estados Unidos, Ecuador, Haití, Nicaragua, Honduras, Méjico, Perú, Puerto Rico, Santo Domingo y Venezuela.

Otro árbol que parece de adversa leyenda es el que ostenta un nombre de espanto: el árbol del ahorcado, sobre el cual se han tejido diversas y encontradas opiniones. María Susana Awad de Ojeda, amorosa y consagrada directora de la Quinta de Bolívar durante largos años, en página de sentida despedida, Ha muerto un gigante, nos transmite su gran pesadumbre:

La Quinta de Bolívar está de duelo: el corpulento pino dos veces centenario que sombreaba la histórica mansión ha muerto… Su corteza rugosa ya ha ido retomando ese triste gris, y esta contextura leñosa, signo de destrucción y muerte… ¡Descansa en paz! No hollaremos tus raíces invadidas hoy dolorosamente por la fatal fitomicosis, no mutilaremos tus ramas afectadas por implacable fungosis, respetaremos tu larga agonía… Y cuando oigas un sollozo no repares: es mi alma que llora tu partida…

Era el fatal 27 de marzo de 1987; y su memoria se remonta al malhadado día en que Manuela Sáenz, en un simulacro de veras reprochable, ordenaba el fusilamiento del general Santander.

A la postre, nos queda el reverdecido recuerdo del árbol de la libertad, a cuya sombra nos doblegamos en custodia de su autenticidad e integridad. La misma libertad por la que lucharon y soñaron nuestros próceres de la independencia y sus ejércitos, y que nos legaron como el fruto de arraigadas convicciones y de tantas batallas, sacrificios y padecimientos.

 

Naipe de póquer con el árbol de la libertad Edición Dusserre París, s.f.


José Manuel Groot, autor de la Historia eclesiástia y civil de la Nueva Granada, 1869. Dibujo de Alberto Urdaneta. Papel Periódico Ilustrado, 1881-1887.

Manuel Socorro Rodríguez. papel Periódico Ilustrado, 1881-1887.


Retrato de la india de la libertad, siglo XIX. Colección Museo de la Independencia-Casa del Florero, Mincultura. Reg. 018.

     

 

 

 

Título: El árbol de la libertad en los árboles de la independencia


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