REVISTA HISTORIA CRÍTICA 

(selección de artículos de los números 17, 18 y 19) 
Esta es una publicación del Departamento de Historia - Facultad de Ciencias sociales
Universidad de Los Andes 

 

La sostenibilidad del desarrollo vigente en América Latina + 
Osvaldo Sunkel *

 

Indice

introducción 
capítulo I 
capítulo II 
capítulo III

 

 introducción 


La preocupación prioritaria por el desarrollo económico y la industrialización que había prevalecido luego de la Segunda Guerra Mundial, desapareció de la agenda pública con las urgencias derivadas en los años 70 del resquebrajamiento del régimen financiero internacional de postguerra, la secuencia de recesiones con inflación (stop-go) que le siguió, las crisis del petróleo de 1973 y 1979, y la de la deuda externa a comienzos de los 80. Debido a la ilimitada confianza en la superación de estas crisis mediante las políticas neoliberales de ajuste y reestructuración adoptadas en ese período, el tema de las perspectivas del desarrollo socioeconómico de América Latina a más largo plazo continuó brillando por su ausencia en la última década. La excepción fueron los planteamientos de la CEPAL sobre "crecimiento con equidad" y el neoestructuralismo, que no tuvieron mayor acogida, salvo parcialmente en Chile con el retorno de la democracia.

Esta situación ha cambiado a la luz de los resultados obtenidos en la región en los últimos años, donde se mezclan logros macroeconómicos importantes, pero insuficientes y sumamente frágiles, como se ha visto en varias ocasiones y en particular en la actualidad, con consecuencias sociopolíticas adversas y preocupantes perspectivas de gobernabilidad. De este modo, en los últimos años, el tema del desarrollo ha vuelto al centro del escenario. Una muestra son algunas de las recientes reuniones y publicaciones del Banco Mundial y del BID, instituciones que promovieron con entusiasmo las políticas neoliberales.

 

capítulo I

1. del pensamiento único al pensamiento crítico


Por las razones anteriores, el tema que se pretende explorar en este trabajo carecía hasta hace poco de todo interés y sentido para gran parte de la elite y tecnocracia gobernantes de la región, y para la comunidad internacional privada y pública que los apoya y con los que se identifican. En su discurso único y dominante se afirmaba en forma explícita y reiterada, o se suponía implícitamente, que el colapso del mundo socialista y la globalización del sistema internacional, junto al inédito y acelerado proceso de profundas transformaciones tecnológicas, económicas, sociales, políticas y culturales en curso, estaban configurando una situación de superación de las ideologías tradicionales, imponiéndose la democracia liberal en lo político y el sistema de mercado, en su versión neoliberal, en lo económico.

De esta manera, se suponía que la sostenibilidad del desarrollo estaba plenamente asegurada en virtud del reconocido potencial de crecimiento de la economía capitalista globalizada y de la implantación del régimen democrático. Había dos fenómenos centrales que estaban influyendo positivamente sobre nuestra realidad y seguirían haciéndolo en el futuro: la globalización y el neoliberalismo. Ambos asegurarían la aplicación de tales políticas económicas y con ello un óptimo crecimiento futuro.

Frente a este discurso triunfalista, apoyado parcialmente en realidades históricas incontrovertibles, los sectores progresistas, de centro-izquierda, socialistas y humanistas, renovados y no renovados, reaccionaban con escepticismo pero quedaban en verdad descolocados, confusos y perplejos. Sin embargo, en la medida que el triunfalismo neoliberal enfrenta en su trayectoria realidades complicadas y bastante menos exitosas que las esperadas, se abre nuevamente un espacio para la reflexión crítica.

Lo primero que conviene precisar es que dichas ideas constituyen en realidad una nueva ideología, la del fin de las ideologías. Según ésta, se habría llegado a una estación terminal del proceso histórico, la fase final y superior del capitalismo. Este discurso comienza a debilitarse ante una realidad que lo desacredita crecientemente. La democracia, lejos de afirmarse y profundizarse, está en peligro, y aunque se mantenga su formalidad, se está desvirtuando en muchos países. El crecimiento económico no llega a la mitad de las tasas que prevalecieron en las décadas del 50 y 60. Además, depende como nunca del ahorro externo, con lo que se hace sumamente inestable, como ha quedado demostrado nuevamente en la actualidad con las repercusiones de la crisis financiera asiática. Las condiciones sociales continúan en muchos países siendo peores que en los años 70 y se hacen crecientemente insoportables. Siguen prevaleciendo los deteriorados índices de pobreza y una pésima distribución del ingreso, y las protestas sociales irrumpen con violencia mientras las conductas individuales y colectivas antisistémicas (narcotráfico, drogadicción, violencia, corrupción) se extienden y agudizan, convirtiéndose en serios problemas de gobernabilidad.

Pero no solamente en América Latina hay problemas. En EE.UU. e Inglaterra, los dos países anglosajones que se exhiben como modelos de la nueva era del neoliberalismo, si bien se ha recuperado el crecimiento, la distribución del ingreso y la pobreza han empeorado notoriamente desde su implantación. En Europa, salvo en Holanda, prevalece el estancamiento y el desempleo ha alcanzado niveles sin precedentes desde la Gran Depresión de comienzos de los años 30. En el plano internacional, cuatro de las características centrales son el crecimiento mediocre de la economía, la incontrolable volatilidad financiera, la extrema debilidad de la institucionalidad pública internacional y el empeoramiento sostenido de la distribución del ingreso mundial.

Cuando se examina esta última tendencia a la luz de las de la población mundial, se puede anticipar que hacia el año 2000 habrá pequeños islotes de extrema riqueza en los países de la OCDE para alrededor del 15 % de la población mundial que disfrutará de cuatro quintas partes del Ingreso Mundial, sobre los que presionarán la pobreza relativa y absoluta de la mayoría del 85 % restante, que tendrán que arreglárselas con sólo un quinto del Ingreso Mundial. Debe ser por esta razón que la única política que definitivamente se exceptúa del programa neoliberal de apertura, liberalización y desregulación es la política de migración.

A la luz de estos y otros antecedentes similares, entre los cuales el de los riesgos crecientes a que está siendo sometido el equilibrio ecosistémico del planeta en virtud del fenómeno del calentamiento global de la atmósfera, al que aludiré más adelante, resulta claro que es conveniente situar los fenómenos de la globalización y del neoliberalismo en un claro contraste entre aquella ideología triunfalista y esta realidad objetiva. Hemos estado sumergidos en un baño ideológico de gran intensidad que nos ha impedido distinguir entre lo que es y lo que algunos quisieran que fuera, justificados paradójicamente en función de un pretendido fin de las ideologías. El ideal del Estado mínimo y el mercado máximo, así como la identificación de globalización y neoliberalismo con modernización, progreso y desarrollo, es una peligrosa trampa ideológica: nos impide ver la realidad y reaccionar.

Igual cosa ocurre con la idea de que estamos en una nueva realidad inmodificable, la mejor de todas las posibles, sin opciones ni alternativas, a la que solo cabe apoyar. Todo esto está muy reforzado por los medios internacionales de comunicación masiva, especialmente la prensa económica especializada, así como gran parte de la tecnocracia y la profesión económica. En estas circunstancias hay una necesidad imperiosa de desarrollar una visión crítica de esta sesgada situación intelectual que estamos viviendo. Para ello, basta plantearse dialécticamente frente a las ideas prevalecientes de la historia y la economía para observar que la linealidad triunfalista del neoliberalismo y la globalización se enfrenta a contradicciones formidables que son sistemáticamente omitidas del discurso. No obstante, su razón instrumental en materia de política económica se ha extendido aplastantemente en relación a los consensos y necesidades sociales.

En contraste con la visión mecanicista y lineal del "Fin de la Historia" articulada por Fukuyama, considero más fructífero explorar con un enfoque dialéctico una hipótesis parecida, respetuosa de las nuevas realidades contemporáneas, pero que no tiene carácter determinista, es mucho menos ambiciosa y está desprovista de ropajes ideológicos y mesiánicos. De acuerdo con esta hipótesis, el mundo estaría pasando por una fase histórica en que efectivamente, por múltiples y poderosos motivos, internos e internacionales, se acentúa notablemente el predominio de la teoría y la praxis de la democracia liberal en lo político y del sistema de mercado en lo económico. Pero el futuro no está predeterminado; para bien y para mal continúa abierto, tanto para los países desarrollados, como especialmente para los que, como los nuestros, aún tienen mucho camino por recorrer antes de alcanzar aquel estado ideal. Suponiendo además que están en la vía correcta y no en un desvío, como parecen sugerirlo los preocupantes síntomas socioeconómicos y políticos prevalecientes.

Esta manera de conceptualizar la realidad actual le atribuye una temporalidad histórica de carácter más bien cíclico y dialéctico y diferencia además entre los países centrales y los periféricos. Esto tiene al menos dos implicaciones supremamente significativas. Una, que el futuro no está de ninguna manera predeterminado desde ahora y para siempre y que siguen, por consiguiente, existiendo alternativas posibles. Por tanto, concebir utopías y elaborar visiones y programas alternativos de futuro continúa siendo un ejercicio no sólo posible y útil, sino extremadamente necesario y urgente. De hecho, esta es tal vez la tarea más importante que debiera autoimponerse el Foro América Latina-Europa para un Desarrollo Social Sostenible en el Siglo XXI. En el plano intelectual y político esto tiene importantes consecuencias, en especial para los partidos políticos y las generaciones más jóvenes, que en ausencia de una perspectiva de esta naturaleza han sido desmovilizados en su accionar político e ideológico.

La segunda implicación es igualmente significativa. Un mínimo de realismo, que no debe confundirse con pragmatismo oportunista, obliga a reconocer que en la fase histórica actual las condiciones objetivas y subjetivas impulsan y propenden al establecimiento y fortalecimiento del régimen democrático, la economía capitalista y el mercado. Pero ello no quiere decir que haya una sola y única versión de democracia liberal y de economía de mercado, como las que existen en el mundo anglosajón, que es la que específicamente se pregona como modelo exclusivo e ideal.

Aparte de que el socialismo, aunque el mercado se expanda, sigue vigente en varios países, y entre ellos nada menos que en China, hay en el mundo contemporáneo una variedad de casos diferentes del capitalismo individualista anglosajón. Es desde luego el caso de los capitalismos "administrados", ya sea en formas cooperativas, como en Alemania, Francia, Austria, Italia o Suecia, o corporativas, como en Japón, Taiwán, Corea o Singapur. Bajo los amplios ropajes comunes del capitalismo, y no obstante estar sujetos también a las presiones y ajustes impuestos por la globalización, estos países presentan realidades concretas y reacciones políticas muy diversas en lo económico y también en lo sociocultural. Y está todo el ex mundo socialista y los países de tradición más estatista, como los latinoamericanos, que se encuentran en procesos abiertos muy diversos y en distintas etapas de difícil, compleja y diferenciada transición.

Esta constatación también tiene profundas implicaciones políticas prácticas. Significa que, reconociendo las orientaciones generales que la realidad y las corrientes de pensamiento actuales más determinantes e influyentes intentan imponer, es posible y necesario explorar los matices, las variantes y las alternativas que corresponden con mayor propiedad a las tradiciones históricas, las nuevas realidades contemporáneas y las perspectivas y proyectos futuros de nuestros países.

La globalización no plantea tanto la cuestión general de la sobrevivencia del Estado Nación, como se nos quiere hacer creer, sino mucho más específicamente la continuidad sociocultural de las sociedades nacionales relativamente exitosas estructuradas en el período de postguerra sobre la base de formas diversas de economía mixta y ensayos más o menos logrados de Estados de Bienestar o desarrollistas. Esa experiencia se caracterizó por la búsqueda de una complementación sinérgica del accionar del Estado y del mercado, en contraste con la alternativa socialista que intentó reemplazar sin éxito el mercado por el Estado y la alternativa neoliberal que intenta reemplazar, con resultados cada vez más problemáticos, el Estado por el mercado, promoviendo deliberadamente la confusión entre privatización, desregulación, apertura y jibarización del Estado, o sea el programa neoliberal, con la modernización. La modernización no puede consistir en retroceder al capitalismo salvaje sin contrapeso social característico del siglo XIX, ni tampoco al estatismo burocrático en sus versiones más o menos opresivas y paralizantes de la postguerra.

El gran desafío prioritario es la recuperación de la política como acción pública innovadora para establecer un nuevo equilibrio que logre complementar Estado y mercado en el contexto de la globalización, al estilo de la interesante experiencia holandesa, o mediante propuestas y proyectos como las del laborismo de Blair en Inglaterra, de Jospin en Francia y de Prodi en Italia, así como los esfuerzos por avanzar hacia el crecimiento con equidad en Chile. Se trata de rechazar una visión unívoca de la globalización y el neoliberalismo mediante intentos como los de las sociedades europeas de recrearse a sí mismas a partir de nuevas propuestas, en nuevos contextos y superando su historia reciente sin nostalgias ni retrocesos.

La intelectualidad latinoamericana ha estado demasiado ausente en esta tarea. En el plano económico, el campo ha sido copado por los exégetas tradicionales del neoliberalismo, por conversos más o menos agresivos o vergonzantes, y por opositores frecuentemente obsoletos que se atrincheran exclusivamente en la denuncia y la nostalgia. Pocos han sido los aportes que buscan y proponen alternativas al neoliberalismo, como es el caso del neoestructuralismo latinoamericano. No obstante la riqueza del pensamiento económico-social latinoamericano heredado del pasado, ampliamente reconocido en la literatura especializada universal, hay una relativa carencia de un pensamiento regional renovado, que reconociendo las cambiadas realidades actuales no renuncie sin embargo, en aras de un pragmatismo oportunista, a sus fundamentos, raíces y experiencia históricos, valóricos, filosóficos y epistemológicos, para desarrollar sobre esta base una capacidad para generar nuevas propuestas.

De acuerdo con ese pensamiento, ninguna reflexión profunda sobre la realidad latinoamericana puede prescindir de situarla en un contexto estructural histórico e internacional. En otras palabras, no es posible una comprensión cabal del proceso en curso y sus perspectivas sin contrastarlo con sus raíces históricas en las anteriores etapas del desarrollo latinoamericano, todo ello en el contexto de la evolución del sistema internacional, o sea, del conocido esquema conceptual Centro-Periferia elaborado originalmente por Raúl Prebisch. Paradójicamente, éste obtiene ahora plena legitimidad por la centralidad que unánimemente se da al proceso de globalización como marco del devenir de los países.

2. la globalización y el neoliberalismo: ideología y realidad


Partamos entonces por examinar estos conceptos, para desentrañar lo que hay en ellos de ideología y de realidad. La ideología de la globalización presenta este proceso como una tendencia novedosa e históricamente inédita, centrada esencialmente en la revolución tecnológica contemporánea, parte inherente del proceso de modernización, de carácter espontáneo, irresistible y fundamentalmente positivo. Por tanto, no quedaría sino incorporarse a ella y aprovecharla al máximo. Para iniciar un examen crítico de esta versión de la globalización, que ciertamente no pretende ser exhaustivo, conviene referirse a cuatro de sus aspectos: su dimensión histórica, su trayectoria cíclica, su naturaleza intrínseca y su dinámica dialéctica.

2.1. la dimensión histórica


Por lo que atañe al pretendido carácter novedoso e inédito del proceso de globalización, existe una nutrida bibliografía sobre el proceso de expansión y acumulación del capitalismo comercial interurbano de ultramar, con el que en los albores de la Edad Media se comienzan a desarticular las sociedades precapitalistas. Más adelante, al vincularse el espíritu empresarial con la innovación tecnológica en la Revolución Industrial, se afianza definitivamente la vocación expansiva mundial del capitalismo al reducirse dramáticamente la distancia, el tiempo y los costos del transporte y las comunicaciones internacionales.

De esta manera, hacia fines del siglo XIX el Imperio Británico llega a una fase de globalización que, en términos relativos a la escala de la economía de la época, nada tiene que envidiarle a la actual en cuanto a la integración del sistema financiero comandado desde la City de Londres por la libra esterlina, los abundantes y dinámicos flujos de inversión y de comercio, y las copiosas corrientes migratorias. Un libro reciente sostiene fundadamente esa tesis, señalando que lo que está pasando actualmente no es sino una nueva fase de extraordinaria intensificación de ese proceso.

Sin retroceder mucho históricamente, por lo menos desde la era de los grandes descubrimientos del siglo XV hasta los imperios coloniales del siglo XIX y la evolución del sistema internacional durante el siglo XX, observamos una persistente tendencia acumulativa de largo plazo de creciente integración de las diversas regiones del mundo. Esa tendencia se caracteriza, sin embargo, por fases de intensificación o aceleración seguidas de otras de desintegración o desaceleración, al pasar de unas formas o maneras de integración internacional a otras.

En este sentido, es interesante y sugerente revisar los términos, conceptos o metáforas que surgen en ciertos momentos históricos y con los que se alude a dichos períodos de mayor integración mundial: el colonialismo en los siglos XVI al XVIII, el imperialismo en los siglos XIX y XX, posteriormente la internacionalización, más recientemente la transnacionalización; y, actualmente, la mundialización y la globalización. Aunque estos conceptos surgen en determinadas circunstancias históricas, sobre todo los más antiguos, se van superponiendo con el tiempo y algunos debaten sesudamente sobre cuál de estas expresiones realmente corresponde al fenómeno que estamos observando. No me parece que ese sea un ejercicio demasiado fructífero, porque pareciera que esas distintas metáforas corresponden, en realidad, a visiones históricas que remiten a momentos en que el mundo tendía a integrarse de una cierta manera específica y diferenciada.

Por consiguiente, tal vez no valga la pena una gran disquisición sobre cuál es la definición correcta, cuál de estos conceptos corresponde mejor a la realidad actual. Porque estos conceptos corresponden más bien a etapas específicas del proceso histórico universal de globalización, que fue tomando diferentes características en distintos momentos, características que le dieron su nombre. Si el proceso actual se le considera de globalización y no como colonización es porque hay algo nuevo y diferente, aunque se retengan real o aparentemente elementos del período colonial.

2.2. el carácter cíclico


El examen histórico de la prolongada evolución hacia una creciente integración de las diferentes regiones del mundo se revela en definitiva como el proceso histórico de desarrollo del capitalismo. La expansión del modo de producción capitalista y de la incorporación de nuevos espacios geográficos al comercio, las inversiones, los transportes, las comunicaciones, las migraciones y las instituciones y normas jurídicas y la cultura capitalista se dio en forma de procesos cíclicos, con períodos de avance y otros de retroceso, y con cambios en la naturaleza de las vinculaciones entre los territorios que se integraban.

Los períodos de aceleración tienen evidentemente mucho que ver con los procesos de innovación tecnológica, los que, como es bien conocido, también se producen en oleadas periódicas. Los descubrimientos geográficos del siglo XV están asociados a notables innovaciones tecnológicas en los instrumentos de navegación. La gran expansión económica internacional de la segunda mitad del siglo XIX está asociada al extraordinario desarrollo de la tecnología del transporte: la máquina a vapor, el ferrocarril, el barco de casco metálico y también las comunicaciones y la electricidad. El fenómeno de globalización contemporáneo está muy asociado al transporte aéreo, las corporaciones transnacionales, la revolución comunicacional e informática, y a la sinergia que se produce entre estos componentes claves del proceso.

Ahora bien, creo que no hay que confundir. La naturaleza del proceso de globalización no hay que asimilarla al puro progreso tecnológico, como lo hace, por ejemplo, Alain Birou, en un interesantísimo trabajo que atribuye la esencia de la globalización a la innovación tecnológica. Con una adecuada perspectiva histórica, creo que queda claro que la esencia del proceso de globalización es la ampliación, intensificación y profundización de la economía de mercado. La revolución tecnológica contemporánea, como otras anteriores, es uno de los medios fundamentales a través de los cuales ello se produce. Que esto es así, lo demuestra el hecho de que tal como hay períodos de aceleración de la integración internacional, también hay períodos de desintegración y retroceso. Esto no ocurre con el proceso acumulativo de desarrollo tecnológico, el que bien puede continuar y en ningún caso retrotraerse a niveles anteriores, a menos que haya convulsiones socioeconómicas o políticas.

Los períodos de desintegración o retroceso corresponden justamente a cambios y fases de crisis y reemplazo de la potencia dominante y de reorganización del sistema internacional imperante y sus instituciones. Así ocurrió durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX, cuando el Imperio Británico, en plena fase de expansión comercial y luego manufacturera, fue desplazando gradualmente al Imperio Español y Portugués en América, y quebrantando sus relaciones comerciales y financieras, y eventualmente, después de la Revolución Francesa, también las políticas. Ocurrió también en el período de estancamiento, inestabilidad, crisis económicas y bélicas que, entre 1914 y 1945, desarticuló el notable grado de integración internacional que se había producido a la vuelta del siglo bajo la égida del Imperio Británico, la Revolución Industrial y la libra esterlina.

De hecho, como ya se ha señalado, aquella situación no tiene mucho que envidiarle comparativamente a la situación actual en términos de integración comercial, financiera, de inversiones, de los transportes, las comunicaciones, las migraciones, las instituciones y la cultura. Keynes recordaba ese período con gran nostalgia unos años después del fin de la Primera Guerra Mundial: "¡Qué episodio más extraordinario en el progreso del hombre fue la época que terminó en agosto de 1914!… El habitante de Londres podía pedir por teléfono, mientras saboreaba su té matinal en cama, los productos más variados procedentes del mundo entero, en la cantidad que desease, seguro siempre que, dentro de un tiempo razonable, dichos productos estarían a la puerta de su casa; podía al mismo tiempo y por el mismo medio invertir su fortuna en materias primas y nuevas empresas en cualquier región del mundo, y participar, sin gran dificultad y sin problemas, de los frutos y ventajas de esos negocios; o, en fin, podía ligar la seguridad de su fortuna con la buena fe de la comunidad de una honesta municipalidad en cualquier continente, según la información de los servicios de información".

No obstante continuar una notable sucesión de innovaciones tecnológicas, durante el período interbélico se desarticuló completamente ese mundo maravillosamente integrado a que aludía Keynes. Las guerras mundiales y la Gran Depresión llevaron al reemplazo del Imperio Británico por los EE.UU. como potencia mundial dominante; el dólar por la libra esterlina como moneda hegemónica; los mercados financiero, comercial y de inversiones internacionales por el sistema de instituciones financieras públicas internacionales de Bretton Woods; la primera fase de la Revolución Industrial (carbón, máquina a vapor, ferrocarriles) por la segunda (petróleo, electricidad, industrias petroquímica y automotriz).

En el plano sociopolítico, durante este período se produjo el desdoblamiento del mundo capitalista en dos sistemas antagónicos, con la instauración de un sistema socialista estatizado en la URSS, que se amplió a muchos otros países después de la Segunda Guerra Mundial. Dentro del área capitalista, se produjo un avance sin precedentes del rol del Estado para constituir economías mixtas que garantizaran la expansión económica, el pleno empleo y la protección social. Estas economías mixtas adoptaron modalidades diferentes en distintos grupos de países: el New Deal en EE.UU., los Estados de Bienestar en Europa (después del fascismo y el nazismo en Italia, España y Alemania) y diversas variedades de desarrollismo en Japón y el mundo subdesarrollado, gran parte del cual recién salía del status colonial. Esta diversidad de situaciones dentro del mundo capitalista es una precisión sumamente importante, a la que ya hemos aludido, y que conviene retener, pues volveremos a ella más adelante.

La gran mayoría de estas economías mixtas, y también las socialistas, tuvieron un período de crecimiento económico y mejoramiento social excepcionalmente exitoso, sin precedentes históricos, entre el fin de la guerra y la década de 1970, cuando unas entraron en decadencia y otras colapsaron. En este contexto, emerge y se fortalece la nueva etapa de integración internacional que ahora llamamos globalización, tal vez porque aparentemente lo abarca todo y a todos, y que se caracteriza por una nueva revolución tecnológica, institucional, financiera e ideológica: el neoliberalismo.

2.3. las dimensiones extensiva e intensiva


Sostengo entonces que la globalización es la forma como se manifiesta en este particular período histórico, y con las características peculiares de esta época, una fase de notable aceleración y ampliación del proceso secular de expansión del capitalismo. Esta tiene dos dimensiones que me interesa destacar: una es la extensiva y otra la intensiva.

La dimensión extensiva es la territorial, la incorporación de nuevos espacios geográficos a la economía de mercado. El colapso del socialismo ha significado que territorios que estuvieron vedados a la economía de mercado durante más de medio siglo, como son los territorios de los países socialistas, se están incorporando al sistema capitalista aceleradamente, por cierto que con grandes dificultades e incertidumbres. Pero no son sólo nuevos territorios y nuevas naciones que se incorporan al capitalismo después de haber estado bajo el signo del socialismo. También lo hacen amplias áreas geográficas interiores de Estados Nacionales capitalistas subdesarrollados que habían quedado semimarginadas del mercado, y donde actualmente hay una gran expansión de la frontera capitalista interna, como es particularmente el caso de la Cuenca Amazónica en América del Sur.

Lo anterior es relativamente obvio. Lo que no es tan obvio, y mucho más interesante, es la idea de la intensificación del capitalismo, comenzando por el traspaso de empresas y actividades productoras de bienes y servicios tradicionalmente públicos al área privada y la esfera del mercado, siguiendo con la penetración en profundidad en la vida social, de la cultura, del comportamiento, de una impregnación mercantilista e individualista muy intensa en las formas de conducta y los valores de los individuos, de las familias, de las clases sociales, de las instituciones, de los gobiernos, de los Estados. Este es tal vez el fenómeno más impresionante en la actualidad. Todos los que se van incorporando a este proceso transforman conductas de distintos tipos en comportamientos maximizadores, sometidos al análisis costo-beneficio, racionalizadores de utilidad, en el pleno sentido de la racionalidad capitalista.

2.4. el proceso dialéctico 


Otra característica de la globalización es que su dinámica no es lineal sino dialéctica, lo que implica reconocer que cada proceso tiene su antiproceso. Tal es el caso en la concepción marxista que visualiza el desarrollo histórico del nuevo modo de producción capitalista en contradicción con los modos de producción preexistentes, lo que determina su desarticulación y desplazamiento. Similar es la concepción del ciclo económico de Joseph Schumpeter, que lo concibe como el resultado del proceso de innovación tecnológica, cuya irrupción en oleadas de innovación tiene efectos simultáneamente creadores de nuevas actividades productivas y destructores de las actividades que son desplazadas. Es también la visión de Karl Polanyi, que me parece particularmente apropiada. Cuando Polanyi analiza la gran expansión del capitalismo en el siglo XIX y comienzos del XX, y los profundos efectos desgarradores sobre las sociedades preexistentes que ese proceso tiene, así como los movimientos sociales defensivos y reactivos con que procuran defenderse las sociedades, lo que denomina "el doble movimiento", creo que describe adecuadamente lo que estamos viviendo de nuevo en la actualidad, en forma tanto o más intensa.

Y curiosamente, en compañía de estos autores -Marx, Schumpeter y Polanyi- está nada menos que Michel Camdessus, Director General del Fondo Monetario Internacional. Como buen francés, aunque economista, es también una persona culta que conoce estos autores. En un artículo reciente hay un párrafo notable en donde nos dice que no debemos olvidar que el proceso de desarrollo capitalista, junto con su tremenda eficiencia expansiva, es brutalmente desgarrador, destructor y desplazador en lo social, y que, por consiguiente, hay un rol esencial para el Estado, que es preciso recuperar.

2.5. la integración material versus la integración simbólica 


La dinámica dialéctica del proceso de globalización incorpora efectivamente a algunos a las actividades socioeconómicas modernas, mientras desplaza, margina y excluye parcial o totalmente a los restantes. Por lo tanto, la globalización económica es un proceso desigual, desbalanceado, heterogéneo. Por otra parte, el proceso intensivo de penetración de la cultura capitalista tiende a generalizarse a todos, tanto a integrados como a excluidos, como consecuencia principalmente de la abrumadora masificación global de los medios de comunicación audiovisuales. Este último proceso de globalización comunicacional genera una amplia integración cultural virtual o simbólica, que contrasta dramáticamente en la mayoría de la población con una situación socioeconómica precaria que no permite su concreción en la realidad. Las tan difundidas imágenes de la "aldea global" y sus "ciudadanos globales" comunicados todos por Internet, es un mito y una utopía inalcanzable para la inmensa mayoría de la población mundial, que todavía no ha logrado acceder a la electricidad y al teléfono, que ya existen desde hace más de un siglo, que carecen de los niveles de ingreso y educacional requeridos y/o que sufren de analfabetismo tecnológico.

 

3. algunas contradicciones sociopolíticas de la globalización y del neoliberalismo 


El examen crítico del fenómeno de la globalización ha pretendido relativizar y colocar en perspectiva histórica este concepto del que tanto se abusa actualmente, sin desconocer de ninguna manera que hay efectivamente una nueva realidad en el grado de entrelazamiento internacional en todas las dimensiones de la vida social, una especie de "globalización global". No se puede desconocer tampoco que es un proceso acumulativo de larga data, que no es primera vez que pasa por un ciclo de notables avances, pero que también ha experimentado interrupciones y retrocesos notorios que bien podrían volver a ocurrir en el futuro. Si bien introduce extraordinarias novedades y avances tecnológicos con indudables efectos positivos de todo tipo, tiene también simultáneamente profundos efectos negativos, desequilibrantes y desgarradores en lo económico, social, ambiental, político, cultural e internacional, lo que tampoco es históricamente inédito.

No es posible cubrir la vasta gama de situaciones problemáticas asociadas a los fenómenos de la globalización y de las políticas neoliberales en relación a la sostenibilidad del desarrollo vigente en las próximas décadas. En lo que sigue destacaré solamente algunas las que me parecen más importantes y que no han merecido ni remotamente la atención y el debate que merecen.

Un tema esencial en el plano sociopolítico, acentuado con el colapso del socialismo, es que desde hace unas dos décadas estamos en presencia de un proceso masivo y deliberado de desmantelamiento del sistema de solidaridad y protección social público creado durante las décadas de posguerra; del amplio sector público fruto de la acción innovadora del Estado de Bienestar. Un tipo de Estado que, políticamente, se expresó en coaliciones sociales amplias: en el caso de Alemania e Italia, en la economía social de mercado y los partidos demócrata-cristianos, y en el resto de Europa, en las economías mixtas y los partidos socialdemócratas.

El gran tema en esos países al iniciarse la etapa postbélica era cómo recuperar la capacidad expansiva del capitalismo decimonónico después de la gran crisis socioeconómica y política del período entreguerras, cómo superar la desocupación masiva y cómo mejorar las condiciones sociales de la mayoría de la población, con el fin de hacer compatibles el régimen democrático con el capitalismo. Como ya se mencionó, la instauración de economías mixtas orientadas a crecer con pleno empleo y protección social dio lugar un período tremendamente exitoso, sin precedentes, la llamada Edad de Oro del capitalismo.

Dentro de este contexto favorable, más el del socialismo real, se desencadenó también en muchos países de América Latina una acción económica y sociopolítica en favor del desarrollo económico, la industrialización y las políticas sociales. También se basaron en coaliciones amplias de empresarios, clases medias y obreros organizados, todos los cuales, cual más cual menos, participaron del exitoso período de crecimiento de las décadas del 50 y del 60, antes que éste sucumbiera, entre otras razones, por causa del populismo.

Al cabo de un cuarto de siglo excepcional, esa etapa completó su ciclo. Lo vaticinó tempranamente un economista australiano, Colin Clark, quien sostenía ya por los años 40 que la economía capitalista no podría soportar una tasa impositiva mayor del 20 al 25%. No se tomaba en serio esa advertencia en aquellos años en que se ampliaba permanentemente el Estado. Pero Clark, aunque exageraba, tenía razón, pues cuando la carga impositiva y de transferencias del Estado llegó a niveles que empezaron a entorpecer la rentabilidad y el funcionamiento de la empresa privada, mucho más elevados por cierto de los que él postulaba, comenzó la presión para el desmantelamiento y el retroceso del Estado, dando paso al neoliberalismo.

A ello se sumó la aceleración del nuevo proceso de globalización, que ya estaba en marcha a comienzos de la década de los 70 en virtud de un fenómeno institucional -la expansión de la Empresa Transnacional-; de los inicios de las revoluciones tecnológica y financiera, reforzado todo ello mediante la implantación de las políticas neoliberales de los gobiernos Thatcher y Reagan. De esta manera, las dos caras de una misma medalla -el proceso de globalización y las políticas neoliberales- se comenzaron a reforzar mutuamente. Un neoliberalismo ahora globalizado, donde juega obviamente un rol muy importante la revolución tecnológica contemporánea que permite la difusión instantánea de la información por el mundo entero.

Pero también incide fuertemente el fenómeno financiero, que se inicia con la acumulación de los eurodólares de la década del 60 y adquiere un desarrollo inusitado con los petrodólares derivados de las dos crisis del petróleo en los 70, así como de la política deliberada de desregulación de los sectores financieros que se inicia en EE.UU. e Inglaterra a fines de esa década, lo que en conjunto le dio un inmenso impulso al mercado financiero global. A tal punto, que actualmente el capital financiero -para usar terminología de comienzos de siglo a lo Rosa Luxemburgo- prevalece absolutamente sobre el capital productivo. Esto era exactamente lo contrario de lo que Keynes y el desarrollismo habían propuesto para la postguerra: énfasis en la economía nacional real, la industrialización, el empleo pleno, el crecimiento de la producción, e ingresos mayores y mejor distribuidos.

Esto no es lo que interesa prioritariamente en la actualidad. Lo que interesa ahora es la estabilidad financiera, los equilibrios macroeconómicos y la menor inflación posible, lo demás vendría de suyo. El mercado financiero internacional, el inmenso poder adquirido por el capital especulativo mundial, acecha todas las oportunidades de ganancia en cualquier parte del mundo. Entre ellas las que pueden derivarse de las debilidades cambiarias que suelen tener los países que incurren en desequilibrios monetarios, fiscales y de sus cuentas externas, y que requieren por ello de fuertes entradas de capital extranjero para saldarlas.

Para no desencadenar un ataque especulativo contra su moneda, los gobiernos se encuentran entre la espada y la pared. Por una parte, se han visto forzados a reducir -o cuando menos a no elevar- sus ingresos tributarios, para asegurar que las empresas privadas se mantengan competitivas en un mercado mundial altamente integrado. Por otra, para evitar el déficit fiscal, han debido comprimir el elevado nivel de gastos que acarreaba el mantenimiento del Estado de Bienestar o el Estado Desarrollista. Y esto exige políticas monetarias, fiscales y salariales conservadoras y restrictivas.

Estas son las razones fundamentales reales -independiente de la prédica ideológica neoliberal de la desregulación, liberalización, privatización, apertura y reducción del rol del Estado- que explican por qué se ha hecho sumamente difícil y exigente tener políticas nacionales independientes y autónomas al nivel macroeconómico. Esta es también la causa principal real, sin perjuicio de sus indudables aspectos problemáticos, que ha inducido a los intentos de desmantelamiento del Estado de bienestar, de la economía social de mercado, del socialismo, del desarrollismo, de la economía mixta de postguerra, de la protección a las clases trabajadoras.

En los casos en que ello se ha logrado, se corroe la solidaridad social que se había organizado con mayor o menor eficacia en aquel período, se vacía de contenido intelectual a los partidos políticos que tenían ese tipo de ideología, se destruye la organización de la clase obrera y se deteriora la situación de la clase media. Buena parte de la ampliación y fortalecimiento que en esa época logró la clase media y la clase obrera organizada se logró precisamente a través de los servicios y empresas del Estado.

La extensión de la salud pública, del sistema educacional, de la vivienda y la previsión social que ofrecía el Estado, así como las empresas públicas, significaba que el propio Estado tenía que ampliarse considerablemente, y por consiguiente elevar enormemente la cantidad de médicos, enfermeras, educadores, arquitectos, administradores y otros empleados y obreros que conformaban gran parte de las clases medias y obreras organizadas.

El neoliberalismo crea tanta resistencia, desaliento, angustia e inseguridad porque no es simplemente una política económica. Es el instrumento sociocultural a través del cual se busca reemplazar un tipo de sociedad, que procuraba un cierto equilibrio entre la eficiencia económica y la solidaridad social, y que se había logrado construir en alguna medida en la postguerra, por otra en donde se exacerba la eficiencia, la competitividad, el individualismo; donde se privilegia extraordinariamente todo lo privado a expensas de lo público, con una gran concentración de riqueza, ingreso y poder, procurando anular toda capacidad para contrarrestar estos efectos. Todo se mercantiliza, los espacios y los intereses públicos desaparecen o se debilitan.

En el ámbito académico e intelectual, que aquí nos interesa centralmente por su relación con el plano ideológico, encontramos a los investigadores que no se han fugado al sector privado desparramados en diversas instituciones precarias o universidades públicas desfinanciadas, sin poder constituir núcleos de reflexión, investigación y docencia sólidos en el área de las ciencias sociales, las ciencias básicas y la cultura. La razón obvia es que no hay recursos ni interés para ello. Lo público, lo social y de largo plazo no tiene financiamiento. Esta sociedad no se interesa por ese tipo de actividades.

¿Cómo nos adentramos entonces en el siglo XXI? Yo diría que nos adentramos con el espectro del apartheid, porque esta nueva economía, con una enorme capacidad competitiva, que compite con todo el mundo, con una tecnología y capital extraordinariamente intensivos, que requieren muy poca mano de obra y de alta calificación, crea muy poco empleo. Tanto así que en Europa la exclusión social constituye una de las grandes temáticas del presente, temática que no es muy distinta de la de la marginalidad de fines de los 50 y los 60 en América Latina .

En ese proceso de creación y destrucción, cuando se avanza en la creación de nuevas actividades muchas veces se destruyen las antiguas, y hay actividades que desaparecen porque no se pueden seguir subsidiando, con mucha destrucción de empleo. Y los nuevos empleos que se crean, son para adultos jóvenes y bien calificados. La posibilidad de que una persona muy joven o de más de 50 años y con escasa calificación tenga un buen empleo, es cada vez más remota. Por consiguiente, una de las características psicosociales principales de esos grupos de edad es una generalizada sensación de inseguridad e incertidumbre en las personas.

El desmantelamiento del aparato estatal, la privatización de los servicios públicos, un crecimiento económico modesto -menos de la mitad de lo que fue en las épocas de posguerra- sólo mejora las condiciones de vida de segmentos muy limitados de la sociedad, y excluye y expulsa segmentos crecientes de la población, produciendo algo que habría que llamar francamente como polarización.

El proceso en que se insertan hoy nuestras sociedades fortalece el mercado, el sector privado y su inserción internacional, pero debilita al Estado nacional. Hay un aumento de la eficiencia, de la competitividad de la gran empresa nacional y extranjera. Pero no de las capacidades del Estado, especialmente de los servicios públicos. Se favorece la inversión extranjera que, a su vez, favorece la generación de empleos aunque cada vez más elitizados, lo que empuja a grandes segmentos de la población a trabajos de menor calidad o a la informalidad.

Se crea una estabilidad económica frágil, aumenta la pobreza y existe una creciente tendencia a la exclusión social. Se produce una dicotomía en la calidad de los servicios de quienes acceden al sistema privado, y los usuarios del sistema público, cuya calidad ha empeorado por el debilitamiento del Estado. Asimismo se fomenta desmesuradamente el consumo mediante una publicidad desorbitada y el crédito fácil que genera un endeudamiento angustiante. Si bien se logran ciertas mejorías en los niveles de vida en términos de la adquisición de bienes, por otra parte se deteriora la calidad de vida por el aumento de las jornadas de trabajo, la necesidad de tener varios trabajos, las angustias de equilibrar unos ingresos difíciles de lograr con demandas en constante multiplicación. A todo ellos se suman crecientes niveles de congestión y contaminación urbanas.

Es necesario recuperar una visión de mediano y largo plazo para apreciar la naturaleza del proceso que estamos viviendo y sus perspectivas. Las tasas de crecimiento de la región no son suficientes para lograr la creación de los empleos que se necesitan y hay una gran dependencia de los capitales extranjeros y del sistema financiero internacional. Esta visión de corto plazo, así como no pensar en los desequilibrios sociales, puede llevar a una polarización social que además cree inestabilidad a partir de las expresiones de búsqueda de salidas anómicas.

 

 

+ Este artículo hace parte del libro América Latina en el siglo XXI. De la esperanza a la equidad, Carlos Contreras (compilador), FCE y Universidad de Guadalajara, México, 1999.

 

* Actualmente es Asesor Especial del Secretario Ejecutivo de la CEPAL; Presidente de la Corporación de Investigaciones para el Desarrollo (CINDE) y Profesor Titular y Director del Centro de Análisis de Políticas Públicas de la Universidad de Chile.

 

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