Llegamos a Veracruz un 25 de diciembre por la madrugada o un 24 ya bien
entrada la noche, lo que viene a dar igual. En cualquier caso las celebraciones habían
concluido y la ciudad y las playas y las calles estaban dormidas. Hacía frío y viento y
nos tendimos en unas sillas plegables frente al mar, abandonados con un par de latas de
NewMix a ver qué pasaba. No pasó nada. Las personas que nos recibirían en esa ciudad
jamás aparecieron.
Amaneció.
Los siguientes días fueron extraños. No hablábamos con
nadie. Visitamos un fuerte de la Colonia, visitamos un barco desvencijado y carcomido por
la herrumbre. Desde el muelle, vimos salir grandes naves que podían albergar una veintena
de tractomulas y que iban tan tranquilas sobre un oleaje apenas perceptible. Nos metimos a
un mar asqueroso. Comimos latas de atún en un parque lleno de puestos de venta viejos y
descompuestos. Los gatos esa ciudad está llena de gatos se enfilaban
alrededor de la banca y cuando derramábamos el aceite sobrante, se acercaban a lamerlo;
primero venía un gato grande y gordo, luego otro mediano y finalmente uno pequeño. Las
hormigas terminaban el trabajo. Cuando dejábamos la banca no había rastro de comida,
huella de nuestra estadía en ese lugar.
En los museos, sitios turísticos y compra de pasajes,
sacábamos un carné que nos había hecho una artista del Distrito Federal para obtener
descuentos, el cual aseguraba que éramos estudiantes mexicanos de Buen Vivir qué
nombre para una Universidad. Cuándo alguna señorita nos preguntaba dónde quedaba el
centro de estudios, yo decía que en el DF. Sí, ¿pero dónde? Yo nunca era capaz de
recordar la dirección ficticia y daba coordenadas al azar: Coyoacán con Insurgentes,
cuando estas avenidas eran paralelas, de modo que la señorita dudaba y levantaba su ceja
izquierda, pero terminaba dejándonos pasar, bien por desidia, bien porque no conocía el
DF.
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