vuelta de tuerca_poesía
Número 1_diciembre 2003 abril 2004

01._Narrativa
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Giuseppe Caputo Cepeda
Ochenta y seis mil cuatrocientos segundos

Carlos Patiño Millán
Tranquila vida analítica: el
lector conoce el final de la
frase antes que el autor

Mar Traful
Victoria Camps reescribe el Neuromante
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02._Ensayo
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Miguel Mendoza
Tú matas y nosotros cambiamos de canal:
asesinos en medio de
una sociedad feliz

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03._Poesía
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Poemas de
Andrea Cote Botero


Poemas de
Simón Henao Jaramillo


Poemas de
Gustavo Adolfo Garcés


Reflexión poética de
Jorge Cadavid

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04._Periodismo literario
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Pablo Correa
Las faenas de un
enanito torero

Julia Buenaventura
Encrucijada veracruzana


vuelta de tuerca_periodismo literario


Encrucijada veracruzana
Julia Buenaventura
     Llegamos a Veracruz un 25 de diciembre por la madrugada o un 24 ya bien entrada la noche, lo que viene a dar igual. En cualquier caso las celebraciones habían concluido y la ciudad y las playas y las calles estaban dormidas. Hacía frío y viento y nos tendimos en unas sillas plegables frente al mar, abandonados con un par de latas de NewMix a ver qué pasaba. No pasó nada. Las personas que nos recibirían en esa ciudad jamás aparecieron.
     Amaneció.
     Los siguientes días fueron extraños. No hablábamos con nadie. Visitamos un fuerte de la Colonia, visitamos un barco desvencijado y carcomido por la herrumbre. Desde el muelle, vimos salir grandes naves que podían albergar una veintena de tractomulas y que iban tan tranquilas sobre un oleaje apenas perceptible. Nos metimos a un mar asqueroso. Comimos latas de atún en un parque lleno de puestos de venta viejos y descompuestos. Los gatos —esa ciudad está llena de gatos— se enfilaban alrededor de la banca y cuando derramábamos el aceite sobrante, se acercaban a lamerlo; primero venía un gato grande y gordo, luego otro mediano y finalmente uno pequeño. Las hormigas terminaban el trabajo. Cuando dejábamos la banca no había rastro de comida, huella de nuestra estadía en ese lugar.
     En los museos, sitios turísticos y compra de pasajes, sacábamos un carné que nos había hecho una artista del Distrito Federal para obtener descuentos, el cual aseguraba que éramos estudiantes mexicanos de Buen Vivir —qué nombre para una Universidad. Cuándo alguna señorita nos preguntaba dónde quedaba el centro de estudios, yo decía que en el DF. Sí, ¿pero dónde? Yo nunca era capaz de recordar la dirección ficticia y daba coordenadas al azar: Coyoacán con Insurgentes, cuando estas avenidas eran paralelas, de modo que la señorita dudaba y levantaba su ceja izquierda, pero terminaba dejándonos pasar, bien por desidia, bien porque no conocía el DF.