Hay preguntas que me dejan con las manos en
alto como si el interlocutor sacara una Colt 7.65 y me la apuntara
en la cabeza. Es una situación incómoda: una mano al
pelo, la otra a la barbilla, la mirada perdida en el infinito (todo
en cinco segundos) y una respuesta mediocre, cuando la hay, claro.
Estas preguntas, por lo general, ya en alguna ocasión me las
he hecho yo mismo y he fracasado en buscar la solución. Por
ejemplo: ¿qué queda en el universo si se elimina todo
lo que existe?, ¿hacen el amor los papás o los abuelos?,
¿cómo te gustan las mujeres? Pese a que podría
llenar un saco entero con interrogantes de estos o escribir una nueva
versión del Libro de las Preguntas de Neruda, lo qué
más me encabrona es no saber quién es mi escritor favorito.
Y dizque me gusta la literatura.
Hace
unos años vi una entrevista en la que Gloria Valencia de Castaño,
vieja presentadora de la televisión colombiana, le hizo a Borges
en 1978 en una de sus visitas a Bogotá. Ella le preguntó:
“Borges, ¿quién es su autor favorito?”,
y el escritor argentino respondió: “Virgilio es un joven
que promete”. Esta pregunta, aunque a primera vista parecería
obligatoria para el entrevistador y muy fácil para el entrevistado,
se convierte en un problema. Si el personaje es un actor de televisión,
que responda “Walter Risso” no debe generar sorpresa ya
que a él se le está permitido todo; pero si es un intelectual,
sí, porque de alguna forma, su respuesta puede ser una guía
para los lectores, un descubrimiento para los críticos, una
motivación para los eruditos. Lo cierto, de todos modos, es
que los intelectuales rara vez tienen una respuesta verdadera; “la
lectura cambia con la digestión”, decía Rulfo,
por lo tanto el intelectual miente aunque esté diciendo la
verdad.
El
canon de autores favoritos está compuesto por Homero, Ovidio,
Dante, Petrarca, Cervantes, Shakespeare, Milton, Swift, Volatire,
Stevenson, Poe, Joyce, Proust, Faulkner, Borges, Rulfo, García
Márquez, Raymod Carver, Fernando Vallejo y Javier Marías.
Todos estos nombres se repiten y se repiten como eternos silbidos
del viento, como el taca, taca, taca de un martillo de carpintero.
Pero, no obstante, este valioso conjunto de nombres no sólo
es moneda corriente en el exquisito gremio de los literatos, también
lo es en el viandante común que tuvo la mala suerte de ser
abordado por una aprendiz de periodismo o de marketing: “Señor,
¿cuántos libros lee Ud. al año?", "20
mijita", "¿Y cuál son sus escritores favoritos?",
“Jaime Isaacs y Federico García Márquez”.
He
conocido personas con respuestas muy extrañas. Tengo un amigo
que encorva las cejas cuando responde que su autor favorito es Bjørnstjerne
Martinius Bjørnson; y junta las manos cerca al pecho para continuar
con una semblanza al mejor estilo de Encarta 2005: “Político
y escritor noruego, premio Nobel, nacido en Kvikne en 1832. Sus obras
de teatro se encuentran entre los primeros y más importantes
ejemplos de la literatura dramática noruega”. Alguna
vez conocí a un poeta, cuya voz sonaba a calle vacía,
que me dijo: “mi escritor favorito es un poeta contemporáneo
a Homero, yo pensaría que muy superior”. No
quise preguntarle el nombre para no tener que condenarme por nunca
leerlo.
No
me afana, por ejemplo, que mi vecina me diga que su escritor de cabecera
es García Márquez, esto, a lo mejor, es la revelación
de la más grande honestidad; claro, si no ha leído a
más autores el único será necesariamente el mejor.
Sin embargo, sí me complica la existencia el hecho de encontrar
algunas respuestas más allá de mi credibilidad que,
pese a eso, terminan por convencerme de que soy un lector de poca
monta.
Hace
poco, para una revista que edito en Popayán, le pregunté
a algunos escritores cuáles eran sus cuentistas favoritos y
ellos, muy amablemente, me dijeron que Borges, Borges y Borges. Alguno,
el más hereje, dijo que Julio Ramón Ribeyro. No me extrañaron
esos nombres, yo mismo habría podido responder la pregunta
sin necesidad de recurrir a la encuesta, pero “¿Yo
qué sé?”, dijo Montaigne. He pensado
seriamente en el tema del escritor favorito y creo que la solución
la tienen esos amigos que arrugan la frente para responder. La cuestión
es muy sencilla: si uno quiere pasar por mal lector deberá
nombrar —y que me perdone la historia universal— cualquiera
de los que cité del canon, pero si uno quiere dárselas
de intelectual, de ratón de biblioteca, del mejor lector del
mundo, pues puede seguir mis siguientes consejos, aunque esto le sirva
sólo para acostarse con una mujer de café o una señora
de tertulia literaria.
1)
Un verdadero autor favorito deberá:
-
Ser muy poco leído en su lengua y en la del lector (al menos
no lo pueden conocer sus amigos).
- Tener un nombre difícil de pronunciar (le recomiendo: Czeslaw
Milosz, Erik Axel Karlfeldt o Syslofk Armhylawsp).
- Tener muy pocas traducciones al español (esta característica
es dos veces buena: primero, para sus enemigos será motivo
de envidia no poder leerlo; y segundo, esto le da a usted un aire
de erudito, de políglota).
- Haber nacido en otro continente y máximo en el siglo XIX.
2)
Y usted tendrá que:
-
Tener al menos una fotografía del susodicho que sirva de separador
de libros y de prueba (si no tiene ninguna, que es lo más probable,
utilice la de su bisabuelo o baje una de Internet de esas de la era
victoriana).
- Decir que los libros están bien guardados o en un depósito
o en una caja fuerte (esto es exagerado pero puede servir para asustar).
- No hablar mucho del escritor.
- Nombrar al autor como si no le diera mucha importancia: “Noooo,
es un poeta croata del siglo XVI”.
Yo
he intentado utilizar esta estrategia varias veces. Para algunos,
me imagino, he de ser un gran entendido en literatura yugoeslava,
en novela somalí, en poetas filipinos. Sin embargo, tengo que
admitir que he hecho el intento de encontrar un escritor que me conmueva
al punto de izarlo como una bandera. En alguna ocasión quise
que mi autor favorito fuera en lengua española: me paseé
por varios nombres hasta dar con Enrique Jardiel Poncela, pero no
me he leído sino dos de sus libros. Luego quise que fuera de
una lengua vecina y pensé en João Guimarães Rosa,
pero no he podido ni siquiera comenzar con el Gran sertón:
veredas; busqué entonces en el inglés y Paul Auster
me estaba seduciendo cuando me robaron el libro. Hoy en día
sigo quedando con las manos en alto, no he podido hallar al mejor
de los escritores; cada vez que encuentro uno a punto de clasificar,
aparece otro y otro y otro. He empezado a creer que no existen autores
de cabecera, aunque algunos digan que es Bukowski o Vargas Llosa.
No sé, es más fácil echarles la culpa a los autores
que a uno mismo. Yo leo con mucha pasión los cuentos de Cortázar,
los poemas de Yeats, las novelas de Enrique Vila-Matas, los ensayos
de Alfonso Reyes y Germán Espinosa. Pero, también, me
gusta Sábato, Jaime Sabines, RH Moreno-Durán, Juan Villoro
y hasta Virgilio, Homero, Cervantes y los mismos, etc, etc, etc. Y
claro, Borges.
La
biblioteca del Banco de la República en Popayán no tiene
el tamaño de la Luís Ángel Arango en Bogotá,
pero cada vez que voy se me antoja pensar: “cuántos escritores
favoritos desperdiciados”.