Encuentro en Octubre

A Jose Expósito

Si me reconoces es porque no he muerto todavía,
que nunca fueron mentira tantos domingos
por el museo del Prado, Moyano, Atocha
y alrededores, que estoy vivo
porque me reclaman tus ojos, porque me señalan
tus huesos de hielo, porque me llamas
por mi nombre que ha dejado de ser olvido.

Yo ya había llorado mi desaparición ante ti,
y asistido a mi cremación en tu memoria
en un cementerio con su única lápida
que sólo yo visitaba, que sólo yo conocía,
que sólo a mi me sigue doliendo.

Un solo abrazo, mudo y de muy hondo
ha bastado para negar la hora de los muertos,
para callar el bandoneón de los difuntos.
Por eso, José, te invito
a que cada domingo nos sentemos
en esa dulce banca solitaria
que se encuentra detrás de la virgen
de la Anunciación del beato Angelico,
para que sigamos conversando como entonces,
ahora que por azar
la eternidad nuevamente nos ha sido concedida.

 

 

Ventana del colegio

Como si estuviera calcando
un río
de un mapa
en una remota clase de geografía,
el esfero
de tinta azul
encontró
una suave hendidura
en la madera
del pupitre del colegio.

Ciegamente la punta
se dejó llevar
por el surco
y poco a poco
fue brotando en el papel
su nombre
del todo
olvidado.
Entonces
por la ventana
vio pasar de largo
como entonces
su legendaria, su incendiaria
camisa
de flores

diciéndole adiós
adiós
adiós
a todo su pasado.

 

Antigua llamada telefónica

Habla para que te pueda ver
Ben Johnson
Para oír desde tan lejos tu voz
no solamente tuvo que recorrer
la enorme distancia que existe entre tu casa
al sur del continente, y la mía,
tan dolorosamente antípoda.

También tu voz tuvo que bajar
por la escalera de cada uno de tus años
en busca de ese remoto
manantial, tu origen, y remover sus aguas
con alguna de tus alas.

Tuvo tu voz que peregrinar llamando
al aire que lo llevara afuera,
ascender con el impulso de paloma
de tus pulmones, adelgazarse
al pasar por la circunferencia de una flauta
de hueso donde unos dedos transparentes
convierten como sabios alquimistas
el soplo en sonido, en esa música
muda que antecede a las palabras,
para luego llegar a la dulce y resonante
catedral de tu boca,
construida desde hace siglos por tus antepasados
que tuvieron el cuidado de cubrirla
con una suave bóveda
donde sólo se atrevería a cantar un ángel.


En el templo sagrado que es tu boca
tu lengua recogió ese viento que venía
de muy hondo, trayendo noticias
de tu infancia o tus infiernos, de tu soledad
y sus revelaciones, y lo lanzó
por detrás de tus dientes blanquísimos
que tanto recuerdo, hasta rebotar blandamente
en tus labios para decirme al oído,
a miles de kilómetros y volcanes y en pleno
y crudo invierno austral,
"hola, amor, estaba esperando tu llamada".

Más cerca que nunca en la lejanía
y antes de que se acabaran los minutos
de la tarjeta telefónica,
tu voz, tu voz que pronto bajaría
por la escalera en espiral de todos tus años
para regresar a su remoto manantial,
alcanzó a decirme al borde del silencio
"amor, dime algo antes de irme a la cama".

Poemas inéditos del libro Los fuegos obligados (1989)

 

     
     

 

Ramón Cote Baraibar (Cúcuta, 1963): licenciado en Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid. Publicista, ensayista y crítico. Ha publicado los libros de poemas: Poemas Para una fosa común (1985), El confuso trazado de las fundaciones (1991), Informe del estado de los trenes en la antigua estación de Delicias (1992) y Botella Papel (1999). Fue ganador del III Premio Casa de América, en 2003, con su libro Colección privada.