Número 1_diciembre 2003 abril 2004

01._Narrativa
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Giuseppe Caputo Cepeda
Ochenta y seis mil cuatrocientos segundos

Carlos Patiño Millán
Tranquila vida analítica: el
lector conoce el final de la
frase antes que el autor

Mar Traful
Victoria Camps reescribe el Neuromante
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02._Ensayo
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Miguel Mendoza
Tú matas y nosotros cambiamos de canal:
asesinos en medio de
una sociedad feliz

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03._Poesía
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Poemas de
Andrea Cote Botero


Poemas de
Simón Henao Jaramillo


Poemas de
Gustavo Adolfo Garcés


Reflexión poética de
Jorge Cadavid

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04._Periodismo literario
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Pablo Correa
Las faenas de un
enanito torero

Julia Buenaventura
Encrucijada veracruzana



vuelta de tuerca_narrativa


Ochenta y seis mil cuatrocientos segundos
Giuseppe Caputo Cepeda
Abre los ojos. Intenta tocar el techo con las uñas. Pone el pie derecho en el piso de madera y el izquierdo en el tapete holandés. Da cuatro pasos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Extrae una mota de su ombligo. Inicialmente, el agua está helada. Espera cinco segundos. Fría. Templada. Tibia. Caliente. Vapor, mucho vapor. Primero, las extremidades derechas; luego, las izquierdas. Sigue la cabeza; por último, el resto del cuerpo. Las manos se extienden buscando capilaridad. Primero un brazo, después el otro. Acto seguido, cabeza, torso y pies. Extirpa bellos faciales. Cubre su zona erógena por antonomasia. Camiseta blanca. Medias. Suéter. Inserta su correa café en un pantalón café. Zapatos. Chaqueta. Concede a sus dientes un vago sabor a menta. Contempla su reflejo. No. No lo contempla. Lo analiza insatisfecho. Practica gestos y sonrisas. Cara triste, amargada, fúnebre y jocosa. Abre la puerta. Trota. Corre. Trota. Corre. Inhala. Exhala. Alza una mano. Sube al bus. Busca monedas. Paga. Se deja caer en un asiento empolvado. Espera. Sigue esperando. Timbra. Trota. Corre. Trota. Corre. Inhala. Exhala. Inserta la llave en una cerradura. Sube las persianas y abre el maletín. Papeles afuera, zapatos al aire. Hunde un botón, después otro y otro más. Oprime una tecla, luego otra y otra más. Redobla el proceso. Una llamada. Dos llamadas. Toma tinto. Abre un cajón y sustrae pan. Primer mordisco. Sus dientes lo cortan, trituran y muelen en trozos pequeños, la saliva lo descompone en sustancias químicas y la lengua lo empuja hacia el esófago. Monta las piernas en el escritorio. Dibuja trazos sueltos en un papel diminuto. Segundo mordisco. Último bocado. Llega Fulano. Sale Fulano y entra Zutano. Se despide Zutano y llega Mengano. El intestino grueso expulsa desechos al recto y su cuerpo siente la necesidad de acomodarse en un inodoro. Acata la potencia de la fuerza gravitacional. Sostiene su propio peso con las piernas. Calza los artefactos de cuero. Un paso, dos pasos, tres pasos. Entra al baño. Desabrocha la correa. Separa botón y ojal. Manipula la cremallera. Baja los pantalones. Se sienta. Una gota de sudor. Retrae los pies, golpea sus muslos. Otra gota de sudor. Otra más. Cierra los ojos. Arruga la frente. Termina el sufrimiento. Del rollo original, despega dos metros de papel higiénico. Limpia lo que debe limpiar. Eleva los pantalones. Une botón y ojal. Abrocha la correa. Manipula la cremallera. Agua. Jabón. Agua. Toalla. Contempla su reflejo. No. No lo contempla. Lo analiza insatisfecho. Practica gestos y sonrisas. Cara triste, amargada, fúnebre y jocosa. Abre la puerta. Un paso, dos pasos, tres más. Se acomoda ante un ordenador. Hunde un botón, después otro y otro más. Oprime una tecla, luego otra y otra más. Redobla el proceso. Lee. Descifra los sentidos de una letra unida a otra letra, de una frase unida a otra frase, de un párrafo unido a otro párrafo.