Tómenme
en serio, se los advierto. Soy totalmente serio en lo que hago, serio como un ataque
cardíaco. No hace falta ir a cine para saber que, hoy por hoy, el nombre mío, director,
guionista y actor, suscita tanto encanto como espanto: al lado de quienes me entronizan,
otros desearían defenestrarme. Sí, aceptemos que el cine (y especialmente el de
Hollywood) se ha vuelto tan predecible que cualquier espectador conoce el final de la
película en la mitad de la proyección; ante ese panorama, la avanzada de autores como
yo, supone, al menos, aire fresco. Sin embargo, el ruido mediático que envuelve cada una
de mis apariciones como sucede con tantos otros asuntos impide una segunda
escucha, una mejor lectura, la decantación apropiada. Y es que resulta curioso que un
director, guionista y actor que tiene, a la fecha, apenas tres largometrajes a su haber (Lo
que antes era hábito, ahora es vicio, La saturación de los sentidos y Transparencia)
genere tanta ampolla, tanto estudio sesudo, tanto chisme de Internet(1) . Como sea, algo habrá hecho este maleante para que así sucedan las cosas y
no de otra manera: cualquiera sabe que no buscar un lugar en la historia es también una
forma de hacerlo; así, cifrar, provocar, resucitar géneros muertos o darle respiración
boca a boca a formatos en vías de extinción, escudriñar al máximo los
tarros de basura en busca de alguna clave que explique la genialidad del consumidor de
turno, orinar sobre estatuas de héroes, reivindicar a losers, outsiders
y serial killers, infringir toda suerte de leyes y normas, etc.,
terminó siendo sospechosamente popular hablo de finales del siglo veinte aún
en los ambientes más tradicionales. |