Número 1_diciembre 2003 abril 2004

01._Narrativa
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Giuseppe Caputo Cepeda
Ochenta y seis mil cuatrocientos segundos

Carlos Patiño Millán
Tranquila vida analítica: el
lector conoce el final de la
frase antes que el autor

Mar Traful
Victoria Camps reescribe el Neuromante
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02._Ensayo
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Miguel Mendoza
Tú matas y nosotros cambiamos de canal:
asesinos en medio de
una sociedad feliz

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03._Poesía
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Poemas de
Andrea Cote Botero


Poemas de
Simón Henao Jaramillo


Poemas de
Gustavo Adolfo Garcés


Reflexión poética de
Jorge Cadavid

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04._Periodismo literario
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Pablo Correa
Las faenas de un
enanito torero

Julia Buenaventura
Encrucijada veracruzana


vuelta de tuerca_narrativa

Tranquila vida analítica: el lector conoce el final de la frase antes que el autor

Carlos Patiño Millán
     Tómenme en serio, se los advierto. Soy totalmente serio en lo que hago, serio como un ataque cardíaco. No hace falta ir a cine para saber que, hoy por hoy, el nombre mío, director, guionista y actor, suscita tanto encanto como espanto: al lado de quienes me entronizan, otros desearían defenestrarme. Sí, aceptemos que el cine (y especialmente el de Hollywood) se ha vuelto tan predecible que cualquier espectador conoce el final de la película en la mitad de la proyección; ante ese panorama, la avanzada de autores como yo, supone, al menos, aire fresco. Sin embargo, el ruido mediático que envuelve cada una de mis apariciones —como sucede con tantos otros asuntos— impide una segunda escucha, una mejor lectura, la decantación apropiada. Y es que resulta curioso que un director, guionista y actor que tiene, a la fecha, apenas tres largometrajes a su haber (Lo que antes era hábito, ahora es vicio, La saturación de los sentidos y Transparencia) genere tanta ampolla, tanto estudio sesudo, tanto chisme de Internet(1) . Como sea, “algo habrá hecho este maleante” para que así sucedan las cosas y no de otra manera: cualquiera sabe que no buscar un lugar en la historia es también una forma de hacerlo; así, cifrar, provocar, resucitar géneros muertos o darle respiración —boca a boca— a formatos en vías de extinción, escudriñar al máximo los tarros de basura en busca de alguna clave que explique la genialidad del consumidor de turno, orinar sobre estatuas de héroes, reivindicar a losers, outsiders y serial killers, infringir toda suerte de leyes y normas, etc., terminó siendo sospechosamente popular —hablo de finales del siglo veinte— aún en los ambientes más tradicionales.

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(1)Anexo a este discurso algunas de las muchas páginas de chismes de Internet dedicadas a disecar mi film Transparencia y que demuestran con creces la teoría de las operaciones transtextuales. Como puede comprobarse, la lectura que se hace de mi obra es minuciosamente enferma: la disección del cadáver es perfecta; si no hay más cortes e incisiones –claves advertidas, conexiones, especulaciones, barbacha a secas— es sólo debido a que el cuerpo sin vida no aguanta más bisturí. Esta tendencia a desear saberlo todo sobre algo, por supuesto, no es nueva. En el caso de la literatura, un libro como Ulysses de Joyce ha sido sometido a una lectura tan extensa, en busca de todas sus ramificaciones posibles, que los estudios sobre esta obra ocupan varios estantes. Casualmente dicha novela ocurre en el transcurso de un solo día: el 16 de junio de 1904 (en conmemoración de la primera cita del autor con Nora Barnacle). Si quisiéramos encontrarle parecido a lo posiblemente no lo tiene —para así insistir neciamente en relacionar todo con todo— añadamos que Transparencia se desarrolla en un día, de amanecer a amanecer. Tal parece que, al igual que Joyce, soy devoto del tiempo...