UN SIGLO
HABITANDO LOS CERROS
VIDAS Y MILAGROS DE VECINOS
EN EL CERRO DEL CABLE
Un producto del proyecto
“Memoria barrial, convivencia social e
integración juvenil en la parte alta de Chapinero”
Bogotá, 1996-1997

 

 

Capítulo 1: SUEÑOS DE LADRILLO Y ARENA
EN LAS AFUERAS DE LA PEQUEÑA CIUDAD
 
Cuando amaneció el primer día del siglo 20, Colombia vivía su guerra civil número 34, guerra que años más tarde sería conocida como “De los Mil Días”. Esta guerra, que no respetó vidas ni fechas, hizo que para muchos ese primero de enero del año 1900, fuera solo un dato más en el calendario.
 
Por esos mismos días, los 100.000 habitantes de la pequeña ciudad de Bogotá seguían  madrugando al compás de las campanas de sus 31 iglesias y conventos, visitando Plazas como la de Nariño, Ayacucho o España, admirando los ríos de San Agustín y San Francisco, o caminando por la bella y florida Alameda de la carrera 13.
 
Pero, sobre todo, estaban acostumbrados a desplazarse por una calle cuya importancia era superior a cualquier otra,  y que recibía los nombres de Calle Real,  Camino a Tunja, Carretera Central del Norte o simplemente, Carrera Séptima.  La 7ª, atravesaba Bogotá de extremo a extremo : desde la calle 1ª donde comenzaban las casas,  hasta la  fábrica alemana de cervezas “Bavaria”, después de la cual se iniciaban los campos y potreros de  las Haciendas Sabaneras. Recorriendo la 7ª, los bogotanos de aquel entonces podían visitar la Plaza de Girardot, asistir a misa en la Iglesia de San Agustín o en la Catedral, detenerse a conversar con los amigos en la Plaza de Bolívar, tomar el tranvía que  pasaba por el Parque Santander para bajarse en el bello Parque del Centenario y adentrarse en el frondoso bosque aledaño que poco tiempo después sería conocido como Parque de La Independencia.
 
Sin embargo, había quienes preferían seguir desplazándose por la 7ª hacia el norte para salir de la ciudad y emprender camino hacia las lejanas Quintas y Haciendas de Chapinero. Los que tomaban esta ruta, al pasar a la altura de la Quinta del Río Arzobispo,  quizás alcanzaran a divisar, dispersas sobre el paisaje, algunas columnas de humo que ascendían perezosamente hacia los cielos. Y tal vez supieran, que ese humo gris y azuloso, provenía de  unos cuantos chircales en los que un puñado de hombres, mujeres y niños,  recién llegados de remotos pueblos de Boyacá y Cundinamarca,  amasaban la  greda de los cercanos cerros para convertirla,  con la ayuda del fuego, en ladrillos que darían vida a nuevas edificaciones en la creciente ciudad.
 
Se trataba de unas pocas familias que trabajaban para los dueños de esos chircales y que comenzaban entonces a habitar por estos lares, sin imaginar que ellos y sus desvelos serían el origen  con el correr de los años, de un retazo de ciudad en el que sus hijos, nietos y bisnietos,  lucharían sin tregua y durante todo un siglo, por el derecho a un pedazo de tierra, a una vivienda digna y a la vida misma.  
 
“ Mi padre, Eduardo Pardo Rubio, viendo la demanda cada vez mayor que había en la ciudad de ladrillos,  comenzó a producir en un Horno de Pampa, así llamado por ser a cielo abierto, por carecer de techo,  y que es el mismo Chircal, donde todo se hace de forma muy manual. Esos hornos son redondos y en ellos se saca el ladrillo por encima, mientras que  el carbón se echa por abajo. Desde luego, el Chircal no lograba niveles de producción muy altos. Entonces fue cuando él pensó en tecnificar la producción, construyendo una fábrica o ladrillera de Horno Continuo, que permite producir las 24 horas del día sin interrupción y en cantidades muy superiores a las del Horno de Pampa. El había estudiado Ingienería Eléctrica en Francia, en la Universidad de la Sorbona y la firma PELERIN de ese país, le envió los planos y diseños para montar la fábrica. Mi tío Alejandro Pardo Rubio hizo lo mismo, pero asesorándose de una firma inglesa. Fue así como en el año de 1928 la ladrillera de mi papá comenzó a funcionar en la Calle 51 con Carrera 4ª. El número era 4-55. La de mi tío Alejandro se construyó en la Calle 47 con carrera 6ª”.  

 

Los trabajadores recuerdan el funcionamiento del Horno Continuo de la siguiente manera :
 
“Primero, la greda se echaba en la máquina. Esa máquina tenía un cilindro que iba girando y amasando con unos dientes para revolver y entonces ya cogía a echar barro y bote y bote barro. Luego lo extendíamos sobre lo que era la base  y con un marco que tenía unos alambres a los que les decíamos “cuchillos”,  se cortaban de a tres ladrillos a la vez. Los ladrillos crudos se colocaban sobre una mesa  y de allí había que trasladarlos a los engabaderos donde se secaban para cocinarlos en el Horno Continuo que iba funcionando como por partes, queme y queme ladrillo, sin nunca parar. La producción oscilaba entre las 7.000 y las 10.000 unidades diarias. Los patrones decían que era la primera empresa de la ciudad donde se trabajaba las 24 horas”.

 

Así, estos primeros habitantes humanos de los páramos de San Luis y San Cristóbal, convertían la carne de la montaña en pequeños bloques sólidos y duros que, a su vez, daban cuerpo a las construcciones que se expandían con la velocidad del fuego sobre el verde altiplano en que descansa Bogotá.

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