PRÓLOGO
NEGRITUD Y CONCIENCIA

El candente tema de la Negritud y su problemática social se esboza de vez en cuando por parte de algunos periódicos de provincia. Sin embargo, aparece muy veladamente el tema de la discriminación racial, pues, presupone encender polémicas étnicas en un país donde la persona negra ha sido integrada, lo que no necesariamente significa que no segregada. En este sentido particular gira esta importante obra de un valor intelectual de la Costa Pacífica, como lo es Juan de Dios Mosquera quien, no obstante su juventud, se perfila como un destacado sociólogo de la etnia negra.

Quienes hemos seguido de cerca su periplo de vida consagrada al estudio y la investigación y, por ende, la seriedad de su trabajo, su honestidad y su conciencia de identidad étnica, tenemos que relievar sus condiciones de líder entre las Comunidades Afrocolombianas.

Los derechos históricos, étnicos y culturales han sido considerados un tema tabú, dadas las circunstancias de marginalidad de este gran grupo étnico, abandonado por el Estado e inserto en lo profundo de nuestra nacionalidad. El valor moral y de conciencia que Mosquera encara - bien documentado - con sapiencia y sentido de su responsabilidad con su pueblo; es un llamado de alerta a nuestros gobernantes y a nuestra sociedad indiferente.

En los últimos años, ha dedicado todos sus esfuerzos no sólo a investigar la Costa Pacífica, sino también en pro del progreso social de Santa Cecilia, su tierra natal. Como apóstol, dedica su tiempo libre a la tarea de enunciar la marginación y el atraso a que están sometidas las comunidades negras. Educa, organiza conferencias y foros, escribe artículos, y promueve el rescate de la identidad afrocolombiana. Predica entre las juventudes la adopción de la conciencia negra y la organización, como únicos caminos para conquistar una vida y un futuro más digno; todo ello, afincado sobre teorías sin alinderamientos políticos ni mucho menos con veneno racial.

Por deferencia especial del autor presento, a manera de prólogo, el libro Las Comunidades Negras de Colombia, que a no dudarlo será polémica, sin que ello merme su validez sociológica y su objetividad histórica. Es un documento de denuncia que encarna la verdad. Esta modesta carta de referencia es escrita por un hombre solidario con los movimientos de la Cultura Negra de América y, a la vez, comprometido con la valorización del hombre colombiano, por encima de cualquier precepto que se le endilgue.

Si juzgamos desprevenidamente pero con intención humanística las condiciones de vida de las Comunidades Negras de Colombia, tenemos necesariamente que volver los ojos con detenimiento al novedoso enfoque, que con agudeza presenta Mosquera, en defensa de su grupo étnico. El autor conoce de qué habla: no respira por la herida del resentimiento; al contrario, plantea objetivamente las condiciones reales en que se desenvuelven más de diez millones de compatriotas, doblemente segregados tanto por etnia como por clase.

El lector habrá de ser su mejor juez. Los centros de estudios sociales tendrán una herramienta para el análisis de estas sociedades. Si algún pensador francés videnció alguna vez que este siglo sería el siglo de las etnias, su acierto está concatenado con los movimientos negros e indígenas que reclaman sus derechos como participación de una sociedad pluriétnica e integrada.

Queda como testimonio este estudio, para muchos lacerantes para otros de meditación. Las negritudes crecen en nuestro continente, si bien parecen adormiladas o indiferentes, no por ello se intuya que carezcan de valores culturales; son manifiestos y habrán de multiplicarse pródigamente cuando las condiciones sean propicias para esta diáspora simbiotizada con las demás etnias americanas. La historia lo dirá.

 

 

Hugo Angel Jaramillo

 

 

INTRODUCCIÓN

Desde Africa hasta América fueron secuestradas violentamente millones de personas, miembros de múltiples y complejas sociedades desarrolladas en el decurso de la historia en el gran continente africano. Las clases dominantes esclavistas las identificaron y definieron a todas por igual, como "negros", iniciando así el despojo forzado y obligatorio de sus culturas ancestrales y el desconocimiento e irrespeto de su dignidad humana.

También, en forma indiscriminada, los hombres y mujeres de las sociedades Azteca, Maya, Inca, Chibcha, Caribe, Arawak y demás culturas del continente americano de diferente desarrollo social, fueron denominadas "indios".

El capitalismo desarrollado en Europa y difundido por los europeos, en su etapa de acumulación originaria y posterior ascenso, convirtió a los africanos en "negros" y a los indígenas americanos en "indios".

Con el descubrimiento de América por los europeos se inició en el continente el más activo y trascendental proceso de integración étnica y cultural jamás conocido por la humanidad. La sociedad colonial esclavista generó su propia dinámica de poblamiento y de relaciones interétnicas. Del mestizaje surgió un nuevo hombre africano que integró sexual, étnica y culturalmente a los representantes de los grupos étnicos africanos; lo mismo sucedió entre los europeos. Los caracteres culturales del grupo étnico ceden ante una nueva cultura, resultado de la unificación no sólo de los africanos entre sí sino de éstos con los europeos y los indígenas. Las relaciones esclavistas imponen un sistema de castas delimitado por fronteras de color de la piel y unas culturas oprimidas en resistencia frente a la cultura dominante cristiana.

En adelante la formación étnico-cultural de América Latina se conformaría por grandes grupos raciales surgidos del intenso mestizaje interno entre los individuos que representaban a cientos de grupos étnicos africanos, y del mestizaje entre los miembros de las etnias europeas reencontradas en el escenario colonial. Recíprocamente, africanos, europeos y grupos étnicos indígenas originaron al hombre latinoamericano, sinónimo de trietnicidad y de pluralidad cultural. En el Caribe no debemos olvidar los aportes de las comunidades filipinas e hindúes, que también sufrieron la esclavitud o el trabajo forzado.

Los tres grandes grupos raciales surgidos en el proceso del desarrollo de la formación étnica latinoamericana y determinados socialmente son: el grupo blanco-mestizo, comunidad mayoritaria y dominante en la estructura social, agente de las relaciones sociales introducidas en América por los europeos y en la actualidad difusor de las relaciones capitalistas de producción; y las Comunidades Negras e indígenas, explotadas y discriminadas históricamente.

La discriminación étnico-cultural y el etnocentrismo, la explotación económica y la desigualdad en todas las esferas de la vida social han caracterizado las relaciones entre la comunidad blanca dominante a través de sus clases dirigentes y las "minorías étnicas" dominadas. Clase y raza se conjugan como dos elementos de una misma contradicción social, que es imposible separarlos en el análisis de los problemas étnicos y sociales de la población latinoamericana, porque son un producto especial del desarrollo del capitalismo. Los efectos y consecuencias de los 400 años de esclavitud y servidumbre de las Comunidades Negras e indígenas inciden y determinan objetivamente las sociedades que protagonizamos.

¿Existe en Colombia la discriminación racial? ¿Cuáles son sus manifestaciones? ¿Existe el prejuicio racial en la conciencia social de los colombianos?

Para responder correctamente estos interrogantes debemos investigar y analizar las condiciones de vida y la índole de la existencia en las Comunidades Negras e indígenas: unas violentamente despojadas de sus raíces, las otras sin limitaciones, mutiladas hasta la extinción casi total. Ambas han sido víctimas de la explotación por el capital, y ningún holocausto, ningún drama en el desarrollo de la sociedad capitalista es comparable al desmembramiento de las culturas americanas y africanas.

Tradicionalmente, los colombianos han rechazado la existencia de prácticas de discriminación racial y tan pronto una persona negra o indígena las denuncia se la considera víctima de complejos sin fundamento. La idea más generalizada es defendida por quienes niegan la discriminación afirmando que en Colombia no tenemos los problemas de segregación racial que afrontan las personas negras, indígenas y latinoamericanas en los Estados Unidos, ni existen las condiciones que impuso el apartheid en la República blanca de Suráfrica, contra africanos negros y descendientes de asiáticos.

Otra idea trata de demostrar que sí existe discriminación con el argumento del rechazo que muchas personas, reconocidas socialmente como blancas, manifiestan contra las personas negras al insultarles con frases inferiorizantes. Ambos criterios son incorrectos y nos permiten apreciar la confusión que experimenta el conjunto de los colombianos, y en especial las propias comunidades afros e indígenas, sobre los problemas raciales y la realidad de la formación étnico-cultural del país.

En Colombia está muy difundida la idea de la no existencia de problemas raciales, y la gran mayoría de los intelectuales sepultan la historia e ignoran las condiciones históricas y sociológicas de la participación nacional y la vida de las comunidades étnicas, históricamente explotadas y opriinidas culturalmente. La discriminación racial es una realidad que todos los colombianos reconocen como común en las relaciones de la vida cotidiana pero que no interpretan como tal; las relaciones de clase creadas en 400 años de sociedad esclavista, generaron profundas contradicciones de color y cultura, identificadas genéricamente como contradicciones de "raza", que en la sociedad capitalista siguieron reproduciéndose y desarrollándose hasta hoy, en cada país de manera diferente.

La discriminación racial adopta entre los colombianos una forma concreta, objetiva, y otra ideológica, subjetiva. Primero, la practican el Estado y las clases dirigentes al mantener, históricamente, a las "minorías étnicas", en condiciones de aislamiento territorial, y de atraso y marginalidad económica, social, cultural y política. Segundo, en la conciencia social de todos los colombianos, persiste el prejuicio racial patente en estereotipos y expresiones lingüísticas, que inferioriza y desvaloriza la dignidad e igualdad de la persona negra e indígena. Sobrevive como una herencia colonial esclavista, recreada en las actuales condiciones de vida de las Comunidades Negras e Indígenas y es estimulada y reproducida en la influencia cultural estadounidense que recibimos a través de la televisión, la radio, la prensa, las revistas, las tiras cómicas. Los programas educativos de enseñanza oficial y privada, al ignorar su presencia y aportes en la historia y la vida nacional, estimulan el desarrollo del prejuicio racial. Los miembros de las Comunidades Negras e indígenas son considerados ciudadanos de segunda categoría.

El Estado y las clases dirigentes han permanecido indiferentes ante las condiciones de atraso de las "minorías étnicas", cuyas comunidades han estado condenadas al desarrollo desigual con respecto a las poblaciones del interior del país.

Grandes regiones habitadas por las Comunidades Negras están separadas de los centros de desarrollo capitalista, y los pocos carreteables que existen son intransitables.

Las poblaciones diseminadas por la Costa Pacífica  permanecen aisladas entre sí y del resto de Colombia. No hay sistemas de navegación fluvial y marítima eficientes y organizados. Los hombres siguen caminando por trochas, navegando los ríos y el mar en canoas, balsas, pequeñas lanchas y en destartalados buques de cabotaje. Las pocas pistas de aterrizaje no cumplen las exigencias técnicas y científicas de la navegación aérea.

La población afrocolombiana trabaja en la minería del oro y el platino, el aserrío de maderas, la pesca artesanal, la agricultura; en general, continúa realizando en el interior del país los trabajos que en el siglo pasado eran exclusivos de los esclavos: cortar la caña en los ingenios, recoger las cosechas en las plantaciones y encargarse de la construcción de obras públicas y edificios.

El medio natural donde desenvuelven su vida las comunidades posee gran riqueza en recursos naturales muy valorados en la economía moderna que, contradictoriamente, son explotados por los habitantes con técnicas tradicionales poco productivas, heredadas de la esclavitud o inventadas por ellos al rigor de las dificiles condiciones de trabajo y de vida.

La minería se explota con el "barequeo o mazamorreo", el "socavón", el "zambullidero" y el "hoyo", técnicas que exigen gran derroche de fortaleza fisica, para obtener al final de las jornadas una producción exigua. Las maderas se cortan con hacha, son aserradas con serruchos manuales y movilizadas en "balsadas" y canoas. La pesca se practica con atarrayas, "cabos", "catangós" y otros instrumentos tan precarios como las canoas y barcas que les impiden adentrarse en el mar. La agricultura es practicada en pequeñas explotaciones llamadas "claros", en las orillas de los ríos, donde se cultiva maíz, plátano, chontaduro, yuca, arroz, cocos, árbol del pan, ñames y frutales; es una agricultura de subsistencia con técnicas tradicionales y escasos rendimientos que procura el sustento diario y algo para intercambiar en el mercado.

Mientras las comunidades laboran con las uñas, afrontando dificiles condiciones de trabajo, en contraste, el Estado sólo se acuerda de ellas cuando entrega inmensas extensiones de sus regiones a compañías mineras y forestales extranjeras, que con grandes adelantos técnicos saquean incontrolada e impunemente la riqueza del país violando la soberanía nacional. Grandes compañías forestales y aserríos arrasan los bosques de Urabá y la Costa Pacífica. La pesca industrial es insignificante y está desorganizada; los barcos pesqueros extranjeros usurpan sin temor y limitaciones los bancos de pesca de los mares. Esta región es una gran reserva de los monopolios extranjeros y nacionales y el Estado actúa como cómplice indiferente ante la realidad subhumana de sus habitantes.

Las condiciones sociales son inconcebibles en una época de revolución científica y técnica como la actual. De cada diez poblaciones, nueve carecen de agua potable, acueducto, alcantarillado, luz eléctrica, puestos de salud u hospitales, farmacias, médicos y enfermeras. La vivienda es precaria e inadecuada; se sufre hambre en numerosos poblados; el desempleo es creciente y no hay fuentes estables de trabajo en los centros urbanos, donde los salarios son inferiores al mínimo legal. Los niños mueren de desnutrición y enfermedades gastrointestinales y los adultos de malaria, fiebre tifoidea, tuberculosis. Los sectores políticos que dirigen y hacen de voceros de las localidades, comercian con las necesidades, angustias, ignorancia y miseria que afrontan las gentes.

Son estas las causas del atraso de las Comunidades Afros y no la llamada "pereza" o el ancestro africano de las gentes, argumentos tomados de ideologías racistas y expuestos por intelectuales y políticos olvidadizos e ignorantes, que pasan por alto las condiciones históricas y sus graves consecuencias. Son condiciones que expulsan de sus lugares de origen a miles de hombres y mujeres quienes salen hacia el interior del país en busca de trabajo y mejores oportunidades sociales, siendo, en cambio, absorbidos como mano de obra no calificada y barata por la agroindustria, la construcción, el servicio doméstico, el ejército, engrosando así las filas de los subempleados en los cinturones de miseria de las grandes ciudades. El trabajador negro sigue en las labores del esclavo y a los jóvenes se les presenta el deporte o la música como alternativas para salir de la pobreza.

De otra parte, la Comunidad Negra ha sido marginada de los cargos de responsabilidad en la administración pública. No tiene representación acorde con su población porcentual en las instituciones estatales. En las Fuerzas Armadas no tiene acceso a la oficialidad pero sí es "carne de cañón" en la suboficialidad, como soldados y policías, donde los mejores jóvenes permanecen improductivos. La jerarquía eclesiástica católica siempre ha excluido del clero a los jóvenes negros y pueden contarse con los dedos de una mano los sacerdotes afrocolombianos.

La otra forma de existencia de la discriminación racial, la constituye el prejuicio racial que persiste en la conciencia social, en el inconsciente colectivo de los colombianos.

Durante 400 años de opresión esclavista fueron numerosos los estereotipos que, a manera de imágenes de la Comunidad Negra, pretendieron demostrar la supuesta inferioridad del esclavo. Los esclavitas animalizaban la persona esclava y se consideraban a sí mismos como los únicos poseedores de cualidades y atributos humanos. Esta herencia colonial quedó impresa en la formación lingüística latinoamericana en cientos de frases que expresan la situación en la sociedad del hombre esclavo.

En la actualidad el prejuicio racial es reproducido como reflejo en la sicología social de las condiciones de vida de los pueblos negros, por el aparato educativo y por la influencia cultural y la penetración que imponen los Estados Unidos a través de la televisión, las revistas, las tiras cómicas y la prensa.

Los programas y textos del sistema educativo son transmisores especiales del prejuicio racial. Primero, no están elaborados en función de la realidad histórica y las necesidades sociales, económicas, culturales y espirituales de la Comunidad Afrocolombiana. Se manipula un material educativo que sólo representa blancos y sólo para blancos se fabrican los juguetes.

Segundo, los programas desconocen el aporte histórico africano y afrocolombiano a la economía, la sociedad, la cultura y la nacionalidad e ignoran la sangre derramada por los esclavos en las luchas de independencia, cuando las guerrillas cimarronas fueron escuelas para los ejércitos patriotas que lucharon contra la dominación colonial española.

Tercero, el Estado ha incumplido el reconocimiento del derecho a la igualdad dentro del sistema educativo nacional. En los pueblos no hay bibliotecas públicas, ni librerías, ni promoción estatal de la cultura comunitaria. Las escuelas funcionan en locales inadecuados, a excepción de algunas situadas en las concentraciones urbanas; y en las zonas de dificil acceso no existen.

Los jóvenes bachilleres tienen pocas posibilidades de ascender a niveles de cultura universal y 70 veces menos oportunidades de ingresar a una universidad del interior del país.

Desde el siglo pasado, la educación de las Comunidades Negras fue entregada por el Estado a la Iglesia bajo el llamado "Régimen de tierras de Misiones". Los misioneros establecieron un "Modelo Educativo Misionero", destinado a enseñar a leer, escribir y contar rezando, pero su objetivo real fue formar maestros apóstoles reproductores de la ideología misionera. Este sistema educativo estuvo orientado hacia el cielo y no promovió el progreso económico, social, cultural y político de la comunidad, con base en sus propias potencialidades sociales y culturales. Desde 1975 la educación misional pasó a llamarse "educación contratada", siguiendo vigente los mismos criterios administrativos e ideológicos del pasado.

La Comunidad Negra debe despertar del largo sueño en que ha vivido. La juventud está en obligación de imponerse grandes retos demostrando su dinamismo, capacidad e inconformidad. Es necesario elaborar una conciencia comunitaria y construir formas de organización propias, que con la movilización colectiva y nacional puedan conquistar el respeto de los Derechos Humanos y rescatar la personalidad histórica y la identidad étnica y cultural, como componente histórico de la cultura e identidad nacional.

Estamos en mora de elaborar un programa de reivindicaciones económicas, sociales, culturales y políticas, en torno al cual puedan concientizarse y movilizarse las comunidades, organizadas en un novedoso movimiento nacional con filiales en todas las localidades Afros y en las ciudades del interior. El progreso social y la satisfacción de sentidas aspiraciones sólo podrán lograrse con una nueva conciencia sobre el pensamiento, la organización y la acción comunitaria. Uniendo todas las manos y estrechando en un solo abrazo a las Comunidades Afros, las juventudes deben pronunciarse por sus derechos históricos. Es hora de convertir a cada joven en un nuevo cimarrón y a cada localidad en un palenque por la dignidad y la igualdad real y efectiva de la Comunidad Afrocolombiana.

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