PRÓLOGO
Alguna tarde bogotana, conversando con Otto Morales sobre una
de las últimas memorias publicadas de los "Encuentros de
la Palabra", esos gratos eventos que han reunido en
Riosucio, Caldas, a tantos inquietos de la historia con minúsculas,
saltó, naturalmente, el tema de las investigaciones. Sobre la
atestada mesa, en donde poco antes habíamos estado mirando recortes
de prensa con artículos de Rafael Uribe Uribe, hizo su aparición un
grueso volúmen, titulado con acuciosa letra. "Teoría y
aplicación de las historias locales y regionales". En él
estaban recopilados los escritos que hoy prolongan estas líneas,
los cuales atestiguan distintos momentos de una vida intelectual
nunca ajena a la suerte de la provincia.
Los textos discurren entre los dos niveles anunciados en el título
de la recopilación: la observación teórica y la memoria local, con
privilegio en el primero. En este ensayo inicial, panicular pero no
exclusivamente, aparecen observaciones, recomendaciones y preguntas
de pensador caldense, surgidas de un pormenorizado recorrido por
fuentes metodológicas e historiográficas y también, de la
exploración de unos ojos y oídos atentos y de una mente
inquisitiva, siempre aplicados al desenvolvimiento de una de las
más vitales regiones del país.
La panorámica de nuestra historiografía reciente constituye, a mi
modo de ver, un escenario acogedor para las reflexiones de Otto
Morales. Autores como los inolvidables Juan Friede y Germán
Colmenares, abrieron espacios para la historia de los humildes y de
lo cotidiano, para el registro de las tempranas formas de
resistencia popular en defensa de las tierras indígenas, así como
para el detalle de la historia regional. Sus trabajos y los de sus
discípulos fueron dejando atrás la visión exclusiva de los héroes y
de las historias militares simplificadas. Sin embargo, en cierta
forma, las investigaciones que hoy se producen profesionalmente, se
preservan en una órbita especializada. Otto Morales, por su parte,
se dirige a otros públicos - como los que han asistido con fervor y
suma atención a los "Encuentros de la Palabra"-
constituidos por directores de bibliotecas municipales y casas de
la cultura, impulsores de grupos de danzas y teatro, profesores de
escuelas y colegios, estudiantes y, en fin, a aquellos que forman
el "intelectual colectivo" de nuestras comarcas y
provincias, a quienes apela para que registren su memoria de lo
local y lo cotidiano, valorado eso sí con citas y referencias a
autores de renombre, pero dentro de una exposición sencilla y
asequible. Su estilo me lleva en este punto y antes de entrar a
considerar otros ensayos, a llamar la atención sobre las varias
menciones que Otto Morales hace al historiador mexicano Luis
González autor de "Pueblo en Vilo. Microhistoria de San
José de Gracia"; encantador e invaluable ejemplo de
historia local, del cual aún esperamos un digno émulo de nuestra
tierra.
De las reflexiones teóricas, de sus observaciones sobre las fuentes
para la historia local, el autor nos conduce, en forma animada y
amable, como en cualquier caminata por las calles en las que
transcurren sus ideas y venidas cotidianas, al tema que tal vez le
es más caro: la formación social del gran Caldas. A él están
dedicadas casi todas las restantes páginas, con excepción de las
remembranzas sobre Buga y Cartago y de su ensayo crítico a la
descentralización y la privatización de la cultura.
La colonización en Caldas es el motivo de una de las más tempranas
obras publicadas de Otto Morales (1951) y desde entonces, como lo
muestran los ensayos referidos previamente, está presente en su
pensamiento. Retoma en los escritos acá incluidos las figuras de
los fundadores y la gesta de la resistencia indígena, los procesos
de expropiación a manos de terratenientes y tinterillos, las
disputas políticas en tomo a la nueva organización administrativa,
la presencia popular presentada en miembros mestizos y mulatos,
arrieros, colonizadores y "hermanitas de la
juventud". A diferencia de los escritos clásicos sobre
esta colonización. Otto Morales no oculta las contradicciones
políticas, económicas y sociales que hervían en la construcción de
esta sociedad y en sus apuntes impresionistas asoman, una y otra
vez sin pretensión polémica pero sí testimoniando una posición
comprometida, los reclamos de los expropiados.
En el crepúsculo de este siglo, precisamente citando ya se cumple
el centenario de las fundaciones a las que alude nuestro autor, el
país, o al menos parte de él, ve con preocupación la consolidación
de nuevos procesos de colonización en sus últimas fronteras del
bosque húmedo: en Urabá, en la Costa Pacífica, en la Amazonía.
Ellas, en muchos de sus vericuetos, nos recuerdan los escenarios
físicos de la colonización del gran Caldas, con sus densos bosques
de montaña, sus súbitos aguaceros, sus torrentes insalvables e
imposibles caminos, tal como los pintara un viajero de entonces,
Manuel Pombo, en su crónica "De Medellín a
Bogotá", primorosamente reeditada en estos días por
COLCULTURA.
Pero esta preocupación no tiene que ver solamente con las
semejanzas de los escenarios físicos de las colonizaciones de
entonces y de ahora. Inquieta el que en estos escenarios, un Estado
ausente o débil ha permitido, facilitado y aún estimulado la
destrucción de los recursos naturales y la monopolización de la
propiedad territorial, monopolización que sigue siendo una de los
grandes responsables de la guerra que continúa señoreándose en
nuestros campos.
El tema del Estado y sus responsabilidades en una coyuntura
descentralista lo aborda Otto Morales en uno de los últimos ensayos
recogidos en esta compilación y su pertinencia lo hace punto
obligado de estos comentarios. En un encuentro de escritores
celebrado en Chiquinquirá a finales de 1991, nuestro autor expuso
un conjunto de observaciones en torno a las relaciones entre
cultura y provincia, tomando como ejes los giros históricos entre
centralismo y descentralismo en nuestro devenir político y el
comportamiento de algunos núcleos regionales, como base para
posteriores apreciaciones sobre las propuestas actuales en torno al
papel del Estado frente a la cultura y el desarrollo
regional.
El recorrido por la historia reciente de las relaciones entre el
Estado central y las regiones, en la visión del autor, deja un
balance de reclamos insatisfechos, ante el cual las últimas no han
permanecido impávidas, sino que por el contrario han demostrado
iniciativa y capacidades, si bien mermadas por insuficiencias de
sus recursos. Nuestro escritor llama la atención sobre la necesidad
de buscar caminos intermedios y no deja pasar por alto los cantos
de sirena de las teorías económicas en boga, las cuales apuntan a
descargar cada vez más al Estado de sus responsabilidades en cuanto
a la integración y la reproducción de la sociedad, a nombre de una
supuesta automatización de las regiones y los municipios, obligados
a asumir los costos de estas funciones.
Nos enseña nuestra historia, en sus propios avatares y también en
sus pasos comunes con el desarrollo de otros pueblos, el carácter
cíclico de sus procesos políticos, como es el caso de la
descentralización. Así, hoy podemos ver cómo varios de los
"países centrales" dan marcha atrás en algunas de
estas formas, rectifican y ratifican principios indeclinables de la
política: la protección a la producción agrícola y la intervención
del Estado en aspectos básicos de la política social son terrenos
de redefinición frente a los excesos neoliberales.
En este contexto, son bienvenidas las palabras de quien desde
distintos ángulos, como político de la provincia, como hombre de
estado, como cultor de la historia y de las letras, ha vivido
capítulos decisivos del transcurrir nacional, buscando afirmar un
ideario dentro del cual los valores democráticos y el respeto a la
diversidad cultural son los ejes de la propuesta para una sociedad
que pretende construir un futuro cierto para sus hijos.
Darío Fajardo Montaña
