Acercándonos a la grandeza provinciana
MARMATO EN LA PERSPECTIVA DE LA
HISTORIA NACIONAL 124
Palabras de gratitud.
El homenaje que hoy me rinden mis entrañables amigos de Marmato, su
ciudadanía sin distingos, al descubrir un busto mío en hermoso
paraje, me devuelve a las horas de encantamiento de mi niñez. Por
estas garridas, extrañas y duras breñas gocé parte de ellas. Por
cada uno de estos socavones, galerías, molinos y singulares
caminos, corrí mi incipiente afán por la vida. En Echandía, como
aquí, tuvimos casa, que era albergue que abría la amistad para
quienes pasaban en peregrinaciones de negocios, de política o de
simple aventura. De suerte que me obligan, gratuitamente, a
regresar a los relatos que pusieron en vigilia mi infancia; a los
que me ofrecieron comprensión de la vida y, más tarde,
fortalecieron mis convicciones políticas y les dieron tono
nacionalista a mis palabras. Mirando esta obra escultórica - que ha
esculpido el joven artista Jorge Vélez Correa-, vuelvo, en
gratísima remembranza, hacia el poder desbordado de convicciones
para los empeños de mi padre y se me tornan venturas de
reminiscencias la gracia y belleza de mi madre. Ellos, que
convivieron aquí, son la raíz y la única justificación de este
tributo que les entrego en reverencias.
Para mí es reconfortante, y lo declaro sin rubor, el obtener este
halago colectivo, pero me doy cuenta de que refleja un viejo
aprecio hondo y comunitario, y esta actitud aminora mi confusión
interior. Lo consiento como gesto de amistad; como acicate para
renovar más constantes reflexiones sobre la provincia. Sé cómo es
de acendrado el ademán; de noble el propósito; cómo son de
espontáneas las esencias de la voluntad ciudadana. Gracias,
hermanos y compañeros.
Aspectos de nuestra historia.
Para que mi consagración tuviera un marco adecuado a mis
preocupaciones, han organizado esta "Cuarta Cita con la
Historia y con Marmato" acerca del pasado de Caldas y de
Colombia. Debo declarar que es otro gesto que me conmueve. Es la
oportunidad de compartir con mis colegas las preocupaciones que nos
desvelan.
Voy a rozar algunos temas de la historia de Marmato. Es una manera
de revivir las tertulias que inquietaron mis años iniciales. Eran
recias las convicciones de J. Olimpo Morales; claros los conceptos;
radicales las posiciones. Los adjetivos se iluminaban o tomaban un
tono gris de angustia o de reproche al contar lo que aconteció. En
muchas ocasiones, por cierto, un vivaz retozo asomaba en los
calificativos al recordar el paso del amor, las brujerías y las
nigromancias en que sucumbían hombres y mujeres. O las leyendas,
entre cautivantes y embelesadoras, que circundaban los apremios del
minero por localizar las esquivas vetas. Así viví parte muy vital
de lo que le da una fisonomía peculiarísima a estas lomas de
ensueños y desgarramientos. Luisa Benítez, mi madre, asistía
complacida a esas memorias y las completaba con sus observaciones
de ricas sugerencias. Ella así nos ataba más certeramente a esta
comarca.
Parte de estas pláticas es a lo que me voy a referir. Ahora he
buscado datos, referencias, comprobaciones, memorias
administrativas, jurídicas, legislativas, archivos y el apoyo de
autores eruditos para comprobar aquéllas. No aspiro a agotar
ninguna materia. Lo que deseo es despertar pasión histórica por
ellas; que se forme un afán de investigación hacia el futuro. Que
se convierta en mandato de la inteligencia de muchos. Soy, pues,
apenas un colono abriendo brechas. O, mejor, un minero, lleno de
afecto y rendido éxtasis, que dice dónde está la yeta. Después
llegarán con el taladro, el almocafre, los cinceles y las luces,
ceñidas a la cabeza, de la sabiduría para armar la cabal historia.
Para mí sería suficiente compensación el descubrir que mañana estos
programas se mecerán, como las pepitas de oro en la maestría de los
barequeros, que van separando lo inútil hasta que brillan,
deslumbrantes y comprometedoras, como hazañas de los hombres.
Me interesa insistir en que se entienda cómo las historias locales
son de vivísima importancia y parte esencial de la nacional. Ésta
no se puede explicar sin aquéllas. Porque la de la patria estaría
perdida en su falta de soportes. Para mí no hay dudas de que es la
más eficaz manera de integrarnos.
Los filones de la vida marmateña.
Lo primero que hay que exaltar es la afluencia espiritual de lo
marmateño. Por el lado que se explore. Su prestigio no nace sólo
del oro, sino de la sucesión de acontecimientos de su vida civil,
política, económica. De la vivacidad de su dimensión humana. De que
sus hechos no tienen alcance regional, sino que en casi todas las
ocasiones son almendra en el discurrir patrio: la economía
internacional; las protestas y las deliberaciones
antiimperialistas; la esclavitud; la formación de nuestra
democracia; el ímpetu de claridad en las relaciones de los partidos
y el clero; la educación y la reacción; las luchas populares; las
guerras civiles y sus héroes naturales; el oro que, por acción del
gobierno, se filtra por las manos extranjeras o cae a la aventura
matrera de dirigentes nacionales; el mestizaje como síntesis de la
vida nacional.
Marmato ofrece a la inteligencia las más amplias posibilidades de
creación. Sus materiales sirven para el más erudito estudio
histórico. Si se desea escribir una novela con deslumbramientos,
están los personajes: desde la negra "Chenga" que
a todos nos ilumina el recuerdo y la euforia con su encanto, hasta
la locura colectiva por el oro; o la vivacidad inglesa tratando de
reventar estas rocas para aplacar su codicia; o las leyendas que
cruzan de hazañas arteras y resplandores ladinos el paso de los
aventureros; o los ayuntamientos apasionados entre pillos, bribones
y golfos expertísimos en el manejo de los cuchillos sigilosos, y
las socarronerías, entre filtros de pasión y truhanerías de la
media noche. Con un cielo que descarga rayos, centellas entre
agorerías y sahumerios paganos. Al fondo, la tragedia del individuo
que trata de armar su vida en torno del socavón donde el oro es tan
huidizo como la pasión de las negras llenas de encanto y picardías.
Así se pueden zurcir las aventuras novelísticas.
Con estas leyendas y sueños se puede izar el canto lírico o el
poema épico que consagre su primacía, que se reparte entre la
telúrica y la humana. Para el cuento están los sucesos diarios,
donde hay una urdimbre sutil entre gesta y esperpento, proeza e
insolencia. El antropólogo, el sociólogo, aquí pueden detenerse
para penetrar en las entrañas individuales y colectivas con más
furor que en las de la montaña como lo hacen los mineros. El de más
allá puede explorar en los asuntos relacionados con lo externo, en
relación con los principios capitalistas universales y las
corrientes económicas del universo. El geólogo puede ahondar en los
fenómenos científicos de la formación de la tierra. Cuando irrumpa
un escritor que venga de la fuente de la literatura, hallará cabal
representación en la inmigración de seres fantásticos, a los que
cruzan extrañísimos resplandores. Estamos, pues, en ambiente
singularísimo. De allí viene la fuente de mi pasión por esta
comarca y mi fraternal adhesión a sus gentes.
La etapa precolombina.
En los recientes años, los caldenses nos hemos propuesto volver
sobre nuestra vida precolombina. Se ha desatado un interés por
saber cómo fue nuestro pasado. Durante mucho tiempo, parecía no
interesarnos. Un nuevo grupo de historiadores penetra en lo
ancestral y cada día tenemos sorpresas y revelaciones. Ello es
admirable, porque así vamos dándole solidez a nuestra identidad. Lo
acontecido y lo que hoy sucede tienen explicaciones que se van
internando en lo remoto.
Marmato es una voz indígena. De la roca marmita, que es una blenda,
localizada en sus minas, se tomó el nombre. Está ubicado en el
relieve del macizo de "Los Mellizos". Los
Cartamas fueron sus habitantes primitivos. No eran los únicos, pues
por la región de occidente primaban los Tachaguíes, Tabuyos,
Guáticas, Quinchías, Pirsas, Montañas, Cañamomos, San Lorenzos y
Supías. A veces fraternizaban. En otras, primaban sus combates. Hay
petroglifos, que denuncian su pasado aborigen.
Lo indispensable es profundizar. En un libro de reciente
publicación Santiago de Arma y la conquista española en el
encuentro de dos mundos, del Profesor Javier Ocampo López, se
mencionan nombres de diversas tribus y, básicamente, se relievan
los apelativos de sus jefes. La mayoría de ellos presentaron
resistencia a la colonización. Como sucedió en el continente. La
posición era de beligerancia. No hubo sometimiento ni fácil
subyugación, ni los indígenas aceptaban las imposiciones españolas
sin protesta. Al contrario, se vivió un hervidero de choques
dramáticos. Al rojo vivo en las contradicciones.
En la región de Marmato quedan pocos auténticos indígenas. Se han
entremezclado. La política racial hispánica era reducirlos. Uno de
los sistemas era trasladarlos de su lugar de origen a otro. Los de
Arma y aquellos de la actual región del norte de Caldas debían
trabajar en Quiebralomo, el Chocó, Mariquita. Los nuevos deberes y
el clima los reducían físicamente. Se iba garantizando la
devastación y el dominio. De Riosucio se exportaban a Marmato. Así
se producía otro fenómeno: el indígena huía, especialmente al
Chocó.
Se lograba que las gentes primitivas perdieran su cohesión y que no
organizaran la resistencia. Extraviados, quedaban sin identidad
cultural. Dejaban de tener motivaciones para su lucha. Fue una
política hábilmente calculada por los conquistadores y quienes
ejercieron poder en la Colonia. Estaban rompiendo la unidad. Fue
algo que destaca la cruel conducta frente a la organización de
nuestros antepasados. Los diezmaban climas desconocidos, sin
control de las enfermedades. Pero la repulsa explotaba llena de
vigor. Hay necesidad de hacer un estudio, lo más minucioso posible,
de cómo fue el ardor de las luchas indígenas. Estas adquirieron
categoría mítica. El continente ardía en reacciones y así fue la
situación de dramática, también en Caldas.
Gilma Mosquera y Jacques Aprile-Gniset, en su estudio Dos
ensayos sobre la ciudad colombiana, recuerdan la fundación de
nuestros pueblos. Ellos dividen los períodos: 1501-1515; 1515-1535;
el tercero comienza en este año. El desvarío era localizar oro para
sostener las guerras de España en Europa. Para los desplazamientos
se apela a los ríos Cauca y Magdalena y a los caminos iniciales de
los indígenas. Es cuándo Robledo pasa por el actual territorio
caldense. Van localizando y repasando desde Cartago a Anserma,
Arma, Marmato, Supía, culminando en Santa Fe de Antioquia. Es el
gran eje minero. Por ello recibirá de la corona, en un futuro
inmediato, títulos, ventajas y primacías. Siguiendo a Juan Friede,
los autores cuentan cómo se fueron organizando los poblados:
"En medio de celos, calumnias y rivalidades de intereses
materiales que desembocan sobre pleitos y luchas sangrientas, con
fortuna diversa, unos se vuelven colonos, otros pudientes
terratenientes o encomenderos.
"Sacerdotes y funcionarios reales actúan en beneficio de
los unos o de los otros, lo mismo que en su propio interés.
"Nacido del saqueo y de la violencia, el poblado se
edifica en medio de numerosos antagonismos, bajo la más completa
corrupción e inmoralidad, prospera en base al trabajo de los peones
nativos y de los esclavos de 'servicio personal', crece sin ninguna
mística, por la codicia y el arribismo de sus
fundadores".
Esos autores señalan el "esbozo de la primera red
urbana", así:
"Hacia 1570, los españoles habían fundado unos treinta
poblados en Colombia. Sobre el mar Caribe fueron San Sebastián de
Urabá. Santa María del Darién, Santa Marta, Cartagena, Riohacha y
Tolú.
"En el interior, Pasto, Almaguer, Popayán, Cali, Timaná,
Neiva, Ibagué, Mariquita, Toro, Anserma, Cartago, Arma, Supla,
Caramanta, Marmato, Santa Fe de Antioquia, Cáceres, Remedios,
Tamalameque, Chiriguaná, Vélez, Tunja, Pamplona, Leyva, Tocaima,
Bogotá, etc.
"Dispersas en el territorio, las fundaciones son escasas:
unos contados pueblos-escalas sobre algunos ejes de comunicaciones
fluviales y terrestres, y que resultan más del afán de un jefe de
columna militar que de una programa racional dirigido o
preestablecido.
"El tamaño de los pueblos no pasa de ser el de un caserío
con un núcleo inicial de pioneros del orden de diez, veinte o
treinta fundadores, con un número igual de casas repartidas en unas
cinco o seis manzanas".
Su importancia depende de la permanencia de la producción de oro.
Después declinan; pierden su nombradía; se hunden en el silencio
colonial.
Cronología básica para la historia de Anserma, Marmato y
Supía.
En una investigación rigurosa del profesor universitario Víctor
Álvarez Morales, de la Universidad de Antioquia, que nos ha
facilitado con generosísimo gesto de amistad, hallamos múltiples
datos que consideramos se deben destacar para despertar ansias
intelectuales para futuras pesquisas. El nombre de este catedrático
se deberá citar, respetuosamente, en el futuro examen de la vida
histórica de Caldas.
En la "Relación de Popayán 1559-1560, se dice que
"en la comarca tienen minas de oro en toda esta tierra y
ellos los indios lo sacaban antes de que los españoles viniesen y
lo han poseído y lo poseen el día de hoy en joyas... Hay treinta
pueblos en 18 vecinos encomenderos... En 1559 sacaron ocho negros,
en 15 días, 40.000 castellanos". Robert West confirma su
extensión cuando informa que, en 1627, "el distrito minero
de Anserma tiene 5 reales de minas de yeta: Quiebralomo (110
esclavos, 20 indios); Supía la Alta; Marmato (70 esclavos); Mápura
y la Montaña (40 indios)". En 1771, en la
"Relación de Popayán", se transcribe el informe
de Diego Leonín de Estrada, alcalde ordinario de Anserma:
"... se compone de... 6 pueblos de indios, un real de
minas nombrado Quiebralomo, una agregación de indios a él anexos
llamado Cañamomo; otro real de minas llamado MARMATO, una
agregación llamada Sevilla y otra nombrada Anserma la Vieja...
aunque hay varias minas en actual labor y con copia de negros
esclavos, como son las de MARMATO, están en la falda de un cerro
muy elevado, vertientes al Río de Cauca y con 100 piezas de
esclavos chicos y grandes; el dueño de ésta que lo es el alcalde
provincial D. Agustín de Castro, se halla vinculado con varios
censos de capellanías y deudas particulares. Otra nombrada el
Guamal la que se compone de 130 negros, chicos y grandes, cuyo
dueño era D. Simón Moreno, difunto, y ni aún se sabe si les tocará
algo a sus herederos por estar la causa mortuoria sin determinar y
ser sus acreedores infinitos. Otras dos minas que poseen el cura de
Anserma la Vieja, D. Esteban de Guevara, y la otra del padre
Montaño, ambas se compondrán de 25 a 30 piezas de esclavos. Y otra
mina que labora D. Adrián Becerra se compondrá de 10 piezas de
esclavos, su dueño a más de tener crecida familia y avanzada edad,
no tiene más medio para mantenerse que el poco usufructo que le da
dicha mina y los demás vecinos son por el común muy
pobres..."
En otra relación del 59 se hace una aseveración: se advierte que
los indios de Anserma "son los más remediados porque las
minas de los términos de esta villa son las mejores de toda la
gobernación".
Un hecho que hay que destacar es que a esta región se trajeron los
negros desde el comienzo de la conquista española. Los requirieron
porque el exterminio indígena fue muy acelerado. Fray Jerónimo
Escobar, en 1582, cuenta que Anserma "es y ha sido el más
rico pueblo de toda esta Provincia de Popayán. Los indios eran
muchos y grandes señores porque sola esta Provincia de Anserma
tenía 40.000 pero hanse asolado por juicio secreto de Dios de tal
suerte que no hay 800 indios". Germán Colmenares toma el
informe del factor de Cali, Miguel de Lerzundi, del 8 de septiembre
de 1559, en el cual manifiesta que un "filón de oro en
Anserma había producido, en sólo una semana, más de 100.000
castellanos a su propietario".
Sardella, Cieza de León, Oviedo, V. M. Patiño, Jijón y Caamaño, han
puntualizado cómo era la variedad de los alimentos: se habla de
"frutas o yerbas guisadas", "grandes
palmares... sacan.., sabrosos palmitos... y sacan leche y aun hacen
nata y manteca singular..." , "... choclo, ques
maíz tierno e melones de la tierra e ahuyamas e yuca e batatas...
hermosas arboledas de frutales... y llenas de
legumbres...", "... yuca, frisoles,
axis..." , "pueblos muy grandes... llenos de
mucha comida y frutales". Se habla de "sus
manjares..." ; "... siembran maíz dos veces en el
año..." ; "muchas y muy hermosas arboledas de
frutales..."; los españoles "encontraron melones
de la tierra...".
La palabra choclo, como maíz tierno, la escucharon "abajo
del pueblo de los gorrones y la segunda en el paso de
Irra". La chicha de maíz... "hácenla fuerte con
ciertas yerbas que ellos echan...".
En las crónicas del siglo XVII se destaca a Quiebralomo como centro
principalísimo en la producción del oro. Así comprendemos cómo la
jurisdicción de Anserma era muy amplia. Comprendía varios de los
actuales municipios del occidente. En 1756 "en la colina
de Ouiebralomo trabajan algunos mulatos...". Gregorio
Moreno de la Cruz descubrió, en Quiebralomo, la mina de plata de
nombre "Chachafruto". Debemos recordar que los
indios de la región de Arma se enviaban a este lugar para que
cumplieran sus labores de mineros. Muchos de ellos desertaron hacia
el Chocó.
A Supía se le nombra permanentemente. Cieza de León dice que
"...más adelante de este pueblo (Ciricha) está la
Provincia de Zopía. Por medio de estos pueblos corre un río rico de
minas de oro... Allí hablan con el demonio... por la cual pasa el
río grande arriba dicho. De la otra parte de él está la provincia
de Pozo". Para nosotros no existen dudas de que se refiere
al Cauca.
La Colonia, salturiamente.
En este estudio queda un vacío al no repasar el período colonial
detalladamente en cuanto a la política española acerca del oro y en
relación con Marmato. Damos noticias, y varias, pero saltuarias. En
cuanto a la historia de las minas de Supía y Marmato, de Anserma
para ser más exactos, no abordamos sus complejos mecanismos. No hay
un repaso riguroso acerca de esta materia que le da carácter a la
época. Ni señalamos la actividad económica general en lo
descubierto en la provincia y sus relaciones con Santafé y Popayán;
la estructura de la propiedad minera y el papel del estado español.
Además, quienes explotaban, con qué carácter lo hacían; el tipo de
pertenencia; la forma como se trabajaba: de dónde venían los
productos que se necesitan en la región. La función recaudadora de
Cartago y de Santiago de Arma. Cómo operó la esclavitud, su
organización, su sistema de explotación humana, los vejámenes y el
aprovechamiento de su fuerza de trabajo. La lucha entre capitanes:
la muerte de Robledo, por ejemplo, debe estar determinada por el
control que se estableció sobre una región excepcionalmente rica en
oro. Es parte de lo que aún falta por precisar en relación con el
territorio de Caldas. Queda esta etapa de la Colonia abierta a las
inquietudes de uno de nuestros actuales historiadores.
Destaca J.H. Elliot, en el capítulo "España y América en
los siglos XVI y XVII", que "antes del
descubrimiento de México, las exportaciones de dinero desde las
Indias eran exclusivamente de oro, pero en la década de 1520 hizo
su aparición la plata". Entonces fue evidente que
"España y América vieron a las Indias como un imperio de
plata". El mantener las minas en producción era muy
costoso. Pero tanto Europa como España, en lo económico como en lo
financiero, dependían, en parte substancial, de "la
llegada regular de las flotas de las Indias". Por ello hay
una política sobre estos productos.
"A finales de la década de 1530, ya se habían localizado
los primeros grandes yacimientos auríferos de Nueva Granada, en las
cuencas del Cauca y del Magdalena", recuerda Peter
Bakenwell. Éste afirma que "la corona no hizo nada para
racionalizar la exportación del mineral. De hecho, hizo más bien
todo lo contrario... Además, las minas de fibras de oro eran
infrecuentes; los principales ejemplos se encontraban en las
tierras altas de Nueva Granada. La mejor parte del oro procedía de
yacimientos aluviales, de donde se extraía mediante técnicas
relacionadas con el placer o lavadero de oro".
La transformación de los materiales hay que relacionarla con las
experticias de los indígenas. Debemos abandonar la costumbre de
juzgar que nuestra historia comienza con la presencia de España. Al
contrario, tenemos demasiados elementos para rescatar como
primordiales en cuanto se hace un balance de lo que fue y es
nuestra cultura en sus diferentes aspectos. Viene el escrutinio de
la refinerías; la forma de la trituración de los materiales; las
machacadoras y la utilización del agua; las prensas; las amalgamas
y las formas como se conducía el proceso con el mercurio, que son
muy complejas; la separación del material rico del pobre, y las
formas de su aprovechamiento; la fundición, que "era la
técnica preferida por los mineros pobres y sin medios o por los
trabajado indios, que recibían mineral como parte de su
salario"; la separación del oro de otros metales a través
del ácido nítrico.
En su ensayo "La minería en la Hispanoamérica
colonial", Peter Bakenwell se detiene en el uso de las
materias primas que eran indispensables en la minería: la sal, las
piritas, el plomo, el hierro, madera o carbón de leña, el agua, el
mercurio y el ácido nítrico.
El autor citado reafirma que "la minería dependía de la
fuerza del trabajo indígena. Los negros, esclavos o libres,
representaban tan sólo una pequeña proporción, excepto en las minas
de oro, donde integraban la mayor parte de la mano de
obra". Los sistemas para el reclutamiento fueron la
encomienda, la esclavitud, el trabajo forzado y el que se realizaba
a base de un jornal. La mita fue de crueldad por el exceso de
trabajo. Anota Bakenwell que "la minería de tierras bajas
era, pues, el dominio de los trabajadores negros. La mayor
concentración se dio sin duda en el siglo XVIII en Nueva Granada,
donde en 1787 las tres principales regiones auríferas (Antioquia,
Popayán y el Chocó) reunían un contingente de unos 17.000 negros,
muchos de los cuales estaban ocupados en la minería. En esta época
ni mucho menos todos eran esclavos. En el Chocó, en 1778, por
ejemplo, el 35 por 100 de un total de 8.916 negros eran libres;
hacia 1808, el 75 por 100."
"Las condiciones de trabajo en la minería y las refinerías
eran siempre incómodas y a menudo peligrosas". El que se
ejecutaba bajo tierra tenía múltiples dificultades que conducían a
riesgos mortales. La extracción del mineral era labor muy pesada.
La conducción de éste se cumplía a las espaldas. Las temperaturas
enrarecidas propiciaban las enfermedades respiratorias.
"La minería tenía consecuencias sociales
profundas". Quienes lograban fortuna, mejoraban su sitio
social y, a veces, poder político. Los indios eran alejados de su
vida rural, para adaptarse a unas relaciones urbanas, y así se
veían, en poco tiempo, compartiendo las costumbres españolas o las
mestizas. Desde luego, las rudezas del trabajo llevaban a muertes
aceleradas."
La corona exigía una parte de la producción como tributo. No quería
participar en los costos de su extracción. Tuvo política errante,
en muchas ocasiones. Pero su afán por el aumento de aquélla era
evidente: "La Corona obtenía ingresos directos
substanciales de la minería; el estímulo del comercio le reportaba
indirectamente impuestos de venta y derechos de aduana; los
impuestos indígenas pasaron pronto a ser pagados en especias; todo
ello contribuyó a dinamizar las diversas zonas de la economía
colonial. No es de extrañar, por lo tanto, que los reyes mostraran
un ávido interés por la suerte que corría la
industria".
En la producción de oro, el autor destaca que "Nueva
Granada ocupaba el primer lugar. Durante las primeras décadas que
siguieron a la colonización, fueron varias las zonas de tierra
firme que tuvieron un buen rendimiento en oro: por citar sólo las
más importantes del sur de Nueva España (Colima, Tehuantepec),
Centroamérica (Honduras), el sur de Quito (Zaruma), la zona
oriental del centro del Perú (Carabaya), el sur de la zona central
de Chile (Valdivia). Pero solamente Nueva Granada disponía de
yacimientos lo bastante abundantes como para permitir un incremento
constante de la producción a lo largo del siglo XVI; y tras un
hundimiento en el siglo XVII, experimentó un auge aún mayor en el
XVIII. En el siglo XVI, el principal distrito neogranadino fue
Antioquia, entre los ríos Cauca y Magdalena. Se empleaba mano de
obra de encomienda y esclavos negros. El siglo XVIII presenció una
crisis debida en parte al derrumbe de la población indígena ante
las enfermedades, y también al agotamiento del filón aurífero de
Buriticá y de los yacimientos de placer de los ríos. La
recuperación del siglo XVIII se produjo en gran parte gracias al
Chocó, las selváticas laderas andinas encaradas hacia el Pacífico
en el centro de Nueva Granada. En esta zona las arenas fluviales
ricas en oro fueron trabajadas por esclavos negros y también por
hombres libres a partir de la década de 1670. También otras zonas
de Nueva Granada, especialmente Popayán, desarrollaron una
importante minería aurífera".
Allí es donde tenemos un trabajo especialísimo: destacar el sitio
que le correspondía a Marmato en las fuentes de abastecimiento de
oro de Popayán.
El ensayista concluye con una observación fundamental en cuanto al
manejo de los recursos naturales en nuestros países: "La
independencia permitió el acceso directo a las legendarias zonas
mineras los extranjeros. La afluencia de capitales ingleses a las
minas mexicanas y andinas en las décadas de 1820 y 1830 es un
episodio típico de la historia decimonónica
hispanoamericana..."
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Lectura hecha el 15 de octubre de 1993. |
