Acercándonos a la grandeza provinciana


MARMATO EN LA PERSPECTIVA DE LA

HISTORIA NACIONAL 124


Palabras de gratitud.


El homenaje que hoy me rinden mis entrañables amigos de Marmato, su ciudadanía sin distingos, al descubrir un busto mío en hermoso paraje, me devuelve a las horas de encantamiento de mi niñez. Por estas garridas, extrañas y duras breñas gocé parte de ellas. Por cada uno de estos socavones, galerías, molinos y singulares caminos, corrí mi incipiente afán por la vida. En Echandía, como aquí, tuvimos casa, que era albergue que abría la amistad para quienes pasaban en peregrinaciones de negocios, de política o de simple aventura. De suerte que me obligan, gratuitamente, a regresar a los relatos que pusieron en vigilia mi infancia; a los que me ofrecieron comprensión de la vida y, más tarde, fortalecieron mis convicciones políticas y les dieron tono nacionalista a mis palabras. Mirando esta obra escultórica - que ha esculpido el joven artista Jorge Vélez Correa-, vuelvo, en gratísima remembranza, hacia el poder desbordado de convicciones para los empeños de mi padre y se me tornan venturas de reminiscencias la gracia y belleza de mi madre. Ellos, que convivieron aquí, son la raíz y la única justificación de este tributo que les entrego en reverencias.
Para mí es reconfortante, y lo declaro sin rubor, el obtener este halago colectivo, pero me doy cuenta de que refleja un viejo aprecio hondo y comunitario, y esta actitud aminora mi confusión interior. Lo consiento como gesto de amistad; como acicate para renovar más constantes reflexiones sobre la provincia. Sé cómo es de acendrado el ademán; de noble el propósito; cómo son de espontáneas las esencias de la voluntad ciudadana. Gracias, hermanos y compañeros.


Aspectos de nuestra historia.


Para que mi consagración tuviera un marco adecuado a mis preocupaciones, han organizado esta "Cuarta Cita con la Historia y con Marmato" acerca del pasado de Caldas y de Colombia. Debo declarar que es otro gesto que me conmueve. Es la oportunidad de compartir con mis colegas las preocupaciones que nos desvelan.
Voy a rozar algunos temas de la historia de Marmato. Es una manera de revivir las tertulias que inquietaron mis años iniciales. Eran recias las convicciones de J. Olimpo Morales; claros los conceptos; radicales las posiciones. Los adjetivos se iluminaban o tomaban un tono gris de angustia o de reproche al contar lo que aconteció. En muchas ocasiones, por cierto, un vivaz retozo asomaba en los calificativos al recordar el paso del amor, las brujerías y las nigromancias en que sucumbían hombres y mujeres. O las leyendas, entre cautivantes y embelesadoras, que circundaban los apremios del minero por localizar las esquivas vetas. Así viví parte muy vital de lo que le da una fisonomía peculiarísima a estas lomas de ensueños y desgarramientos. Luisa Benítez, mi madre, asistía complacida a esas memorias y las completaba con sus observaciones de ricas sugerencias. Ella así nos ataba más certeramente a esta comarca.
Parte de estas pláticas es a lo que me voy a referir. Ahora he buscado datos, referencias, comprobaciones, memorias administrativas, jurídicas, legislativas, archivos y el apoyo de autores eruditos para comprobar aquéllas. No aspiro a agotar ninguna materia. Lo que deseo es despertar pasión histórica por ellas; que se forme un afán de investigación hacia el futuro. Que se convierta en mandato de la inteligencia de muchos. Soy, pues, apenas un colono abriendo brechas. O, mejor, un minero, lleno de afecto y rendido éxtasis, que dice dónde está la yeta. Después llegarán con el taladro, el almocafre, los cinceles y las luces, ceñidas a la cabeza, de la sabiduría para armar la cabal historia. Para mí sería suficiente compensación el descubrir que mañana estos programas se mecerán, como las pepitas de oro en la maestría de los barequeros, que van separando lo inútil hasta que brillan, deslumbrantes y comprometedoras, como hazañas de los hombres.
Me interesa insistir en que se entienda cómo las historias locales son de vivísima importancia y parte esencial de la nacional. Ésta no se puede explicar sin aquéllas. Porque la de la patria estaría perdida en su falta de soportes. Para mí no hay dudas de que es la más eficaz manera de integrarnos.


Los filones de la vida marmateña.


Lo primero que hay que exaltar es la afluencia espiritual de lo marmateño. Por el lado que se explore. Su prestigio no nace sólo del oro, sino de la sucesión de acontecimientos de su vida civil, política, económica. De la vivacidad de su dimensión humana. De que sus hechos no tienen alcance regional, sino que en casi todas las ocasiones son almendra en el discurrir patrio: la economía internacional; las protestas y las deliberaciones antiimperialistas; la esclavitud; la formación de nuestra democracia; el ímpetu de claridad en las relaciones de los partidos y el clero; la educación y la reacción; las luchas populares; las guerras civiles y sus héroes naturales; el oro que, por acción del gobierno, se filtra por las manos extranjeras o cae a la aventura matrera de dirigentes nacionales; el mestizaje como síntesis de la vida nacional.
Marmato ofrece a la inteligencia las más amplias posibilidades de creación. Sus materiales sirven para el más erudito estudio histórico. Si se desea escribir una novela con deslumbramientos, están los personajes: desde la negra "Chenga" que a todos nos ilumina el recuerdo y la euforia con su encanto, hasta la locura colectiva por el oro; o la vivacidad inglesa tratando de reventar estas rocas para aplacar su codicia; o las leyendas que cruzan de hazañas arteras y resplandores ladinos el paso de los aventureros; o los ayuntamientos apasionados entre pillos, bribones y golfos expertísimos en el manejo de los cuchillos sigilosos, y las socarronerías, entre filtros de pasión y truhanerías de la media noche. Con un cielo que descarga rayos, centellas entre agorerías y sahumerios paganos. Al fondo, la tragedia del individuo que trata de armar su vida en torno del socavón donde el oro es tan huidizo como la pasión de las negras llenas de encanto y picardías. Así se pueden zurcir las aventuras novelísticas.
Con estas leyendas y sueños se puede izar el canto lírico o el poema épico que consagre su primacía, que se reparte entre la telúrica y la humana. Para el cuento están los sucesos diarios, donde hay una urdimbre sutil entre gesta y esperpento, proeza e insolencia. El antropólogo, el sociólogo, aquí pueden detenerse para penetrar en las entrañas individuales y colectivas con más furor que en las de la montaña como lo hacen los mineros. El de más allá puede explorar en los asuntos relacionados con lo externo, en relación con los principios capitalistas universales y las corrientes económicas del universo. El geólogo puede ahondar en los fenómenos científicos de la formación de la tierra. Cuando irrumpa un escritor que venga de la fuente de la literatura, hallará cabal representación en la inmigración de seres fantásticos, a los que cruzan extrañísimos resplandores. Estamos, pues, en ambiente singularísimo. De allí viene la fuente de mi pasión por esta comarca y mi fraternal adhesión a sus gentes.


La etapa precolombina.


En los recientes años, los caldenses nos hemos propuesto volver sobre nuestra vida precolombina. Se ha desatado un interés por saber cómo fue nuestro pasado. Durante mucho tiempo, parecía no interesarnos. Un nuevo grupo de historiadores penetra en lo ancestral y cada día tenemos sorpresas y revelaciones. Ello es admirable, porque así vamos dándole solidez a nuestra identidad. Lo acontecido y lo que hoy sucede tienen explicaciones que se van internando en lo remoto.
Marmato es una voz indígena. De la roca marmita, que es una blenda, localizada en sus minas, se tomó el nombre. Está ubicado en el relieve del macizo de "Los Mellizos". Los Cartamas fueron sus habitantes primitivos. No eran los únicos, pues por la región de occidente primaban los Tachaguíes, Tabuyos, Guáticas, Quinchías, Pirsas, Montañas, Cañamomos, San Lorenzos y Supías. A veces fraternizaban. En otras, primaban sus combates. Hay petroglifos, que denuncian su pasado aborigen.
Lo indispensable es profundizar. En un libro de reciente publicación Santiago de Arma y la conquista española en el encuentro de dos mundos, del Profesor Javier Ocampo López, se mencionan nombres de diversas tribus y, básicamente, se relievan los apelativos de sus jefes. La mayoría de ellos presentaron resistencia a la colonización. Como sucedió en el continente. La posición era de beligerancia. No hubo sometimiento ni fácil subyugación, ni los indígenas aceptaban las imposiciones españolas sin protesta. Al contrario, se vivió un hervidero de choques dramáticos. Al rojo vivo en las contradicciones.
En la región de Marmato quedan pocos auténticos indígenas. Se han entremezclado. La política racial hispánica era reducirlos. Uno de los sistemas era trasladarlos de su lugar de origen a otro. Los de Arma y aquellos de la actual región del norte de Caldas debían trabajar en Quiebralomo, el Chocó, Mariquita. Los nuevos deberes y el clima los reducían físicamente. Se iba garantizando la devastación y el dominio. De Riosucio se exportaban a Marmato. Así se producía otro fenómeno: el indígena huía, especialmente al Chocó.
Se lograba que las gentes primitivas perdieran su cohesión y que no organizaran la resistencia. Extraviados, quedaban sin identidad cultural. Dejaban de tener motivaciones para su lucha. Fue una política hábilmente calculada por los conquistadores y quienes ejercieron poder en la Colonia. Estaban rompiendo la unidad. Fue algo que destaca la cruel conducta frente a la organización de nuestros antepasados. Los diezmaban climas desconocidos, sin control de las enfermedades. Pero la repulsa explotaba llena de vigor. Hay necesidad de hacer un estudio, lo más minucioso posible, de cómo fue el ardor de las luchas indígenas. Estas adquirieron categoría mítica. El continente ardía en reacciones y así fue la situación de dramática, también en Caldas.
Gilma Mosquera y Jacques Aprile-Gniset, en su estudio Dos ensayos sobre la ciudad colombiana, recuerdan la fundación de nuestros pueblos. Ellos dividen los períodos: 1501-1515; 1515-1535; el tercero comienza en este año. El desvarío era localizar oro para sostener las guerras de España en Europa. Para los desplazamientos se apela a los ríos Cauca y Magdalena y a los caminos iniciales de los indígenas. Es cuándo Robledo pasa por el actual territorio caldense. Van localizando y repasando desde Cartago a Anserma, Arma, Marmato, Supía, culminando en Santa Fe de Antioquia. Es el gran eje minero. Por ello recibirá de la corona, en un futuro inmediato, títulos, ventajas y primacías. Siguiendo a Juan Friede, los autores cuentan cómo se fueron organizando los poblados:
"En medio de celos, calumnias y rivalidades de intereses materiales que desembocan sobre pleitos y luchas sangrientas, con fortuna diversa, unos se vuelven colonos, otros pudientes terratenientes o encomenderos.
"Sacerdotes y funcionarios reales actúan en beneficio de los unos o de los otros, lo mismo que en su propio interés.
"Nacido del saqueo y de la violencia, el poblado se edifica en medio de numerosos antagonismos, bajo la más completa corrupción e inmoralidad, prospera en base al trabajo de los peones nativos y de los esclavos de 'servicio personal', crece sin ninguna mística, por la codicia y el arribismo de sus fundadores".
Esos autores señalan el "esbozo de la primera red urbana", así:
"Hacia 1570, los españoles habían fundado unos treinta poblados en Colombia. Sobre el mar Caribe fueron San Sebastián de Urabá. Santa María del Darién, Santa Marta, Cartagena, Riohacha y Tolú.
"En el interior, Pasto, Almaguer, Popayán, Cali, Timaná, Neiva, Ibagué, Mariquita, Toro, Anserma, Cartago, Arma, Supla, Caramanta, Marmato, Santa Fe de Antioquia, Cáceres, Remedios, Tamalameque, Chiriguaná, Vélez, Tunja, Pamplona, Leyva, Tocaima, Bogotá, etc.
"Dispersas en el territorio, las fundaciones son escasas: unos contados pueblos-escalas sobre algunos ejes de comunicaciones fluviales y terrestres, y que resultan más del afán de un jefe de columna militar que de una programa racional dirigido o preestablecido.
"El tamaño de los pueblos no pasa de ser el de un caserío con un núcleo inicial de pioneros del orden de diez, veinte o treinta fundadores, con un número igual de casas repartidas en unas cinco o seis manzanas".
Su importancia depende de la permanencia de la producción de oro. Después declinan; pierden su nombradía; se hunden en el silencio colonial.


Cronología básica para la historia de Anserma, Marmato y Supía.


En una investigación rigurosa del profesor universitario Víctor Álvarez Morales, de la Universidad de Antioquia, que nos ha facilitado con generosísimo gesto de amistad, hallamos múltiples datos que consideramos se deben destacar para despertar ansias intelectuales para futuras pesquisas. El nombre de este catedrático se deberá citar, respetuosamente, en el futuro examen de la vida histórica de Caldas.
En la "Relación de Popayán 1559-1560, se dice que "en la comarca tienen minas de oro en toda esta tierra y ellos los indios lo sacaban antes de que los españoles viniesen y lo han poseído y lo poseen el día de hoy en joyas... Hay treinta pueblos en 18 vecinos encomenderos... En 1559 sacaron ocho negros, en 15 días, 40.000 castellanos". Robert West confirma su extensión cuando informa que, en 1627, "el distrito minero de Anserma tiene 5 reales de minas de yeta: Quiebralomo (110 esclavos, 20 indios); Supía la Alta; Marmato (70 esclavos); Mápura y la Montaña (40 indios)". En 1771, en la "Relación de Popayán", se transcribe el informe de Diego Leonín de Estrada, alcalde ordinario de Anserma: "... se compone de... 6 pueblos de indios, un real de minas nombrado Quiebralomo, una agregación de indios a él anexos llamado Cañamomo; otro real de minas llamado MARMATO, una agregación llamada Sevilla y otra nombrada Anserma la Vieja... aunque hay varias minas en actual labor y con copia de negros esclavos, como son las de MARMATO, están en la falda de un cerro muy elevado, vertientes al Río de Cauca y con 100 piezas de esclavos chicos y grandes; el dueño de ésta que lo es el alcalde provincial D. Agustín de Castro, se halla vinculado con varios censos de capellanías y deudas particulares. Otra nombrada el Guamal la que se compone de 130 negros, chicos y grandes, cuyo dueño era D. Simón Moreno, difunto, y ni aún se sabe si les tocará algo a sus herederos por estar la causa mortuoria sin determinar y ser sus acreedores infinitos. Otras dos minas que poseen el cura de Anserma la Vieja, D. Esteban de Guevara, y la otra del padre Montaño, ambas se compondrán de 25 a 30 piezas de esclavos. Y otra mina que labora D. Adrián Becerra se compondrá de 10 piezas de esclavos, su dueño a más de tener crecida familia y avanzada edad, no tiene más medio para mantenerse que el poco usufructo que le da dicha mina y los demás vecinos son por el común muy pobres..."
En otra relación del 59 se hace una aseveración: se advierte que los indios de Anserma "son los más remediados porque las minas de los términos de esta villa son las mejores de toda la gobernación".
Un hecho que hay que destacar es que a esta región se trajeron los negros desde el comienzo de la conquista española. Los requirieron porque el exterminio indígena fue muy acelerado. Fray Jerónimo Escobar, en 1582, cuenta que Anserma "es y ha sido el más rico pueblo de toda esta Provincia de Popayán. Los indios eran muchos y grandes señores porque sola esta Provincia de Anserma tenía 40.000 pero hanse asolado por juicio secreto de Dios de tal suerte que no hay 800 indios". Germán Colmenares toma el informe del factor de Cali, Miguel de Lerzundi, del 8 de septiembre de 1559, en el cual manifiesta que un "filón de oro en Anserma había producido, en sólo una semana, más de 100.000 castellanos a su propietario".
Sardella, Cieza de León, Oviedo, V. M. Patiño, Jijón y Caamaño, han puntualizado cómo era la variedad de los alimentos: se habla de "frutas o yerbas guisadas", "grandes palmares... sacan.., sabrosos palmitos... y sacan leche y aun hacen nata y manteca singular..." , "... choclo, ques maíz tierno e melones de la tierra e ahuyamas e yuca e batatas... hermosas arboledas de frutales... y llenas de legumbres...", "... yuca, frisoles, axis..." , "pueblos muy grandes... llenos de mucha comida y frutales". Se habla de "sus manjares..." ; "... siembran maíz dos veces en el año..." ; "muchas y muy hermosas arboledas de frutales..."; los españoles "encontraron melones de la tierra...".
La palabra choclo, como maíz tierno, la escucharon "abajo del pueblo de los gorrones y la segunda en el paso de Irra". La chicha de maíz... "hácenla fuerte con ciertas yerbas que ellos echan...".
En las crónicas del siglo XVII se destaca a Quiebralomo como centro principalísimo en la producción del oro. Así comprendemos cómo la jurisdicción de Anserma era muy amplia. Comprendía varios de los actuales municipios del occidente. En 1756 "en la colina de Ouiebralomo trabajan algunos mulatos...". Gregorio Moreno de la Cruz descubrió, en Quiebralomo, la mina de plata de nombre "Chachafruto". Debemos recordar que los indios de la región de Arma se enviaban a este lugar para que cumplieran sus labores de mineros. Muchos de ellos desertaron hacia el Chocó.
A Supía se le nombra permanentemente. Cieza de León dice que "...más adelante de este pueblo (Ciricha) está la Provincia de Zopía. Por medio de estos pueblos corre un río rico de minas de oro... Allí hablan con el demonio... por la cual pasa el río grande arriba dicho. De la otra parte de él está la provincia de Pozo". Para nosotros no existen dudas de que se refiere al Cauca.


La Colonia, salturiamente.


En este estudio queda un vacío al no repasar el período colonial detalladamente en cuanto a la política española acerca del oro y en relación con Marmato. Damos noticias, y varias, pero saltuarias. En cuanto a la historia de las minas de Supía y Marmato, de Anserma para ser más exactos, no abordamos sus complejos mecanismos. No hay un repaso riguroso acerca de esta materia que le da carácter a la época. Ni señalamos la actividad económica general en lo descubierto en la provincia y sus relaciones con Santafé y Popayán; la estructura de la propiedad minera y el papel del estado español. Además, quienes explotaban, con qué carácter lo hacían; el tipo de pertenencia; la forma como se trabajaba: de dónde venían los productos que se necesitan en la región. La función recaudadora de Cartago y de Santiago de Arma. Cómo operó la esclavitud, su organización, su sistema de explotación humana, los vejámenes y el aprovechamiento de su fuerza de trabajo. La lucha entre capitanes: la muerte de Robledo, por ejemplo, debe estar determinada por el control que se estableció sobre una región excepcionalmente rica en oro. Es parte de lo que aún falta por precisar en relación con el territorio de Caldas. Queda esta etapa de la Colonia abierta a las inquietudes de uno de nuestros actuales historiadores.
Destaca J.H. Elliot, en el capítulo "España y América en los siglos XVI y XVII", que "antes del descubrimiento de México, las exportaciones de dinero desde las Indias eran exclusivamente de oro, pero en la década de 1520 hizo su aparición la plata". Entonces fue evidente que "España y América vieron a las Indias como un imperio de plata". El mantener las minas en producción era muy costoso. Pero tanto Europa como España, en lo económico como en lo financiero, dependían, en parte substancial, de "la llegada regular de las flotas de las Indias". Por ello hay una política sobre estos productos.
"A finales de la década de 1530, ya se habían localizado los primeros grandes yacimientos auríferos de Nueva Granada, en las cuencas del Cauca y del Magdalena", recuerda Peter Bakenwell. Éste afirma que "la corona no hizo nada para racionalizar la exportación del mineral. De hecho, hizo más bien todo lo contrario... Además, las minas de fibras de oro eran infrecuentes; los principales ejemplos se encontraban en las tierras altas de Nueva Granada. La mejor parte del oro procedía de yacimientos aluviales, de donde se extraía mediante técnicas relacionadas con el placer o lavadero de oro".
La transformación de los materiales hay que relacionarla con las experticias de los indígenas. Debemos abandonar la costumbre de juzgar que nuestra historia comienza con la presencia de España. Al contrario, tenemos demasiados elementos para rescatar como primordiales en cuanto se hace un balance de lo que fue y es nuestra cultura en sus diferentes aspectos. Viene el escrutinio de la refinerías; la forma de la trituración de los materiales; las machacadoras y la utilización del agua; las prensas; las amalgamas y las formas como se conducía el proceso con el mercurio, que son muy complejas; la separación del material rico del pobre, y las formas de su aprovechamiento; la fundición, que "era la técnica preferida por los mineros pobres y sin medios o por los trabajado indios, que recibían mineral como parte de su salario"; la separación del oro de otros metales a través del ácido nítrico.
En su ensayo "La minería en la Hispanoamérica colonial", Peter Bakenwell se detiene en el uso de las materias primas que eran indispensables en la minería: la sal, las piritas, el plomo, el hierro, madera o carbón de leña, el agua, el mercurio y el ácido nítrico.
El autor citado reafirma que "la minería dependía de la fuerza del trabajo indígena. Los negros, esclavos o libres, representaban tan sólo una pequeña proporción, excepto en las minas de oro, donde integraban la mayor parte de la mano de obra". Los sistemas para el reclutamiento fueron la encomienda, la esclavitud, el trabajo forzado y el que se realizaba a base de un jornal. La mita fue de crueldad por el exceso de trabajo. Anota Bakenwell que "la minería de tierras bajas era, pues, el dominio de los trabajadores negros. La mayor concentración se dio sin duda en el siglo XVIII en Nueva Granada, donde en 1787 las tres principales regiones auríferas (Antioquia, Popayán y el Chocó) reunían un contingente de unos 17.000 negros, muchos de los cuales estaban ocupados en la minería. En esta época ni mucho menos todos eran esclavos. En el Chocó, en 1778, por ejemplo, el 35 por 100 de un total de 8.916 negros eran libres; hacia 1808, el 75 por 100."
"Las condiciones de trabajo en la minería y las refinerías eran siempre incómodas y a menudo peligrosas". El que se ejecutaba bajo tierra tenía múltiples dificultades que conducían a riesgos mortales. La extracción del mineral era labor muy pesada. La conducción de éste se cumplía a las espaldas. Las temperaturas enrarecidas propiciaban las enfermedades respiratorias.
"La minería tenía consecuencias sociales profundas". Quienes lograban fortuna, mejoraban su sitio social y, a veces, poder político. Los indios eran alejados de su vida rural, para adaptarse a unas relaciones urbanas, y así se veían, en poco tiempo, compartiendo las costumbres españolas o las mestizas. Desde luego, las rudezas del trabajo llevaban a muertes aceleradas."
La corona exigía una parte de la producción como tributo. No quería participar en los costos de su extracción. Tuvo política errante, en muchas ocasiones. Pero su afán por el aumento de aquélla era evidente: "La Corona obtenía ingresos directos substanciales de la minería; el estímulo del comercio le reportaba indirectamente impuestos de venta y derechos de aduana; los impuestos indígenas pasaron pronto a ser pagados en especias; todo ello contribuyó a dinamizar las diversas zonas de la economía colonial. No es de extrañar, por lo tanto, que los reyes mostraran un ávido interés por la suerte que corría la industria".
En la producción de oro, el autor destaca que "Nueva Granada ocupaba el primer lugar. Durante las primeras décadas que siguieron a la colonización, fueron varias las zonas de tierra firme que tuvieron un buen rendimiento en oro: por citar sólo las más importantes del sur de Nueva España (Colima, Tehuantepec), Centroamérica (Honduras), el sur de Quito (Zaruma), la zona oriental del centro del Perú (Carabaya), el sur de la zona central de Chile (Valdivia). Pero solamente Nueva Granada disponía de yacimientos lo bastante abundantes como para permitir un incremento constante de la producción a lo largo del siglo XVI; y tras un hundimiento en el siglo XVII, experimentó un auge aún mayor en el XVIII. En el siglo XVI, el principal distrito neogranadino fue Antioquia, entre los ríos Cauca y Magdalena. Se empleaba mano de obra de encomienda y esclavos negros. El siglo XVIII presenció una crisis debida en parte al derrumbe de la población indígena ante las enfermedades, y también al agotamiento del filón aurífero de Buriticá y de los yacimientos de placer de los ríos. La recuperación del siglo XVIII se produjo en gran parte gracias al Chocó, las selváticas laderas andinas encaradas hacia el Pacífico en el centro de Nueva Granada. En esta zona las arenas fluviales ricas en oro fueron trabajadas por esclavos negros y también por hombres libres a partir de la década de 1670. También otras zonas de Nueva Granada, especialmente Popayán, desarrollaron una importante minería aurífera".
Allí es donde tenemos un trabajo especialísimo: destacar el sitio que le correspondía a Marmato en las fuentes de abastecimiento de oro de Popayán.
El ensayista concluye con una observación fundamental en cuanto al manejo de los recursos naturales en nuestros países: "La independencia permitió el acceso directo a las legendarias zonas mineras los extranjeros. La afluencia de capitales ingleses a las minas mexicanas y andinas en las décadas de 1820 y 1830 es un episodio típico de la historia decimonónica hispanoamericana..."

124
Lectura hecha el 15 de octubre de 1993.
Comentarios (0) | Comente | Comparta c