Las ataduras caucanas.


Hay una categoría de la cual nos hemos preocupado poco las gentes del occidente de Caldas, lo mismo que los vecinos de Pereira: nuestro deslinde con el viejo Cauca o la continuidad de sus mandatos: los de la sangre, los culturales, los de conducta individual y colectiva, los de la pasión por ciertas tendencias y las vigencias de ciertas creencias. A veces, algunos pocos plantean la preocupación con ardentía. Pues no debe ser así: al contrario, se reclama serenidad crítica, profundidad en el análisis, identificación de posibles fuentes, que obedezcan a rigor científico y que no predomine lo emocional. No se trata de aclarar algo que pueda determinar ganancias, ventajas inmediatas o propicie definiciones doctrinarias. Sólo buscamos con una materia tan compleja precisar los alcances de nuestra vocación colectiva. De dar unas pautas para saber la razón de algunos comportamientos. Pero no se está consagrando el proceso trascendente que gobierne la inmediatez y haga clarividencia para combates circunstanciales. Es algo más profundo y que serenamente nos concierne. De suerte que necesitamos visión, lucidez, penetración, capacidad de separar dones, virtudes o vicios. Ello aparece entrelazado. Es un juicio de serena majestad, porque es reconocer cómo somos y por qué.
En Marmato, hubo minas explotadas por los conventos de Popayán; otras, por gentes nacidas en la ciudad procera y culta, formadas en su ambiente. Traían el acento de lo que había integrado sus existencias. Contribuyeron, igualmente, a acelerar el mestizaje. Como se pertenecía administrativamente al Cauca, el ascendiente era sensible. Muchos de sus hijos raciales, por aquí se quedaron. Formaron familias; acentuaron los vínculos de amor y de negocios. Es otro aspecto que es bueno identificar: apellidos, costumbres, reglas sociales, etc. Vino la separación política, y los caucanos no trataron de conservar su privanza. En cambio, el antioqueño trató de prevalecer; tener dominio en tierras y en la política; imponer sus valores que en él son tan acentuados e irradiar su concepción del mundo. Para el observador agudo, libre de prejuicios, se identificarán en ciertos caldenses una serie de cualidades, sólo explicables por el matiz caucano. De allí viene. Es bueno ir dejando en claro que no se puede plantear el tema con acento de batalla. Es una integración que se cumplió como algo natural e inevitable. Tuvo manifestaciones dramáticas de lucha en su tiempo en lo político. No en los otros caracteres, y aquélla no puede prolongarse ni tratar de revivirse. Se deben examinar las peculiaridades, para darle validez a cada pujanza regional, sin estrépitos.


Mestizaje cultural.


Hay un acontecimiento de gran importancia, que se refiere al mestizaje cultural, y que está comprobado: en Riosucio se representaban obras de Shakespeare. Ésta es influencia directa de los ingleses. Seguramente lo mismo debió ocurrir en Marmato. Se requieren más exploraciones para terminar de consagrar este potosí de matices. Que explican la formación cultural de la región. Otro rasgo primordial: si repasamos los periódicos que se publicaban, hallaremos páginas dedicadas a la literatura. Entre las citas favoritas aparecen nombres clásicos. Destaquemos algunos: Cicerón, Víctor Hugo, Castelar, Balmes, Goethe, Trajano, Adriano, Lactancio, Constantino, Servio Tulio, Plinio, Lamartine, Rabán Gamaliel, Menéndez Pelayo, Francisco Villaespesa, César Cantú, Tito Livio, Talleyrand, Platón, Rubén Darío, Lord Byron, Juan Montalvo, etc., etc. Cuando muere un hombre de la cultura -pongamos dos ejemplos: Rufino Cuervo o Carlos Arturo Torres- es noticia que facilita reflexiones sobre su obra. Algunos de estos nombres los traían en sus alforjas los extranjeros. O eran parte de la vida espiritual colombiana. Los semanarios igualmente se detenían en los asuntos principales que concernían a lo nacional, o exaltaban, con precisión en las referencias históricas, a los creadores de la nacionalidad, o citaban a los cronistas de indias con conocimiento fiel. ¡¡¡Es un bellísimo colorido de la existencia provinciana!!!


La llama ardiente de la inteligencia.


Con dedicación y penetración, un crítico de verdades intelectuales se podrá detener en relievar a escritores, poetas, estadistas, novelistas que en Marmato tienen su origen. Sólo vamos a referirnos, muy a las volandas, a cuatro de sus representantes insignes ya desaparecidos: Tomás Ociel Eastman, quien paseó sus conocimientos por revistas, periódicos y editoriales de su tiempo, hasta terminar incrustado en parlamentos y deberes de ministro por su alta sabiduría. Su libro Acentos de intensidad, de altura y de duración lo hemos perseguido por bibliotecas y librerías de viejo sin fortuna. Pero hemos hallado sus polémicas con Luis Eduardo Nieto Caballero en el volumen Ideas liberales, que publicó este último, y en donde, olvidándonos de las discrepancias ideológicas que nos separan de sus tesis, emergen su maestría en el idioma, su severa reciedumbre en sus principios doctrinarios, su ordenado reflexionar sobre los asuntos de singular y empinada fortaleza intelectual.
En el libro Eruditos antioqueños, de la selección Samper Ortega de literatura colombiana, se señala a Eastman como hombre de fecunda inteligencia, profundo en sus conocimientos, abogado, profesor de filosofía y sociología. El ensayo que se reproduce es el que él llamó "Los estudios filológicos de Caro". L. E. Nieto Caballero dice: "...había hecho excursiones tan repetidas y profundas en las selvas gramaticales que, en concepto de don Marco Fidel Suárez, era el doctor Eastman, entre los colombianos de su hora, el único que hubiera podido continuar el Diccionario de Rufino J. Cuervo". Además, lo llama "luz de la república..., máquina del raciocinio..., hombre científico...". "En ciencias físicas causó la admiración de hombres entendidos de Inglaterra cuando llegó con Dios sabe qué innovación en los tachos al vacío. En humanidades fue un clásico. En materias económicas fue e liberal amplio y cordial que espera de la libertad todas las soluciones. A este respecto tuvimos con él una polémica que es el mejor recuerdo de nuestra vida periodística".
Quedamos esperando la antología de su obra. Es esencial para la vocación intelectual de Caldas y de Colombia.
Max Grillo tuvo una larga vida intelectual. Autor de libros Santander, Ensayos y Comentarios, Emociones de la Guerra, Vida Nueva, tragedia en verso; Raza vencida, Los ignorados. Fue periodista insigne y uno de los iniciadores de la crítica de arte en el país. Su biografía Santander es uno de los libros más agudos en penetración en el examen de su pensamiento, su vida administrativa, su diafanidad en la defensa de la libertad en el momento del enfrentamiento a la dictadura de Bolívar. Sus ensayos son conceptuales, con marcada predisposición literaria. Como venía de la poesía, tiene el aliento de entregar al público una prosa estética. Como hombre de viajes - los hizo por su cuenta para completar su formación y como embajador- se encuentra la erudición que recorre su obra. En Caldas es uno de los escritores de mayor irradiación cultural.
Juan Lozano y Lozano juzga a Max Grillo como uno de los más grandes artistas, más ardientes patriotas, más nobles ciudadanos de nuestra república. Cayó en edad relativamente avanzada, pero que se mantenía alerta, fresca y vibrante; y en medio de una cruel pobreza, llevada sin embargo con el decoro magnánimo... Poeta, ensayista, dramaturgo, crítico de arte; director y redactor de ilustres revistas literarias; amigo y compañero de los prohombres, entonces jóvenes, de su gran generación: Silva, Sanín Cano, Valencia, Flórez, Arciniegas, C. A. Torres, García Ortiz, Londoño; condueño con su hermano Julio, de una librería, que era, antes que todo, una cátedra estética y una tertulia inteligente; animador oficioso de toda inquietud mental; periodista de ideas, al lado de Uribe Uribe, en el ardiente "Autonomista". Todo en él habría aparecido dispuesto para la vida fina y armoniosa de los empeños espirituales".
Rómulo Cuesta, el autor de la novela Tomás, invariablemente fue un valor intelectual, político, social en la comarca. Su influencia se hace visible en su constante preocupación por cada uno de los frentes de la acción pública. Su fabulación es una de las visiones más ricas en datos, en la conducta personal y colectiva, la manera de comportarse los partidos en la vida cotidiana, de sucesos acontecidos en nuestra región. En esas páginas se recogen muchos dislates de la acción política. Deja explícita su posición liberal. Por ello, probablemente, no se le ha dado el sitio que merece. En mi libro Momentos de la literatura colombiana me acerqué con admiración a su mensaje.
Javier Arango Ferrer, en su libro de tan aguda y certera crítica Horas de literatura colombiana, formula un juicio que fue el primero que despertó interés por su obra: "Una de las novelas mayores sobre la guerra civil es Tomás (1923), que se desarrolla entre la gente antioqueña de Riosucio, tierra natal de su autor, Rómulo Cuesta, poco menos que desconocido. Dobladas las primeras trivialidades pueblerinas, la novela se entona hasta llegar al desenlace en la Batalla de los Chancos. Siguiendo la manía de sus contemporáneos, Rómulo Cuesta pierde el tiempo en digresiones con no poca retórica y con largos parlamentos dignos de Carrasquilla, plenos de auténtico humor".
Iván Cocherín tuvo su sensibilidad y su inteligencia vigilantes en lo popular. Proclamó que era un autor proletario. Realmente, estuvo cerca de los desvelos colectivos. La miseria le producía indignación. Lo social lo sacudía, lo comprometía y le permitía protestar y, a la vez, divagar. No podía concebir que la concepción burguesa tuviera tantas durezas. Para él, el personaje principal fue el trabajador. Sus novelas - Nadie, Túnel, Esclavos de la tierra, El sol suda negro, "Carapintada", Barbacoa, Al chinchorro le han caído estrellas y Derrumbe - las juzgan los autores Fabio Vélez Correa, Alba Sofía Rivillas de Gómez, Martha Mejía Marín y Alicia Vélez Correa, del Manual de literatura caldense, como escritas por un "narrador sencillo, natural, fuerte, humano y vigoroso". Su obra contiene toda una temática social muy original que es de todos los trabajadores. Por su creación pasa la explotación social: el drama del cosechero del café o del arroz, el payaso del circo, el pescador, y en dos de su novelas está el minero en su sacudida social entre socavones.


Invitación a la historia.


Este ensayo acerca de parte substancial de la historia de Marmato lo he escrito para volver sobre los viejos caminos de mi afecto. Era repasar la historia nacional, tan entremezclada con la de este pueblo entrañable, y presentarla con anhelo de incitación. Para rememorada, ordenarla, agobiarnos con sus padecimientos y sus gozos colectivos. No hay un acontecimiento que no alcance una larga proyección en el tiempo; en el proceso de las ideas; en la abundancia de concordancias con el mestizaje de Indoamérica. Es el mundo dando vueltas, en torbellino, en torno de una aldea. Es el avanzar sobre lo local, pero sin perder la visión de la patria. Es prolongar lo regional con interés apasionado de que se consagre con la nobleza de los grandes acontecimientos. En sí, ya lo son. Pero necesitamos ennoblecerlos con la palabra, que debe volverse sapiente en los tratadistas; euritmia y canto en los poeta reminiscencias y vocación estética en los fabuladores. A este certamen es que invito.
En Marmato se habla duro en desafío al ruido infernal de los molinos. Es un aire de independencia del hombre frente a la máquina. No lo detiene nadie en su resolución humana. Eso sí, la memoria persistirá en los dolores: en los que les infligieron sus explotadores, en los que no pudo defender el gobierno, en los que éste mismo propició. Los relatos los escuché, con ímpetu, como si fueran hechos ocurridos ayer. Tenían la fuerza de la persistencia en la memoria. Repetían los versos populares:

"En Marmato yo nací,
el oro a mí me meció.
Ah, maldito inglés aquel,
que todo se lo llevó."

Allí, en Marmato, se le rinde pleitesía a la quebrada Cascabel. Está circundada de leyendas. Quien se deja mojar de ella, regresa. Quien la toma, ya no se librará del sortilegio de sus mujeres. Es una manera de rendir amor a la tierra y al agua, y ésta, al avanzar, canta y susurra.


Mi recado de solidaridad.


Rememoro mi infancia entre esas peñas duras; senderos extrañísimos de grandes lajas de piedra; una plaza irregular y brevísima; largas veladas en las casas para contar aventuras, que se entrometían entre las vidas, desvelándolas en sus apremios de justicia; tiendas donde se mezclaban los artículos de primera necesidad con los elementos de minería y unas botellas de fino licor extranjero; cafés donde se reunían las gentes, amparadas en su pobreza y su esperanza, a levantar las voces de confianza en el porvenir; me impresionaba que, en esos mismos espacios, cada cual hacía su planteamiento sobre el devenir democrático de Colombia; se respiraba una actitud radical hacia la libertad. Se proclamaba que la patria requería de una pasión vigilante. Y, de pronto, el paso de una negra, con su vestido de alegres pintas, sus trenzas recogidas en un moño de espectacular pretensión estética, con su cuerpo delgado y vibrante, paralizaba el coloquio. Era como que pasara la sombra de la ternura.
He podido escribir este estudio sólo apelando a mi memoria. Reconstruyendo lo que oí a mis padres en la mesa familiar, en las largas veladas en la oficina de sus negocios, en los diálogos con los marmateños de diferentes edades, economías y oficios, cada vez que he tenido el privilegio de compartir su parla vivaz y de tanto poder descriptivo. Los nombres citados eran parte de los que me asistían, como personajes, en mi recuerdo. Estaban en mí, vigilando y rondando las reminiscencias.
En una noche trepidante de relámpagos, mientras sonaban duras gotas de un aguacero que estremecía por el ruido de ramas desgajadas, quebradas que bramaban su furor geológico, se iluminaba a lo lejos el cerro de "Bocache". Las gentes de la región, al contar cómo eran los desfiladeros que cruzan esta montaña, habían tejido sus leyendas: sostenían que venían a rondar, en los días funerales de la Semana Santa, las "almas" de quienes enterraron el tesoro del "Pipintá". Atendíamos con aprensión. Don Olimpo Morales tomó la palabra y fue contando cómo era la opulencia primigenia de Marmato y sentenció: las gentes se equivocan buscando fantasmas: "Pipintá" es Marmato. Esto no lo aceptan, porque el hombre arma con su imaginación desatada en el apremio de la opulencia las más complicadas ficciones, perdiendo el dominio de la realidad, y se entrecruza con los más extraños delirios. No he leído - continúa - un estudio que puntualice de dónde venía el oro que hizo famosos a los "Quimbayas" por su cultura. No hay otra diferente razón a la de que de Marmato se llevaba por los indígenas el oro para que lo tejieran en obras de arte. Lo demás es eludir la confrontación real de los hechos, sentenciaba.
No he conseguido sino ordenar unas notas sobre las antiguas luchas de los marmateños. Dibujar, con las palabras, sus alborozos detonantes. Referir, casi con precipitud, cómo eran sus lances de ternura. En esas altas cumbres, estaba su esperanza. Pero, a veces, el "aire vacío" denunciaba que había llegado la muerte segadora. Los molinos no dejaban de sonar, con su ritmo precipitado, y sus goznes enmohecidos lanzaban gritos que se confundían con la angustia del minero pobre. El lodo, e color del barro, lo recogían nuestros zapatos y quedábamos con la misma marca de los trabajadores que honradamente luchaban por su pan y por su sopa. Así comprendimos, muchas veces, que Colombia, por error de sus gobernantes, era "una nación sometida". Los minerales han llevado a tantos errores administrativos, de los cuales no nos libramos ni con los avances del computador. Es elemental, porque éste no logra arreglar los comportamientos humanos. El marmateño tiene la convicción de que la autoridad, se manifestó, invariablemente, con desvío, para apabullar se lento combate; entregar su constante desvelo de reivindicación, buscando que los bienes nacionales caigan en manos arteras y lejanas. Y cuando se las otorgan a un compatriota, éste dispara con la certeza hispana del ejemplo español.
Muchas veces, en mis rememoraciones, tengo la sensación de estar parado en la cresta del cerro de Marmato. Así recibo la caricia del viento; el ímpetu del afecto; la emoción de la vida democrática. Los bosques lejanos, los árboles majestuosos cercanos al río nutriente de la patria la geografía abrupta, las veredas incipientes del hombre, los custodios en la reminiscencia apasionada. No se me escapa ni su color ni su sombra.
De pronto, reviven las voces que de niño me atravesaron de angustia: es cuando ocurre el accidente del minero. Quedan sus huesos maltrechos, y se entreoyen los lamentos de las "heroicas y gastadas compañeras de los hombres". No alcanzo a evitar el sentir que discurro por su paisaje abierto, de montaña a montaña, atravesando el río para caer en los paisajes de la nobilísima Salamina.
No logro separar de mí, las imágenes de mis años iniciales. La negra que, con su vestido de pequeños remiendos, zurcidos con preciosa delicadeza, ocultaba su miseria. Su cotidiano esfuerzo se enderezaba a evitar que la apabullara más la inquietante mesa vacía. Se le veía con una actitud humana, limpia, empinada y majestuosa, que se había amasado con la levadura de años de sufrimiento.
Tampoco alcanzo a ocultar cómo era la algarabía de la esperanza. Estaba cordialmente presente. Repartía amistad, coloquio entre chispas de ingenio, derroche de maliciosas interpretaciones del existir. No la torcía el andar entre el fausto del metal precioso, sin compartirlo. Crecía entre palabras de amor. Son estos seres la sustancia de la patria.


Gratitud que crece.


Gracias nuevamente por develar un busto que me consagra entre estas duras montañas. Mi reconocimiento por todo lo que me han entregado. Puedo repetir el verso que denuncia la generosa y noble pasión de los marmateños, quienes me rodean y estimulan siempre:

"A donde fui, estaban esperándome
la amistad, el amor y la dulzura."

Para contar lo que he dicho esta mañana, tomó en préstamo la voz de mis padres que fluía como de un "libro viejo". Ellos hablan con la solidaridad de la sangre.

Bogotá, Barrio "El Refugio", 1993



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