Modelo para historias y fabulaciones locales
TEMAS INCOMPLETOS PARA FORMULAR UNA TEORIA APROXIMADA
ACERCA DEL "RIOSUCEÑISMO" 125
La luz de la infancia.
Tengo la convicción de que, esta tarde, no voy a expresar
adecuadamente mis agradecimientos a los "Riosuceños en
Santafé de Bogotá", quienes me rinden este homenaje. Han
tomado como pretexto, el hecho de que se me haya recibido en la
Academia Colombiana de la Lengua como miembro de Número. Pero, en
la realidad, lo que han deseado es desbordar su generosa amistad.
Buscar un sitio donde podamos sentir el estímulo recíproco de
nuestras vidas. Golpear con palabras la ternura del recuerdo de la
comarca. Detenernos, identificados, en perseguir la luz de la
infancia para que nos siga iluminando. Aglutinamos, para evocar el
universo local que nos formó y nos dio un carácter y una
conducta.
A mí me ocurre, aupado por lo que me entregan en solidaridad y
estímulo, que debo detenerme a rememorar episodios del pueblo
entrañable, que nos dan identidades y convicciones. Dos calidades
que, por cierto, pocas gentes logran en sus vidas. Nosotros, los
hijos del Ingrumá, las sentimos como parte normal de nuestras
existencias. Nos distinguen, nos apasionan y nos proyectan. Por
favor, les solicito que me acompañen en este peregrinar del afecto,
en los límites de la evocación creadora.
Resabios de la historia.
El alemán Ranke fue quien con más denuedo propuso que el
historiador, para adelantar sus trabajos, necesitaba ceñirse a la
severidad de los documentos. Que éstos son su fuente primordial. Se
propagó la convicción de que si no se entregaban al lector papeles
inéditos -que además comprobaran lo afirmado-, no se estaba
adelantando labor que mereciera atención crítica. Y así se logró
detener el análisis de la vida de los pueblos. Porque venía, de
atrás, la convicción de que sólo aquello que se refería a los
héroes y a la política, merecía la consagración en palabras que se
prolongaran en la devoción de los hombres. Era imponer linderos muy
severos al examen de la vida de los pueblos.
Por fortuna, los científicos no se dejaron encasillar en tales
normas. Se fue librando un combate intelectual muy singular. Para
éste, se tomaron muchas armas en las ciencias humanas y sociales.
Llegó un momento en el cual Jacques le Goff y Pierre Nora,
declararon, con trompetas de guerra mental, que se estaba ante tres
procesos diferentes: nuevos problemas, nuevos enfoques, nuevos
temas. A la vez, se recordaba que lo que denunció Henri Moniot -
"Érase Europa y así se acababa toda la historia"-
conducía a una torcida pretensión. El mundo era más extenso y
vario. El dominio histórico no tiene límites y los medios para
llegar a él, son amplios y muy ricos en el manejo de diferentes
técnicas. Además, a través de éstas, nos podemos aproximar a las
materias en el examen de la vida colectiva.
Se acentuó la indicación, por historiadores y científicos, que
examinar fenómenos tan amplios, demandaba que se abriera el
universo de las preocupaciones. Se comenzó a vislumbrar que la
antropología, la sociología, el marxismo y su interpretación
económica de la historia, el examen de los detalles de la vida
cotidiana, y mil aspectos más, aportaban tanto o más que los
infolios descoloridos por el tiempo. Fue la gran revolución. Se
denunció que existió, también, una historia social. Durante mucho
tiempo, a ésta se le excluyó de la historia general. El argumento
era que se refería a asociaciones de hombres que no son de
naturaleza política: la familia, los estamentos, las clases. El
rechazo fue más acentuado, pues aquélla se concibió bajo el amparo
de la historia de la cultura, a la cual, igualmente, no se le
consideraba como materia representativa. Se le mantenía al margen.
Algún científico dijo que no se le daba alcance porque se detenía
el desarrollo de las herramientas, en el consumo del tabaco y las
bebidas, en el escrutinio de las clases sociales, en mencionar las
costumbres diarias. Que sin examinar fuentes, escribían,
insólitamente, en forma narrativa.
Pues bien: al fin llegó el momento en que se entendió que la
historia social complementaba la de la política y la de los
próceres. Uno de sus expositores dijo lo que ella comprendía:
"La variedad de temas e intereses en ámbito de la historia
social apenas es enumerable y es difícil de ordenar: juventud y
vejez, enfermedad y muerte, hábitos alimenticios y el cuerpo humano
en general, analfabetismo y hábitos de lectura, criminalidad,
conducta en el tiempo libre y el deporte, hábitos de comida y
maneras en la mesa, asociaciones de protección de animales y la
relación del hombre con el animal, mentalidades y arte populares,
costumbres y religiones populares y, junto a ello, además, temas
'tradicionales" tales como grupos sociales singulares,
conflictos de grupos, problemas de distribución, relaciones de
trabajo y su transformación. Muchos de estos temas pueden ser
tratados en la historia local y regional".
Lo importante es aprender a conocernos.
Estos estudios, así organizados, no van llevando a un conocimiento
detallado de la patria. Puede que algunos sean incompletos. Lo
lógico es irlos atando uno con otro, hasta llegar a conseguir una
visión totalizadora. Es cuando la identidad -que depende de la
historia cultural de que hemos hablado- se va dibujando nítidamente
en las inteligencias. Hay que vigilar cada materia, porque se
cometen errores: unos involuntarios por confusión; otros, porque
los juicios los sacrifican a desvíos ideológicos. Lo fundamental es
que nos preocupemos de los rasgos comunes y, también, de lo que nos
separa y enfrenta. Como auxilio, aparece la historia de las ideas.
Así nos vamos confundiendo en la integración que alimenta la
identidad. Es un aliento recíproco. Sin conciencia histórica, no
puede alcanzársele. Si nos empeñamos en conocer algo, en
investigarlo, y, después, en escribirlo, es para consignar cuál es
nuestra identidad, o la de mi país, la de mi comarca o la de mi
pueblo.
Dentro de ese propósito, hay urgencia de aprender a conocernos.
Manejar, con meticuloso registro, lo que nos une y respetar lo que
nos diferencia. Lo básico, es que el pueblo sepa cuáles son sus
atributos y dónde están sus limitaciones. Pero más vital:
enorgullecemos de lo que somos. Los indoamericanos -sin
exclusiones-, sufrimos de una herencia desolada que nos dejaron la
Conquista y la Colonia españolas: el desdén de lo que representamos
como raza mestiza; la desconfianza de lo que podemos intentar en la
recreación del arte y la filosofía; la importancia para imponer
nuestra concepción del mundo, al negar que teníamos alma. Ello
sigue pesando como mandato. Después la tendencia de líderes,
gobernantes, intelectuales y directores espirituales -en escuelas,
colegios y universidades - nos indicaron que, como herencia
legítima del hispanismo, nos deberíamos someter al
"eurocentrismo" Y así nos fueron cortando el
ímpetu para la creación y la revolución. Una síntesis de ese
fenómeno, la podemos localizar en una referencia del polaco Witad
Gombrowicz, quien llegó al país del sur y ancló. El cuenta en su
Diario argentino una escena que vivió con los integrantes de
un sector intelectual excepcional, el cual tuvo gran influencia. No
sólo allí sino en el continente y daba respuestas nuestras, válidas
ante Europa. En su breve descripción queda el resumen de cómo hemos
reaccionado: "Lo que de la Argentina me fascinaba era...
la vitalidad, la luz de un mundo nuevo. Y estaba deslumbrado por la
noche del (barrio) Retiro; ellos, en cambio, por
París".
Esta observación, coincide con la de Rabindranath Tagore formulada
al escritor francés Romain Rolland. Ella refleja el estado de
subyugación en el cual se ha movido la cultura en Indoamérica y,
además, las perspectivas negativas hacia el futuro: "Mi
ojeada a América del Sur no es reconfortante. La gente se ha hecho
allí de repente enormemente rica (se refiere a los que trató en la
capital argentina) y no ha tenido tiempo de descubrir su alma. Es
lastimoso ver su absoluta dependencia de Europa para sus
pensamientos. No les avergüenza enorgullecerse de cualquier moda
que copian, de la cultura que compran en este continente. Llegará
un día en que agoten sus fuentes de riqueza, y entonces su
esterilidad de espíritu se desplegará ante los ojos de su pobreza
absoluta, privada de todo ornamento prestado".
La cultura popular.
Esta manera de estudiar la historia, como es apreciable, se
relaciona, directamente, con el alcance y significado que se le
otorga a la cultura popular. Siguiendo la tesis de Peter Burke, en
su clásico libro La cultura popular en la Europa moderna,
nos damos cuenta de varias noticias trascendentales: la primera,
que el auge de estos estudios, alcanza su mayor primacía desde hace
quince años para acá; la segunda: en la actualidad, ella tiene
audiencia en las investigaciones, con marcada prioridad; tercera:
la tendencia contemporánea, es escribir la historia de los pueblos,
antes que la de los gobiernos; cuarta: que el uso de la cultura
popular, se ha extendido y alcanzado extraordinaria beligerancia
entre las gentes de estudio, a pesar de que algunos escritores, de
máxima respetabilidad, dicen que se debería hablar mejor de
"la cultura de las clases populares" y, otros,
como Roger Chartier, han propuesto que se diga que la preocupación
recae sobre los "usos de la cultura
popular".
Lo primordial es que ella se concentra en las regiones y
expresiones. El desdén que primó, durante muchos años, contra
éstas, ha desaparecido. La diferencia entre culturas de élite o
populares; o entre las que llaman las de lo educado y las
primitivas, ya no conservan validez. Por una razón muy simple, como
es la de que cada cultura tiene bien imprecisas sus líneas de
diferenciación. Burke reafirma: 'Hoy, sin embargo, siguiendo el
ejemplo de los antropólogos, los historiadores y otros
investigadores, se utiliza el término "cultura"
para muchos más aspectos, es decir, para todo aquello que pueda ser
aprehendido de una determinada sociedad, como comer, beber, andar,
hablar, callar, etc." Es muy simple: contar cómo es un
modo de vida.
El proceso comenzó cuando los viajeros buscaron las antiguas ruinas
e indagaron por las costumbres. Entonces, los hombres de ciencia se
percataron que lo básico era conocer cómo se había desenvuelto la
vida en cada sitio. No sólo qué héroes se habían consagrado o qué
gobernantes. La ciencia estaba en la propia vida. De esa manera, se
podría conocer cuál era el verdadero espíritu de una nación. Fue
cuando se produjo el hecho singularísimo y de tanta importancia
para la evaluación de las futuras investigaciones: "Lo
antiguo, lo distante y lo popular, acabaron por
identificarse". Se aceptó además: "El pueblo
crea".
Estos criterios, me permiten adelantar en las propuestas que aquí
voy a formular. Ellas van enderezadas a que ordenemos aquello en lo
que ha confiado la gente, con lo cual nacimos, nos formamos y, aún
hoy, nos identificamos. Que rescatemos los valores claves. Que no
dejemos en la sombra lo que le ha dado valor a la existencia de
ellos y a la nuestra. Que la penumbra no cubra lo que esencialmente
nos ha iluminado por mucho tiempo. Es una obligación poner en orden
lo que ha creado nuestro pueblo y en lo que ha creído. No queremos
que nadie nos vele lo que revela nuestra identidad. Lo del creer y
lo del crear, son dos conceptos diferentes. Pero en nuestro caso,
se armonizan.
La cercanía a lo contemporáneo.
También nos han gritado, hasta adormecer nuestra capacidad de
reacción, que la historia sólo debe escribirse cuando han
desaparecido los protagonistas. Que la inmediatez perjudica la
equidad del juicio. Que nos atormentan las pasiones que circularon
en el momento de realizarse el episodio que debe persistir, por su
importancia, en la memoria de los hombres. Por lo tanto, que un
frío recorra las palabras; que se entumezca el juicio popular; que
no circule por la vena de los acontecimientos ningún aroma
humano.
Nunca he aceptado esa posición. Creo, en cambio, que hay que tomar
el dato cuando éste se ve sacudido por ráfagos de odio y de amor.
Cuando la colectividad se estremece con lo sucedido. Esos
testimonios son prioritarios para que, en el futuro, se pueda
señalar, con exactitud, el alcance de lo que aconteció o se
frustró, fuera de que los actores de la historia, puedan dar su
propia versión: rectificar, complementar y entregar documentos,
señalar las pautas para futuras exploraciones. Porque tiene efectos
disímiles lo que afirma el actor: lo que aporte el analista y lo
que cuentan sus usufructuarios o víctimas. Creo fundamental recoger
lo contemporáneo. No dejarlo diluir en el tiempo. Confío y me gusta
la historia viva. Donde cada hombre tiene afán por su
"destino" De esa manera, también, circulan las
versiones que no se ajustan a la decisión
"oficial". La preocupación de tipo
historiográfico, va a encontrar allí -en esos papeles que brincan
entre adhesiones y rabias; entre pasiones de amor y otras de desvío
en la ternura; entre adjetivos aleados de admiración y otros de
desaprecio- el hilo más exacto para llegar a un juicio. No me
consuelan esas formas estereotipadas para que la historia no se
comprometa en la contienda cotidiana.
Entonces, surge el antagonista para advertirnos que es que así la
investigación no está terminada. Que por el mismo arrebato de los
personajes en escena, hay materias dudosas. Me pregunto: ¿eso qué;
no sucede cuando al penetrar en los hechos -pasados años o siglos-
nos hallamos frente a un papel inerte, que sólo refleja un parte
del relato interesado; del decreto yerto; del oficio parcial en
discutir lo sucedido? Declaro que creo en lo de ahora. Que gozarán
de nuevas técnicas para penetrar en aquello que miramos con miopía;
con recelo o demasiado afecto. No me convence esa visión estática
del quehacer histórico. Pasado, presente, futuro, son etapas de un
proceso. Para mí, dinámicamente combativo. Por qué sé, acepto y
confío en que cualquier cultura nacional, es un devenir inquieto,
abierto a las interpretaciones, que, invariablemente, está en
constante evolución. De lo histórico se deriva aquélla. Por eso
creo que se deben mostrar sus rasgos actuales; sus matices
positivos y sus caídas en la perversión intelectual. Lo
contemporáneo nos debe perseguir, acompañar y orientar. No es
posible confundir el pasado con la rigidez crítica. Hay que estar
alertas, sumergidos en el torrente de la vida.
La fundación de Riosucio.
Estas afirmaciones, van orientadas a despertar interés por muchos
de los diferentes aspectos que determinan la vida de Riosucio y de
sus hijos. Creo que el momento es propicio. Deseo que se produzca
una sacudida en quienes tienen capacidades para dar respuestas a
los temas que nos deben inquietar y comprometer. Mi propuesta de
esta tarde es otro avance parecido al que formulé en mi lectura en
el Segundo Encuentro de la Palabra", en 1984, y que
titulé: Los valores populares: la historia, y la cultura
regionales.
Con mis palabras, ambiciono hacer una convocatoria para que nos
propongamos rescatar lo que es la historia, el caminar por entre
canciones y palabras, curanderismo, milagros, espantos y leyendas.
Es decir, lo que le da fisonomía más peculiar a nuestro pueblo.
Ésta es una enumeración muy incompleta. Cada cual la va ampliando
con su sabiduría y su penetración en las calidades de nuestra vida.
A mí me perturban algunas inquietudes. De la fundación de Riosucio,
todos sabemos el relato simple y escueto. Pero no conocemos cómo
fue su conformación social inicial. Nos contentamos con repetir
que, en un lado, estaban los indígenas y que, en el otro aparecían
los mineros. Tampoco hemos profundizado en las razones que
justificaban su integración que, por cierto, preocupaba a levitas y
gobernadores. Hay documentos oficiales que así lo revelan. ¿Quiénes
saben cómo fue Quiebralomo y la Montaña antes de la fundación?
Dentro de ese esquema, tenemos conciencia de que nuestro origen es
indígena. ¿Conocemos, aproximadamente, cómo se conservó esa
proporción? Además, ¿de qué manera fuimos evolucionando hasta
desembocar en el mestizaje que somos en la actualidad? ¿Cuándo
llegaron los negros masivamente a Marmato y cómo subieron hasta
nuestras tierras de origen? ¿Cuáles otros grupos humanos allí se
afincaron y elaboraron su proceso de integración? Pues los caucanos
-que son parte primaria de nuestra idiosincrasia maternal - y los
antioqueños. De qué pueblos arribaron los tolimenses y
santandereanos, de los cuales hoa noticias incompletas de que
vivieron en Quiebralomo. Los extranjeros clasificados por países de
origen. Son temas que en un estudio sistemático, nos llevarán a
muchas sorpresas del origen de los apellidos; de la evaluación de
las familias; de sus características e idoneidades que cada uno de
nosotros les conocemos y destacamos y que le han dado su aporte, en
modalidades colectivas, a nuestra comarca. Son apreciaciones y
juicios que definen parte inseparable de nuestra sicología, y del
temperamento, en lo positivo y en lo negativo.
La biografía del Padre José Bonifacio Bonafont es una aproximación
a su vida para casi todos. Hay noticias del sabio Boussingault en
sus Memorias y, otras, en el erudito capítulo del gran trabajador
de la inteligencia Horacio Rodríguez Plata en su volumen Temas
históricos. Pero, realmente, de su vida y acción en Riosucio,
¿qué más nos asiste como conocimiento? Porque del padre José Ramón
Bueno no he escuchado ni leído ninguna información ni siquiera de
quienes presuntamente, son sus parientes. Estamos en el orto del
conocimiento de lo que nos inicia como vida civil y de quienes allí
nos llevaron a la grandeza.
La vida de Bonafont tiene tales características - ribetes de
picardía humana, sentido de la independencia, capacidad vital de
irradiar simpatías, iniciativas personales y en servicio de la
comunidad- que el Maestro Germán Arciniegas ha propuesto que se
aproveche su densidad humana para escribir una gran y sugerente
novela: "Habiendo escritores tan estupendos en Caldas y en
Risaralda, no se cómo a la fecha no se ha sacado de la historia al
Padre José Bonifacio para darle vida popular en la novela. Un cura
de ojos tan azules y de tanto vigor en una edad que entonces era la
de los viejos, parece de maravilla para una novela con el cuento
del burro garañón que servía para alimentar el tesoro de la
iglesia, y los hábitos de jugador del dueño en que el dinero no
contaba pues para su uso personal era un juego y para su misión
parroquial fuente destinada a ayudar a los demás. Creo que de las
cosas que más debieron entusiasmar a Boussingault y a Roulin, fue
la presencia de José Bonifacio al frente de la parroquia. Los dos
franceses eran mundanos y aventureros y al encontrar en Riosucio un
cura tan distinto de todos los demás tuvieron que sentir el encanto
de la independencia colombiana. Entre las mil cosas que me
entusiasman del General Santander está esa adivinación que tuvo
mandando a los franceses y a cierto inglés para que reconocieran
las minas de Supía y Marmato cuando en realidad el oro lo iban a
descubrir en la persona del Padre José Bonifacio. Entre las mayores
suertes que encuentro en la historia de José Bonifacio está la de
Boussingault sacristán, haciendo de campanero para celebrar la
venida al mercado de los indios y los zambos que llegaban de las
tierras vecinas con gallinas, huevos y yucas. Resulta que el
francés tocaba las campanas para anunciar una misa en que José
Bonifacio haría un sermón contra Voltaire y Rousseau. Por algo
tenía que empezarse en un pueblo fundado por un párroco tan
republicano y tan católico. Pero lo que las campanas estaban
anunciando era esa república por venir a donde algún día iba a
llegar don Jorge Isaacs, en su condición de superintendente de
instrucción pública, para inaugurar la primera escuela oficial del
municipio". En algunas crónicas se menciona el respeto y
la calidad con los cuales se acogieron a los negros. Ellos son
parte de nuestra mezcla racial y elementos sobresalientes -por su
número y por sus hazañas- en la región. Es un tema, entonces,
totalizador. El maestro cubano Fernando Ortiz y el especialista
brasilero Nivia Rodríguez, iniciaron en Indoamérica los estudios
sobre las comunidades negras. Cuando aparecieron, traían su propia
cultura: éstas en contacto con otras, "mezclan y funden
sus elementos". Sin olvidar que Ortiz nos recordaba que en
el continente "el estudio del negro era tarea harto
trabajosa, propicia a las burlas y no daba dinero". Vuelve
a asomar el resabio y la herencia española: el desdén por aquello
que no fuera su mundo exclusivo, a pesar de que ellos venían de
otro mestizaje igualmente dinámico. A estos dos investigadores los
acuciaba la "pasión totalizadora de lo social".
Es la tesis del primero que se denomina
"multisincretismo", y, en otros aspectos,
"transculturización". Si la técnica y los
derroteros están descubiertos, ¿cuándo los vamos a emplear en el
estudio de nuestra hiviente realidad?
Hay que declararlo con énfasis: las investigaciones que se acometan
no pueden detenerse en las fronteras de Riosucio. Ellas son amplias
y se confunden con las de la comarca. De esa manera cumplimos con
el destino guiador que nos ha correspondido desde pocos años
después de la fundación.
Carácter del riosuceño.
Otros estudiosos, podrían detenerse en la tradición local, para
decir, con erudita precisión, cómo es el carácter del riosuceño.
Siempre me ha producido desvelo, el ver que pasan los años sin que
se haya recogido el sentido y la gracia -sonreída y burletera- para
la crítica que nos distingue. Agresiva, a veces, en su crueldad, al
descubrir lo falso que trata de comprometer a la colectividad. O
tolerante y laxa en sus juicios morales cuando es una paganía o una
inclinación al goce de los sentidos. Solidaria en la tragedia y en
los afanes comunitarios. Apasionada cuando se trata de algo que
determina parte del destino social. Complaciente, si es una
equivocación menor -que no roce con el sentido ético del deber
público - de un funcionario torpe, equivocado o ignorante.
Empecinada cuando es una causa común. Vigorosa, si se trata de
reclamar un derecho. Dejativa, si es algo que no se juzga
esencialmente en la vida comunitaria. Porque una fuerza escéptica
que a casi la totalidad de los habitantes nos asiste, nos conduce a
un desdén manifiesto. No es sino que juzguemos con un poco de rigor
crítico lo que es el Carnaval. Las estrofas de nuestras cuadrillas
tienen varios tiempos en su creación: elogio para comenzar; crítica
que, a veces, despierta en angustia o asoma la esperanza. Es un
poco como repetir lo que nos entrega el oro en confianza; la
cosecha en consuelo; o los otros denuedos del hijo de Riosucio en
seguridad colectiva.
En Riosucio hemos tenido grandes y sustanciales personalidades.
Algunas en agraz, pero bien definidas. Otras, sin condiciones para
expresarse cultamente, pero que, por sus actos o por sus
sentencias, son densas en su mensaje y en la conducta que
transmitieron, la tradición local ha conservado parte lúcida de sus
razonamientos o de sus hechos.
Hay un matiz que es necesario relievar: a veces somos bruscos; las
reacciones son primitivas en su dureza; elementales las expresiones
para el elogio o la censura. Pero nunca se desciende a la
chabacanería. Ni el mal gusto le da soporte a lo que se desea
expresar, para lo cual siempre hay un vocabulario que tiene dones
de la estirpe lingüística. No se comete una torpeza
deliberadamente. Ni se le da acento procaz a lo que puede ser un
reclamo beligerante. Las gentes tienen un acento innato de
dignidad.
Esto se prolonga en la conducta que asumen frente a cualquier
episodio de la vida diaria. Para ofrecer un presente; para
consagrar la admiración a una persona; para entregarle un aviso de
comprensión; para darle publicidad a un acto. Un hálito de
distinción -si ustedes lo quieren dentro de restricciones o
pobrezas- pero que no compromete el sello de orgullo personal de
las gentes.
Un riosuceño agasajando; o recibiendo al visitante; o indicando lo
que nos distingue, nos permite asistir a una largueza de actitudes,
que no se rompe en brusquedades. Así se comporta el más humilde y
el que merece consideraciones de reconocimiento.
Creo que cada uno de los que allí nacimos, recordamos que en
ciertas -fiestas de celebraciones cívicas, visitas de personajes-
la elegancia se ejerce corno don normal de la existencia. Si se
estilan ciertos trajes por la ocasión, se apela a las más
calificadas habilidades sartoriales para cumplir con esa exigencia
social. Y despliegan su señorío natural como actitud normal y
permanente de la vida. Nada desconcierta al riosuceño, ni nada lo
mengua. Su visión del mundo es total. De él tenemos que
enorgullecernos.
Pero lo que he querido destacar es algo que no distingue a un grupo
social solamente. Su examen será revelador de muchas y diferentes
fuerzas integradoras de nuestra sicología y sociología afectiva.
Esos estudios, nos indican la riqueza, variedad y firmeza de lo que
nos unió espiritualmente.
Así se ha formado la calidad humana de nuestros coterráneos. Ello
viene desde el comienzo de la fundación. Boussingault recuerda que
le dieron la bienvenida en "una gran comida que se sirvió
en Quiebralomo, en una casa cubierta de teja, relativamente un
palacio", que -por cierto- se sirvió en "vasos de
porcelana de Wegowood"... y las "autoridades
municipales - lo dice el visitante francés- toda gente de color,
asistieron convenientemente vestidos aún cuando sin
zapatos". Esta evocación y esta transcripción, nos están
advirtiendo cómo, desde el comienzo, hay un carácter que es el
sello del pueblo: un estilo de elegancia que no se ha sacrificado
en el transcurso de los años.
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Lectura en la Biblioteca Nacional de Colombia, el 9 de agosto de 1991. |
