Modelo para historias y fabulaciones locales


TEMAS INCOMPLETOS PARA FORMULAR UNA TEORIA APROXIMADA
ACERCA DEL "RIOSUCEÑISMO" 125


La luz de la infancia.


Tengo la convicción de que, esta tarde, no voy a expresar adecuadamente mis agradecimientos a los "Riosuceños en Santafé de Bogotá", quienes me rinden este homenaje. Han tomado como pretexto, el hecho de que se me haya recibido en la Academia Colombiana de la Lengua como miembro de Número. Pero, en la realidad, lo que han deseado es desbordar su generosa amistad. Buscar un sitio donde podamos sentir el estímulo recíproco de nuestras vidas. Golpear con palabras la ternura del recuerdo de la comarca. Detenernos, identificados, en perseguir la luz de la infancia para que nos siga iluminando. Aglutinamos, para evocar el universo local que nos formó y nos dio un carácter y una conducta.
A mí me ocurre, aupado por lo que me entregan en solidaridad y estímulo, que debo detenerme a rememorar episodios del pueblo entrañable, que nos dan identidades y convicciones. Dos calidades que, por cierto, pocas gentes logran en sus vidas. Nosotros, los hijos del Ingrumá, las sentimos como parte normal de nuestras existencias. Nos distinguen, nos apasionan y nos proyectan. Por favor, les solicito que me acompañen en este peregrinar del afecto, en los límites de la evocación creadora.


Resabios de la historia.


El alemán Ranke fue quien con más denuedo propuso que el historiador, para adelantar sus trabajos, necesitaba ceñirse a la severidad de los documentos. Que éstos son su fuente primordial. Se propagó la convicción de que si no se entregaban al lector papeles inéditos -que además comprobaran lo afirmado-, no se estaba adelantando labor que mereciera atención crítica. Y así se logró detener el análisis de la vida de los pueblos. Porque venía, de atrás, la convicción de que sólo aquello que se refería a los héroes y a la política, merecía la consagración en palabras que se prolongaran en la devoción de los hombres. Era imponer linderos muy severos al examen de la vida de los pueblos.
Por fortuna, los científicos no se dejaron encasillar en tales normas. Se fue librando un combate intelectual muy singular. Para éste, se tomaron muchas armas en las ciencias humanas y sociales. Llegó un momento en el cual Jacques le Goff y Pierre Nora, declararon, con trompetas de guerra mental, que se estaba ante tres procesos diferentes: nuevos problemas, nuevos enfoques, nuevos temas. A la vez, se recordaba que lo que denunció Henri Moniot - "Érase Europa y así se acababa toda la historia"- conducía a una torcida pretensión. El mundo era más extenso y vario. El dominio histórico no tiene límites y los medios para llegar a él, son amplios y muy ricos en el manejo de diferentes técnicas. Además, a través de éstas, nos podemos aproximar a las materias en el examen de la vida colectiva.
Se acentuó la indicación, por historiadores y científicos, que examinar fenómenos tan amplios, demandaba que se abriera el universo de las preocupaciones. Se comenzó a vislumbrar que la antropología, la sociología, el marxismo y su interpretación económica de la historia, el examen de los detalles de la vida cotidiana, y mil aspectos más, aportaban tanto o más que los infolios descoloridos por el tiempo. Fue la gran revolución. Se denunció que existió, también, una historia social. Durante mucho tiempo, a ésta se le excluyó de la historia general. El argumento era que se refería a asociaciones de hombres que no son de naturaleza política: la familia, los estamentos, las clases. El rechazo fue más acentuado, pues aquélla se concibió bajo el amparo de la historia de la cultura, a la cual, igualmente, no se le consideraba como materia representativa. Se le mantenía al margen. Algún científico dijo que no se le daba alcance porque se detenía el desarrollo de las herramientas, en el consumo del tabaco y las bebidas, en el escrutinio de las clases sociales, en mencionar las costumbres diarias. Que sin examinar fuentes, escribían, insólitamente, en forma narrativa.
Pues bien: al fin llegó el momento en que se entendió que la historia social complementaba la de la política y la de los próceres. Uno de sus expositores dijo lo que ella comprendía:
"La variedad de temas e intereses en ámbito de la historia social apenas es enumerable y es difícil de ordenar: juventud y vejez, enfermedad y muerte, hábitos alimenticios y el cuerpo humano en general, analfabetismo y hábitos de lectura, criminalidad, conducta en el tiempo libre y el deporte, hábitos de comida y maneras en la mesa, asociaciones de protección de animales y la relación del hombre con el animal, mentalidades y arte populares, costumbres y religiones populares y, junto a ello, además, temas 'tradicionales" tales como grupos sociales singulares, conflictos de grupos, problemas de distribución, relaciones de trabajo y su transformación. Muchos de estos temas pueden ser tratados en la historia local y regional".


Lo importante es aprender a conocernos.


Estos estudios, así organizados, no van llevando a un conocimiento detallado de la patria. Puede que algunos sean incompletos. Lo lógico es irlos atando uno con otro, hasta llegar a conseguir una visión totalizadora. Es cuando la identidad -que depende de la historia cultural de que hemos hablado- se va dibujando nítidamente en las inteligencias. Hay que vigilar cada materia, porque se cometen errores: unos involuntarios por confusión; otros, porque los juicios los sacrifican a desvíos ideológicos. Lo fundamental es que nos preocupemos de los rasgos comunes y, también, de lo que nos separa y enfrenta. Como auxilio, aparece la historia de las ideas. Así nos vamos confundiendo en la integración que alimenta la identidad. Es un aliento recíproco. Sin conciencia histórica, no puede alcanzársele. Si nos empeñamos en conocer algo, en investigarlo, y, después, en escribirlo, es para consignar cuál es nuestra identidad, o la de mi país, la de mi comarca o la de mi pueblo.
Dentro de ese propósito, hay urgencia de aprender a conocernos. Manejar, con meticuloso registro, lo que nos une y respetar lo que nos diferencia. Lo básico, es que el pueblo sepa cuáles son sus atributos y dónde están sus limitaciones. Pero más vital: enorgullecemos de lo que somos. Los indoamericanos -sin exclusiones-, sufrimos de una herencia desolada que nos dejaron la Conquista y la Colonia españolas: el desdén de lo que representamos como raza mestiza; la desconfianza de lo que podemos intentar en la recreación del arte y la filosofía; la importancia para imponer nuestra concepción del mundo, al negar que teníamos alma. Ello sigue pesando como mandato. Después la tendencia de líderes, gobernantes, intelectuales y directores espirituales -en escuelas, colegios y universidades - nos indicaron que, como herencia legítima del hispanismo, nos deberíamos someter al "eurocentrismo" Y así nos fueron cortando el ímpetu para la creación y la revolución. Una síntesis de ese fenómeno, la podemos localizar en una referencia del polaco Witad Gombrowicz, quien llegó al país del sur y ancló. El cuenta en su Diario argentino una escena que vivió con los integrantes de un sector intelectual excepcional, el cual tuvo gran influencia. No sólo allí sino en el continente y daba respuestas nuestras, válidas ante Europa. En su breve descripción queda el resumen de cómo hemos reaccionado: "Lo que de la Argentina me fascinaba era... la vitalidad, la luz de un mundo nuevo. Y estaba deslumbrado por la noche del (barrio) Retiro; ellos, en cambio, por París".
Esta observación, coincide con la de Rabindranath Tagore formulada al escritor francés Romain Rolland. Ella refleja el estado de subyugación en el cual se ha movido la cultura en Indoamérica y, además, las perspectivas negativas hacia el futuro: "Mi ojeada a América del Sur no es reconfortante. La gente se ha hecho allí de repente enormemente rica (se refiere a los que trató en la capital argentina) y no ha tenido tiempo de descubrir su alma. Es lastimoso ver su absoluta dependencia de Europa para sus pensamientos. No les avergüenza enorgullecerse de cualquier moda que copian, de la cultura que compran en este continente. Llegará un día en que agoten sus fuentes de riqueza, y entonces su esterilidad de espíritu se desplegará ante los ojos de su pobreza absoluta, privada de todo ornamento prestado".


La cultura popular.


Esta manera de estudiar la historia, como es apreciable, se relaciona, directamente, con el alcance y significado que se le otorga a la cultura popular. Siguiendo la tesis de Peter Burke, en su clásico libro La cultura popular en la Europa moderna, nos damos cuenta de varias noticias trascendentales: la primera, que el auge de estos estudios, alcanza su mayor primacía desde hace quince años para acá; la segunda: en la actualidad, ella tiene audiencia en las investigaciones, con marcada prioridad; tercera: la tendencia contemporánea, es escribir la historia de los pueblos, antes que la de los gobiernos; cuarta: que el uso de la cultura popular, se ha extendido y alcanzado extraordinaria beligerancia entre las gentes de estudio, a pesar de que algunos escritores, de máxima respetabilidad, dicen que se debería hablar mejor de "la cultura de las clases populares" y, otros, como Roger Chartier, han propuesto que se diga que la preocupación recae sobre los "usos de la cultura popular".
Lo primordial es que ella se concentra en las regiones y expresiones. El desdén que primó, durante muchos años, contra éstas, ha desaparecido. La diferencia entre culturas de élite o populares; o entre las que llaman las de lo educado y las primitivas, ya no conservan validez. Por una razón muy simple, como es la de que cada cultura tiene bien imprecisas sus líneas de diferenciación. Burke reafirma: 'Hoy, sin embargo, siguiendo el ejemplo de los antropólogos, los historiadores y otros investigadores, se utiliza el término "cultura" para muchos más aspectos, es decir, para todo aquello que pueda ser aprehendido de una determinada sociedad, como comer, beber, andar, hablar, callar, etc." Es muy simple: contar cómo es un modo de vida.
El proceso comenzó cuando los viajeros buscaron las antiguas ruinas e indagaron por las costumbres. Entonces, los hombres de ciencia se percataron que lo básico era conocer cómo se había desenvuelto la vida en cada sitio. No sólo qué héroes se habían consagrado o qué gobernantes. La ciencia estaba en la propia vida. De esa manera, se podría conocer cuál era el verdadero espíritu de una nación. Fue cuando se produjo el hecho singularísimo y de tanta importancia para la evaluación de las futuras investigaciones: "Lo antiguo, lo distante y lo popular, acabaron por identificarse". Se aceptó además: "El pueblo crea".
Estos criterios, me permiten adelantar en las propuestas que aquí voy a formular. Ellas van enderezadas a que ordenemos aquello en lo que ha confiado la gente, con lo cual nacimos, nos formamos y, aún hoy, nos identificamos. Que rescatemos los valores claves. Que no dejemos en la sombra lo que le ha dado valor a la existencia de ellos y a la nuestra. Que la penumbra no cubra lo que esencialmente nos ha iluminado por mucho tiempo. Es una obligación poner en orden lo que ha creado nuestro pueblo y en lo que ha creído. No queremos que nadie nos vele lo que revela nuestra identidad. Lo del creer y lo del crear, son dos conceptos diferentes. Pero en nuestro caso, se armonizan.


La cercanía a lo contemporáneo.


También nos han gritado, hasta adormecer nuestra capacidad de reacción, que la historia sólo debe escribirse cuando han desaparecido los protagonistas. Que la inmediatez perjudica la equidad del juicio. Que nos atormentan las pasiones que circularon en el momento de realizarse el episodio que debe persistir, por su importancia, en la memoria de los hombres. Por lo tanto, que un frío recorra las palabras; que se entumezca el juicio popular; que no circule por la vena de los acontecimientos ningún aroma humano.
Nunca he aceptado esa posición. Creo, en cambio, que hay que tomar el dato cuando éste se ve sacudido por ráfagos de odio y de amor. Cuando la colectividad se estremece con lo sucedido. Esos testimonios son prioritarios para que, en el futuro, se pueda señalar, con exactitud, el alcance de lo que aconteció o se frustró, fuera de que los actores de la historia, puedan dar su propia versión: rectificar, complementar y entregar documentos, señalar las pautas para futuras exploraciones. Porque tiene efectos disímiles lo que afirma el actor: lo que aporte el analista y lo que cuentan sus usufructuarios o víctimas. Creo fundamental recoger lo contemporáneo. No dejarlo diluir en el tiempo. Confío y me gusta la historia viva. Donde cada hombre tiene afán por su "destino" De esa manera, también, circulan las versiones que no se ajustan a la decisión "oficial". La preocupación de tipo historiográfico, va a encontrar allí -en esos papeles que brincan entre adhesiones y rabias; entre pasiones de amor y otras de desvío en la ternura; entre adjetivos aleados de admiración y otros de desaprecio- el hilo más exacto para llegar a un juicio. No me consuelan esas formas estereotipadas para que la historia no se comprometa en la contienda cotidiana.
Entonces, surge el antagonista para advertirnos que es que así la investigación no está terminada. Que por el mismo arrebato de los personajes en escena, hay materias dudosas. Me pregunto: ¿eso qué; no sucede cuando al penetrar en los hechos -pasados años o siglos- nos hallamos frente a un papel inerte, que sólo refleja un parte del relato interesado; del decreto yerto; del oficio parcial en discutir lo sucedido? Declaro que creo en lo de ahora. Que gozarán de nuevas técnicas para penetrar en aquello que miramos con miopía; con recelo o demasiado afecto. No me convence esa visión estática del quehacer histórico. Pasado, presente, futuro, son etapas de un proceso. Para mí, dinámicamente combativo. Por qué sé, acepto y confío en que cualquier cultura nacional, es un devenir inquieto, abierto a las interpretaciones, que, invariablemente, está en constante evolución. De lo histórico se deriva aquélla. Por eso creo que se deben mostrar sus rasgos actuales; sus matices positivos y sus caídas en la perversión intelectual. Lo contemporáneo nos debe perseguir, acompañar y orientar. No es posible confundir el pasado con la rigidez crítica. Hay que estar alertas, sumergidos en el torrente de la vida.


La fundación de Riosucio.


Estas afirmaciones, van orientadas a despertar interés por muchos de los diferentes aspectos que determinan la vida de Riosucio y de sus hijos. Creo que el momento es propicio. Deseo que se produzca una sacudida en quienes tienen capacidades para dar respuestas a los temas que nos deben inquietar y comprometer. Mi propuesta de esta tarde es otro avance parecido al que formulé en mi lectura en el Segundo Encuentro de la Palabra", en 1984, y que titulé: Los valores populares: la historia, y la cultura regionales.
Con mis palabras, ambiciono hacer una convocatoria para que nos propongamos rescatar lo que es la historia, el caminar por entre canciones y palabras, curanderismo, milagros, espantos y leyendas. Es decir, lo que le da fisonomía más peculiar a nuestro pueblo. Ésta es una enumeración muy incompleta. Cada cual la va ampliando con su sabiduría y su penetración en las calidades de nuestra vida. A mí me perturban algunas inquietudes. De la fundación de Riosucio, todos sabemos el relato simple y escueto. Pero no conocemos cómo fue su conformación social inicial. Nos contentamos con repetir que, en un lado, estaban los indígenas y que, en el otro aparecían los mineros. Tampoco hemos profundizado en las razones que justificaban su integración que, por cierto, preocupaba a levitas y gobernadores. Hay documentos oficiales que así lo revelan. ¿Quiénes saben cómo fue Quiebralomo y la Montaña antes de la fundación? Dentro de ese esquema, tenemos conciencia de que nuestro origen es indígena. ¿Conocemos, aproximadamente, cómo se conservó esa proporción? Además, ¿de qué manera fuimos evolucionando hasta desembocar en el mestizaje que somos en la actualidad? ¿Cuándo llegaron los negros masivamente a Marmato y cómo subieron hasta nuestras tierras de origen? ¿Cuáles otros grupos humanos allí se afincaron y elaboraron su proceso de integración? Pues los caucanos -que son parte primaria de nuestra idiosincrasia maternal - y los antioqueños. De qué pueblos arribaron los tolimenses y santandereanos, de los cuales hoa noticias incompletas de que vivieron en Quiebralomo. Los extranjeros clasificados por países de origen. Son temas que en un estudio sistemático, nos llevarán a muchas sorpresas del origen de los apellidos; de la evaluación de las familias; de sus características e idoneidades que cada uno de nosotros les conocemos y destacamos y que le han dado su aporte, en modalidades colectivas, a nuestra comarca. Son apreciaciones y juicios que definen parte inseparable de nuestra sicología, y del temperamento, en lo positivo y en lo negativo.
La biografía del Padre José Bonifacio Bonafont es una aproximación a su vida para casi todos. Hay noticias del sabio Boussingault en sus Memorias y, otras, en el erudito capítulo del gran trabajador de la inteligencia Horacio Rodríguez Plata en su volumen Temas históricos. Pero, realmente, de su vida y acción en Riosucio, ¿qué más nos asiste como conocimiento? Porque del padre José Ramón Bueno no he escuchado ni leído ninguna información ni siquiera de quienes presuntamente, son sus parientes. Estamos en el orto del conocimiento de lo que nos inicia como vida civil y de quienes allí nos llevaron a la grandeza.
La vida de Bonafont tiene tales características - ribetes de picardía humana, sentido de la independencia, capacidad vital de irradiar simpatías, iniciativas personales y en servicio de la comunidad- que el Maestro Germán Arciniegas ha propuesto que se aproveche su densidad humana para escribir una gran y sugerente novela: "Habiendo escritores tan estupendos en Caldas y en Risaralda, no se cómo a la fecha no se ha sacado de la historia al Padre José Bonifacio para darle vida popular en la novela. Un cura de ojos tan azules y de tanto vigor en una edad que entonces era la de los viejos, parece de maravilla para una novela con el cuento del burro garañón que servía para alimentar el tesoro de la iglesia, y los hábitos de jugador del dueño en que el dinero no contaba pues para su uso personal era un juego y para su misión parroquial fuente destinada a ayudar a los demás. Creo que de las cosas que más debieron entusiasmar a Boussingault y a Roulin, fue la presencia de José Bonifacio al frente de la parroquia. Los dos franceses eran mundanos y aventureros y al encontrar en Riosucio un cura tan distinto de todos los demás tuvieron que sentir el encanto de la independencia colombiana. Entre las mil cosas que me entusiasman del General Santander está esa adivinación que tuvo mandando a los franceses y a cierto inglés para que reconocieran las minas de Supía y Marmato cuando en realidad el oro lo iban a descubrir en la persona del Padre José Bonifacio. Entre las mayores suertes que encuentro en la historia de José Bonifacio está la de Boussingault sacristán, haciendo de campanero para celebrar la venida al mercado de los indios y los zambos que llegaban de las tierras vecinas con gallinas, huevos y yucas. Resulta que el francés tocaba las campanas para anunciar una misa en que José Bonifacio haría un sermón contra Voltaire y Rousseau. Por algo tenía que empezarse en un pueblo fundado por un párroco tan republicano y tan católico. Pero lo que las campanas estaban anunciando era esa república por venir a donde algún día iba a llegar don Jorge Isaacs, en su condición de superintendente de instrucción pública, para inaugurar la primera escuela oficial del municipio". En algunas crónicas se menciona el respeto y la calidad con los cuales se acogieron a los negros. Ellos son parte de nuestra mezcla racial y elementos sobresalientes -por su número y por sus hazañas- en la región. Es un tema, entonces, totalizador. El maestro cubano Fernando Ortiz y el especialista brasilero Nivia Rodríguez, iniciaron en Indoamérica los estudios sobre las comunidades negras. Cuando aparecieron, traían su propia cultura: éstas en contacto con otras, "mezclan y funden sus elementos". Sin olvidar que Ortiz nos recordaba que en el continente "el estudio del negro era tarea harto trabajosa, propicia a las burlas y no daba dinero". Vuelve a asomar el resabio y la herencia española: el desdén por aquello que no fuera su mundo exclusivo, a pesar de que ellos venían de otro mestizaje igualmente dinámico. A estos dos investigadores los acuciaba la "pasión totalizadora de lo social". Es la tesis del primero que se denomina "multisincretismo", y, en otros aspectos, "transculturización". Si la técnica y los derroteros están descubiertos, ¿cuándo los vamos a emplear en el estudio de nuestra hiviente realidad?
Hay que declararlo con énfasis: las investigaciones que se acometan no pueden detenerse en las fronteras de Riosucio. Ellas son amplias y se confunden con las de la comarca. De esa manera cumplimos con el destino guiador que nos ha correspondido desde pocos años después de la fundación.


Carácter del riosuceño.


Otros estudiosos, podrían detenerse en la tradición local, para decir, con erudita precisión, cómo es el carácter del riosuceño. Siempre me ha producido desvelo, el ver que pasan los años sin que se haya recogido el sentido y la gracia -sonreída y burletera- para la crítica que nos distingue. Agresiva, a veces, en su crueldad, al descubrir lo falso que trata de comprometer a la colectividad. O tolerante y laxa en sus juicios morales cuando es una paganía o una inclinación al goce de los sentidos. Solidaria en la tragedia y en los afanes comunitarios. Apasionada cuando se trata de algo que determina parte del destino social. Complaciente, si es una equivocación menor -que no roce con el sentido ético del deber público - de un funcionario torpe, equivocado o ignorante. Empecinada cuando es una causa común. Vigorosa, si se trata de reclamar un derecho. Dejativa, si es algo que no se juzga esencialmente en la vida comunitaria. Porque una fuerza escéptica que a casi la totalidad de los habitantes nos asiste, nos conduce a un desdén manifiesto. No es sino que juzguemos con un poco de rigor crítico lo que es el Carnaval. Las estrofas de nuestras cuadrillas tienen varios tiempos en su creación: elogio para comenzar; crítica que, a veces, despierta en angustia o asoma la esperanza. Es un poco como repetir lo que nos entrega el oro en confianza; la cosecha en consuelo; o los otros denuedos del hijo de Riosucio en seguridad colectiva.
En Riosucio hemos tenido grandes y sustanciales personalidades. Algunas en agraz, pero bien definidas. Otras, sin condiciones para expresarse cultamente, pero que, por sus actos o por sus sentencias, son densas en su mensaje y en la conducta que transmitieron, la tradición local ha conservado parte lúcida de sus razonamientos o de sus hechos.
Hay un matiz que es necesario relievar: a veces somos bruscos; las reacciones son primitivas en su dureza; elementales las expresiones para el elogio o la censura. Pero nunca se desciende a la chabacanería. Ni el mal gusto le da soporte a lo que se desea expresar, para lo cual siempre hay un vocabulario que tiene dones de la estirpe lingüística. No se comete una torpeza deliberadamente. Ni se le da acento procaz a lo que puede ser un reclamo beligerante. Las gentes tienen un acento innato de dignidad.
Esto se prolonga en la conducta que asumen frente a cualquier episodio de la vida diaria. Para ofrecer un presente; para consagrar la admiración a una persona; para entregarle un aviso de comprensión; para darle publicidad a un acto. Un hálito de distinción -si ustedes lo quieren dentro de restricciones o pobrezas- pero que no compromete el sello de orgullo personal de las gentes.
Un riosuceño agasajando; o recibiendo al visitante; o indicando lo que nos distingue, nos permite asistir a una largueza de actitudes, que no se rompe en brusquedades. Así se comporta el más humilde y el que merece consideraciones de reconocimiento.
Creo que cada uno de los que allí nacimos, recordamos que en ciertas -fiestas de celebraciones cívicas, visitas de personajes- la elegancia se ejerce corno don normal de la existencia. Si se estilan ciertos trajes por la ocasión, se apela a las más calificadas habilidades sartoriales para cumplir con esa exigencia social. Y despliegan su señorío natural como actitud normal y permanente de la vida. Nada desconcierta al riosuceño, ni nada lo mengua. Su visión del mundo es total. De él tenemos que enorgullecernos.
Pero lo que he querido destacar es algo que no distingue a un grupo social solamente. Su examen será revelador de muchas y diferentes fuerzas integradoras de nuestra sicología y sociología afectiva. Esos estudios, nos indican la riqueza, variedad y firmeza de lo que nos unió espiritualmente.
Así se ha formado la calidad humana de nuestros coterráneos. Ello viene desde el comienzo de la fundación. Boussingault recuerda que le dieron la bienvenida en "una gran comida que se sirvió en Quiebralomo, en una casa cubierta de teja, relativamente un palacio", que -por cierto- se sirvió en "vasos de porcelana de Wegowood"... y las "autoridades municipales - lo dice el visitante francés- toda gente de color, asistieron convenientemente vestidos aún cuando sin zapatos". Esta evocación y esta transcripción, nos están advirtiendo cómo, desde el comienzo, hay un carácter que es el sello del pueblo: un estilo de elegancia que no se ha sacrificado en el transcurso de los años.

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Lectura en la Biblioteca Nacional de Colombia, el 9 de agosto de 1991.
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